Archivo de la etiqueta: humanismo o muerte

Dos entrevistas

jorge-bustos-en-zendaSOBRE JORGE BUSTOS Y LA HIJA DE LOS CLUTTER

Hay poco pudor en las páginas de este libro, bastante poco. Será porque nadie en su sano juicio querría releerse en voz alta o enseñar fotos suyas, de niño, abrazado a un osito de felpa. Y algo de eso tiene Crónicas biliares, el libro que Jorge Bustos acaba de publicar con Círculo de Tiza. Pero bueno, es él. Que Jorge Bustos es un arrogante es algo que hasta él admite de buena gana. Alguien a quien sus arrebatos de prosista le pueden y que sin embargo sobrevive al exceso de confianza por su capacidad de hacer humanismo a contrarreloj: desde hablar de la alineación de Zidane hasta revisitar las fábulas de Esopo. Y eso, a su manera, adjetiva, explica y hasta redime.

Leo a Jorge Bustos desde mucho antes de su fichaje como columnista de El Mundo,  y lo hago sólo para estar en desacuerdo con él. Algo así como una terapia con sanguijuelas. Esa forma rara de empatía que pueden entablar quienes se llevan la contraria. He llegado incluso a pensar que la discrepancia se ha convertido en una secreta amistad y una modalidad respeto. ¡Jorge, por Dios!, exclamo ante el papel poroso de sus glosas futboleras de los lunes y qué decir de sus opiniones sobre asuntos tan variados que abarcan desde los vestidos de la Pedroche en año nuevo hasta las mociones de censura. ¡Jorge, por Dios!, digo llevándome la mano a la coronilla. Pero regreso, siempre regreso. Y esa es la razón de este encuentro.

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Afilada entrevista me hace aquí, a partir del minuto 15, Cristina López Schlichting en COPE

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23 julio, 2017 · 17:25

Dalí profanado

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Obra sin título.

Cada mañana se levantaba experimentando la exquisita alegría de ser Salvador Dalí y se preguntaba: “¿Qué cosas maravillosas logrará hoy Salvador Dalí?”. El pintor de Figueras fue un genio porque se propuso serlo con determinación absoluta, y se labró su propia genialidad pintando tetas voladoras y calzándose chaquetas adornadas con chupitos de pippermint. Pero desde que murió, Dalí ya no puede levantarse entusiasmado consigo mismo, lo cual no quiere decir que su obra haya quedado interrumpida: únicamente se tumbó a esperar a que nuestra pertinaz necrofilia terminase el trabajo. Finalmente el surrealismo daliniano alumbró ayer su obra maestra, que no fue la muerte del genio, como el mismo Dalí pensaba, sino su resurrección por orden del juez para acreditar una paternidad póstuma. El círculo creativo del ácido desoxirribonucleico ha sido cerrado.

La rareza de Dalí no consiste en su arte sino en su optimismo, que es voluntad proyectada al futuro. Si en España la genialidad escasea es porque se resiste a abandonar su idiosincrásico fatalismo, que es voluntad encadenada al pasado. La política regala ejemplos a diario. ¿Pacto educativo, reforma de las pensiones, modelo fiscal? ¿A quién le importan las ilusiones de la próxima generación si movilizan más las penas de las generaciones perdidas? Aquí la memoria histórica no es un precepto compartido sino una parafilia grupal. La Transición no se acaba nunca, para impugnarla o para extenderla hasta Doña Leonor. Franco es una presencia cada día más amenazante, hasta el punto de que don Lambán se ha visto obligado a arbitrar sanciones millonarias para contener las riadas de fascistas que bajan por el Ebro cantando el Cara al sol. Los callejeros se renombran obsesivamente. Las mociones de censura se dirigen contra Cánovas del Castillo. Las comisiones de investigación se remontan a las meriendas de Fraga, y se reclaman otras nuevas para revivir la dulce guerrilla urbana cuando lo de Irak o para adjudicar nuevas culpas por el accidente de Angrois. Ni siquiera el suicidio de Blesa extingue la fruición justiciera del español estafado, que desearía hacer con su cadáver lo que Twain con el de Jane Austen: desenterrarlo y golpearle el cráneo con su propia tibia. La muerte en España nunca muere: es como el semen de Dalí, que engendra demandantes después de enterrado. El mismo semen que el adolescente Salvador metió en un bote y envió a su padre con este mensaje: “Ahora no te debo nada”. Admirable ejercicio de emancipación liberal que, en el solar de papá Estado, singulariza más al artista que sus asnos podridos y sus relojes licuados.

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21 julio, 2017 · 12:34

La guerra de Fundéu

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El cristal de la Fundéu.

Sobre la mampara de cristal de la sala de reuniones de la Fundéu están pintadas las cuatro últimas palabras del año. En 2013 fue escrache, en 2014 selfie, en 2015 refugiado y en 2016 populismo. Realmente están bien elegidas: leídas una detrás de la otra describen la parábola espiritual de la época. Sintetizan el reciente devenir de nuestro mundo -ese en el que lo real coincide con lo escrito: lo que no se publica no existe- a través de los respectivos movimientos del alma: la ira, la vanidad y la compasión. Lo curioso es que la suma de esas tres pasiones da como resultado la cuarta palabra: populismo. Que es, efectivamente, el estado de ánimo propio del narciso cabreado por la pena que siente de sí mismo.

La Fundéu no tiene por misión crear el lenguaje -y por tanto la realidad- sino registrarlo y sancionarlo. Pero a menudo se dirigen a ella españoles cabreados (valga el pleonasmo) para exigirle que prohíba determinada expresión machista o que imponga tal otra fraseología inclusiva. Prohibir e imponer son dos aficiones entrañables de este pueblo de poetas que no aspira a comunicar el mundo sino a inaugurarlo. Porque de eso trata la buena poesía, cuya raíz nace de un verbo griego, poiein, que no significa decir, o versificar, sino justamente hacer.

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El bueno (Garicano), la fea (Isabel Rodríguez) y el malo (Puigdemont) de la semana en La Linterna de COPE

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11 julio, 2017 · 16:34

Tres cortesías

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Sanguinetti, Bustos, Olmos.

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No éramos muchos, pero tampoco importaba. En Tipos infames, una librería madrileña cercana a Tribunal con una barra de bar a mano izquierda y las paredes llenas de libros, el periodista Jorge Bustos, que escribe en El Mundo, presenta un libro que no es nuevo. Porque Crónicas biliares, editado por Círculo de Tiza, es un compendio de artículos no publicados y escritos hace casi diez años, entre 2008 y 2009, cuando moría cada tarde trabajando en un periódico local de Vicálvaro, informando sobre acontecimientos triviales como las operaciones de asfaltado.

No ha pasado tanto tiempo, pero ha ocurrido mucho. “Este libro es un artefacto verbal”, dice Bustos, como quien comienza a andar. El libro es un cúmulo de crónicas impregnadas de soberbia, de frases sentenciosas, de verdades sostenidas con ferocidad por un joven que había leído mucho, pero había vivido poco. “La soberbia es un motor literario poderosísimo”, dice tajante. “Quizá sea el único motor”.

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ENTREVISTA EN RADIO 3

El periodista Jorge Bustos está acostumbrado a provocar incendios, él huye de etiquetas y dice que cuando era joven esa rabia con la que escribe era peor. Círculo de Tiza publica sus primeras Crónicas biliares, lo trae Víctor Guerrero. A partir del minuto 10.04.

 

ENTREVISTA EN RADIO NACIONAL

En La buena vida, con Ángel Antonio Herrera, nos acompaña el periodista Jorge Bustos, autor del libro Crónicas biliares (Círculo de tiza). Aquí se oye.

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7 julio, 2017 · 14:09

Dos entrevistas

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El autor, postureando para la foto.

JORGE BUSTOS: “EL COLUMNISMO ES COMO EL MADRID: CUANTO MÁS LO ATACAN, MÁS SE IMPONE”

Ha llegado lejos en el periodismo sin claudicar ante los dogmas del maniqueísmo imperante ni tomar como objeto de culto el esnobismo estético de la cultura de moda. Aun conociendo sus epicentros, bordeando sus núcleos. Un riesgo que suma mérito y coherencia a su propuesta, ¿o no es tan dogmático el que abraza un precepto sin condición como aquel que piensa en que bajo tal sesgo todos son iguales, y renuncia la compañía? Jorge Bustos (Madrid, 1982) es un tipo tan desclasado y complejo que puede permitirse el lujo de triunfar en la página de la prensa nacional con lectores, que no es lo mismo que hacerlo con seguidores, o con palmeros. Una cultura poco común en su generación y una mirada original con la que abordar el diario de España son las claves de su personalidad. Una personalidad cuyo estilo incorpora lo mejor del ensayismo y del articulismo español. Y europeo. Occidental, vaya. De Steiner a Camba.

Bustos acaba de publicar, aunque escrito con diez años de antelación, Crónicas biliares –editorial Círculo de Tiza-, una recopilación de breves divagaciones, ensayos, reflexiones sobre sus circunstancias, con una caótica unidad de relación temática entre ellos. El estilo, algo más ampuloso del que ofrece en sus columnas de El Mundo, o el de aquellas lejanas crónicas y extensos artículos de Zoom News, Jot Down o Revista de Libros, acaso sorprenda al lector habitual. No es defecto o inconveniente, aunque la forma varía respecto del Bustos de hoy, el fondo se mantiene idéntico: depuración y voluntad de estilo en la elaboración de la prosa y fino pensamiento en su envoltorio.

Con Bustos no se habla, se conversa, y a pesar de que no somos primerizos en el asunto, el respeto se impone. También la certeza de saber que cualquier respuesta generará ironía, sapiencia, gusto, agudeza: un buen rato para el lector. “Lo que no puede uno ser, si es que ama la placidez, es periodista, porque a todos les gusta matar al mensajero”, escribe Jorge Bustos en una de las páginas de Crónicas biliares. Y con el ánimo de rechazar la comodidad, con ganas de que maten al mensajero, nos acercamos a su encuentro.

–Este libro lo escribiste a los veinticinco y lo publicas metido ya en la treintena. ¿Te reconoces en sus páginas?

Ese ha sido el reto. Desempolvarlo, releerlo y podarlo para adaptarlo a mi yo actual, pero con dos premisas: no añadir nada y respetar mi voz de entonces. Eso supuso preservar algunas páginas que no me representan, ni por pensamiento ni por estilo. Pero también descubrí que, en algunos aspectos, yo era mucho mejor que ahora. Ha sido un ejercicio inquietante, a veces claustrofóbico, a veces entusiasta.

–Pueden darse dos opciones: o que naciste viejoven o que no has madurado desde entonces. Creo que es lo primero. Y que presumes de ello.

Un viejoven está exonerado del deber de madurar, de modo que la primera opción excluye la segunda. Y sí, yo fui educado para prescindir de las vergonzantes gilipolleces de la adolescencia. Y lo hice. Luego he ido conciliando, como Benjamin Button.

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BUSTOS: UN LEÓN EN EL CUERPO DE UN GATITO

Crónicas biliares (Círculo de Tiza), el tercer libro de Jorge Bustos es, a la vez, la explicación y el negativo fotográfico de todo lo que hemos leído hasta ahora de su autor. Es la explicación porque cuenta de dónde salió Bustos con sus obsesiones y sus temas. Y es el negativo porque el dibujo se reconoce pero los blancos y los negros aparecen del revés.

Hace 10 años, cuando escribió Crónicas biliares. Bustos tenía veintitantos y hacía periodismo por carreteras secundarias. Se sentía como un león encerrado en el cuerpo de un gatito y escribía en casa, de noche, porque algo tenía que hacer con sus delirios de grandeza. «Veamos. Había terminado la carrera de Teoría de la Literatura dos años atrás; tenía la cabeza infestada de teorías estéticas, novela de vanguardia y autores europeos ilegibles a los que quería parecerme. Pero mi lado pragmático me había inducido a huir de la academia y meterme en el periodismo, lo que ya entonces, año 2007, era difícil. Solo encontré hueco en un periódico local con sede en Vicálvaro».

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27 junio, 2017 · 10:33

Ignacio es nuestro nombre

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Héroe, pero humano.

El peligro de afirmar que Ignacio Echeverría es un héroe consiste en que lo aleja demasiado de nosotros, los comunes. Héroe lo llama la izquierda y héroe la derecha, y esa rara unanimidad española quizá no responda sin más a la admiración que cosechan los seres extraordinarios, sino también al deseo inconfesable de exculpar la cobardía de los demás. Ante el hombre que lleva a cabo una acción heroica decimos: “Es que es un héroe”. Y nos quedamos más tranquilos: nosotros ya no tenemos por qué serlo porque no estamos hechos de la misma pasta.

Pero Ignacio no es un héroe porque estuviera labrado en madera noble, porque naciera bueno o recibiera una educación esmerada. Todo eso facilita la excelencia moral, pero no es suficiente para enfrentarse a tres yihadistas armado de un monopatín y unos cojones como los de un victorino, si se me tolera el despatarre. El heroísmo indefectible, ese que se supone que resulta necesariamente de la suma de genética, virtud y valor, ya no sería heroísmo. La ecuación áurea requiere todavía de otras dos variables más: la libertad y la razón. Un héroe es alguien que, aun en décimas de segundo, toma libre y conscientemente la decisión de contradecir el primer instinto del animal humano, que como en cualquier otro animal es sobrevivir, por preferir la supervivencia de otro.

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El bueno (Ignacio Echeverría), la fea (Lorena Ruiz-Huerta) y EL MALO (Jorge Bustos) en La Linterna de COPE 

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9 junio, 2017 · 9:46

El derecho a ser escuchado

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Escuchando a Alcántara.

Últimamente se anuncia la muerte del columnismo con especial énfasis, casi con placer. Algunos la profetizan con la satisfacción justiciera del resentido a quien nadie dio voz a tiempo; otros con boba fascinación de rumiantes digitales. Los de más allá desprenden nostalgia de leño prendido en la chimenea, las gafas de cerca sobre las rodillas, una pila de revistas cogiendo polvo en el rincón. El columnismo muere, dicen, porque mueren los periódicos y muere la lectura misma. Y yo no digo que esta vez no vaya la vencida. Yo solo digo que cuanto más se habla del fin de la novela, más novelas se publican; cuantas más actas de defunción cinematográfica se levantan, más dinero recaudan las películas; y cuantas más paladas caen sobre el féretro de la columna, más artículos nos encargan sobre la función social del columnista, y más estudiantes nos hacen llegar el despertar de su vocación, el testimonio de su fidelidad lectora o la educada solicitud de otra entrevista inmerecida.

Quizá el columnismo, que cuenta con la brevedad entre sus premisas, sea género darwiniano que sobreviva a la hecatombe internauta. Puede que el entrañable hábito del desayuno a doble página junto a la taza de café camine hacia la extinción; pero no es menos cierto que está siendo relevado por ese otro del vistazo —furtivo y frecuente como un vicio— a la pantalla de móvil, donde siempre aguarda el enlace al artículo polémico de la jornada, ese que nos hace cabecear de conformidad aferrados a la barra del autobús o ese otro que nos infla de indignación sentados sobre el retrete.

Lo cierto es que los muros de Facebook y los perfiles de Twitter están llenos de columnas. Es una constatación diaria que salva la vigencia del humanismo. Nacen proyectos renovadores del parque columnístico como el que lidera Ignacio Peyró al frente de The Objective, plataforma para el provecho reflexivo frente a la viralidad sensacionalista. Pese a todo, ninguno de los que nos encaramamos con regularidad a una columna estamos libres de desatar el escándalo e incendiar las redes el día menos pensado. A poco talento que atesore, cualquier abajofirmante puede hacerse acreedor a la reprimenda pública de una portavoz parlamentaria. Claro que son mucho peores las reprimendas privadas. Pero algo tendrá la opinión cuando la bendicen con su saña tantos ofendidos de guardia, tantas minorías insomnes, tantas identidades en perfecto estado de revista inquisitorial que salen a patrullar la opinión cada mañana y cada tarde, con la antorcha en una mano y el rostro embozado en un avatar anónimo.

De modo que menos funerales: la pasión lectora goza de una salud que ya quisiéramos a veces menos vigorosa. Mayor robustez le desearíamos a la comprensión lectora: la aptitud para leer la ironía, por ejemplo, en un mundo que alumbra una camada diaria de tontos literales. Personalmente confieso que rara vez concedí a mi oficio la importancia de la que generosamente me han revestido en alguna ocasión mis amigos; pero lo que desde luego jamás pude imaginar es la generosidad de mis enemigos. Si uno, que ni tiene el título reglamentario ni cursó el máster corporativo ni gozó de más padrinos que las amistades que fue haciendo a golpe de escritura es capaz de sostener un par de polémicas semanales —públicas o privadas— con representantes de cuatro o cinco partidos diferentes, significa que el columnismo todavía articula la conversación pública, y que uno puede condicionarla siquiera en grado infinitesimal mientras se gane (y no pierda) el derecho a ser escuchado.

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20 mayo, 2017 · 12:25

El cielo ya se toma por bufido

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Don Francisco Igea, diputado en Cortes.

En el lapso de una jornada el Congreso basculó abruptamente de un polo a otro de la oratoria, arte que declina como digna expresión de la vida pública frente al ascenso irresistible del meme y el gif. El martes por la tarde el señor Francisco Igea, médico y diputado por Ciudadanos, intervino memorablemente en la Cámara para desmontar la alegre invitación al suicidio asistido de Podemos (¡justicia poética!: ¿qué es el populismo sino un delicioso suicidio en grupo?), cuyo activista en jefe extrae las propuestas de ley de los muros de Facebook. Si queda ahí fuera algún interesado en la retórica clásica, que busque en YouTube el excepcional discurso de Igea, preciso de conocimiento, poderoso de carácter, profundo de sensibilidad. El penúltimo ejemplo de cómo la palabra bien temperada aún puede pulsar la nota más humanista de la acción política y conducirla al bien moral.

A la mañana siguiente, el activista en jefe se enfundó una chaqueta pero olvidó lavarse la boca, de modo que concatenó una ristra de exabruptos perdularios que le aseguraban el escandalito cotidiano en redes y tertulias, además de las interjecciones eufóricas de sus chikos del maíz, porque hace mucho que renunció a ampliar su electorado. Y eso que el fondo de la pregunta era pertinente: por qué abusa el Gobierno del veto presupuestario en lugar de buscar el acuerdo para legislar. Pero Pablo Iglesias es como el hermano tonto del rey Midas: todo lo que toca lo convierte en mierda. Ahora ya ni se esfuerza en impostar grandilocuencia chavista: ahora el cielo se toma por bufido. El miércoles que viene ya debería tomar la palabra su perro, calculo.

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23 marzo, 2017 · 8:52