Antes el periodismo nacía de una sospecha infalible: el poder nos miente. Por entonces el poder estaba claramente identificado: bastaba mirar arriba, al origen de todas las sospechas. Fue la edad heroica de los muckrakers, aquellos reporteros que se enfrentaban con coraje a una casta localizada de caciques y plutócratas.
Pasadas las seis de la tarde del lunes un hombre joven con las manos ensangrentadas se presenta en la comisaría de Burjassot. Viene a entregarse porque acaba de matar a otro hombre, de profesión logopeda. La confesión incluye el móvil y los hechos: sospechaba que el logopeda que trataba a su hijo, de dos años de edad, abusaba de él. Un padre sabe cuándo le pasa algo raro a su hijo. Para confirmar las sospechas que envenenaban sus sueños se personó -armado, ay, de navaja- una hora antes de lo previsto en la clínica del logopeda. Al irrumpir en la consulta sorprendió a su pequeño sin el pantalón y sin el pañal. Ninguna técnica para mejorar el habla de un niño exige desnudarlo primero.
No hace falta haber leído los Escritos anticristianos de Voltaire para ser tomado por un racionalista respetable, como lo era el finado Jürgen Habermas. En célebre diálogo con Ratzinger vino a reconocer la insuficiencia moral de la razón democrática. Es decir, concedió que la democracia solo pervive bajo ciertas condiciones espirituales que ella no puede generar por sí misma. El pensador alemán, considerado el padre de la democracia deliberativa, era un optimista de la razón pero no se engañaba respecto de sus limitaciones epistémicas. Por eso no le importó conceder ante el futuro Benedicto XVI que la razón se vuelve cínica si no se beneficia de las intuiciones morales preestablecidas por la religión, del mismo modo que Ratzinger sostuvo que la religión necesita a la razón para no volverse fanática.
No es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad. No debemos caer en la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de la polarización. Los enfoques identitarios pueblan el mundo de fantasmas. Se necesitan hombres y mujeres que intuyan en la oscuridad la luz.
Con cuatro sentencias rotundas fijó León XIV el guion moral de su visita apostólica a una España que vuelve por desgracia machadiana a ser el trozo de planeta por donde vaga errante la sombra de Caín. La primera autoridad moral del mundo estrechó la mano de la penúltima -seamos piadosos con PS en lo que dure el santo viaje- y también la de Felipe VI, a quien se le ve notoriamente cómodo en la cercanía de León, como si hablaran un mismo lenguaje institucional. Este Papa es estadounidense pero es hispanoamericano, luego es español. Por eso citó enseguida al Big Four del santoral patrio: Santiago, Juan de la Cruz, Íñigo de Loyola y Teresa de Jesús. Cuatro nombres incalculables que no solo cambiaron la historia de la fe sino también de la literatura. Así lo reconoció el Rey: «La fe católica está enraizada en nuestro país, y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían». La mejor izquierda siempre lo comprendió; la peor derecha nunca lo valoró.
Lo primero que llama la atención de Auschwitz-Birkenau es el orden. La llanura rasa, el cielo bajo, la rectitud de las alambradas, la perfecta geometría de los barracones. Hasta ese momento el terror había sido producto del caos. La orgía revolucionaria, el fuego arrasador, el torbellino de la artillería, la carne trinchada por las bayonetas, los terrones destripados por las bombas.
Vuelve uno de Auschwitz y se encuentra con la polémica de La Casita de Bad Bunny. Si usted puede leer íntegro este artículo, se debe a que es suscriptor de EL MUNDO, y esa condición lo eleva automáticamente por encima de la clase de gente que pagaría por figurar en uno de esos rituales colectivos de regresión neolítica que algunos dan en llamar conciertos. Una sensibilidad bien formada jamás financiaría voluntariamente el sometimiento de sus tímpanos a la purga de Benito, y tampoco permitiría que su onda martirial alcanzase a sus allegados. Imagine exponer a un hijo o a una sobrina a semejante estallido de guturalidad primitiva, ese foco de hantavirus sónicos que se ha esparcido por Madrid con el permiso del Ayuntamiento y ante la pasividad de Amnistía Internacional. Por mi parte, recién aterrizado como estoy del infierno concentracionario, solo acierto a dar gracias a Yahvé de que el reguetón no se hubiera inventado en tiempos de Rudolf Höss.
El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española es hombre de pensamiento y teología, pero también sigue con atención la actualidad. No renuncia a intervenir en la vida pública cuando lo estima oportuno. Y la inminente visita de León XIV a España ofrece una oportunidad inmejorable para hablar de lo divino y de lo profano.
La primera encíclica de este Papa versa sobre los retos de la inteligencia artificial. Por razones obvias no ha sido tema habitual del magisterio pontificio, pero es significativo que León XIV lo haya escogido para estrenarse. ¿Por qué lo hace? ¿He tenido usted ocasión ya de leerla?
Sí, la he leído y me parece un texto espléndido. Es un genuino ejercicio de doctrina social de la Iglesia, es decir, de poner en relación el Evangelio acogido por el Magisterio, con la realidad histórica en economía, política y cultura. Las «cosas nuevas» de esta época están marcadas por la cuarta Revolución industrial. El objetivo de la encíclica es ayudar a discernir qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial. Se trata de alentar un compromiso en esta época a favor de la dignidad humana, el bien común y la paz, desde la verdad, la defensa de la dignidad del trabajo en la era digital y de la libertad frente al control social y la mercantilización. La encíclica ofrece una sugerente contraposición entre la cultura del poder reflejada en el relato de la torre de Babel y la construcción de la civilización del amor iluminada por la reconstrucción de Jerusalén, con pistas concretas para el discernimiento y la acción.
Cuando todo se agitaba a su alrededor, él decidió quedarse quieto. Habrá quien diga que es más fácil hacer eso en Copenhague que en Cádiz, y seguramente tenga razón. Por eso necesitamos artistas sureños hechos de espuma y abiertos a la luz, pero también artistas nórdicos que habitan la penumbra y escuchan el silencio. Fue el caso del pintor danés Vilhelm Hammershøi, a quien el Thyssen ha dedicado una muestra memorable. Si usted siente que el mundo va demasiado rápido y que en la calle hay demasiado ruido, refúgiese en el museo antes de que acabe mayo. Solo al salir se dará cuenta de lo mucho que necesitaba entrar.