Lejos en casi todos los sentidos de la Puerta del Sol se sigue levantando el Monasterio de El Escorial. Que no es un monumento sino una piedra en el camino identitario del español, con la que tropieza rabioso o a la que se encarama olímpico como sobre un pedestal de siglos. Hay por tanto españoles recelosos de lo escurialense y hay enanos agradecidos que nos subimos con cierta regularidad a los hombros berroqueños de este gigante apostado en una vertiente del Guadarrama. Luego está Ortega, que se sentía fascinado por «nuestra gran piedra lírica», entendida la fascinación como lo que es: una mezcla proporcional de atracción y de rechazo.
Aprovechando el paso cojo de Macron por España, reconozcamos a los franceses el mérito de haber inventado la tragedia revolucionaria original en 1789 y también su repetición como farsa en mayo de 1968. Desde Maidán en 2014 ya no quedan europeos capaces de lo primero, pero epígonos incruentos y efímeros del 68 surgen regularmente en nuestras ciudades primermundistas, empezando por los propios franceses con aquellos chalecos amarillos.
El brazalete negro que anillaba las mangas blancas no era solo un ejercicio de gratitud a la memoria de Santamaría: era una invocación a la leyenda europea del Real Madrid. Una plegaria pronto atendida. Porque el finado respondió a la cita entorpeciendo el despeje de Neuer, héroe en la ida y villano antes de cumplirse el primer minuto de la vuelta. Su despeje garrafal llegó a la zurda de Güler, que no había viajado a Baviera a perdonar a nadie.
El orador despacha su discurso con el automatismo municipal que da la costumbre. Sus frases se concatenan sin esfuerzo ni pasión, parecen brotar del mecanismo oculto que tracciona las escaleras del metro de Madrid cuando no se estropean. Él adquirió esa mecánica destreza cantándole temas al preparador de abogados del Estado. Es una retórica monótona, quizá demasiado fría en estos tiempos de emotivismo a flor de red, pero a cambio imprime a sus intervenciones cierta solidez industrial, una fluidez sintáctica que contrasta con los balbuceos sincopados que cualquier cronista parlamentario debe tolerar cada semana.
Cada cual se obsesiona con lo que no tiene, así que el madrileño enseguida se alboroza ante el mar y ante la nieve. Me refiero al madrileño capitalino, porque el serrano viene acostumbrándose al mullido silencio de las cumbres blancas desde tiempos carpetanos. El carácter de Madrid consiste en un casticismo amistado con la vanguardia, y por eso debía ser el más madrileño de nuestros escritores quien nos informara del origen de los cisnes: desde Ramón sabemos que nacen de la nieve caída en el lago. No sabemos cuántos cisnes nacieron del seno glaciar de Filomena, ni sabemos si nos abandonaron como los patos de Tony Soprano o si reemplazaron a los que nadaban unánimes junto al Palacio de Cristal, aprovechando que El Retiro lo cierran por las noches. La nevada de nuestras vidas nos visitó hace cinco años como la embajadora cósmica de otra era. A este madrileño le cayó en mitad de una mudanza, inaugurando a sus treinta y muchos la improbable condición de propietario, y al tomar orgullosa posesión de mi dominio tuve primero que desokupar a Filomena, que había descerrajado la caldera con sus gélidos puños. Dos semanas pasé duchándome con una ensaladera puesta a calentar en el microondas. Pero nunca temblé tanto como en el cubil de mi primera emancipación: le sobraba bohemia a fuerza de faltarle calefacción en enero y aire acondicionado en julio. Cuando le mandé a mi hermana médico una foto de mis dedos súbitamente añiles, en la esperanza de haber merecido al fin la bendición de los estigmas, me respondió con un arcaísmo sacado de las historietas de Carpanta: «Sabañones».
Será una paradoja lo que voy a decir, pero la izquierda antiayusista se ha vuelto tan conservadora como la derecha antiayusista de Abascal, aunque ambas odiarán reconocerlo. Por las dos orillas de la ideología van rezongando al unísono por el traspaso de la propiedad del Café Gijón, o por la epidemia de restaurantes con ínfulas de acuario para ricos que someten a la tasca y al bareto, o contra el cierre de una farmacia histórica que ahora oferta bisutería china. Es culpa de este Madrid misceláneo y fluido que no negocia con la unanimidad museística de las nostalgias ochenteras. En esa añoranza rígida coinciden el humorista de Más Madrid, la charo sociata y el joven Quero de Vox, que tiene pendiente y estudios, a diferencia de todos sus compañeros, y eso lo vuelve inevitablemente llamativo como una tarántula sobre un trozo de bizcocho. Desde la razón iliberal compartida con el progre, los pisazos en Salamanca o Chamberí pagados a tocateja por un mexicano podrido de pesos irritan al portavoz de ese giro lepenista que quieren imprimirle los visionarios de Bambú a la derecha de toda la vida (tarea hercúlea que vamos a ver si no termina como el rosario de la aurora, porque quiero ver yo al cayetanado votando a favor de más intervención del Estado y menos libertad para las empresas).
Corren buenos tiempos para la nostalgia, para la dignidad melancólica de los miradores si nos ponemos umbralianos, y por eso sobre el cierre temporal del Café Gijón han vertido lágrimas incluso aquellos que jamás se reunieron en sus tertulias o llegaron demasiado tarde para conocer al cerillero, que se llamaba Alfonso y desvirgaba secretos al oído capaces de abreviarle la inocencia de la infancia a mi compañero Antonio Lucas.
Todos hablan de la canción de Sergio Ramos, y no es para menos. Yo mismo la he reproducido fascinado una y otra vez a lo largo de esta semana, y puedo decir que creo haber penetrado en el sutil espíritu que anima su composición. En las líneas venideras, con las luces que permita mi pobre juicio, trataré de desentrañar las claves líricas de esta obra notable, claramente deudora del Siglo de Oro español.