Plantear un pacto de Estado contra la Emergencia Climática nos parece muy precipitado, tal y como están las cosas en este país. Es verdad que España arde por sus cuatro costados con una virulencia nunca vista, si bien diremos lo mismo el año que viene, cuando España vuelva a arder puntualmente como no habíamos visto antes, y lo mismo ocurrirá el año siguiente. Porque España lleva décadas bravamente afianzada en la política y cobardemente prófuga de las políticas.
Lo avisaba en el artículo de la discordia a modo de profecía autocumplida: «Está el patio como para asomar la cabeza». Pero el estilo es el hombre, así que terminó asomando ese reguero paródico de tautologías que solo los tontos se toman en serio. Si los artículos de Rajoy no dicen nada es porque están escritos en una particular tinta invisible más pensada para revelar a quien lee que a revelar lo leído. El tonto literal cae invariablemente en la trampa y se retrata. Le ha vuelto a pasar a Rufián, que el verano pasado se atrevió a evacuar en El País un relato alucinógeno, entre el porno para mamás y el cantautor con diabetes.
Para la mitad de los españoles Santiago Abascal no dejará nunca de ser un fascista inmutable, y hace bien el líder de Vox en despreciar ese prejuicio goyesco. Como hace bien Pedro Sánchez en despreciar a quienes le llaman socialcomunista, como si para ser tal cosa no hiciera falta profesar un rígido credo ideológico, perfectamente incompatible con los gelatinosos principios del todavía presidente. Pero debemos reconocer que los cambios de opinión no han sido tan habituales en Abascal como en Sánchez. Por eso reviste gran interés el reposicionamiento que parece haber emprendido el líder del tercer partido del país. De acusar al PP de ser «el PSOE azul» a pactar cuatro gobiernos bajo premisa de «absoluta mano tendida». Y de alinearse con cada disparate de Trump a criticarle abiertamente por su machistada contra Meloni: «El señor Trump se está equivocando. No se puede tratar a los aliados como vasallos».
A poca celebridad que haya ganado un periodista español, hace tiempo que su vida consiste en responder a ciudadanos espontáneos que lo paran por la calle para preguntarle cuánto tiempo le queda a Pedro Sánchez. En el supermercado, en el gimnasio, en el aeropuerto, en la cola del cajero, en el desenfadado banquete de una primera comunión uno sabe que alguien se presentará de improviso, le tocará el hombro y volcará toda su ansiedad antisanchista sobre ese rostro o esa voz que le suena de algo, aunque no sepa exactamente de qué. Solo saben que nosotros sabemos, o eso creen, y desean ardientemente que usemos nuestro saber futurológico para acortarles el horizonte de su angustia.
Claro que todo puede ser lo de siempre: la clásica conjura de la derechona. Ese sentido patrimonial del poder. Esa tendencia histórica al golpismo que no pueden reprimir. Ese odio al progreso que les corroe cuando ven cómo hacemos avanzar la diversidad y la igualdad del Estado plurinacional. Porque ellos van de patriotas, siempre con la banderita y el himno, pero el patriotismo es un hospital donde nadie te haga huelga, y unos sindicatos alineados con la ministra de Trabajo para blindar la paz social, y unos fiscales que se atienen al orden jerárquico del Ministerio Público, que depende de quien depende. Pero la derecha política, mediática y judicial ha decidido secundar la orden de Aznar: «El que pueda hacer que haga». El mensaje está clarísimo y no deja margen a la interpretación. Ha dado una orden taxativa al deep state franquista que aún manda en España. Esas palabras son una meridiana invitación al golpe de Estado, y están atendiéndola. El ruido de togas de hoy equivale al ruido de sables de ayer.
Antes de llamar traidor a Juanma Moreno por pactar con Vox para ser investido, sacrificando así su aclamada centralidad en el ara bárbara de la prioridad nacional, yo me esperaría al balance de esta tercera legislatura. Más que nada porque Moreno ya fue presidente gracias a Vox en 2018, en coalición con Cs, y el resultado de aquel gobierno fue el título nacional de barón moderado. Ni Guardiola ni Azcón ni Mañueco se van a radicalizar por gobernar con Vox: más bien Vox asume el riesgo de moderarse al contacto con la criptonita de todo populista, que es la responsabilidad adulta, el derecho administrativo y la tabla de Excel.
Visto lo visto, debimos haber enviado a María Jesús Montero a Eurovisión. Dotes para el histrionismo más o menos involuntario nunca le faltaron, y tenía bastante más que ganar en Viena que en Sevilla. En su descargo, siendo piadosos, podríamos alegar que ella era muy consciente de sus limitaciones cuando se resistió a cumplir el encargo orgánico de su señorito. La mujer más poderosa del conjunto de la democracia según ella misma no reunía el poder suficiente para plantarse ante Pedro y negarse a bajar al matadero andaluz. Pero él se le dio todo y él se lo quitó. Bendito sea aquel en cuyo nombre son sacrificados los candidatos socialistas de todas las elecciones.
Hace dos meses parecía rigurosamente imposible que Juanma Moreno revalidase la mayoría absoluta. El auge de Vox y la pura dificultad estadística de repetir la carambola de hace cuatro años aconsejaban al PP andaluz que fuera reclutando a la brigada Aranzadi de la letra pequeña y acopiando ibuprofenos para negociar con Abascal el contrato leonino de la investidura. No sé si las guerras intestinas en Vox o las guerras exteriores de Trump son la causa última del estancamiento del partido, pero las elecciones en Castilla y León lo confirmaron por vez primera y todas las encuestas lo reflejan hoy. El PP acaricia en la comunidad más poblada de España una libertad sin las ataduras de la prioridad nacional. De hecho el lío provocado por el dichoso sintagma beneficia a Moreno por el afluente izquierdo: no pocos exvotantes socialistas escogerán la papeleta azul para emanciparla de la verde.