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El pulso recobrado de Madrid

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Madrileñeando.

Madrid, tres meses después, es una comunidad de 8.691 cadáveres y 70.521 contagiados según las últimas estadísticas oficiales. Hoy sabemos que son oficiales o son veraces, pero nunca ambas cosas a la vez. Mientras el Gobierno parece poner un delicado empeño en confundir lo máximo posible a los ciudadanos respecto del número real de víctimas de la covid -merecen al menos el póstumo homenaje de que alguien las cuente bien-, los madrileños se echan a la calle a secarse las cicatrices al sol.

Ningún lugar ha sufrido tanto como Madrid y ningún origen despierta tanto recelo llegada la hora de la libertad de movimientos. Es decir, de la libertad a secas. Si la aporofobia es el rechazo al pobre, la madrileñofobia es el rechazo al centralista que, enfermo positivo o solo imaginario, no hace el favor de quedarse en su piso hasta que se patente una vacuna sino que se escapa al pueblo para aterrorizar a los ancianos de la España vacía. Pero los madrileños, que son los últimos en salir, serán los primeros en llegar hasta el último rincón de un país que hay que redescubrir entero tras una pertinaz reclusión. El drama de Madrid es el de todos y su renacimiento también.

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22 junio, 2020 · 9:54

Todos los paletos fuera de Madrid

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La ciudad no es para él.

Fue una de las canciones del verano de 1985 y decía así: “Subes a un autobús y huele a campo, ¿quién tiene la culpa? Los paletos. ¿Quién nos ensucia el Museo de El Prado? Los paletos. ¿Quién tiene la culpa de los atascos? Los paletos. Que se vayan fuera, fuera, fuera, fuera, fuera”. Al pop travieso de Séptimo Sello debemos el menos madrileño de los himnos, una proclama tan xenófoba que solo podrían tomarla en serio los mismos literalistas beodos que en los bares pijos berrean El imperio contraataca de Los Nikis con genuina nostalgia imperial. Porque si Madrid se ha redimido espectacularmente de su destino de poblachón manchego poblado por subsecretarios es justo por la chulería de renunciar a la identidad en un país que funda su lucrativo victimismo sobre la pertenencia a un terruño rico en folclore y pobre en atenciones presupuestarias. Por más que Camba se comprometiera a hacer de Getafe una nación a cambio de un millón de pesetas, el madrileño no tiene tiempo para compadecerse de sí mismo ni para construir su propio hecho diferencial porque seguramente sus padres llegaron a Madrid huyendo de un hecho diferencial ya construido, asfixiante y viciado como la halitosis que nace de toda mascarilla obligatoria. Tuvo que venir Latorre, el menos gallego de los columnistas gallegos, a descubrirnos que a Madrid se viene a que te dejen en paz.

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16 junio, 2020 · 10:20

Revolución en mocasines

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Revolucionario.

La equívoca categoría del pijo la inventó Tolstoi cuando escribió esa estupidez de que todas las familias felices se parecen pero las desgraciadas lo son cada una a su manera. Siempre hubo variedades exóticas en la felicidad, mientras que hoy recorre el mundo una misma desgracia matando a ricos y pobres antes de ponerse a igualarlos por abajo. El resentimiento de clase que mueve el pequeño corazón de la izquierda cañí tiende a confundir la clase con la ideología, y por eso no repara en que hay pijos de derechas como pijos de izquierdas, ni en que estos segundos a menudo tienen más dinero y viven en mejores barrios que los primeros, cuando no en los mismos, culpa que los atormenta y que purgan votando a Podemos o lamiéndole la alarma a Sánchez, cuya ideología conocida es la sanchista. En cuanto a Podemos, no ha sido más que el atajo que tomó el hatajo de Somosaguas para escalar de clase sin abrazar la coherencia ni renunciar a la ideología.

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17 mayo, 2020 · 23:07

Máscaras bajo tierra

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Iberia sumergida.

El tren irrumpe en escena como salido de la película de los Lumière. El confinamiento es una fuente de realismo mágico que restaura un mundo primordial, antiquísimo, previo al coronavirus, cuando las cosas se acababan de inventar y aún no tenían nombre. Así, una estación del metro de Madrid ofrece hoy en hora punta el espectáculo inédito de un andén vacío y demudado. Cuando un brusco traqueteo anuncia la llegada del convoy y su morro picudo asoma por un extremo del túnel, estamos tentados de señalarlo con el dedo para poder identificarlo.

Madrid encuentra en su red de metro uno de sus orgullos más fundados. Extensa, renovada, eficiente. Bajo la pandemia sigue mostrándose a la altura de su reputación, pero nos preguntamos si el derroche está justificado cuando en el interior de sus vagones se cuentan las cabezas enmascaradas como los postes de teléfono en la llanura castellana. Cada tres o cuatro minutos llega puntualmente el metro, se sube nadie, se baja uno o ninguno, suena la bocina y reemprende su marcha melancólica hacia otra estación desierta. Quizá no solo sea bueno que el metro de Madrid conserve su cadencia suiza sino que quizá sea balsámico. Ojalá todo el Estado funcionara como el metro.

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20 abril, 2020 · 11:18

Para que la vida triunfe

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12 abril, 2020 · 22:19

La cofradía del Santo Aplauso

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Rito.

Cada tarde los españoles salen a sus balcones, los que los tienen, y a sus ventanas todos los demás para aplaudir al pelotón de sanitarios que está salvando la civilización. Les aplaudimos a ellos, desde luego; pero en cada detonación vespertina también nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos. No porque tengamos nada de lo que enorgullecernos, sino por miedo. Porque tenemos mucho que perder y necesitamos invocar a quien puede evitar que lo perdamos. Con el batir de palmas espantamos el silencio opresivo de nuestras calles y los malos pensamientos que germinan en él. La profilaxis nos ha vedado todos los rituales colectivos, incluyendo aquel que inauguró la civilización: enterrar a nuestros muertos. Así que hemos tenido que inventarnos uno lo suficientemente distante y lo suficientemente cálido como para mantener vivo el espíritu de comunidad, sin el que propiamente es imposible llamarse humano.

Cuando la peste asolaba Europa, los hombres se agruparon en hermandades para implorar la intercesión divina. Hoy la fe no la ponemos tanto en tallas y advocaciones como en médicos y enfermeras, pero la fragilidad y la gratitud que confesamos con las manos es la misma. Antes juntábamos las palmas para rezar, hoy las batimos para aplaudir. La pandemia ha fundado una nueva hermandad: la cofradía del Santo Aplauso. Su misa se celebra cada día a las ocho en punto de la tarde y no dura más de cinco minutos. Sus fieles son de toda clase, edad, sexo, raza, ideología y condición. Y sin embargo, cada cual aplaude a su manera.

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22 marzo, 2020 · 22:32

Almeida

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Un alcalde.

No es el más alto ni el más carismático, pero es un político decente. Uno con más principios que estrategias. Las estrategias sirven para salir favorecido en los medios, y esa batalla la tenía perdida José Luis Martínez-Almeida desde que se metió en el PP, un partido en inmunodeficiencia mediática en gran parte por su culpa. Los principios, en cambio, sirven para saber lo que hay que hacer cuando todo el mundo a tu alrededor pierde la cabeza, empezando por el presidente de tu país. Mientras los estrategas forcejeaban con sus propios argumentarios y el virus se propagaba feliz, Almeida oyó la voz interior que en su gremio suele yacer bajo toneladas de tacticismo y le puso un micrófono: los ciudadanos se merecen la verdad; no cabe descartar el cierre de Madrid; los jóvenes deben estar a la altura del legado de sus mayores; necesitamos medidas económicas ya: aquí van las nuestras. Almeida no esperó a consensuar estas declaraciones con nadie porque hay momentos especialmente contraindicados para las mesas de negociación, sobre todo si al otro lado se sienta tu conciencia. Tu deber.

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17 marzo, 2020 · 10:55

La última noche de Madrid

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Solo en Sol.

Madrid es una ciudad de más de 2.940 contagiados y 133 cadáveres, según las últimas estadísticas. Un enemigo silencioso y voraz se encargará pronto de caducarlas: para cuando usted lea esto, sus víctimas serán más. Y quizá muchas más. Madrid es el rompeolas de una pandemia y es también la capital de un país en estado de alarma. Como a otras urbes del mundo, pero con la saña adicional que nació de la imprudencia política, la ataca la cólera abstracta del Covid-19. Los madrileños no oyen bombardeos ni gritos de dolor, ni cuentan con un aparato que mida la radiación arrojada al aire tras un accidente nuclear. Por eso se resisten a confinarse del todo. Porque el madrileño es un pueblo vitalista y hedónico que necesita ver para creer, sentir para cambiar y sufrir para obedecer.

Es viernes por la tarde y el presidente del Gobierno acaba de anunciar un decreto de medidas extraordinarias que entrará en vigor mañana. Será interesante descubrir cómo interpreta Madrid esta víspera tensa, prórroga inverosímil, fruto de la improvisación si no de la irresponsabilidad.

Desde su pedestal en Colón la cabeza blanca de Julia se alza sobre una ciudad conmocionada. Ahora ya sabemos por qué Jaume Plensa la esculpió con los ojos cerrados: para no ver cómo una metrópoli concebida para el ruido enmudece lentamente. Demasiado lentamente a juicio de las autoridades. Los viandantes transportan bolsas de avituallamiento por el Paseo de Recoletos, los ciclistas pedalean contentos de no tener que compartir calzada con los coches y los runners consideran que corren más rápido que el coronavirus. Los políticos han apelado a la responsabilidad individual, un concepto que lleva cogiendo polvo en el desván del primer mundo desde que se inventó el consumo de masas y el paternalismo de Estado, más o menos.

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15 marzo, 2020 · 23:44