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Poesía y contabilidad

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Gil de Biedma, poeta catalán y español.

Que la independencia iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Como todos los indepes, yo vine a llevarme el Estado por delante. Estos versos habrá de repetirse dentro de unos años, desde el áspero regazo de la madre de todas las resacas, el crédulo culpable del Procés; ese populismo con lindes que le robó el corazón solo hasta el instante exacto en que amenazó con tocarle el bolsillo. Vendrán entonces tiempos buenos para la lírica del género elegíaco: quisimos dejar huella, marcharnos de España entre aplausos, aunque ya entonces sospechábamos las dimensiones del teatro. Fue una obra total, rememorarán los nostálgicos: nosotros escribíamos el guion, nosotros lo representábamos y nosotros nos aplaudíamos a nosotros mismos. Pero al final asomó la insoportable verdad: la producción corría a cargo del FLA. Es decir, del propio Estado, que un día decidió bajar el telón.

Harán falta las mejores plumas de la narrativa barretinera para presentar a las futuras generaciones un relato tolerable de semejante ridículo. El censurado Morán revelaba en su artículo el pensamiento inconfesable que circula estos días entre los guionistas de la farsa: “Solo un muerto salvaría a Cataluña”. Y así es. Lo que eleva una opereta bufa a la categoría de drama épico es la intervención del hecho trágico. Pero qué tanque vas a mandar contra un Turull, por el amor de Dios. No merecen ni aquel madrugón en Perejil. Basta, y sobra, un pelotón de contables, como dice Ignacio Camacho.

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26 julio, 2017 · 14:08

Las dimisiones no son para el verano

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La soledad del recaudador.

Una semana después de la emoción de censura el hemiciclo experimentaba una cierta descompresión. La oposición montaraz ya se vació y la Meseta gime bajo un sol fundente: las revoluciones no son para el verano. No es que no se pidieran dimisiones, pero se piden sin esperanza, como ese whatsapp juguetón que se manda a las cinco de la mañana. Solo Gaby Rufián le echó algo de entusiasmo al papel, quizá porque no le dejaron hablar en la censura y las ganas le reventaban la sisa de la chaqueta. No negaremos a Rufián que le pone a su oratoria tanta voluntad como a su alimentación: “Señor Zoido, dimita por miserable y vuelva al ayuntamiento a casar a Fran Rivera y a poner calles a las Vírgenes”. Marchando colesterol retórico. La presidenta Pastor, compadecida, le dio la oportunidad de retirar el insulto autocalificativo, pero el muchacho no es de esos que aprovechan así como así las oportunidades que la vida le ofrece de parecer alguien distinto de quien es. Salvo una: la de cobrar por sacudirse el complejo de charnego subiéndose al carro indepe. Esa la cazó al vuelo, y del vuelo a la cazuela cada fin de mes.

De la portavoz debutante Margarita Robles se esperaba mayor vibración noesnoísta. ¡Ni siquiera pidió la dimisión de don Mariano! Se limitó a preguntarle por la anulación de la amnistía y a ordenarle que le escuchara bien, fíjese lo que le digo, atienda, con ese taladrante timbre Rottenmeier al que nos habituó Rosa Díez. Rajoy contuvo un bostezo y dijo que él acata las sentencias, no las valora. Cuando Baldoví le enumeró razones para su dimisión, el presidente replicó con sorna: “No me ha convencido”. Como el propio Baldoví temía, Rajoy se siente fuerte tras superar la censura con más apoyo del que mereció su investidura: gentileza de Iglesias, que esta vez pasó desapercibido salvo para apoyar a los concejales imputados de Carmena. Robles, por cierto, escuchó de los suyos ovaciones de un entrañable fariseísmo, porque en privado muchos de su bancada exhiben el mismo grado de adhesión que los chiíes a los suníes. Oyendo su lamento boliviano a cuenta de las acuñaciones jurídicas de Lastra -quien por lo demás gastó mesura en su pregunta-, uno se pregunta si todos los escaños socialistas votarían a favor de Sánchez en una moción de censura con Podemos y los separatistas. Ojo con eso, don Pedro.

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22 junio, 2017 · 11:31

Cristóbal Rajoy, Mariano Montoro

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“Bustos, debería escribir una novela”. Pero escribió una amnistía.

Sostiene Cristóbal Ricardo Montoro Romero (Jaén, 1950) que en su puesto, a partir de un cierto número de trienios, «no te va quedando nadie». Nadie fuera del PP; pero tampoco muchos dentro. Ni en eso que llamamos derecha sociológica, poco partidaria de los impuestos altos, sobre todo cuando se los prometen bajos. Pocos como Montoro se han tomado tan a pecho eso de no venir aquí para hacer amigos.

Todos piden su dimisión, y casi seguro será reprobado. Pero no va a dimitir. Primero porque no cree haber hecho nada inconstitucional, cosa que tratará de explicar en el Congreso; y segundo, porque no le dejan. El titular de Hacienda entró ayer al Consejo de Ministros con la sentencia del TC pendiendo sobre su cabeza y salió explícitamente respaldado. La explicación es sencilla: Montoro es Rajoy y Rajoy es Montoro. La amnistía fiscal la diseñó el ministro, pero la encargó el presidente. «Nos hemos olvidado de 2012. Era el epicentro de la crisis. España estaba al borde del rescate y necesitábamos liquidez. Afloró menos dinero del esperado, pero ni Rajoy ni Montoro imaginaban que la medida pudiera declararse incompatible con la Constitución, del mismo modo que no lo fueron las amnistías de Solchaga y de Borrell», arguyen desde el PP.

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10 junio, 2017 · 21:41

El parto de los montes de Montoro

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Montoro, la leyenda.

Celebrar que un parlamento democrático apruebe unos presupuestos del Estado es como felicitar a un obstetra por ser capaz de extraer a un bebé sin matar a la madre. Ni al bebé. Es lo mínimo que se le pide a un profesional. Pero en un Congreso donde el obstetra se lleva a matar con la enfermera y el anestesista sueña con clavarle las tijeras al médico residente -porque eso es la España multipartidista-, entendemos muy bien el júbilo manifestado por el director del hospital, o del manicomio. Ese hombre es Cristóbal Montoro, este miércoles por la tarde el político más feliz del sur de Europa. No en vano lleva desde enero tejiendo las cuentas más arduas de las 14 que lleva confeccionadas, con 6.000 enmiendas y seis siglas complicadas en la operación. «Algunos compañeros, incluso ministros, le dijeron que prorrogase los de 2016. Que no lograría aprobar unos nuevos y que ese fracaso dañaría a un Gobierno de por sí frágil», explican en Hacienda. Por eso estaba tan contento. «Voy a escribir una novela. Es la única manera que se me ocurre de contar lo que ha pasado», confesó el propio don Cristóbal a este cronista.

No sabemos si la ficción es el género más propicio a un ministro a un Excel pegado, pero sí que su jefe le debe el año y medio de estabilidad que acaba de amarrar. Si Rajoy no se mostró ayer tan exultante es porque tiene otros problemas; en concreto dos: uno se llama Panamá Moix y el otro es ese asunto por el que usted, señor juez, se empeña en preguntarme en persona. De ahí que varios diputados populares aparecieran mohínos, bien conscientes del reality impagable que supondrá el interrogatorio al presidente. La legislatura oscila así entre el paritorio y el purgatorio, entre la sombra de la corrupción y el sol del cainismo, y en cualquier momento puede parir la abuela golpista de Cataluña. Así que a nadie le quedan fuerzas para proponer metas ambiciosas: las pensiones, la financiación autonómica, la educación… «Quizá con Susana podría haberse abordado alguna de estas reformas; con Sánchez todo es una incógnita», lamentan en el PP. Ciudadanos, en cambio, como Ana Oramas o Aitor Esteban, reivindicaron la copaternidad de la criatura con el orgullo de quien ya tiene planificado su futuro, e incluso ha apartado el dinero para la matrícula de la universidad.

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31 mayo, 2017 · 21:02

Todo lo que era estrecho

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Catalá marcando paquete.

Entretanto llega el pentecostés socialista del domingo -en expresión defensiva de don Mariano frente a un Hernando menos convincente que otras veces-, el partido del Gobierno atraviesa su calvario judicial, cuya víctima propiciatoria es Catalá el Reprobado. Aunque el ministro de Justicia no gasta pinta de mártir jesuita, sino más bien de autónomo agobiado al que le cierran todas las ventanillas. «Señor ministro reprobado», encabezaba sus preguntas la oposición; y después le pedía la dimisión, o el exilio. Porque ya todo escarmiento parece poco: esta legislatura será recordada por la devaluación de castigos que antaño sonaban temibles, como la reprobación de un ministro o una moción de censura. Incluso la UCO empieza a perder su credibilidad a lo Eliot Ness, con esos informes que persiguen ser más papistas que el papa, o sea, más justicieros que Velasco. Da la impresión de que el negro del Whatsapp del populismo está dando de sí todo lo que era estrecho, a base de entrar con poco miramiento y demasiado tamaño en unas instituciones tenidas por honestas. Y disculpen la analogía.

El ministro se defiende bien cuando exige a sus torquemadas la carga de la prueba de su injerencia, mientras que él puede exhibir los cuerpos del delito en Soto del Real. Pero patina cuando recurre al gastado espejo de la suciedad andaluza, o le restriega a un diputado los votos que ha perdido en su provincia, o prepara las palomitas domingueras para el Puerto Hurraco de Ferraz, ante cuyas llagas autoinfligidas todos deberíamos guardar un silencio de responso.

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18 mayo, 2017 · 10:36

¿Militante o reliquia?

SANTANDER, PTE PP MARIANO RAJOY

Misa laica.

Informa Hacienda de que no llegan a 100.000 los españoles que declaran cuota de militancia a un partido. Sabíamos lo que cuesta confesarle a Montoro nuestro dinero, pero no que costase tanto confesarle nuestras ideas. Y eso que militar desgrava. La noticia se ha recibido con modesto escándalo, sobre todo porque al PP le gusta presumir de sus 860.000 militantes como seres realmente existentes (pago luego existo: lo demás es simpatizar). Pero lo que a mí me escandaliza es que 95.000 compatriotas sigan dispuestos a pagar por un carné en un país que lidera con el mejor espíritu olímpico todas las disciplinas de la piratería digital. Si se trata de medrar al amparo de la sigla, hay muchas bocas piando por el reparto y demasiada dignidad por enterrar. Si se trata de implicarse en las emociones de la política, cabe proyectar la misma afición sobre los absorbentes dramas de HBO o Netflix, aunque reconozco que la rivalidad Soraya-Cospedal empieza a competir seriamente con el maquiavelismo Underwood.

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9 enero, 2017 · 18:57

Montoro, el amo del calabozo

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Rajoy nombrando a Montoro, con la camiseta del Atleti.

El personaje evangélico favorito de Cristóbal Ricardo Montoro Romero (Jaén, 1950) no podía ser otro que Zaqueo, jefe de recaudadores que en Jericó se subió a un sicomoro para ver a ese Jesús del que todos hablaban. Jesús fue hacia él, se autoinvitó a cenar en su casa y Zaqueo, emocionado, juró que daría la mitad de su fortuna a los pobres más el cuádruple de lo defraudado.

Una vez más, el dedo pantocrátor de don Mariano señala a Montoro y le dice sígueme. Montoro también es bajito, pero no todos los años nos devuelve cuadruplicado lo que le rendimos en el IRPF. ¿Por qué, pese a su proverbial antipatía, lo renueva Rajoy? La principal razón es su proverbial antipatía. “Te elijo porque eres un señor de Jaén que no tiene mochila”, le dijo el gallego en 2011. Cada cual meta en esa mochila el peor equipaje que la política es capaz de amontonar, verbigracia Rato. Montoro no es del G-5, no es amigo de Rajoy, pero le profesa una lealtad de hierro. Y la lealtad en esta vida es lo único que importa, y lo que distingue a los hombres de las ratas.

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3 noviembre, 2016 · 21:10

Tecnócratas y telécratas

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Tecnócrata sobre paisaje.

UN ministro de Hacienda me dijo una vez una frase que todavía no había difundido:

-La vida me ha enseñado que cuando los números salen, la política lo estropea todo.

Esta línea de mármol de Cristóbal Montoro resume una concepción del poder a la que llamamos tecnocracia. El tecnócrata es un político resabiado y de ciencias que ocupa el cargo sabiendo que no manda en absoluto, sino que se debe a instancias superiores, no necesariamente humanas, cuyas órdenes vienen cifradas en tablas de Excel y cuya utopía se mide por décimas de distancia al objetivo de déficit. El tecnócrata lleva fama de austero y concede escaso crédito al papel político de la oratoria, pues no entiende que un plató o un mitin puedan alcanzar nunca el grado de persuasión logrado por una llamada de Bruselas. El tecnócrata atraviesa por episodios de humanidad en los que se figura niños risueños o esposas esperanzadas: los seres reales que sostienen las cifras de empleo. Y cuando el tecnócrata empezaba a emocionarse, recuerda de súbito la sanción que pende sobre su último balance. Entonces el tecnócrata, que sabe que solo la eficiencia le justifica ante un pueblo sentimental y exasperado, recuerda el relajamiento contable aconsejado por un año electoral y repite entre dientes: «Cuando las cuentas comienzan a cuadrar, llega la política y lo jode todo».

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3 junio, 2016 · 12:53