Archivo de la etiqueta: humanismo o muerte

Larga vida a 2020

Esta matraca del año perdido, del paréntesis trágico. Como si 2020 no hubiera sido un año inolvidable, el primero que justificó el retorno de la historia a nuestra vida cuando a los primermundistas nos habían separado ya del ser y el tiempo, condenándonos a la periódica actualización de nuestras aplicaciones telefónicas. Un año que de verdad podremos llamar histórico sin incurrir en la inflación calificativa del periodismo.

Claro que comprendemos las ganas de cerrarlo, de engullir con las uvas el tránsito nervioso a un año nuevo, se supone que mejor. Pero si el mono asustado que somos dejó de serlo fue porque almacenó sus traumas y los transmitió en forma de cuentos, mitos y dramas, que son el encantador precedente de nuestros prosaicos reportajes de balance anual. No cometamos el error animal de desperdiciar 2020 cuando debemos estudiarlo, paladearlo, odiarlo y amarlo.

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29 diciembre, 2020 · 10:16

La décima sinfonía

El hombre aún es joven pero se pregunta si tiene sentido seguir viviendo. Ese Dios que le dio el don le da ahora la conciencia minuciosa de su pérdida. Un zumbido perpetuo en los oídos le atormenta. Los remedios prescritos por los médicos, engreídos curanderos, solo han agravado su dolencia. A menudo confiesa que la soledad es su religión, y creyó que refugiándose en la aldea de Heiligenstadt, a las afueras de Viena, experimentaría alivio, la paz propicia a la composición. Pero el retiro solo ha intensificado su sensación de aislamiento. Furioso, arroja la partitura imposible de su tercera sinfonía, que viene a posarse junto al orinal que rebosa bajo el piano. Un relámpago negro le cruza las sienes. Toma la pluma y un pedazo de papel. Beethoven quiere suicidarse.

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28 diciembre, 2020 · 9:03

El fin y los medos

Los medos eran un pueblo bárbaro que vivía en la anarquía más completa. Cada cual luchaba por la estricta satisfacción de sus intereses, alimentando la guerra perpetua de todos contra todos. El estado de naturaleza tenía sus ventajas, por ejemplo una ausencia total de politólogos, pero también sus inconvenientes: cuando alguien se sentía víctima de una injusticia, no podía aspirar a que ningún árbitro reconociera su condición de perjudicado ni obligara a su reparación. Se limitaba a aguardar el momento de la venganza, si los dioses se la concedían.

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10 noviembre, 2020 · 10:16

Es duro tener 20 años

Es duro tener 20 años en 2020, reconoció Macron paternalmente el día que anunció otro confinamiento. Piadoso, no añadió que hay edades peores para vivir bajo el imperio funeral de la covid. Si la ola de primavera nos redescubrió la vulnerabilidad esencial de la vejez, cuando el ángel exterminador se demoró en las residencias, la ola de otoño nos ofrece el insolente espectáculo de la salud juvenil. Tanta salud en un mundo enfermo genera frustración. Y a los 20 años no todos saben aliviarse con poses de filtro o acordes becquerianos a la guitarra.

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5 noviembre, 2020 · 8:19

La hoguera de las identidades

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Fascismo ante una estatua antifascista.

Hemos visto a las conciencias más comprometidas de Occidente vandalizar el monumento a Churchill en Londres y amenazar el de Lincoln en Washington después de que las estatuas de Fray Junípero aparecieran decapitadas en California. Si yo tuviera que escribir un libro sobre el espíritu de nuestro tiempo, elegiría esta anécdota para elevarla a categoría moral. ¿Qué significa que los adalides más contrastados de la libertad sean víctimas de la purga retrospectiva de sus compatriotas?

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9 junio, 2020 · 14:14

Entrevista con El debate de hoy

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El editor de este blog.

Es reconocible por su facilidad para sonreír, aunque lo intenta disimular una barba desordenada como la mesa de un viejo redactor. Es una sonrisa algo pícara e inocente, de ese niño que pensaba que llevar la corbata sin anudar ya era ser un gamberro. Quizá por eso a veces introduce —como puñetazo de terciopelo— alguna palabra gruesa en sus columnas. O quizá sea la compleja herencia de un milenio que expiró viendo a ancianos quejumbrosos como Francisco Umbral, Fernando Fernán Gómez o Camilo José Cela, y a jóvenes insolentes como Tarantino. O quizá no otra cosa que la franqueza castellana de los Quevedo y los Cervantes, o la crudeza latina de los Marcial y Horacio.

En la universidad se entregó, precisamente, a los clásicos y también a autores muy modernos. De hecho, desde sus inicios, ha dedicado innumerables horas a la crítica literaria; por ejemplo, sus docenas de reseñas en Aceprensa. A partir de entonces, ha ido subiendo escalón a escalón —revistas locales, La Gaceta de los Negocios antes y después de Intereconomía, Jot Down, un copioso etcétera—, hasta dirigir la sección de Opinión de El Mundo. Lo compagina con otra tarea del oficio, como son las tertulias de La Sexta o algún rato que charla en la COPE. Y con la publicación de varios libros que deambulan entre el ensayo más o menos sólito —La granja humana (2015), El hígado de Prometeo (2016)—, el colectivo —su colaboración en La España de Abel (2018) y en La sorpresa Vox (2019)— y el «dietario de juventud» de sus Crónicas biliares (2017), o la semblanza de personajes históricos en Vidas Cipotudas (2018).

El madrileño y merengón Jorge Bustos Táuler (1982) parece que es creyente de alguna suerte de constitucionalismo liberal sin rigideces, etiquetas ni adjetivos tajantes, pero, sobre todo, es un irónico practicante. De esa ironía que escuece a los fuertes y que, por lo general, solo aspira a atemperar el puritanismo. Por eso puede disfrutar con un Mourinho desencadenado y que escupe en el mármol impoluto del Olimpo donde se micciona perfume de azahar. Porque sabe que es un Olimpo de cartón piedra y que ese perfume no es más que colonia barata. Pero, en el verdadero Palacio de Invierno, Bustos es capaz incluso de acicalarse la barba y vestir con la discreción que bien le enseñaron en casa.

Pregunta: Hughes, Jabois, su querido Gistau, Soto Ivars, usted… Todos con barba.

Respuesta: Y no te dejes a Isco ni a Benzema. La barba es una moda cómoda, pero quizá también sea una decisión vital: un «ahora nos toca» o algo así, pero sin los rancios compromisos de los barbudos setenteros.

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8 junio, 2020 · 11:03

Déjate aplaudir

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Taumaturgos.

De un país paralizado te llega cada tarde, puntualmente, el suministro nacional de gratitud, la caricia interior bruta de todos tus compatriotas. Quizá se te saltan las lágrimas y resbalan peligrosamente hacia la mascarilla, con la falta de higiene que supone. Pero el surco se secará enseguida, cuando vuelvas a inclinarte sobre ese viejo que se ahoga, a quien no salvará tu emoción removida sino tu frialdad técnica. Así un día y otro día, esperando el famoso pico de la curva que anuncian los políticos y que no termina de llegar. Escudriñas por tu cuenta las informaciones que vienen de Italia, anticipas el escenario y calculas tus fuerzas para adaptarte a él, para asumir una meta realizable, a la manera de los alpinistas que no apartan los ojos de la cota fijada más arriba. Tantos infectados entrarán, tantos saldrán, tantos se quedarán sobre la blanca cama. Tantos compañeros se contagiarán, tanto se alargará el turno para suplir sus manos. Así un día y otro día, aislándote del afecto exterior que te robaría la concentración, rindiéndote a él en el maldito instante en que la debilidad traspasa la delgada tela de la bata. Entonces te sientes culpable, no solo de no poder hacer más, sino de haber cedido a unos minutos de autocompasión. Quien los ve sufrir y morir todos los días sabe que no tiene derecho a la piedad, aunque lo tenga.

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22 marzo, 2020 · 22:25

Almeida

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Un alcalde.

No es el más alto ni el más carismático, pero es un político decente. Uno con más principios que estrategias. Las estrategias sirven para salir favorecido en los medios, y esa batalla la tenía perdida José Luis Martínez-Almeida desde que se metió en el PP, un partido en inmunodeficiencia mediática en gran parte por su culpa. Los principios, en cambio, sirven para saber lo que hay que hacer cuando todo el mundo a tu alrededor pierde la cabeza, empezando por el presidente de tu país. Mientras los estrategas forcejeaban con sus propios argumentarios y el virus se propagaba feliz, Almeida oyó la voz interior que en su gremio suele yacer bajo toneladas de tacticismo y le puso un micrófono: los ciudadanos se merecen la verdad; no cabe descartar el cierre de Madrid; los jóvenes deben estar a la altura del legado de sus mayores; necesitamos medidas económicas ya: aquí van las nuestras. Almeida no esperó a consensuar estas declaraciones con nadie porque hay momentos especialmente contraindicados para las mesas de negociación, sobre todo si al otro lado se sienta tu conciencia. Tu deber.

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17 marzo, 2020 · 10:55