Te acaban de subir drásticamente el alquiler, Pedro. Te lo ha subido el único que podía hacerlo, el mismo casero que te alquiló el palacio a finales de 2023 a cambio de un precio abusivo: la igualdad de todos los españoles ante la ley. Pero aquella infame amnistía -siete votos por la impunidad de un golpista- que tres años después está a punto de consumarse no incorporaba una cláusula para prorrogar el contrato: expiró el mismo día de la investidura.
Es el hombre de la semana y lo será todavía de algunas semanas más, pero ya no de tantas. A Broncano, cuyo talento no merecía mancharse con la condición de humorista de cabecera del sanchismo, se le escapó el otro día la palabra «marzo», y parece evidente que no la ha oído en la calle Génova. De modo que la convocatoria de generales para el mes de marzo puede que no sea ninguna broma.
Dicen que esta sensación durará poco. La unidad, el desenfadado patriotismo, la alegría que se filtra por las grietas del muro que levantan diariamente para dividirnos. España como un puño apretado que se agita espontáneamente en Bilbao y en Sevilla, en Sabadell y en Toledo, en Tenerife y en Orense. Las pantallas gigantes -por eso las temen los nacionalistas hispanófobos- han funcionado como un dispositivo cívico y político, más que tecnológico: toda la estéril especulación de España como problema, el famoso concepto discutido y discutible de nación queda resuelto cuando el pueblo se reúne a gozar y sufrir sin intermediarios con los jugadores que lo representan. Pero es verdad que esas pantallas ahora serán desmontadas. Y dados los antecedentes es legítimo preguntarse si tantas hermosas imágenes de felicidad compartida son flores del día del triunfo que han de secarse mañana. ¿Cambió algo la primera estrella, bordada en 2010? ¿Cambiará algo la segunda, 16 años después?
Quizás convoco a Rufián a este folio con excesiva frecuencia, pero es que don Gabriel es mucho más que un político concreto o un opinador viral: es un patrón sociológico, una militancia andante, el metro de platino iridiado que se saca de la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de Sèvres, a las afueras de París, para saber cuánto mide cada día la inteligencia media de la izquierda. Otro día hablamos de la inteligencia media de la derecha, que no parece más larga, pero esa es otra columna.
Cualquiera diría que España no ha dejado de ser católica, y eso que el diagnóstico de Azaña va para un siglo. No se me ocurre otro líder capaz de concitar el respeto de las instituciones y el entusiasmo de las calles a la manera desarmada y desarmante de León XIV. Se le escucha por la cima de siglos desde la que habla, custodio de un mensaje sabido que enunciado por otro no llenaría un teleclub. Es el misterio al que se rinde Sorrentino y al que permanecen impermeables nuestros entrañables racionalistas.
Visto lo visto, debimos haber enviado a María Jesús Montero a Eurovisión. Dotes para el histrionismo más o menos involuntario nunca le faltaron, y tenía bastante más que ganar en Viena que en Sevilla. En su descargo, siendo piadosos, podríamos alegar que ella era muy consciente de sus limitaciones cuando se resistió a cumplir el encargo orgánico de su señorito. La mujer más poderosa del conjunto de la democracia según ella misma no reunía el poder suficiente para plantarse ante Pedro y negarse a bajar al matadero andaluz. Pero él se le dio todo y él se lo quitó. Bendito sea aquel en cuyo nombre son sacrificados los candidatos socialistas de todas las elecciones.
Ha tenido que azotar la península una borrasca de encuestas donde la derecha suma 200 escaños para que la izquierda se ponga a repensar su estrategia. No toda la izquierda: solo aquella que se siente en peligro personal de extinción. La otra perderá las elecciones y el gobierno, pero conservará el escaño nutricio que permite al político profesional transitar por el largo desierto de la oposición. Cuando Rufián se enteró de que Junqueras quería moverle la silla de portavoz de Esquerra -básicamente porque hace tiempo que don Gabriel ya solo es portavoz de sí mismo-, prendió en él una súbita vocación de emprendedor, un espíritu neoliberal de self-made boy a la búsqueda de una marca lucrativa con la que ganarse las habichuelas como un buen padre de familia.
El último quijote de la izquierda estatal no proviene de La Mancha sino de Santa Coloma de Gramanet, provincia de esa Barcelona que de tal modo acogió al Caballero de la Triste Figura que no pudo sino deshacerse en elogios a semejante archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres y correspondencia grata de firmes amistades. Pero Barcelona ha cambiado mucho desde entonces, y por no acoger ya no quiere ni a sus hijos pródigos, sobre todo si son nietos de andaluces. Lo sorprendente, lo imperdonable, es que aquel barcelonés de aluvión recriado políticamente en Madrid contribuyese con pasión digna de mejor causa a su propio extrañamiento durante los años autolíticos del procés. Cualquiera podía temer que un movimiento de fanáticos identitarios acabaría regurgitando a aquellos elementos de orígenes sospechosos que precisamente se enrolaron para hacérselos perdonar.