Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido, advertía Machado en su autorretrato. De Bradomín sabemos que era el marqués feo, católico y sentimental de las sonatas de Valle, y sabemos que no existió. Mañara en cambio fue un español real que encarnó algo más que el arquetipo del caballero barroco. Encarnó en su biografía los dos polos del exceso: el de la vida y el de la muerte, la lujuria y la penitencia. Eros y Tánatos, si nos ponemos tan homéricos como Nolan.
Todo está mal en el caso Balogun. La entrada carnívora del jugador, la intervención feudal de Trump, la sumisión corrupta de Infantino. De esta concatenación de momentos infames ya no queda mucho por decir. Pero en el último tramo de toda injusticia siempre hay un individuo con el margen preciso de decisión, por costosa que sea, y de ese hombre no hemos hablado lo suficiente: Folarin Balogun. El clamoroso beneficiario de un privilegio que contamina el código fuente del deporte al que decidió consagrar su vida.
Antes el periodismo nacía de una sospecha infalible: el poder nos miente. Por entonces el poder estaba claramente identificado: bastaba mirar arriba, al origen de todas las sospechas. Fue la edad heroica de los muckrakers, aquellos reporteros que se enfrentaban con coraje a una casta localizada de caciques y plutócratas.
Pasadas las seis de la tarde del lunes un hombre joven con las manos ensangrentadas se presenta en la comisaría de Burjassot. Viene a entregarse porque acaba de matar a otro hombre, de profesión logopeda. La confesión incluye el móvil y los hechos: sospechaba que el logopeda que trataba a su hijo, de dos años de edad, abusaba de él. Un padre sabe cuándo le pasa algo raro a su hijo. Para confirmar las sospechas que envenenaban sus sueños se personó -armado, ay, de navaja- una hora antes de lo previsto en la clínica del logopeda. Al irrumpir en la consulta sorprendió a su pequeño sin el pantalón y sin el pañal. Ninguna técnica para mejorar el habla de un niño exige desnudarlo primero.
No hace falta haber leído los Escritos anticristianos de Voltaire para ser tomado por un racionalista respetable, como lo era el finado Jürgen Habermas. En célebre diálogo con Ratzinger vino a reconocer la insuficiencia moral de la razón democrática. Es decir, concedió que la democracia solo pervive bajo ciertas condiciones espirituales que ella no puede generar por sí misma. El pensador alemán, considerado el padre de la democracia deliberativa, era un optimista de la razón pero no se engañaba respecto de sus limitaciones epistémicas. Por eso no le importó conceder ante el futuro Benedicto XVI que la razón se vuelve cínica si no se beneficia de las intuiciones morales preestablecidas por la religión, del mismo modo que Ratzinger sostuvo que la religión necesita a la razón para no volverse fanática.
No es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad. No debemos caer en la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de la polarización. Los enfoques identitarios pueblan el mundo de fantasmas. Se necesitan hombres y mujeres que intuyan en la oscuridad la luz.
Con cuatro sentencias rotundas fijó León XIV el guion moral de su visita apostólica a una España que vuelve por desgracia machadiana a ser el trozo de planeta por donde vaga errante la sombra de Caín. La primera autoridad moral del mundo estrechó la mano de la penúltima -seamos piadosos con PS en lo que dure el santo viaje- y también la de Felipe VI, a quien se le ve notoriamente cómodo en la cercanía de León, como si hablaran un mismo lenguaje institucional. Este Papa es estadounidense pero es hispanoamericano, luego es español. Por eso citó enseguida al Big Four del santoral patrio: Santiago, Juan de la Cruz, Íñigo de Loyola y Teresa de Jesús. Cuatro nombres incalculables que no solo cambiaron la historia de la fe sino también de la literatura. Así lo reconoció el Rey: «La fe católica está enraizada en nuestro país, y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían». La mejor izquierda siempre lo comprendió; la peor derecha nunca lo valoró.
Lo primero que llama la atención de Auschwitz-Birkenau es el orden. La llanura rasa, el cielo bajo, la rectitud de las alambradas, la perfecta geometría de los barracones. Hasta ese momento el terror había sido producto del caos. La orgía revolucionaria, el fuego arrasador, el torbellino de la artillería, la carne trinchada por las bayonetas, los terrones destripados por las bombas.
Vuelve uno de Auschwitz y se encuentra con la polémica de La Casita de Bad Bunny. Si usted puede leer íntegro este artículo, se debe a que es suscriptor de EL MUNDO, y esa condición lo eleva automáticamente por encima de la clase de gente que pagaría por figurar en uno de esos rituales colectivos de regresión neolítica que algunos dan en llamar conciertos. Una sensibilidad bien formada jamás financiaría voluntariamente el sometimiento de sus tímpanos a la purga de Benito, y tampoco permitiría que su onda martirial alcanzase a sus allegados. Imagine exponer a un hijo o a una sobrina a semejante estallido de guturalidad primitiva, ese foco de hantavirus sónicos que se ha esparcido por Madrid con el permiso del Ayuntamiento y ante la pasividad de Amnistía Internacional. Por mi parte, recién aterrizado como estoy del infierno concentracionario, solo acierto a dar gracias a Yahvé de que el reguetón no se hubiera inventado en tiempos de Rudolf Höss.