Archivo de la etiqueta: La España que ora y que bosteza

El discreto encanto de la cacerola

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¿Hordas de Núremberg?

A las 20.30 el rotor del helicóptero patrullero se pone a crepitar sobre los tejados del centro de Madrid. Falta media hora para la cacerolada convocada como cada día en esa inverosímil Bastilla que es la calle de Núñez de Balboa, una vía estrecha del mitológico barrio de Salamanca surcada por vecinos indescifrables: unos dicen que son pijos ridículos, otros que fascistas peligrosos. No desentrañaremos el misterio de su identidad a través de las imágenes estratégicamente editadas de las redes sociales: habrá que ir a estudiarlos de cerca.

Madrid permanece en fase cero, pero los madrileños hacen un uso abiertamente inescrupuloso de la franja deportiva de la tarde. Todo dios echado a la calle en shortsy camiseta de tirantes, en pareja o en trío, adultos y adolescentes, cerca o muy cerca. Es inevitable pensar que en realidad el Gobierno concede el progreso de fase porque sabe que la primavera es incontenible. Las ganas de vivir tras dos meses de confinamiento rebasan el estado de alarma. Uno se pregunta para qué es necesario golpear cacerolas si no hay forma de protesta más poderosa que salir al sol, juntarse más de lo debido, reírse ante la policía con un amigo que a todas luces no es el conviviente. La rebeldía de la vieja normalidad, si no fuera por las mascarillas.

Remontando Goya aparece la primera furgoneta policial en el cruce con Serrano. Goya con Serrano, ya ven ustedes: el nuevo Beirut. Una chavala que va con dos amigas les dice que se olviden, que no piensa ir a la cacerolada, que tiene que ir a mirar una tienda. A la altura de Núñez de Balboa topamos con dos lecheras más y cuatro agentes expectantes. Cogemos el rebufo de una familia abanderada de rojo y gualda, percusión de cazo y cubierto, y la seguimos por la acera hasta darnos cuenta de que aquello no es una manifa: aquello es una romería. Niñas de bandera, señoras intachables dándole a una señal de tráfico con las llaves de casa, a lo sumo un señor más irritado de lo normal palmeando la tapa de un contenedor. Aquella se para a mirar el escaparate de una boutique sin dejar de darle al cazo; pero le da con moderación, como quien toca el triángulo en la Filarmónica de Viena. En el aire se detectan tres marcas cruzadas de perfume. Estas no son las hordas encuadradas de Núremberg que nos habían prometido los tuiteros antifascistas.

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27 mayo, 2020 · 13:12

Calienta que sales, español

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Confinados.

Hay que ver qué bien se confina el español. Soporta con senequismo el encierro más largo y estricto del mundopese a los resultados más desmoralizadores del mundo. Para romper esta disciplina prusiana hace falta ir como el alcalde de Badalona.

Oímos estos días encendidos elogios a la cívica mansedumbre de un pueblo al que el tópico quiere bravo como el toro. Aquí no hay libertarios que salgan con la segunda enmienda en la boca y el Winchester en la mano a pagar el estúpido precio del contagio a cambio de una romántica autonomía; aquí solo hay tímidos pensionistas que empiezan a asomarse a los medios a decir que serán ancianos pero no imbéciles, que ya saben lo que hay fuera y que si les permiten salir a pasear sabrán cuidarse como han cuidado de la generación que hoy ejerce el mando. Si el latín define al imbécil (im-becillis, diminutivo de baculum) por la falta de bastón, alguien sin apoyo para sostenerse y avanzar, parece evidente que los imbéciles etimológicos están en el Gobierno y no en la sociedad. Sujetos tan fatuos que se dirigen a los ciudadanos como si fueran infantes -etimológicamente: los sin voz-, convencidos de su inmunodeficiencia moral porque solo ella justifica el sometimiento. La premisa del populismo dicta que el pueblo siempre es inocente porque así siempre necesitará un conductor, aunque cojee. Sin responsabilidad para qué la libertad, según reconoció el ídolo genocida del ministro de Consumo. Por eso se les ve felices encadenando estados de alarma, momento schmittiano donde el mediocre arribista puede sentirse soberano. Imbécil y debacle, por cierto, comparten etimología.

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26 abril, 2020 · 22:43

El arte de Guitarte

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Escrib

Tomás Guitarte es un señor de Teruel que en noviembre no pudo votar a su propio partido porque estaba empadronado en Valencia, donde hay más trabajo que en la España vacía, dónde va a parar. A quienes le reprochan la incoherencia de hacer política con un discurso refutado clamorosamente por su misma biografía, con mucho arte les responde Guitarte que él es un “nómada”. El hallazgo merecería un paper de algún consorcio de politólogos que le ponga nombre académico-pompier a la jeta de granito. Así, un activista anticasta que acaba en un chalé con piscina y servicio no sería un farsante sino un nómada de la desigualdad, tal como un luchador contra la despoblación que vive y prospera en la tercera metrópoli del Estado no es más que un nómada del ruralismo.

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12 enero, 2020 · 23:24

El viaje de Iglesias de la cal al confeti

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Lágrimas contra el fascismo.

Lloraba Pablo Iglesias porque el llanto es hoy la única forma de hacer política y porque su pasado de activista acababa de morir para siempre. Lloraba Pablo, y nadie recogía esas lágrimas que podrían curar las desigualdades de este país cuyo nombre no debe nombrarse. Este país en el que a partir de ahora las mujeres no morirán apalizadas y los gays bajarán de las grúas de las que pendían hasta hoy para amarse libremente. Los ricos transferirán sus rentas a los pobres. El llanto de Pablo fecundará los campos yermos por el odio de la derecha y sus primeros efectos fertilizantes se advertían ya en la indumentaria de Monedero, al que le ha florecido un traje con corbata.

Los cielos han sido asaltados y conviene moverse por ellos como si fuéramos ángeles habituales. No es que Vallecas quede lejos: es que en Galapagar no caben toda una vicepresidencia y cuatro ministerios. Pero conservemos la llaneza publicitaria en la histórica hora, camaradas. Mantengamos el tuteo: “Pedro, te deseo que tengas el mejor tono pero también la mayor firmeza democrática”. O sea, golpeemos todo lo duro que nos deje la aritmética, pero que siga pareciendo que somos las víctimas. Leninismo de manual de resistencia.

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7 enero, 2020 · 20:14

María en Príncipe Pío

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Twitter.

Han linchado a María Rey por decir Franco en vez de Napoleón a propósito del 2 de mayo. Hay que reconocer que hemos progresado mucho y ya no te fusilan con nocturnidad al pie de la montaña de Príncipe Pío, pero los que disparan siguen haciéndolo embozados, hurtando el rostro como los pintó Goya para vaticinar que el horror moderno sería industrial y anónimo como lo es la trolería tuitera. Si las redes entrañan un peligro totalitario no es por el grado de violencia sino por la imposibilidad de identificar a sus responsables. Por eso Eichmann en Jerusalén parecía un probo funcionario, una pieza desalmada en un engranaje automático. El fin de la responsabilidad individual es el fin de la civilización.

El tuitero que disfruta haciendo escarnio representa un tipo humano despreciable, pero tan viejo como el público festivo que madrugaba para coger sitio en la plaza donde esa mañana se programaba ejecución y al día siguiente mercado de abastos. La pulsión punitiva, el deseo de castigar al otro -especialmente si el castigado es más famoso que el castigador- supone la oportunidad de aliviar algo la propia irrelevancia mediante el desahogo de un narcisismo imbécil, porque hay que ser imbécil para creer que María Rey ignora de verdad que Franco no existía en 1808. Los trols -salvo los más estólidos- sabían bien que se trataba de un lapsus, pero reconocerlo y contenerse les habría arruinado el goce del ajuste de cuentas ideológico aprovechando que la memoria histórica pasaba por el Manzanares. Otras veces las balas provienen de la trinchera opuesta, la que se presume faro del progreso y resulta más cruel porque a la vesania une la superioridad moral, lo que bloquea cualquier remordimiento. Y así, por el mísero placer de unos parafílicos escondidos, estamos poniendo perdida el ágora del siglo XXI que se suponía que era internet.

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5 mayo, 2019 · 18:48

Si pudiera un español

[Publico aquí la columna del sábado tal como la concebí, en verso]

Si pudiera un español decir su nombre
-si se atreviera-,
no diría ley, bienestar, 78:
el año de su formal Constitución.

España es otra cosa, no es abstracta, un edificio
que se hunde a nuestros ojos cada lunes
y se reforma sin problemas el domingo.

España es una cueva de flamenco
que un gitano cínico fatiga
para engaño del guiri que le paga
mientras sueña que canta entre los grandes.

España es una mujer embarazada,
y es un viejo tendido que se muere
con un velo implacable en las meninges
que le veda recordar lo que fue España.

Es la cólera de abril del nuevo rico,
que tiene que pagar IRPF,
y calcula el coste de la trampa
y acaba -porque hay leyes- desistiendo.

España es tu lucha contra el cáncer, y es el órgano
donado que establece
un pacto caballero entre un difunto
y un vivo prorrogado.

España es un lugar que prohíbe España
para que unos españoles no se enfaden: les dijeron
que tienen que ser algo distinto.

España es la madrastra del exilio,
que antaño fue exterior pero que dura
en la amarga conciencia del votante.

España es la santa siesta de Cecilia
que nadie duerme ya,
si no es para fomento del turismo,
y es un pícaro que refunda su partido,
y es la fe del hidalgo empobrecido
que no sabe qué hacer con su casona
al precio que escaló la plusvalía.

España es un patio de colegio,
es un público instituto que descubre
un poema ancestral a un influencer,
la mina que se figura parador,
la huerta trasvasada de rencores.

Será también el llanto de otra madre,
el beso inaugural del niño feo,
la joven que concreta su valía.

No hay un hombre que en España lo haga todo,
pero más de uno hay convencido de que sí.

España es el oficio feroz de tertuliano,
el crédito ilocalizable del tuitero,
España es un periódico aún impreso que se apresta todavía a la batalla.

España es un locutor huracanado, un cotilleo
que sabemos unos pocos,
es una milicia sosegada,
es un obispado que cree en Dios.

España es un hortera de bolera,
y es un sindicalista inasequible
a la mezcla de la patria con la clase,
y es un gay feliz que ama en España.

Es la tierra del comunista convertido,
y de un minúsculo fascista reincidente,
y de un empeño de seguir viviendo juntos.

España es el brócoli y el toro, de Nadal
es la raqueta (y también el escobón),
y un dédalo de cristianos contra moros,
y una blanca judería cuya pista
aún persigue la pasión del hispanista.

España es un marco incomparable,
es un país de pandereta,
es un tópico encerrado en otro tópico
despeñándose por el club de la comedia.

España es la urbe y el vacío,
es mía es tuya es de quien caga
en los muertos más frescos de esta España,
meseta asomada al mare nostrum, eterno Madrid-Barça
donde nunca la sangre llega al río.

España es todo eso y quizá más. Para saberlo,
habría que probarla antes de hablar.

 

(Madrid, 12 de octubre de 2018)

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14 octubre, 2018 · 22:03

Si pudiera un español

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Cecilia.

Si pudiera un español decir su nombre -si se atreviera-, no diría ley, bienestar, 78: el año de su formal Constitución. España es otra cosa, no es abstracta, un edificio que se hunde a nuestros ojos cada lunes y se reforma sin problemas el domingo. España es una cueva de flamenco que un gitano cínico fatiga para engaño del guiri que le paga mientras sueña que canta entre los grandes. España es una mujer embarazada, y es un viejo tendido que se muere con un velo implacable en las meninges que le veda recordar lo que fue España. Es la cólera de abril del nuevo rico, que tiene que pagar IRPF, y calcula el coste de la trampa y acaba -porque hay leyes- desistiendo. España es tu lucha contra el cáncer, y es el órgano donado que establece un pacto caballero entre un difunto y un vivo prorrogado. España es un lugar que prohíbe España para que unos españoles no se enfaden: les dijeron que tienen que ser algo distinto. España es la madrastra del exilio, que antaño fue exterior pero que dura en la amarga conciencia del votante. España es la santa siesta de Cecilia que nadie duerme ya, si no es para fomento del turismo, y es un pícaro que refunda su partido, y es la fe del hidalgo empobrecido que no sabe qué hacer con su casona al precio que escaló la plusvalía. España es un patio de colegio, es un público instituto que descubre un poema ancestral a un influencer, la mina que se figura parador, la huerta trasvasada de rencores. Será también el llanto de otra madre, el beso inaugural del niño feo, la joven que concreta su valía. No hay un hombre que en España lo haga todo, pero más de uno hay convencido de que sí. España es el oficio feroz de tertuliano, el crédito ilocalizable del tuitero, España es un periódico aún impreso que se apresta todavía a la batalla. España es un locutor huracanado, un cotilleo que sabemos unos pocos, es una milicia sosegada, es un obispado que cree en Dios. España es un hortera de bolera, y es un sindicalista inasequible a la mezcla de la patria con la clase, y es un gay feliz que ama en España. Es la tierra del comunista convertido, y de un minúsculo fascista reincidente, y de un empeño de seguir viviendo juntos. España es el brócoli y el toro, de Nadal es la raqueta (y también el escobón), y un dédalo de cristianos contra moros, y una blanca judería cuya pista aún persigue la pasión del hispanista. España es un marco incomparable, es un país de pandereta, es un tópico encerrado en otro tópico despeñándose por el club de la comedia. España es la urbe y el vacío, es mía es tuya es de quien caga en los muertos más frescos de esta España, meseta asomada al mare nostrum, eterno Madrid-Barça donde nunca la sangre llega al río.

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14 octubre, 2018 · 21:42

Fútbol, un vicio individual

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Individuo.

Va cundiendo la impresión de que el Mundial está más nivelado que ningún otro y de que las selecciones favoritas están decepcionando. Pero esa impresión parte de una falacia lógica: la de confundir el pedigrí competitivo con la calidad real y el estado de forma. Los tropiezos de Argentina, Alemania o Brasil sorprenden únicamente porque en la primera juega Messi, al que se le presuponen poderes sobrehumanos capaces de compensar todas las nulidades coordinadas a su alrededor; porque la segunda es la vigente campeona y tiene que soportar el aforismo de Lineker sin permitirse un día de vagancia meridional; y porque la tercera es Brasil, por mucho que Neymar llevara cien días viviendo dentro de una lesión.

Lo de España es distinto, porque no jugó nada mal -como el toro se crece en el castigo, o en el esperpento, que es igual de español- pero chocó contra la inspiración de Ronaldo. De hecho, no me extrañaría nada que si la Selección hace un buen papel, Hierro recibiera una oferta de Rubiales para quedarse, porque para entonces habrá quedado demostrado que el seleccionador es útil mientras selecciona: una vez hecha la selección, regresa a su estricto rol de animador psicológico en la banda. Claro que en una Federación liderada por Rubiales y Hierro luciría tanto la testosterona que correríamos el riesgo de despertar la envidia de Putin y podría terminar anexionándonos.

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20 junio, 2018 · 13:37