Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

Otoño imbécil

15360805359118

Ellos se juntan.

A este tipo, Torra, lo define el modo en que hurtó el rostro a Albiol para cortar una discusión en el homenaje de Cambrils. Ese movimiento accionado por la cobardía a medias con la intransigencia revela el carácter paradójico del supremacista, que comparte con el machista esa debilidad íntima que trata de enmascarar con la violencia. Torra no alienta el enfrentamiento porque sea malvado, sino porque es imbécil: etimológicamente, un hombre sin atributos. Uno que ignora que inventamos la política institucional para reglar el conflicto, y que su principal deber como dirigente público consiste en mantener las formas cuando discute con otro político de signo opuesto. Se reconoce al fanático irrecuperable cuando esa cortesía elemental le exige un esfuerzo superior a sus fuerzas. Y cuando el poder recae en una personalidad subdesarrollada, detenida en el radicalismo de la niñez mental, sobreviene el desastre. Porque a un niño siempre le sobra la democracia.

Cómo echamos de menos a los políticos profesionales, tan denostados por esta ola populista que atiza resentimientos necios a cambio del relevo en los despachos. El sabio pragmatismo de los diplomáticos de culo de hierro que jamás se levantaban de la mesa de negociación ha sido vencido por la estupidez triunfal de los puros, los insobornables, los imbéciles poseídos de misiones y ayunos de inteligencia. Cuenta Cicerón que Catón no se explicaba que un arúspice no rompiera a reír al encontrarse con otro arúspice, conscientes ambos del fraude del que vivían y de la extendida credulidad de sus clientes; pero cuando Torra se encuentra con Puigdemont, cuando estos dos aprendices de brujo salidos del sobaco más profundo de Wilfredo el Velloso se miran a la cara, nadie se ríe. Y ese es el drama: que la fase cínica -representada por Artur Mas– ha sido superada por la fase dogmática.

Leer más…

Anuncios

1 comentario

5 septiembre, 2018 · 11:53

El sarampión ha vuelto

15355561948012

Joven curándose el nacionalismo.

No puede extrañarnos el retorno del sarampión a Europa, enfermedad que creíamos tan derrotada como el nacionalismo. El sarampión, o el nacionalismo, es una infección respiratoria sumamente contagiosa que cursa con erupción cutánea, tos seca, secreción nasal, fiebre alta y ojos rojos, incluso inyectados en sangre. Basta respirar los miasmas aéreos de un ambiente contaminado -por ejemplo allí donde haya tosido previamente un nacionalista- para infectarse. Suele hacer presa preferiblemente en niños, o en adultos infantilizados por la ignorancia o el resentimiento que no han recibido a tiempo la vacuna sufragada por la sanidad pública, es decir, por la educación pública, lo que constituye un claro caso de dejación de funciones por parte del Estado. Científicos y politólogos explican que el sarampión arraiga más fácilmente en sistemas inmunológicos deficitarios; la diferencia es que la enfermedad, cuando es contraída por adultos -adultos de aspecto, porque en realidad no han dejado de ser niños-, cursa con mayor virulencia que en los bebés, llegando a provocar graves alteraciones e incluso la muerte, según quedó suficientemente acreditado en las cuajadas trincheras del siglo XX, por no remontarse más.

Al niño que contrae el sarampión se le prescribe tomar mucho líquido, guardar reposo y abstenerse de relaciones con personas vulnerables. Ayuda mucho que el paciente aproveche la convalecencia para leer, pues el sarampión, como el nacionalismo, se cura leyendo sin que uno se dé cuenta: solamente hay que dar una oportunidad al sosiego mientras los anticuerpos de la razón hacen su trabajo. En caso contrario, la afección emocional avanzará nutriéndose del ruido y de la furia, devastando el tejido sano de la sociedad, porque el sarampión puede ser una premisa de la muerte como el nacionalismo lo es siempre del fascismo.

Leer más…

1 comentario

30 agosto, 2018 · 9:09

De la urnofobia al emoticono

15318388363335

Urnófobo.

Mes y medio después de la moción donde debió hacerlo, Pedro Sánchez presentó en el Congreso su programa de Gobierno, o su programa electoral. Eligió para ello el Día Mundial del Emoticono, y en eso nadie va a discutirle la coherencia: el emoticono es un invento de los ingenieros de Silicon Valley para ahorrarnos el esfuerzo del lenguaje articulado y el sanchismo es un invento de los spin doctors de Moncloa para ahorrarse el trámite de gobernar con escaños. ¿Estamos ante un Gobierno corto o ante un spot largo? ¿Vale la pena indignarse por las amenazas a la enseñanza concertada o a la industria del diésel? ¿Cuántas de las reformas anunciadas se llevarán finalmente a término? Es la pregunta que en estos momentos se están haciendo la momia de Franco en la huesa de Cuelgamuros y los defraudadores acogidos a la amnistía fiscal en el confortable anonimato del que Sánchez ya no quiere sacarles.

El presidente del Gobierno es un hombre audaz, pues hace falta audacia para llegar a presidente como ha llegado, pero a cambio padece dos miedos paralizantes: a los periodistas y a los votantes. De los primeros teme las preguntas, y para eso envía a las ruedas de prensa a sus ministras, y de los segundos teme la intención de voto, y para eso coloca en los fogones del CIS a don Tezanos, que llega con el mandil puesto y el carné en la boca. A este síndrome sanchista del pánico electoral lo ha bautizado Hughes como urnofobia, contra la cual solo se conoce un tratamiento: el dinero público, que ya se sabe que no es de nadie. El plan es comprar en el mínimo tiempo posible el máximo número de voluntades con cargo al bolsillo del contribuyente. Puede intentarlo porque recibe una España que crece al 3% y porque Calviño ha rogado a sus colegas bruselenses que hagan la vista gorda mientras engrasa con más déficit la campaña de las autonómicas. Y así es como, Sánchez, gobernando con los Presupuestos del centro-derecha, rinde tributo a la sentencia de Josep Pla, que advirtió que el socialismo es un lujo pagado por el capitalismo.

Leer más…

1 comentario

17 julio, 2018 · 18:15

Dos años de manicura

15301271885859

Sánchez y la Mano de Sánchez.

La legislatura de Pedro Sánchez ha resultado más bien una manicura. En ella lo importante no son las leyes, cuya confección exige mayorías parlamentarias, sino las manos, para las que basta un fotógrafo con tendencia a la mitomanía. Las manos de Sánchez están a punto de cobrar vida autónoma, de emanciparse del propio Sánchez así como los socios de Sánchez quieren emanciparse de España, y en estos juegos de manos o manicura federal asimétrica consumiremos los dos próximos años. Sin olvidarnos -por supuesto- de Franco, en cuyas manos descarnadas ya no queda ni la mitad de la determinación que el community manager de Moncloa aprecia en las de Sánchez, porque si quedara algo igual no le molestaban en otros 40 años.

Los usos marianistas fijaban las comparecencias en el Congreso después de los consejos europeos para informar de lo tratado a sus señorías; Sánchez comparece antes, lo cual tiene sentido en países que pactan su política exterior con sentido de Estado, como Alemania, y carece de él en países donde hasta el 4-4-2 se ideologiza, como España. ¿Por qué Sánchez viene al Congreso a hablar de Europa si al final de la sesión no se vota una posición común? Sencillo: porque todo el tiempo que gaste hablando de Merkel y Macron es tiempo que gana sin hablar de financiación autonómica, reforma laboral y otros engorros impracticables con 84 diputados. Los presidentes españoles tradicionalmente han dedicado su primer mandato al patio interior para proyectarse internacionalmente a partir de su segunda estadía monclovita, pero Sánchez está invirtiendo las prioridades; o más bien está tratando de opacar las servidumbres de lo doméstico con los destellos del fuselaje del Falcon: «No me vengáis con un presidente de Diputación valenciano que me estoy pegando con Salvini, paletos». O quizá no está muy seguro de que vaya a disponer de un segundo mandato.

Leer más…

1 comentario

28 junio, 2018 · 10:46

Ensayo sobre la ceguera

15257177793501

Hernández, el nuevo Saramago.

Tuve que leer dos veces el tuit de Gabriel Rufián mediada la segunda parte del clásico: «Que alguien le diga al árbitro que el Barça ya ha ganado la Liga». No todas las tardes el madridismo entero puede descubrirse reflejado con exactitud en las palabras del diputado más dicharachero de Esquerra Republicana de Catalunya. Pero así era y no había nada que añadir. Con esos apellidos, Hernández Hernández sabía muy bien que solo tenía una manera de inscribir su nombre en la historia, y eso hizo. Su actuación fue un ensayo sobre la ceguera que ya se ha convertido en el alegato más poderoso a favor de la inteligencia artificial desde aquel piloto alemán que estrelló su Airbus contra los Alpes. En el caso del canario, tanto da un dron con GPS o la esfera armilar ptolemaica de la Biblioteca de El Escorial: no será difícil que cualquier objeto inanimado mejore el rango de precisión sensorial de Hernández Hernández.

Lo peor de la deficiencia visual de Hernández es que le privaría de solazarse con el espectáculo teatral que en estos partidos programa siempre el Barcelona, en desleal competencia con el Liceo. Algunos de sus mejores jugadores, como Busquets o Suárez, han desarrollado un talento interpretativo hasta extremos que amarillearían de envidia a Núria Espert. Primero fingen la agresión y después coreografían el acoso arbitral, con la ventaja de que al final no necesitan pasar la gorra porque el público de Camp Nou ha pagado la entrada previamente para ver exactamente lo que le echan. La obra está ya muy vista, pero también la no investidura de Puigdemont lo está y no solo se sigue representando sino que sale de gira por Europa. Pese a todo, las malas lenguas aseguran que hasta los culés se cansan de la farsa, por lo que Piqué tuvo que obligar a los pobres utilleros a aplaudir en fila. Que él sin su dosis de adoración no se quedaba.

Leer más…

Deja un comentario

8 mayo, 2018 · 15:28

Los chopos de Dachau

15254539101408.jpg

La gratitud del ‘pueblo’.

Que nada se seca tan rápido como la sangre ya lo sabía De Gaulle cuando accedió a la independencia de Argelia, indiscutible colonia. En las aceras de la historia se seca la sangre enseguida y en las venas se hiela cuando pensamos que ETA quizá un día cobre sentido. El día en que, con la euforia que sigue al año de la victoria, el nacionalismo hegemónico alcance sus últimos objetivos democráticos. De momento el PNV tiene 1.018 concejales; Bildu, 894; el PSE, 196; y el PP, 79. Los dos partidos menos votados son los que pusieron los muertos.

Quizá España solo pueda mantenerse unida contra el acecho de una mafia violenta, cuya indefendible fealdad desacreditaba una causa que hoy resurge con alivio, higienizada, lista para condicionar el próximo estatuto. Quizá, perdonadme, la paz acelere el desmembramiento del Estado. ¿Habría podido lanzarse el procés con una banda nacionalista en activo? ¿Y no habría sido el País Vasco la primera comunidad en celebrar un referéndum de autodeterminación en ausencia de ETA?

Leer más…

El bueno (las víctimas de ETA), el feo (los cómplices de ETA) y el malo (los etarras)

Deja un comentario

6 mayo, 2018 · 19:29

Tanto todo para nada

15248495545558

Una época.

Me lancé sobre el teclado dispuesto a levantar acta del apocalipsis. Los partidos dinásticos del 78 pagan con la esterilidad su larga endogamia y mueren sin descendencia. Sus albaceas ajustan cuentas en sórdidos rincones o se disputan una herencia demediada. Los legisladores, encuadrados en falanges preelectorales -de esa rancia estirpe que adivina una rendición en cada pacto-, ya no legislan. El presidente se contrarreforma a sí mismo con tal de sobrevivir un año más. El Ejecutivo se desempodera en favor del Judicial, contra el que a su vez conspira la opinión efervescente del pueblo digital, receloso de toda autoridad ilustrada, ajeno a otra soberanía que la de su santa piel. Las identidades estabulan a los ciudadanos que sienten nostalgia de la comunidad perdida y olvidan los privilegios de la libertad ganada. La saturación de oferta material acicatea la demanda espiritual, las viejas luchas retornan a los nuevos corazones y vuelve a reivindicarse el colectivo -la clase, el género, hasta el barrio- sin renunciar ni por asomo al tecnificado ideal del individuo urbano. La incomprensible fe en el poder de la política, semilla de inexorables frustraciones, convive con la razón meritocrática, constatada por quienes progresan desentendiéndose de la prensa. La sociedad nunca fue tan mestiza, pero señalamos su creciente polarización; las empresas se globalizan, pero corremos a refugiarnos en el proteccionismo; la vida humana se alarga cada vez más, pero al cabo termina, y los hombres, como advertía Camus, no mueren felices.

Luego, a mitad de artículo, me paré a pensar. ¿Y si un minuto después del apocalipsis pasara lo de siempre, lo que suele pasar en estos casos, es decir, que no pase nada? Porque el pueblo opina y los jueces juzgan, pero lo malo sería que los jueces se limitaran a opinar mientras el pueblo dicta sentencia. Y los partidos nacen, pero también mueren, y del abono en que los sume su descomposición brota otro partido. Y los presidentes sobreviven, pero solo un poco más, porque Galicia hace mucho que dejó de dar dictadores. Y los nacionalistas chantajean, pero ninguna cesión los ha alejado un centímetro del estatuto legal de comunidad autónoma. Y florecen las pancartas en primavera, pero desde aquel mayo en París sabemos que la revolución solo es un cambio de amos en el peor de los casos; y en el mejor, una manera sexy de airear la intimidad, esa que Lacan llamó extimidad: la intimidad que reforzamos cuando la exhibimos. Hoy los revolucionarios se presentan a las elecciones y se quedan embarazados de gemelos.

Leer más…

El bueno (Carmen Quintanilla), el feo (Cristina Cifuentes) y el malo (La Manada)

Deja un comentario

2 mayo, 2018 · 19:28

Montoro en Maratón

15240742355580

El conseller de Hacienda.

Que nadie imagine un desliz de Cristóbal Montoro del que ahora se arrepiente. Que nadie crea que se ha dejado llevar por ese deseo reprimido de propia reivindicación que le tienta cuando ve cómo los aplausos, si los hay, son siempre para los demás, mientras los palos los recibe en régimen de monopolio. Todo lo que está pasando él ya lo había calculado antes de que el lunes EL MUNDO abriera en portada con la entrevista que le ha valido el requerimiento del juez Llarena.

Montoro es un hombre que habla mucho pero que calla mucho más. Quizá le cuadre el apelativo marianista de parlanchín, pero le sobra experiencia para calcular los efectos de sus palabras. Incluidos los efectos judiciales. Por eso mismo no se prodiga en los medios. Debe de ser el único ministro que todavía no ha ido a la televisión a bailar o a poner la cara para que se la partan, que es para lo que sirve sobre todo un político de nuestro tiempo. Ahora bien, cuando Montoro concede una entrevista, es porque quiere transmitir un mensaje. Ya puede uno insistir, que sólo recibirá la ansiada citación en la calle Alcalá cuando él lo tenga decidido. A partir de ese momento uno se limita a escuchar, atónito por momentos, y luego se abalanza sobre el ordenador con el mismo espíritu con que Filípides salió corriendo de Maratón.

Leer más…

Deja un comentario

19 abril, 2018 · 16:14