Archivo de la etiqueta: Genios absolutos

Faltan paracas

A los soldados spenglerianos -cómo le gustaba este adjetivo a Gistau– de la base aérea de Zaragoza que salvaron a dos mil afganos del terror talibán yo les haría mil preguntas. Pero, cosas del cipotudismo, nunca se me habría ocurrido preguntarles si encontraron tiempo para llorar. A Margarita Robles sí se le ocurrió, y recibió esta ontológica respuesta:

-Somos paracas, señora ministra.

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26 septiembre, 2021 · 12:53

Simone y Emmanuel

El olimpismo, como las oposiciones o la selectividad, empieza a no ser de este mundo. Este mundo, medalla de oro en hipocresía, proscribe la competición y rinde culto creciente a la debilidad exhibida. Una farsa de igualdad que queda restringida a las tablas de la comedia humana; entre bambalinas, el personal sigue lo mismo que cuando bajó del árbol, maquinando el ascenso en la oficina, la casa más grande, el programa más visto, el cuerpo mejor operado. Eso somos gracias a Dios, quien por razones estrictamente evolutivas dijo hermanos pero no primos.

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29 julio, 2021 · 12:06

Phelps en el dique seco

Michael Phelps anda tan perdido en Tokio como Bill Murray. Ha ido allí de comentarista igual que el protagonista de Lost in Translation fue a rodar un anuncio, pero ambos comparten el mismo extravío existencial. Desconcierta ver a Phelps en unos Juegos en los que no compite, y al primero que le desconcierta es a él. Ha confesado a la prensa que no sabe qué hacer cuando no nada o cuando no comenta la forma de nadar de los demás. Durante un cuarto de siglo delegó su autonomía en una voz que le ordenaba dónde ir y a qué hora, qué comer, cuándo dormir, cómo entrenar. La gloria olímpica exige renunciar al libre albedrío, y nadie se alienó tan bien como Phelps en pos de su sueño sobrehumano. Lo realizó como nadie antes, como seguramente nadie después. Phelps trascendió el periodismo para ingresar en la mitología y se metamorfoseó en pez, desarrolló branquias y aletas, llegó a desconocer el agua de tanto vivir en ella, como en el cuento de Foster Wallace. Y como ocurrió hace miles de millones de años, el pez debe ahora evolucionar a hombre. Solo que Michael no tiene tanto tiempo.

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27 julio, 2021 · 9:54

El camino de Escohotado

Todos los hombres desean por naturaleza saber, pero algunos hombres lo desean más que otros. Antonio Escohotado Espinosa acaba de cumplir 80 años y su cuerpo es una pavesa consumida por el afán de conocer el aire, el fuego, el agua y la tierra. Su voz ronca pero dulce emerge de los escombros de un siniestro generacional donde se estrellaron todos los buscadores de paraísos artificiales; todos menos él. Al notario de sus penúltimos días, el camarada Colmenero, le asegura que es un chalao que es consciente de serlo. Y la conciencia de la locura es lo que distingue al pirado del filósofo.

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12 julio, 2021 · 8:19

Entrevista en Letras Libres

Por Ricardo Dudda

En su nuevo libro, el periodista de El Mundo Jorge Bustos realiza sendos viajes por La Mancha y por Francia en busca de los caracteres colectivos de lo español y lo francés. Critica la distinción esnob entre viajero y turista, reivindica el turismo de masas y un periodismo de viajes desprejuiciado, y defiende la necesidad de “volver a lo ya conocido con la mirada del niño”. También reflexiona sobre el liberalismo, la historia de España y del Quijote y la relación de amor-odio que existe en España hacia lo francés. 

Leyendo el libro pensaba en lo extraño que es leer sobre viajes cuando no se puede viajar. Ahora quien viaja, durante la pandemia, es quien se paga una PCR o no le importa una multa. De pronto el turismo ha vuelto a ser algo elitista, tras décadas de “democratización”. 

Vamos a volver al Grand Tour, el que hacían Henry James y el que hacían los ricos americanos por Italia. El libro es pre-covid pero creo que volverá a contar la cotidianidad de nuestro ocio. Ahora produce frustración, te da ganas de viajar y no puedes. Pero al mismo tiempo es un libro que puedes leer tras viajar a esos lugares y comparar tu experiencia con la del narrador. Hay una distinción esnob entre viajero y turista. Pero quién pudiera ser turista otra vez, cazador de selfies.

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9 abril, 2021 · 19:27

Crimen y perdón

Demasiada tiniebla ahoga la verdad pero demasiada luz mata el misterio, razona Peláez al hilo de su Semana Santa, que es la pucelana sin dejar de ser la sevillana. Por Pascua enmudece Castilla mientras Andalucía declama, y su silencio o su saeta nacen de la misma confrontación con el tabú de la muerte que en esta fecha el catolicismo rompe aparatosamente, ritualmente, encaramando al paso de una hermandad el drama más descarnado, insistiendo en las verdades oscuras que la razón no acierta a despejar.

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4 abril, 2021 · 23:32

Entrevista en Libertad Digital

Por Jesús F. Úbeda

Jorge Bustos (Madrid, 1982) matiza ese tópico tan sobado de que el nacionalismo se cura leyendo y viajando: “No basta con que deslices los ojos gustosamente por una página bien escrita o por una ciudad bien trazada: hace falta que eso que miras penetre en ti hasta alterarte”. El jefe de Opinión de El Mundo acaba de publicar Asombro y desencanto(Libros del Asteroide, 2021), su primera obra “literaria pura”, tal y como cuenta a LD, en la que se narran dos viajes: el uno, laboral, por La Mancha, motivado por el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote; el otro, por Francia, porque no la conocía y consideraba que “no se debe vivir” sin conocer al vecino de arriba. Despojado de prejuicios, con una prosa extraordinaria y fogonazos humorísticos divertidísimos, el autor nos traslada de Puerto Lápice a Versalles, contrapone, parafraseando a Madariaga, “hombres-castillo” y “hombres-cristal” y, sobre todo, refleja la evolución de su mirada: más inocente, más macarra y más festiva en “Honda en Castilla”, más escéptica, más decepcionada y más escarmentada en “El día de gloria”. Conversamos en una terraza, por Príncipe Pío, en la que hay arena de playa.

P: Señor Bustos, en esta época de escándalos incesantes, crecientes y esperpénticos, ¿el ser humano ha dejado de asombrarse?

R: Está cada vez más caro el asombro, sí. Además, hay una pose, sobre todo en redes sociales, donde es de buen tono no asombrarse de nada y parecer escéptico, resabiado, de vuelta de todo. En realidad, no porque la gente sea muy culta o experimentada, que no lo es, sino porque hay pánico a que ridiculicen tu ingenuidad o tu ignorancia en Twitter o en las otras redes sociales. Entonces, la gente cuida una cierta pose, se fotografía con una biblioteca detrás o arremete contra el primero que confiesa su ingenua admiración por una serie: “¡Pero si la vimos hace un año todos! ¿Cómo te atreves ahora…?”. Al final, detrás de ese postureo de tío de vuelta de todo, seguramente, lo que hay detrás es una tremenda ignorancia, cuando no una profunda soledad. El asombro es una conquista, la condición del niño. Dice Chesterton que el niño es el poeta. Cada día descubre una parte del mundo y le pone un nombre. El niño, en el momento en que pone nombre a la cosa que ese día ha descubierto, la está creando. Esa es la actitud originaria de la literatura y de la poesía: nombrar las cosas por primera vez. O tratar el lenguaje de tal manera que el lector reciba una impresión sobre cosas que cree conocer totalmente novedosa, sorpresiva. En el libro, ese ejercicio está sobre todo en Francia. Francia es un país que es tan conocido que lo damos por supuesto. Quizá, descubrir Francia con 36 ó 37 años, en mi caso, era casi arriesgarse a esto, a parecer ridículo: “¿Cómo no se te ha ocurrido conocer Francia?”. Quizá nuestra generación daba por supuesto que ese país maravilloso estaba ahí, y que antes se te ocurrían 12.000 destinos más exóticos o más sugerentes. Y ese es el juego literario del libro: presentarte en Francia como si la acabaras de descubrir. Es un ejercicio literario del que se beneficia también el estilo: asomarte a los acontecimientos como si fuera la primera vez. Así que el asombro es una condición del estilo: si consigues escribir desde el asombro, no desde el prejuicio, creo que acabas escribiendo mejor.

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29 marzo, 2021 · 11:35

Entrevista en El Cultural

Por Fernando Díez de Quijano

En junio de 2015, poco después de fichar por El MundoJorge Bustos (Madrid, 1982) fue enviado a La Mancha para hacer un reportaje con motivo del cuarto centenario de la segunda parte del Quijote, siguiendo los pasos de Azorín, que hizo la misma ruta por los escenarios de la obra cervantina un siglo antes. En agosto de 2019 el periodista y escritor, ya jefe de Opinión del diario, emprendió otro viaje, esta vez a Francia y por placer o, más bien, reconoce Bustos, por una necesidad de dejar a un lado la absorbente actualidad para reconectar con la realidad, que son cosas bien distintas. Le empujaba la misma sed de cosas concretas de la que hablaba Josep Pla, que tomó el testigo de Azorín como patrón literario al que encomendarse antes de partir.

Los frutos literarios de ambos viajes conforman su quinto libro, Asombro y desencanto, que edita Libros del Asteroide. Es una obra llena de contrastes. Enfrentar a La Mancha con Francia inevitablemente da lugar a muchos de ellos: “del ardor mesetario a la templanza bretona, del corral de comedias a la ópera versallesca, del loco que se creyó Amadís al loco que se creyó Napoleón, del museo de quijotes de El Toboso a la feria de selfis del Louvre y del honrado valdepeñas al majestuoso burdeos”, por citar solo algunos de los que el propio Bustos enumera antes de dar paso a las crónicas de ambos viajes. Pero el contraste más importante se da entre los dos púgiles que dan título al libro: el asombro y el desencanto (“¿Cuál de los dos vencerá?”, se pregunta Andrés Trapiello en el prólogo), que también representan el antes y el después de un proceso de maduración del autor hacia el escepticismo. No obstante, Bustos lucha también, consigo mismo, para evitar que el primero sea devorado por el segundo.

Pregunta. ¿Están el asombro y el desencanto condenados a entenderse?

Respuesta. El asombro es una aspiración. Dice Chesterton que los niños descubren el mundo cada día y le ponen nombre, es esa actitud del poeta que se deja seducir por lo que va descubriendo. Luego vas creciendo y vas perdiendo esa mirada y vas dando por hechas las cosas, vas asumiendo prejuicios, te vas cargando de cosas heredadas que no son tuyas, que te han dicho que tienes que pensar. En ese sentido, este libro es en apariencia un viaje exterior, pero evidentemente es un viaje interior. Hay cuatro años de diferencia desde el viaje cervantino que hice recién llegado al periódico. Tenía 32 años y había cumplido mi sueño de llegar a un gran periódico, después de años de precariedad. En aquel viaje hay una mirada muy libresca pero muy inocente también, más pura. Cuatro años después el del viaje a Francia es otro Bustos, ya era jefe de opinión y ya había tenido algunos desengaños políticos. Mi mirada es más escéptica, pero también intenté rescatar aquella pulsión de asombro. Si el libro tiene algún mérito es ese: el intento de que convivan dos sensaciones contrapuestas, y que el desempeño de mi quehacer profesional lastra tremendamente. Todos los días de lunes a viernes estoy enfrentado a un grado de exposición mediática disparatado y se me pide que tome posición sobre la actualidad —no sobre la realidad— desde las 7:30 de la mañana hasta las 11 de la noche, en radio, prensa y televisión. Es una vida por la que habría matado hace años y soy consciente de que soy un privilegiado, estando como está el oficio, pero siento que estoy postergando una exploración más sincera conmigo mismo de la realidad y de mi vocación, porque yo soy periodista y me encanta el columnismo político, pero lo que quiero es forjar una carrera de escritor. Aunque este es mi quinto libro, siento que es el primero de una etapa nueva más literaria. Nunca he sido tan feliz como escribiendo este libro.

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24 marzo, 2021 · 12:13