Archivo de la etiqueta: feminismo responsable

Electrolatino feminista

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Ana Guerra.

Era cuestión de tiempo -cinco meses- que el 8-M alcanzara también a la canción del verano, género durante demasiado tiempo dominado por convencionales estallidos de hedonismo solar, tu piel morena, machito de yate, cinturas locas y cópulas de playa, con lo incómoda que es la arena al contacto de tejidos íntimos. Pero al éxito dionisiaco de Despacito le está relevando este año el moralismo naif de Ana Guerra y Juan Magán, cuyo tema Ni la hora funda, si no me equivoco, la vanguardia pop del electrolatino feminista.

En efecto, si hasta ahora a la estrella del mainstream estival le pedíamos una voz aceptable pero sobre todo un cuerpo contundentemente normativo, a la estrella del futuro ya no le bastará el atractivo físico sino que debe acompañarlo del moral. Hoy la moral pública está en manos del feminismo, que fija los pecados -del mortal al micromachista-, gradúa las penitencias, pone coto a los instintos y prescribe la redención del aliado previo sacramento de la confesión en redes. En el caso de Ana Guerra, que ronda la edad media de la tuitera militante, el capitalismo vuelve a demostrar su diabólica inteligencia casando el eterno ánimo de lucro con la obediencia a los nuevos mandamientos. Me gusta ser una zorra, de las Vulpes, difícilmente sonaría hoy en una barbacoa de sensitivos mileniales. En cambio, las adolescentes tararean unos versos -“Hola, mira qué bien me va sola / Nadie a mí me controla / Y aunque me lo pidas, ya no te doy ni la hora”- que ya formuló Olé Olé con mayor beligerancia, mejor humor y mucho menos puritanismo.

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22 julio, 2018 · 12:15

Calvo y las calvinistas

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Nos vigila.

Lo malo será cuando legislen el arrepentimiento. Me quedé rumiando los ecos distópicos de este tuit de Alemany, que posee la clase de ingenio capaz de simultanear la sonrisa y su congelación. Vivimos en un país cuya ministra de Justicia amenaza la boca con una comisión de la verdad y cuya vicepresidenta amenaza la bragueta con un ERE sexual, un Expediente de Regulación del Erotismo que deje sin trabajo a la seducción, ese elemento subversivo: se empieza aceptando un piropo y se acaba confraternizando con un varón. Boca, bragueta… no importa el órgano sino la función regulatoria que anima a la nueva izquierda, cada día más indistinguible de la vieja derecha. Estamos a tres consejos de ministros de ser informados de que la masturbación causa ceguera. Y estamos a cuatro jueves de RAE de aceptar la reescritura calvinista -por Calvo– de la Constitución, con Reverte en el papel de Servet.

La ingeniería social es un sintagma siniestro que inventó un famoso seminarista secularizado: Stalin. Lo hizo sin necesidad, pues él encarnaba una izquierda que se podía permitir el lujo de prescindir del capitalismo, para lo cual tuvo que prescindir correlativamente de unos cuantos millones de vidas humanas. Pero constatado el genocida fracaso de la economía planificada, privada de misión material, a la izquierda le resta la misión espiritual: erigirse en ingenieros de almas bellas, igualitarias. Y a las que se resistan, se las embellece a golpe de BOE.

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El bueno (Borrell), el feo (Llarena) y el malo (Calvo) en La Linterna de COPE

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16 julio, 2018 · 10:21

Hacia la reforma mental

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Identidad en marcha.

Lleva razón lleva Dolores Delgado cuando encarece la necesidad de una “reforma mental”. Yo soy muy partidario de las reformas mentales, a condición de que no las dirijan ingenieros sociales con nómina de Estado -por ejemplo, un ministro de Justicia- sino la conciencia a solas con un libro o una idea, dos animales en peligro de extinción bajo el incendio identitario que está deforestando la inteligencia. ¿Guerra cultural o democracia deliberativa? Según Lilla, la primera enfrenta identidades desesperadas por obtener reconocimiento mientras que la segunda admite la posibilidad ilustrada de la persuasión. Por eso degenera el debate público: porque es imposible hablar con un género, dialogar con una orientación sexual, discutir con el orgullo nativo. Las identidades serán laicas pero imponen la jaculatoria y la genuflexión. Todo lo que no sea hincar la rodilla y recitar el catecismo constituye anatema. Así, si un tribunal aprecia escaso riesgo de reincidencia y fuga en cinco condenados por abuso sexual, de inmediato calle y poder claman machismo al unísono. Es decir, postulan una deformación moral, un sesgo injusto, una intimidad psíquica no sostenida por pruebas. Y si las pruebas no sostienen la acusación de machismo a una magistrada que cambia el voto, que se jodan las pruebas. Habrá que reformar a los togados para que sus mentes aprendan a adaptar los juicios a los prejuicios.

No sorprende que políticos, periodistas y otros adictos al selfi moral se sumen al alegre linchamiento de la «justicia patriarcal». Los jueces son los últimos villanos de este cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada pero da votos, clics y likes. Menguado el poder ejecutivo por la transferencia de soberanía y domesticado el legislativo por la ley de hierro de la partidocracia, el poder judicial resiste apenas como último refugio de la autoridad, de la capacidad de decisión racional e independiente. ¿Cuánto tiempo seguirá resignándose al malvado papel que le adjudica la indignación de las identidades insatisfechas? Cuando la Justicia abandone los hechos y los códigos para atenerse a los sentimientos y a las redes sociales habremos completado el retorno a Salem. Entonces el patriarcado será como la brujería: haberlo haylo. Y todo agnóstico será castigado.

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El bueno (Cospedal), el feo (Casado) y el malo (Soraya) en La Linterna de COPE

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25 junio, 2018 · 9:56

Kafka entre las piernas

15260534993097.jpgCuando Gregorio Samsa despertó, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso hombre. Un signo inocultable del patriarcado pendía de su ingle y le interpelaba con descaro, erguido como una voluminosa acusación. Sabía bien lo que aquello significaba, había oído historias en la oficina, pero no quería creer que le hubiera pasado precisamente a él. Se palpó tembloroso. La protuberancia presentaba un tacto indefinible, ni muy blando ni muy duro, ni demasiado liso ni excesivamente rugoso. Podía moverla, pero no se caía. Estaba unida a él como un istmo de carne. Incluso parecía mantener la misma temperatura que el resto de su cuerpo.

-¡Qué me ha ocurrido! -gimió.

Pero no tenía tiempo para lamentos. Acumulaba ya dos avisos por impuntualidad y aún estaba lejos de los objetivos de venta marcados por su jefa de equipo. Se incorporó despacio, se puso en pie y caminó hacia la ducha; en cada uno de estos movimientos el apéndice le acompañó fielmente. Aquello parecía cosido a su identidad. Gregorio temió que pudiera determinarla de por vida. En el trabajo se habían registrado más casos de súbito biologismo -las penas de reeducación en los CNN o Campos de No Normatividad estaban claramente tipificadas-, pero nadie hablaba de ello. Decidió que lo más prudente era fingir. Años atrás había entrado en vigor el uniforme igualitario que erradicó las diferencias de clase y de género; a algunos les sorprendió la rapidez con que se hundió la vieja industria de la moda, pero las ventajas eran incomparables, por no hablar del ahorro en tiempo y dinero. Las mallas oficiales, sin embargo, no facilitaban la ocultación del apéndice. Forcejeando para retraerlo descubrió que también ahí podía sentir dolor.

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El bueno (Consuelo Ordóñez), el feo (Rommy Arce) y el malo (Quim Torra) en La Linterna de COPE

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13 mayo, 2018 · 23:32

Dialéctica del activista

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Feminismo de tribu versus feminismo de individuo.

Todo debate público, por el mero hecho de su publicidad, termina reducido a una dialéctica entre pancartas. Pero lo malo no es que la pancarta de tu enemigo tenga más seguidores que la tuya; lo que jode es que un día tu enemigo venga a desfilar a tu lado. Entonces, en vez de tomar el consenso recién alumbrado como lo que es -la victoria final en la lucha por la hegemonía de tu causa-, el viejo luchador se siente derrotado por la inesperada compañía de su odiado. Siente que el acuerdo priva de sentido su biografía de resistente, cuando en realidad acaba de cobrarlo por primera vez. La psicología del activista funciona así: está tan habituado al narcisismo del perdedor que el triunfo le molesta. La generalización de su causa le produce agorafobia, como a esos adolescentes que reniegan de su grupo indie favorito cuando empieza a sonar en la radio comercial. El activista ha habitado demasiado tiempo en el margen, blindando su identidad a través del conflicto con el Otro, y cuando se descubre en el centro de la escena y el foco de los nuevos tiempos le ilumina, sus pupilas se contraen de dolor. Ah, la suave penumbra del pasado. Contra Franco vivíamos mejor. Cuando la derecha era machista podíamos sentirnos superiores. ¡Qué será de nosotros si esto sigue progresando! ¡Para qué serviremos los happy few, las almas bellas! ¿Nos reconocerán el pedigrí de militantes de primera hora?

El terco mecanismo de la historia -tesis, antítesis, síntesis- ha vuelto a operar esta semana del 8-M, que será recordado como el día en que el feminismo alcanzó la unanimidad social. De la Reina abajo, del cardenal Arriba. Ante tamaño éxito se desató la rabia del monopolista ideológico, la cólera contra las manifestantes de Ciudadanos, cosa que se comprende, porque lo artesanal se revuelve contra su evolución desde antes de que los impresores jubilaran a los copistas. La unanimidad es cruel porque clausura el ciclo dialéctico y procede a desenchufar los fusibles fundidos que un día cumplieron su función. En realidad la desorientación del comisario ideológico se parece bastante a la del macho ibérico, pues va por el siglo XXI -el de las luces LED- con su candil marxista del XIX.

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Vuelve El bueno (la mujer buena), el feo (la mujer fea) y el malo (la mujer mala) en La Linterna de COPE

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12 marzo, 2018 · 10:39

Normas para una revolución

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Sea posmoderno, derogue la responsabilidad.

Usted, naturalmente, está harto de este mundo, que le parece invivible. Usted tiene poderosas razones para desear cambiarlo, porque una exótica fe le ha convencido de que es más fácil cambiar el mundo que cambiarse a sí mismo, y una infundada esperanza le persuade de que su posición mejorará con el cambio. Usted calienta su fantasía admirando a revolucionarios históricos que voltearon las condiciones objetivas de su tiempo. Por debilidad poética, y al contrario que los buenos narradores, glorifica los principios y olvida los finales, porque al revolucionario le inspira la excitante destrucción del presente, no la trabajosa edificación del futuro. Que tiene la ventaja de que nunca llega, así que todo sacrificio en su nombre está justificado. Usted vive en el siglo de los sacrificios baratos, pero deberá poner algo de su parte para triunfar.

Los revolucionarios modernos reclamaban libertad, es decir, la capacidad de hacerse cargo de sí mismos. Pero la autonomía individual resultó una pesada carga, de modo que las revoluciones posmodernas añoran la tribu. Libérese de la libertad. Su causa será viral si implica la abolición de la responsabilidad. Quién quiere ser libre si serlo limita la empoderadora industria de la queja. Usted es posmoderno: odia responsabilizarse de sus propias decisiones, y por tanto de sus fracasos intransferibles. Examinar la propia conciencia anula la revolución, pero examinar la ajena la desata. Evite examinarse. La autocrítica ya se la harán camaradas más ambiciosos que usted.

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Vuelve El bueno (Tomás Burgos), el feo (la memoria histórica del PSOE) y el malo (Puigdemont)

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5 marzo, 2018 · 11:31

Disidentes de género

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Feminismos.

Esta semana hemos aprendido que el feminismo no divide el mundo entre machistas y víctimas, sino entre americanas y francesas. O entre militantes de una causa minuciosamente codificada y disidentes que reciben de las primeras una clase de rencor solo reservada a agentes contrarrevolucionarios. Y efectivamente, a la espera de que las máquinas tomen conciencia de sí mismas, el feminismo constituye la última revolución de Occidente.

El capitalismo se reinventa segundos después de que cada crisis engendre al enésimo profeta de su final. Pero también el marxismo resucita cíclicamente parasitando el márketing político, la preceptiva literaria o la mismísima teología (de la liberación). Hoy se ha alojado en el feminismo que, como toda revolución moderna, parte del dogma fundacional de Marx: “No es la conciencia la que determina el ser, sino el ser social el que determina la conciencia”. Es decir: ninguna ciudadana nace libre, porque nace mujer, y su primer deber es emanciparse del patriarcado como el primer deber del proletariado es sacudirse el yugo del capital. Al negar toda potencia espiritual -el revolucionario niega que la idea de un genio pueda cambiar el mundo… salvo la suya-, Marx redujo drásticamente el margen de interpretación de la conducta humana. Todos los burgueses piensan como piensan por ser burgueses, y todos los machos piensan como piensan por ser machos. Ayer ningún obrero escapaba a su clase y hoy ninguna mujer escapa a su género.

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El bueno (UME), el feo (Pedro Sánchez) y el malo (Pablo Iglesias) en La Linterna

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13 enero, 2018 · 12:53

Sospechosos habituales

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Kevin Spacey fue un actor estadounidense nacido en Nueva Jersey y hallado muerto en la clínica The Meadows, Arizona, donde había ingresado para tratarse la adicción al sexo que precipitó su caída en Hollywood. Comenzó a despuntar en los 80, encarnando papeles secundarios para televisión, pero no mereció el reconocimiento de la industria hasta mediados de la década siguiente, cuando obtuvo su primera estatuilla por Sospechosos habituales. Condición esta, la de sospechoso habitual, que la ironía macabra del destino convirtió en insoportable hasta que el círculo tragicómico quedó cerrado. Antes, tuvo ocasión de tocar la gloria con el Oscar por su papel protagonista en American Beauty, considerada el reverso satírico del sueño americano, vaciado por el hedonismo.

Las redes sociales han recibido con alivio la noticia de su fallecimiento. “Ya no podrá seguir toqueteando a jovencitos”, ha tuiteado Pamela Anderson. “Nadie puede celebrar la muerte de otro ser humano, pero mentiría si confesara que siento tristeza”, declara en su muro la joven musa del nuevo feminismo, Emma Watson. Y en su acostumbrado tono provocador, el enfant terrible de la Alt-Right gay, Milo Yiannopoulos, ha lamentado no poder cruzarse ya con Spacey en algún sórdido rincón de un estudio en penumbra para calentar a otro hipócrita del partido de Clinton antes de huir y dejarle con las ganas.

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Vuelve El bueno (Albert Rivera), el feo (camiseta de la Selección) y el malo (Sánchez Mato) en La Linterna de COPE

Agradezco esta reseña que Santos Sanz Villanueva hace en El Cultural de mis “Crónicas biliares”, porque me coloca donde siempre quise estar: “entre la seriedad doctoral y la informalidad insolente”

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13 noviembre, 2017 · 20:34