Viaje al paraíso perdido del PSE

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El horno “María Ángeles”, en Sestao.

El Puente Colgante de Portugalete lleva desde 1893 salvando las distancias que se dirían insalvables. Las que guarda la Vizcaya obrera con el París de Eiffel, por ejemplo, en ese punto grácil y metálico donde la ingeniería linda con el arte. Pero ese puente y alguno más han servido sobre todo para coser las orillas del Nervión, cuya ría aún marca una distancia tan geográfica como sociológica, tan económica como mental.

Durante décadas las mujeres de los barrios proletarios que trepan por las colinas de la Margen Izquierda cruzaban la ría al amanecer para servir en las señoriales casas de la burguesía. Eso hacía cada mañana la madre de Nicolás Redondo Terreros cuando su padre, Nicolás Redondo Urbieta, perdió su puesto de trabajo en el naval por absentismo: le fue imposible presentarse en la fábrica básicamente porque estaba preso. En 1972 tenía un precio participar en una protesta sindical. Pero Redondo Urbieta acabaría saliendo de la cárcel, implantando el socialismo por toda España desde su cuna vizcaína, liderando la UGT entre 1976 y 1994, haciendo a Felipe secretario general en Suresnes y ejerciendo para los restos de conciencia incómoda (por insobornable) de la izquierda cuando el Gobierno socialista se desviaba de sus principios fundacionales.

«Culpan a Zapatero, pero todo empezó cuando Felipe dijo que prefería un precario a un parado. También el posibilismo debe graduarse. Ahora nos hemos convertido en un partido banal y los adversarios no están en la derecha: salen de nuestro seno. Aunque Podemos es decepcionante: se ha pasado a la coña esa del derecho de autodeterminación», se enfada don Nicolás en su piso de Portugalete, cuya modestia desmiente -entre otras condecoraciones- la Legión de Honor que cuelga de la pared. «Hemos renunciado a nuestro ideario. ¿A beneficio de quién se creó este partido? ¡Las Casas del Pueblo no son sólo para tomar vinos!». Es la acritud de un padre que quiere lo mejor para su hijo descarriado. La coherencia radical de Redondo Urbieta -«los políticos ya no viven donde vivían y como vivían. Parecen hechos a troquel»- remite a un tiempo en que el liderazgo político no estaba disociado de la exigencia moral, de la vocación abnegada.

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13 septiembre, 2016 · 9:59

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