Archivo de la etiqueta: humanismo o muerte

La conjura de los lectores

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Alguien le votó.

El miércoles publiqué una columna por la que no recibí un solo insulto en los comentarios digitales. No daba crédito. Se trataba de un texto poco complaciente con Sánchez, y aún menos con Zapatero, y uno confiaba en la habitual movilización de zombis en pijama a la caza del fascismo. Pero la jornada avanzaba, yo me metía en la página y al pie del artículo no comparecía una sola descalificación. Empecé a preocuparme. Para alguien consciente de que en España ningún columnista triunfa sin el tributo invertido de sus odiadores, tanta higiene resultaba degradante. Sabemos que desde que existe internet las puertas de los baños públicos están impolutas. Y ay de nosotros el día que vuelvan a pintar pollas en esas puertas y no en nuestras webs, porque ese día el periodismo habrá muerto. ¡Qué es el periodismo sino la posibilidad de seguir ofreciendo al lector la ocasión de rebajarse libremente!

Estaba a punto de llamar al informático del periódico cuando reparé en que la columna aparecía sin firma. Se me había olvidado rellenar la caja de autoría en el editor. Para cuando lo hice era tarde: los zombis habían pasado de largo sobre mi pieza y se encontrarían ya vomitando sobre un opinador más afortunado que yo. Apenas se presentaron cuatro comentaristas favorables, y la vergüenza de la unanimidad me enrojeció la cara. Pero después entendí que aquello encerraba una metáfora del mecanismo tribal de la política, en la que importa el quién y no el qué, el socio y no el programa, el argumento ad hominem y jamás el razonamiento complejo. Porque la identidad se define antes por negar lo ajeno que por afirmar lo propio.

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7 julio, 2019 · 22:56

Charlas literarias de E.M. Forster

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Cuando la literatura vivía en los ‘mass media’.

Yo también tuve una sección de libros en la radio, pero fracasó porque desgraciadamente yo no soy Edward Morgan Forster (Londres, 1879-Coventry 1970). La divulgación libresca es mucho más exigente de lo que parece, y el autor que la practique sin la peculiar clase de talento que precisa el género naufragará, bien por pedantería o bien por frivolidad. En el justo medio entre ambas amenazas se movió Forster durante los muchos años que duró su espacio radiofónico en la BBC. El escritor de Pasaje a la India o Una habitación con vistas era un apasionado de la literatura pero no era un erudito ni quería serlo: no le interesó jamás epatar al público con la sublimidad de sus observaciones, sino ponerlo en comunicación con los grandes genios de las letras. Forster era un exquisito que odiaba la función sacerdotal atribuida al intelectual al uso, de modo que al presentar a un poeta o un novelista en la radio se conduce más bien como “un anfitrión nervioso en una fiesta”, como dice Zadie Smith en el brillante epílogo que cierra este volumen, cuidadosamente compilado y traducido por Gonzalo Torné. Quiere verdaderamente que la gente disfrute leyendo tanto como él.

En un siglo dominado por el fanatismo, el talante liberal del humanista clásico que se expresa a raudales en estas páginas actúa como un bálsamo de civilización, y confiere nuevo lustre al viejo tópico horaciano de la aurea mediocritas: la vida dichosa espera al hombre que sepa conectar con el placer inmediato del arte, no al que se obsesione con el dogma religioso de la salvación o con el dogma político de la revolución o con el dogma estético de la vanguardia. Ante el dilema surgido del nacimiento de la cultura de masas, Forster tiene claro que su misión es acercar al pueblo a la cultura, no acercar la cultura al pueblo al precio de rebajarla.

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12 noviembre, 2018 · 17:48

El evangelio gástrico según Peyró

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Luis Solano (editor de Libros del Asteroide), Emilia Landaluce, Peyró y yo.

Buenas tardes a todos y gracias de corazón por venir.

Debo confesar que pensé seriamente en comprarme un traje de tweedpara presentarme hoy ante todos ustedes. Cuando uno recibe el jubiloso encargo de presentar el último libro de Ignacio Peyró, de inmediato se pone a meditar maneras de estar a la altura. Es como una reacción pavloviana hacia el deseo de la elegancia que nos falta, una aspiración cortés: todos queremos estar a la altura de Peyró, pero para eso habría que trabajar en Fleet Street y no en la Avenida de San Luis, distrito de Hortaleza. En cualquier caso no me he comprado el traje porque solo tengo una idea vaga de lo que es el tweed, temía confundirlo con la pana y corría por tanto el peligro de convertir esta presentación en otro Suresnes.

Estoy muy contento de que Peyró me eligiese para presentar Comimos y bebimos, porque si mi contacto cotidiano con políticos, tertulianos y tuiteros me avillana, sé muy bien que el contacto con Peyróme ennoblece. ¿Por qué lo sé? Un publicista cretino, de esos que rinden tributo a Rousseau sin haber leído jamás una sola página suya, diría que porque Peyró es auténtico. Su estilo es perfectamente reconocible, y su voz no se parece a la de ningún otro escritor de su generación, que es la mía. Este hecho avalaría ese culto lerdo a la autenticidad que profesa la posmodernidad, porque cada época se obsesiona con lo que no tiene. Pero lo de Peyró, más que autenticidad rusoniana, es un anclaje de plomo en la verdad de las cosas tangibles, masticables. Peyró conoce el entusiasmo por la realidad y lo difunde, y eso siempre resulta revolucionario, porque somos animales simbólicos, y cada vez somos más simbólicos y menos animales, por desgracia.

Hace poco leí una entrevista a Emmanuel Carrère en la que el pope de la autoficción daba este contundente diagnóstico: “Vivimos la era del fin de la realidad”. Tiene razón: la realidad se está extinguiendo, está siendo desplazada de nuestra vida crecientemente digitalizada. Pero todavía tenemos que comer para vivir. Nos queda la comida y nos queda la bebida. Y a esas dos realidades incontestables se aferra Peyró para decir su verdad, que es el placer de la buena mesa como un secular refinamiento del mero ejercicio de la función nutritiva que nos distancia del mono.

La humildad de la vida frente a la grandilocuencia de la política: esta es la primera lección que le da este libro a un hombre como yo, destinado en el frente de la opinión pública y las guerras culturales. Peyró ni siquiera cometerá la bajeza de guerrear por la tortilla con cebolla o sin ella, gilipollez muy celebrada en Twitter, como todas las gilipolleces. Peyró pone a guerrear al burdeos con el borgoña, y de ahí para arriba. Sin concesiones. Hasta cuando habla de la gaseosa parece que clasifica marcas de armagnac.

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5 noviembre, 2018 · 17:03

Fuera del Valhalla

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Suecos haciéndose los suecos.

De Suecia llega el son de cuernos vikingos llamando al repliegue de la tribu para lanzar el contraataque sobre el extranjero. El auge continental de la derecha identitaria parece más escandaloso en la cuna de la socialdemocracia, donde he visto parejas de impecable compromiso igualitario, en las que no se sabía si era más guapo él o ella ni dónde empezaba su voluntad y acababa la de papá Estado, Odín redistributivo que vela por su rubio futuro.

Hay quien explica el agotamiento del orden socioliberal de posguerra por razones generacionales: los nuevos votantes no están curados de espanto nazi ni temen el voto radical porque toda su imaginación para la distopía se agota en Netflix. Otros apuntan al tedio como motor de la existencia humana, corolario de una prosperidad inaguantable que nos remite a la habitación de Pascal, de la que siempre sale el hombre en busca de su ruina. Que el confort puede ser un infierno lo saben los solicitados camellos de los pijos y la sarcástica guía rusa que en San Petersburgo me encarecía los 100.000 obreros sacrificados por Pedro el Grande en la edificación de su maravillosa ciudad, mientras atribuía la elevada tasa sueca de suicidios a la falta de retos. “Los rusos no nos suicidamos tanto: lo tenemos todo por hacer”.

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10 septiembre, 2018 · 10:13

El sarampión ha vuelto

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Joven curándose el nacionalismo.

No puede extrañarnos el retorno del sarampión a Europa, enfermedad que creíamos tan derrotada como el nacionalismo. El sarampión, o el nacionalismo, es una infección respiratoria sumamente contagiosa que cursa con erupción cutánea, tos seca, secreción nasal, fiebre alta y ojos rojos, incluso inyectados en sangre. Basta respirar los miasmas aéreos de un ambiente contaminado -por ejemplo allí donde haya tosido previamente un nacionalista- para infectarse. Suele hacer presa preferiblemente en niños, o en adultos infantilizados por la ignorancia o el resentimiento que no han recibido a tiempo la vacuna sufragada por la sanidad pública, es decir, por la educación pública, lo que constituye un claro caso de dejación de funciones por parte del Estado. Científicos y politólogos explican que el sarampión arraiga más fácilmente en sistemas inmunológicos deficitarios; la diferencia es que la enfermedad, cuando es contraída por adultos -adultos de aspecto, porque en realidad no han dejado de ser niños-, cursa con mayor virulencia que en los bebés, llegando a provocar graves alteraciones e incluso la muerte, según quedó suficientemente acreditado en las cuajadas trincheras del siglo XX, por no remontarse más.

Al niño que contrae el sarampión se le prescribe tomar mucho líquido, guardar reposo y abstenerse de relaciones con personas vulnerables. Ayuda mucho que el paciente aproveche la convalecencia para leer, pues el sarampión, como el nacionalismo, se cura leyendo sin que uno se dé cuenta: solamente hay que dar una oportunidad al sosiego mientras los anticuerpos de la razón hacen su trabajo. En caso contrario, la afección emocional avanzará nutriéndose del ruido y de la furia, devastando el tejido sano de la sociedad, porque el sarampión puede ser una premisa de la muerte como el nacionalismo lo es siempre del fascismo.

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30 agosto, 2018 · 9:09

En el Palacio de la Pena

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Palacio dela Pena, en Sintra.

Los portugueses sienten tanta alegría al contacto con la tristeza que su música nacional es una forma refinada de lamento llamada fado y su mayor atracción turística se llama Palacio de la Pena. Ellos han hecho de la languidez un pujante negocio al modo inverso en que el capitalismo anglo nace del optimismo de la voluntad protestante, ese espíritu de emprendimiento con que los catequistas de máster evangelizan a las tiernas camadas de animal de cuello blanco. No es que los portugueses no sean emprendedores, que lo son cada vez más, sino que tienen la elegancia de disimularlo con todo el pesimismo que aún son capaces de extraer del alma nacional, que es un alma en pena que no deja nunca de sonreír.

Este nudo de paradojas encuentra en Sintra su colorida apoteosis. El rey Fernando II, que venía de Sajonia calado de romanticismo, se inventó en la montaña alzada sobre la nariz de Iberia una fantasía medieval, entre gótica, mora y manuelina, que convierte a Gaudí en un discreto minimalista. Aprovechó para ello no solo la estructura del abandonado monasterio de Nuestra Señora de la Pena sino también su nombre, y a nadie le pareció incoherente que tuvieran que referirse con pena al más desenfadado estallido de imaginación del sur de Europa. Esa ambigüedad define un carácter. El carácter que elige como mitos nacionales a una novia cadáver como Inés de Castro y a un rey que nunca llega a ser coronado como Sebastián.

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31 julio, 2018 · 12:33

Los últimos Sanfermines

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Pecado.

Muchos años después, frente a la pantalla de grafeno, el presidente del partido en el poder (Sintiencia) recordó orgulloso la agria polémica en que se impuso al último partidario de los Sanfermines. Hacía tiempo que las elecciones en el país no las dirimía el enfrentamiento entre izquierda y derecha, ni ya entre soberanía y cosmopolitismo -aunque muchos reconocían de tapadillo aquella facilidad viajera de los tiempos del euro-, sino entre animalistas y especistas. Los había convocado la televisión pública, dirigida por un consejo de inequívocos activistas del sensocentrismo. La empatía con los animales había conquistado amplias capas de la población, barriendo los vestigios de un primitivismo que solo sobrevivía en ciertas catacumbas rurales donde aún se practicaba la caza furtiva del conejo, penada con prisión. Aquel hombre desmañado, a todas luces desertor del gimnasio y enemigo del dietista se empeñaba en acusarle de promover una sofisticada hipocresía. Sus patéticos razonamientos estremecían el plató.

Afirmaba que el veganismo, cuya regulación por ley orgánica acaba de ser celebrado como un hito del progreso, no solo recortaba la libertad del hombre sino que colonizaba la vida del animal. Invocaba salvajes escenas de documentales borrados para reivindicar la naturalidad de la predación, y negaba que la prohibición del consumo de carne nos hubiera hecho mejores personas, o animales. Añoraba las indecentes borracheras de su juventud pamplonesa en días como estos, consagrados a la subversión del orden y la moral, cuando el hedonismo individualista campaba a sus anchas y las denuncias por violación se multiplicaban porque las relaciones sexuales todavía no estaban sujetas al actual protocolo consensual. La gente fornicaba en los parques, vomitaba en las aceras y maltrataba a los toros para su solaz.

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El bueno (Casado), el feo (Meritxell Batet) y el malo (Consejo de RTVE)

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8 julio, 2018 · 23:04

Jauría eres tú

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De dioses a animales.

Qué es jauría, dices mientras Màxim clava en nuestra conciencia su dimisión del banco azul: jauría eres tú. Quien no es de izquierdas de joven no tiene corazón y quien no ha sumado su ladrido al coro de canes indignados por la mera existencia de la luna no tiene Twitter. En la calle digital reina la agresividad por defecto y ya no quedan tejados para gatos indiferentes: hoy todos somos perros comprometidos.

Al divino Màxim le ha sucedido, invirtiendo la secuencia darwinista, el zoológico Guirao, que considera a los animales iguales al hombre «en inteligencia, en sensibilidad y en derecho a la vida», con los problemas penales que semejante convicción les crea a los asadores. Si corren malos tiempos para la lírica es por el intrusismo de la política, cada día más cursi, de ahí que el progresismo del ministro supere el del poeta César Vallejo, quien en el poema que titula estas columnas ponía nuestra pena en observación como signo distintivo de lo humano: «Considerando también / que el hombre es en verdad un animal / y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…» A don Guirao no le damos en la cabeza con nuestra tristeza sino con nuestros impuestos (bien sabe Màxim que son lo mismo), y por eso anuncia la solemne bajada del IVA cultural… semanas después de que lo bajara el PP por exigencia de Cs.

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17 junio, 2018 · 23:25