Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

España es de todos, rompe tu parte

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Rompiéndola.

Desde la moción de censura vivimos en el campo semántico de la ruptura, y en congruencia la palabra clave de la sesión de control fue el verbo romper. Pedro Sánchez rompe relaciones con Pablo Casado (aunque luego rompe esa ruptura para ofrecerle un pacto presupuestario); Casado acusa a Sánchez de romper con la Constitución y le pide que rompa con los que rompen España; Albert Rivera rompe la unidad de acción con el PP en la Mesa del Congreso; Pablo Iglesias teme que Sánchez rompa su pacto monclovita con membrete y todo para ponerle los cuernos con la oposición constitucionalista. En España todos rompen menos los que tienen que romper, que es ERC con el partido mutante de Puigdemont: siempre nos cuentan que están a puntito de dejarlo, pero al final terminan volviendo como las parejas cobardes.

No rompió Casado con su tono duro y su profusión metafórica: las madrasas catalanas, el lodo de TV3, el caballo de Troya sanchista en el sistema del 78 y el tigre por cabalgar del independentismo, que no es el de Blake: “Tigre, tigre, luz prendida en los bosques de la noche, ¿qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría?”. Pero ese tigre no es español porque en España manda el federalismo asimétrico del PSOE, por el cual unos españoles que no quieren serlo son más iguales que otros. Sánchez no ha leído a Blake, así que le respondió a Casado con el armamento convencional: extremismo, crispación… y corrupción, servida por la garganta profunda de Villarejo que apunta a Cospedal. Los audios fecales prestaron al Gobierno una munición que se le acabaría si Cospedal dimitiera, concediendo con ello a Casado la baza de aumentar la presión sobre Dolores Delgado; es lo que intentó Beatriz Escudero, que cuando habla agarra al reposabrazos como si lo fuera a despedazar, pero con María Dolores en el escaño su pólvora nace mojada.

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5 noviembre, 2018 · 15:41

Contra la pureza de Cataluña

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Los impuros.

Dos miedos gobiernan España desde hace muchos años: a que te llamen facha y a que te llamen botifler. El segundo se localiza específicamente en Cataluña, donde de todos modos se confunde exitosamente con el primero desde que a los nenes les cuentan que Colón, el del índice enhiesto, era catalán, mientras que Samaranch, el del brazo romano, llegó de Marte. Pero son dos pánicos invasivos, paralizantes, que todos los españoles posteriores a 1975 sentimos siete veces al día siete días a la semana. “¿Me llamarán fascista si digo esto? ¿Me purgarán de Las mañanas de TVE? ¿Perderé irremisiblemente todo sex appeal?”. Preguntas eternas que nos lanzan los puros y uno no siempre tiene el coraje de responder con honestidad. Ahí está Puigdemont, con el dedo ya sobre el botón electoral pero exiliado de por vida de Cataluña y de la razón porque Rufián tuiteó no sé qué sobre unas monedas de plata.

Dios me libre de señalar miedo en Arcadi Espada, ni siquiera en el Espada de 1981 que, según confesó el jueves en el momento álgido de la presentación de Contra Catalunya, no reaccionó como debiera al tiro en la rodilla que recibió Federico Jiménez Losantos por parte de los mismos que hoy dichosamente se conforman con el tiroteo mental, el disparo de la xenofobia sobre Inés Arrimadas. “Nadie protestó entonces. Y yo tampoco”, reconoció lentamente Espada a la cara de Losantos. Y en esa contrición, expiada por años de batalla compartida en el frente solitario de la libertad -el frente de los impuros-, se resumen todas las capitulaciones que deben conceder los buenos para que los malos triunfen. Aquel joven periodista fue en cambio uno de los apenas dos mil manifestantes que protestaron bajo la lluvia el 24 de febrero contra la intentona de Tejero de la víspera: ya tenía claro que asaltar el Congreso era violar su personal soberanía de ciudadano. Años más tarde el mismo fascismo, igualmente imbuido de patria pero esta vez vestido de civil, asediaba el Parlament.

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7 octubre, 2018 · 20:38

Candidato Valls

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Europa.

Decimos que la política se ha contagiado de la lógica del mercado porque los partidos compiten por el reconocimiento expresado en votos como las empresas pugnan por diferenciarse de la competencia para atraer al consumidor. Por eso hablamos de marca electoral, de oferta programática, de capital político, de comprar un argumento: lenguaje mercantil que metaforiza con precisión el funcionamiento de la lucha por el poder en las democracias representativas. La liquidez es a una empresa lo que la representación a un partido.

La alegoría comercial se ajusta tanto a la lucha partidista que corremos el peligro de sobrevalorar el factor diferencial en nuestros líderes. Un buen líder sería solo aquel que expresa a todas horas una identidad fija, reconocible para su electorado, considerado una masa compacta e inmóvil. Y en circunstancias normales, diferenciarse funciona. Pero en Cataluña hace tiempo que la anormalidad es la norma, como lo es en otros lugares de Europa que reaccionan con miedo a la intemperie global replegándose en el narcisismo de la pequeña diferencia. Por eso, si Manuel Valls tiene una oportunidad de ganar en Barcelona no será gracias a un perfil definido, restringido a unas siglas familiares, sino en virtud de una plataforma abierta al deseo común de igualdad y libertad que pueden compartir socialistas constitucionales, liberales progresistas y conservadores ilustrados. Se entabla entonces una alianza virtuosa que aspira a vencer por inclusión, no a excluir por identidad.

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22 septiembre, 2018 · 18:30

Otoño imbécil

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Ellos se juntan.

A este tipo, Torra, lo define el modo en que hurtó el rostro a Albiol para cortar una discusión en el homenaje de Cambrils. Ese movimiento accionado por la cobardía a medias con la intransigencia revela el carácter paradójico del supremacista, que comparte con el machista esa debilidad íntima que trata de enmascarar con la violencia. Torra no alienta el enfrentamiento porque sea malvado, sino porque es imbécil: etimológicamente, un hombre sin atributos. Uno que ignora que inventamos la política institucional para reglar el conflicto, y que su principal deber como dirigente público consiste en mantener las formas cuando discute con otro político de signo opuesto. Se reconoce al fanático irrecuperable cuando esa cortesía elemental le exige un esfuerzo superior a sus fuerzas. Y cuando el poder recae en una personalidad subdesarrollada, detenida en el radicalismo de la niñez mental, sobreviene el desastre. Porque a un niño siempre le sobra la democracia.

Cómo echamos de menos a los políticos profesionales, tan denostados por esta ola populista que atiza resentimientos necios a cambio del relevo en los despachos. El sabio pragmatismo de los diplomáticos de culo de hierro que jamás se levantaban de la mesa de negociación ha sido vencido por la estupidez triunfal de los puros, los insobornables, los imbéciles poseídos de misiones y ayunos de inteligencia. Cuenta Cicerón que Catón no se explicaba que un arúspice no rompiera a reír al encontrarse con otro arúspice, conscientes ambos del fraude del que vivían y de la extendida credulidad de sus clientes; pero cuando Torra se encuentra con Puigdemont, cuando estos dos aprendices de brujo salidos del sobaco más profundo de Wilfredo el Velloso se miran a la cara, nadie se ríe. Y ese es el drama: que la fase cínica -representada por Artur Mas– ha sido superada por la fase dogmática.

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5 septiembre, 2018 · 11:53

El sarampión ha vuelto

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Joven curándose el nacionalismo.

No puede extrañarnos el retorno del sarampión a Europa, enfermedad que creíamos tan derrotada como el nacionalismo. El sarampión, o el nacionalismo, es una infección respiratoria sumamente contagiosa que cursa con erupción cutánea, tos seca, secreción nasal, fiebre alta y ojos rojos, incluso inyectados en sangre. Basta respirar los miasmas aéreos de un ambiente contaminado -por ejemplo allí donde haya tosido previamente un nacionalista- para infectarse. Suele hacer presa preferiblemente en niños, o en adultos infantilizados por la ignorancia o el resentimiento que no han recibido a tiempo la vacuna sufragada por la sanidad pública, es decir, por la educación pública, lo que constituye un claro caso de dejación de funciones por parte del Estado. Científicos y politólogos explican que el sarampión arraiga más fácilmente en sistemas inmunológicos deficitarios; la diferencia es que la enfermedad, cuando es contraída por adultos -adultos de aspecto, porque en realidad no han dejado de ser niños-, cursa con mayor virulencia que en los bebés, llegando a provocar graves alteraciones e incluso la muerte, según quedó suficientemente acreditado en las cuajadas trincheras del siglo XX, por no remontarse más.

Al niño que contrae el sarampión se le prescribe tomar mucho líquido, guardar reposo y abstenerse de relaciones con personas vulnerables. Ayuda mucho que el paciente aproveche la convalecencia para leer, pues el sarampión, como el nacionalismo, se cura leyendo sin que uno se dé cuenta: solamente hay que dar una oportunidad al sosiego mientras los anticuerpos de la razón hacen su trabajo. En caso contrario, la afección emocional avanzará nutriéndose del ruido y de la furia, devastando el tejido sano de la sociedad, porque el sarampión puede ser una premisa de la muerte como el nacionalismo lo es siempre del fascismo.

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30 agosto, 2018 · 9:09

De la urnofobia al emoticono

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Urnófobo.

Mes y medio después de la moción donde debió hacerlo, Pedro Sánchez presentó en el Congreso su programa de Gobierno, o su programa electoral. Eligió para ello el Día Mundial del Emoticono, y en eso nadie va a discutirle la coherencia: el emoticono es un invento de los ingenieros de Silicon Valley para ahorrarnos el esfuerzo del lenguaje articulado y el sanchismo es un invento de los spin doctors de Moncloa para ahorrarse el trámite de gobernar con escaños. ¿Estamos ante un Gobierno corto o ante un spot largo? ¿Vale la pena indignarse por las amenazas a la enseñanza concertada o a la industria del diésel? ¿Cuántas de las reformas anunciadas se llevarán finalmente a término? Es la pregunta que en estos momentos se están haciendo la momia de Franco en la huesa de Cuelgamuros y los defraudadores acogidos a la amnistía fiscal en el confortable anonimato del que Sánchez ya no quiere sacarles.

El presidente del Gobierno es un hombre audaz, pues hace falta audacia para llegar a presidente como ha llegado, pero a cambio padece dos miedos paralizantes: a los periodistas y a los votantes. De los primeros teme las preguntas, y para eso envía a las ruedas de prensa a sus ministras, y de los segundos teme la intención de voto, y para eso coloca en los fogones del CIS a don Tezanos, que llega con el mandil puesto y el carné en la boca. A este síndrome sanchista del pánico electoral lo ha bautizado Hughes como urnofobia, contra la cual solo se conoce un tratamiento: el dinero público, que ya se sabe que no es de nadie. El plan es comprar en el mínimo tiempo posible el máximo número de voluntades con cargo al bolsillo del contribuyente. Puede intentarlo porque recibe una España que crece al 3% y porque Calviño ha rogado a sus colegas bruselenses que hagan la vista gorda mientras engrasa con más déficit la campaña de las autonómicas. Y así es como, Sánchez, gobernando con los Presupuestos del centro-derecha, rinde tributo a la sentencia de Josep Pla, que advirtió que el socialismo es un lujo pagado por el capitalismo.

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17 julio, 2018 · 18:15

Dos años de manicura

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Sánchez y la Mano de Sánchez.

La legislatura de Pedro Sánchez ha resultado más bien una manicura. En ella lo importante no son las leyes, cuya confección exige mayorías parlamentarias, sino las manos, para las que basta un fotógrafo con tendencia a la mitomanía. Las manos de Sánchez están a punto de cobrar vida autónoma, de emanciparse del propio Sánchez así como los socios de Sánchez quieren emanciparse de España, y en estos juegos de manos o manicura federal asimétrica consumiremos los dos próximos años. Sin olvidarnos -por supuesto- de Franco, en cuyas manos descarnadas ya no queda ni la mitad de la determinación que el community manager de Moncloa aprecia en las de Sánchez, porque si quedara algo igual no le molestaban en otros 40 años.

Los usos marianistas fijaban las comparecencias en el Congreso después de los consejos europeos para informar de lo tratado a sus señorías; Sánchez comparece antes, lo cual tiene sentido en países que pactan su política exterior con sentido de Estado, como Alemania, y carece de él en países donde hasta el 4-4-2 se ideologiza, como España. ¿Por qué Sánchez viene al Congreso a hablar de Europa si al final de la sesión no se vota una posición común? Sencillo: porque todo el tiempo que gaste hablando de Merkel y Macron es tiempo que gana sin hablar de financiación autonómica, reforma laboral y otros engorros impracticables con 84 diputados. Los presidentes españoles tradicionalmente han dedicado su primer mandato al patio interior para proyectarse internacionalmente a partir de su segunda estadía monclovita, pero Sánchez está invirtiendo las prioridades; o más bien está tratando de opacar las servidumbres de lo doméstico con los destellos del fuselaje del Falcon: «No me vengáis con un presidente de Diputación valenciano que me estoy pegando con Salvini, paletos». O quizá no está muy seguro de que vaya a disponer de un segundo mandato.

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28 junio, 2018 · 10:46

Ensayo sobre la ceguera

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Hernández, el nuevo Saramago.

Tuve que leer dos veces el tuit de Gabriel Rufián mediada la segunda parte del clásico: «Que alguien le diga al árbitro que el Barça ya ha ganado la Liga». No todas las tardes el madridismo entero puede descubrirse reflejado con exactitud en las palabras del diputado más dicharachero de Esquerra Republicana de Catalunya. Pero así era y no había nada que añadir. Con esos apellidos, Hernández Hernández sabía muy bien que solo tenía una manera de inscribir su nombre en la historia, y eso hizo. Su actuación fue un ensayo sobre la ceguera que ya se ha convertido en el alegato más poderoso a favor de la inteligencia artificial desde aquel piloto alemán que estrelló su Airbus contra los Alpes. En el caso del canario, tanto da un dron con GPS o la esfera armilar ptolemaica de la Biblioteca de El Escorial: no será difícil que cualquier objeto inanimado mejore el rango de precisión sensorial de Hernández Hernández.

Lo peor de la deficiencia visual de Hernández es que le privaría de solazarse con el espectáculo teatral que en estos partidos programa siempre el Barcelona, en desleal competencia con el Liceo. Algunos de sus mejores jugadores, como Busquets o Suárez, han desarrollado un talento interpretativo hasta extremos que amarillearían de envidia a Núria Espert. Primero fingen la agresión y después coreografían el acoso arbitral, con la ventaja de que al final no necesitan pasar la gorra porque el público de Camp Nou ha pagado la entrada previamente para ver exactamente lo que le echan. La obra está ya muy vista, pero también la no investidura de Puigdemont lo está y no solo se sigue representando sino que sale de gira por Europa. Pese a todo, las malas lenguas aseguran que hasta los culés se cansan de la farsa, por lo que Piqué tuvo que obligar a los pobres utilleros a aplaudir en fila. Que él sin su dosis de adoración no se quedaba.

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8 mayo, 2018 · 15:28