Archivo de la etiqueta: La España que ora y que bosteza

Rajoy: haberlo, haylo

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“Con dinero y sin dinero, hago sieeempre lo que quiero…”

De Rajoy dicen algunos lo mismo que de las meigas: haberlo, haylo. Otros -quizá por darse importancia- afirman que lo vieron una vez, y juran que se movía como un hombre, y que hablaba un idioma muy parecido al castellano. Los más audaces sentencian que en realidad no existió nunca, y que convendría dar crédito de charlatanes a los visionarios que lo han situado últimamente en la China popular.

A mi juicio de aficionado a la marianología, que es una rama de la ufología, lo más probable es que Mariano Rajoy sea una criatura de Cunqueiro, para quien el gallego era un pueblo ahistórico que no guarda memoria de los hechos sino de las leyendas, razón de su rica tradición oral. A los gallegos, sostenía, les aburre la historia y en cuanto pueden la sustituyen por la fantasía, por no hablar de lo que hacen con las promesas electorales. Don Mariano, como el sochantre de Cunqueiro, cuenta con que nada de lo que haga o diga será entendido exactamente como sucedió, sino fabulado por cronistas hiperbólicos, debatido por hechiceros de tertulia y más pronto que tarde condenado al lluvioso olvido. Por eso ni se afana en conferir verosimilitud a sus compromisos.

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5 septiembre, 2016 · 11:33

Mucha investidura, poca diversión

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Plomo a discreción.

Una expectación digna de mejor causa ponía el patio del Congreso como la acera del Primark a primera hora de la tarde. No cabía un periodista, un senador, un pokemon más. Ni que fueran a investir a alguien. Todos los periodistas anticipamos, salvo conjura romana, el desenlace de esta semana parlamentaria que cursará con gatillazo en dos actos: primera y segunda votación, primer y segundo no del PSOE. Y los que hagan falta, se diría viendo sonreír a don Pedro camino a su escaño, seguido de la también sonriente doña Meritxell. Es la felicidad un poco macabra que nos escala por el estómago cuando nos vengamos.

Y sin embargo allí estábamos todos, pendientes de las palabras del candidato, que colmaron 36 páginas de texto y hora y media de paciencia. Si dura otra hora más, se rumoreaba en los pasillos al finalizar la sesión, gana el sí hasta de Podemos en pura súplica de clemencia. Mariano Rajoy sabe hacerlo mejor, pero no le dio la gana de emplearse a fondo en una intentona condenada de antemano. Su discurso fue deliberadamente plúmbeo, al modo en que aquellos miércoles de mayoría absoluta anestesiaba toda oposición salmodiando datos estadísticos de buena mañana.

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30 agosto, 2016 · 19:49

Las bisagras son para el bloqueo

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Pero se mueve.

Después de unas semanas de estrechez y chirridos, Albert Rivera, que no es un político nacido para la contemplación, abrió ayer la pesada puerta de la investidura con la limpieza que se les presupone a las buenas bisagras. A las cinco en punto de la tarde, a la hora lorquiana en que combatían la paloma y el leopardo, cebó el centrista el foco como manda la ocasión de entonar la palinodia, sólo que esta vez no hubo más traición que la que pedía Keynes cuando cambian las circunstancias. El 26-J cambiaron hasta 137. Tan cierto es que el líder de C’s vetó a don Mariano como que ahora lo tolera a cambio de que se desmarianice en dosis razonables, por emplear la fraseología del afectado.

El finado Bueno llamó a Rivera «ajedrecista» y este jaque naranja que sólo deja al rey propuesto por el Rey la salida por el desfiladero de las seis ya famosas condiciones atestigua tal condición. Rivera no sólo toma la iniciativa sino que lo hace sin faltar a la naturaleza de su partido, tan ininteligible para el español goyesco como claro en su pragmática vocación. Ciudadanos es una bisagra, una útil pieza de bricolaje y no una bandera de dudosa hidalguía, y las bisagras se hicieron para el bloqueo como las bicicletas para el verano. No es tan difícil de entender, aunque segundos después de su comparecencia rezongaban en las redes los mismos que rabiaban contra la suficiencia vestal de Riverita, o le atizaban con la lógica cuñada de la hemeroteca, o le acusaban de criptosociata o bien de esconder en la cartera una estampita de José Antonio.

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12 agosto, 2016 · 20:35

El muro de Tamerlán

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Tamerlán.

Hoy hace 80 años los españoles entregamos a la Historia la más coqueta realización de una especialidad de la casa: la contienda fratricida. Nadie la despachaba como nosotros. Padres, hijos y hermanos llenos de buenas razones trincharon la carne palpitante de padres, hijos y hermanos llenos de buenas razones que excluían las demás. Dicen aún que fue la última guerra romántica, pues al parecer hay más poesía en la metralla si se reparte en nombre de la Cruz o del Pueblo que si se necesita el petróleo o el trigo del vecino. Lo cierto es que la escabechina del 36 al 39 solo fue romántica en la retórica de los propagandistas, que robaron el alma a los mejores poetas. No a todos: Cernuda se alistó en el frente de Guadarrama henchido de ardor miliciano, pero acabó refugiándose en la lectura de Leopardi, sin pegar un solo tiro, y preguntándose en verso por qué el odio impulsa a los hombres a ofrecer su alma a la patria más profunda, que es la muerte.

En España seguimos odiándonos, pero afortunadamente ya no estamos dispuestos a matarnos por abstracciones y nos limitamos a envidiar la casa, el coche o la talla de cintura del prójimo en la intimidad; si la afección es aguda, entonces votamos a Podemos o desaguamos rencor anónimo en las redes sociales, poco más. Hay mucha casandra a la derecha o a la izquierda que madruga el estallido social o llora la muerte de las clases medias, pero ambas cofradías fúnebres podrían ahorrarse los pucheros: una cosa es que la crisis haya mermado poder adquisitivo y otra compararnos con la España en mantilla y alpargatas de los años 30 que marchaba siempre detrás de un cura, bien con un cirio, bien con un garrote.

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Me entrevista Ángel Expósito en COPE por El hígado de Prometeo

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2 agosto, 2016 · 20:07

El bucle esperpéntico

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En los cursos de verano de la Universidad Europea Miguel de Cervantes.

Ayer en Valladolid, camino del restaurante, Arcadi Espada formuló en el coche la más terrible de sus sentencias terribles: ‘Lo que más miedo me da de las terceras elecciones son las cuartas’. En efecto. Del mismo modo que reconocer el derecho de autodeterminación de un territorio del Estado extiende de suyo ese pretendido derecho a las comarcas incómodas en ese mismo territorio -el Valle de Arán respecto de Cataluña, por ejemplo, o Escocia en un Reino Unido autoexiliado-, la posibilidad misma de las terceras elecciones, que como su nombre indica sucederían a las segundas, que como su nombre indica sucedieron a las primeras, amenaza con retrotraer a España al entrañable bucle tragicómico del siglo XIX, solo que con urnas frenéticas en el papel de espadones a caballo hollando el Parlamento cada dos años.

Demasiados articulistas han sobado ya la repetición marxiana de la tragedia como farsa, pero ¿qué pasa cuando es la propia farsa la que se repite? Tan solo que el género avanza un estadio más y se precipita hacia el esperpento. Nada tan español, hay que reconocer Valle mediante, ni menos civilizado. El grotesco espectáculo que la partidocracia española está dando al mundo solo podría encontrar redención por el arte, en las novelas de sátira política que no tenemos tiempo de escribir, o por el turismo, en los recorridos para guiris procedentes de democracias asentadas a los que se mostraría el plató rotundo del No, el sagrado despacho del y el inverosímil restaurante de la Abstención. Spain is different otra vez. Y una tapita de jamón.

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Último Parnasillo de la temporada en COPE: grandes clásicos sobre el verano

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Obama en Hispania

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De un comandante en jefe a otro.

La visita del emperador siempre pone a prueba el saber estar de las provincias, que suelen reaccionar a ella con dos actitudes opuestas y un solo aldeanismo verdadero. Porque tan paleto es el camarero interior -un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo- que nos dobla el espinazo y nos prepara el espíritu para la propina, según el canon berlanguiano, como ese españolito de mucho progreso que chasquea la lengua ante el lisonjeo institucional e improvisa una lección en Twitter sobre las fallas de la democracia americana. La única actitud decorosa ante la presencia de Obama en nuestro país aconseja la buena educación de raíz hidalga, la discreción cervantina y la gratitud sin alharacas por todo lo que nos han dado los romanos, desde la HBO y el fact-checking a la protección contra los bárbaros propios y ajenos, los de este lado del muro y los de la otra acera del telón, por no hablar de los degolladores mahometanos.

No es malo que el adolescente de provincias pase su sarampión antiyanqui en asambleas prodemocráticas y visionando cine posmarxista mientras no olvide que no hay nada más americano que todo eso. Siempre he pensado que la mayor garantía de superioridad moral del americanismo es el antiamericanismo, que Estados Unidos tolera o promueve desde su misma industria audiovisual, la más autocrítica del planeta desde su nacimiento. Por eso creo que las manifas anti-Otan de los muchachos de Garzón y otros altermundistas de djembé deberían organizarlas los propios agentes de la CIA, de modo que quedaran más lucidas y la cacerola se acompasase mejor con el silbato. Pero comprendo que no pueden estar en todo.

Morón y Rota son plazas estratégicas para el despliegue militar americano. Obama viene básicamente a pasar revista a su tropa acantonada y a marcar paquete ante el ruso, que es lo que hace un emperador, y si la balacera de Dallas no le ha dejado tiempo para el atrezo lúdico del tablao sevillano y el pescaíto frito, qué se le va a hacer. No hay chovinismo ninguno en recordar que es Obama el que se queda sin Sevilla y no Sevilla la que se queda sin Obama. Solo apuntamos lo obvio cuando se nos pone la red social perdida de papanatas insomnes. Nunca falta aquí el cosmopolita de guardia que se empina al menor estímulo y tiene el índice acalambrado de señalar un facha por cada español no completamente avergonzado de serlo, sin sospechar que el mismo rancio casticismo iguala al que presume y al que condena.

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Viaje a la aldea del crimen

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El Nuevo Periodismo antes y mejor que Capote.

Hay que felicitar a los sellos independientes que se han propuesto el rescate del mejor periodismo español; ese que, contradiciendo a Connolly, admite una participación en el mañana. Que sean reconocidos hoy los Camba, Chaves Nogales, Gaziel, Xammar o Assía es mérito de editoriales como Acantilado, Fórcola, Renacimiento y, muy especialmente, Libros del Asteroide. Claro que para que un texto periodístico conquiste el porvenir, el periodista debe cumplir unos requisitos que se resumen en dos: una mirada honda y larga, capaz de explotar la potencia simbólica -y por eso duradera- de un acontecimiento noticioso; y un estilo propio y rico, en el que la precisión no esté reñida con la belleza. Porque, de hecho, nunca lo está: no se es un gran literato si no se sabe hacer precisión, a despecho del errado aforismo de Ortega.

Ramón J. Sender debutó como novelista con Imán, pero se desempeñó como periodista sin preocuparse demasiado de esos deslindes gremiales tan del levítico gusto de las asociaciones de prensa. A él le bastaba con tener clara su misión: averiguar la verdad de los sucesos acaecidos en la aldea andaluza de Casas Viejas en enero de 1933 y contarla en nueve entregas en el diario progresista La Libertad. Su trabajo fue tan impactante que desencadenó el primer impeachment de nuestra historia democrática, forzando la dimisión de Azaña. Ese trabajo es el que recupera ahora este librito -brillantemente prologado por Antonio G. Maldonado-, basándose en la reelaboración que el propio Sender hizo un año después, enriqueciéndola con conclusiones de la comisión parlamentaria, confiriendo unidad al conjunto mediante aportes de contexto y juicios indignados a posteriori, propios del reporterismo comprometido ante la injusticia más obscena.

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18 abril, 2016 · 11:45

La gana de ir a La Alcarria

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CJC 1946: haciéndose escritor paso a paso.

Al viajero le ha dado la gana de ir a la Alcarria porque es un hermoso país, lo primero, y porque hace 70 años que Camilo José Cela lo recorrió durante nueve días, y en 15 lo puso en su prosa hecha de obviedad y fatalismo, esa prosa donde las cosas son sencillamente lo que parecen porque no pueden ser de otra manera, lo cual es terrible, si se mira bien. Nosotros no bajamos de la calle de Alcalá y tomamos un tren de madrugada en Atocha, sino que conducimos nuestro Volkswagen Polo y vamos anotando mentalmente las mutaciones que el progreso ha obrado en el paisaje según se sale de Madrid por la autovía de Zaragoza.

Atravesamos polígonos horrendos en pos de la España profunda cuyo corazón salió a rascar don Camilo. Torrejón, Azuqueca, Alcalá, Meco… Y al fin las primeras montañas, caprichosos pliegues de arcilla fruncidos como el papel de estraza. Dos ciclistas animan el belén con los colores chillones de sus maillots pedaleando en paralelo a la autovía, y un cernícalo se suspende porque ha visto o ha creído ver algún ratón. Pasado Valdenoches no tardamos mucho en avistar la mole del castillo de Torija, primera etapa de la andadura celiana y de la nuestra. Ofrece Torija a la entrada una bonita picota del silgo XV, restaurada con tanto lucimiento que está pidiendo que le ahorremos al último corrupto la pesada burocracia del garantismo. Pero lo mejor de Torija es su plaza de soportales castellanos, con el ayuntamiento a un lado y al otro -por si acaso- el castillo imponente de los Mendoza, en cuya torre del homenaje han dispuesto el único museo del mundo dedicado a un solo libro: Viaje a la Alcarria.

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21 enero, 2016 · 11:55