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Nuestra pasión según Sánchez

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Getsemaní.

Yo estaba deseando equivocarme. Estaba deseando que del interior de Pedro Sánchez la pandemia extrajera un pedacito insospechado de Adolfo Suárez. Y que sobre ese pedacito, a falta de mayor estatura, se pudiera edificar no unos Pactos de La Moncloa, que solo son el indicio retórico de que Iván Redondo ha cambiado El ala oeste por Cuéntame, sino al menos un proyecto de ley compartido, una legislación de emergencia que prepare mejor a España para sobrevivir a la devastación económica que está a punto de conocer.

Pero un perro loco no es un oso amoroso ni lo puede ser. Todo lo que ha conseguido Sánchez en su vida política se lo debe al sectarismo. La dimisión antes que abstenerse ante Rajoy, el sometimiento antes que la magnanimidad con el susanismo, la genuflexión ante Torra antes que romper el cordón sanitario a la derecha, el abrazo al neocomunismo antes que el acercamiento al centro. Y en estas llegó el Covid-19. Y yo pensé que adonde no lo impulsaba la virtud podría empujarle la peor tragedia nacional desde la Guerra Civil. Y me senté a ver el debate con una nube de esperanza. Pues bien. Ya sé que tampoco 50.000 muertos y siete millones de parados serán suficientes para cambiar a Sánchez. Vista la intervención de esa neófita en lecturas y catedrática en odios de la que Javier Fernández tan justificadamente se avergüenza hoy, ya podemos ir concluyendo que no solo nos iremos al carajo, sino que durante la debacle todas las energías del Gobierno se concentrarán en machacar a la oposición. El alacrán solo quiere picar a la rana que le vadea el río, aunque nos hundamos todos.

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9 abril, 2020 · 20:45

Guerreros de terracota

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Sanchismo digital.

La Moncloa de Iván Redondo no valdrá para fabricar mascarillas o evitar contagios, pero manufactura humo como para difuminar 13.000 muertos (autopsiados) y seis millones inminentes de parados. Solo en materia de propaganda admite parangón el sanchismo con Corea: con la del Sur en eficacia y con la del Norte en veracidad. La mercancía se cultiva en el edificio monclovita de Semillas, se distribuye por los medios amigos, se vende al por mayor en el telediario y termina enganchando al cliente crédulo. Los chicos de Redondo son como los guerreros de terracota de Xian: perfectamente alineados encontramos a sicofantes de tertulia, troles de red social, enfermos de nostalgia de cantautor y plumillas movedizos con el índice chupado al viento del que manda. Tienen los pies de barro pero también un cinturón negro en defensa personal: el muerto al hoyo y el vivo al BOE.

Las cuentas de vidrio coloreadas con que trafica ahora el Gobierno se llaman recortes del PP, Pactos de la Moncloa y bloqueo antipatriota. Se ensartan en el orden citado como un rosario de trolas centelleantes cuya letanía reza así: “Estamos como estamos porque la derecha neoliberal diezmó nuestro Estado de bienestar. Ahora le brindamos la oportunidad de redimirse apoyando sin fisuras nuestros decretos progresistas. Si se resisten, los españoles sabrán que tienen una derecha carroñera contra la que nuestro cordón sanitario estaba justificado”. Esta chatarra viaja cada mañana hasta el salón del contribuyente angustiado, en la redondísima esperanza de que su confinada inteligencia ya esté lo bastante licuada como para afiliarse al Palmar de Troya.

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7 abril, 2020 · 11:19

El escudo de Pablo Iglesias

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El poder.

Cada vez que Pablo Iglesias habla del escudo social me lo imagino subido a él como Abraracúrcix, soportado por dos mucamos de Galapagar. Ese escudo desde el que habla le sostiene en la cumbre de la jerarquía política y de la clase burguesa, encaramado a ella en virtud del mismo sistema que detesta. La economía de mercado y la democracia parlamentaria premiaron su innegable talento para el espectáculo con nómina mullida, hogar amplio y prole numerosa. Un español afortunado que capeará la recesión mejor que la mayoría.

A la irreductible tribu que comparte sus supersticiones -pero no su posición- se dirige un vídeo entrañable que culpa al neoliberalismo unicornial, a Amancio Ortega, a Pablo Casado y a Tutatis de que España se haya convertido en la mayor morgue de Europa, solo por detrás de otro país cogobernado por el populismo, y de que ambas economías se enfrenten al tsunami financiero con los cimientos arenosos de una deuda colosal mientras el capitalismo coreano da ejemplo al mundo de la única eficiencia posible. El vídeo es tan zafio, apela a una emocionalidad tan primaria que hasta podría funcionar, como funcionan la pornografía o los memes de skaters chocando contra cosas, pero algo falla ahí. A poco que el galo confinado en su piso de barrio se pare a pensar, empezará a enfadarse. Reconoce el sermón, la letanía de los de arriba y los de abajo, pero años después el predicador ya no le habla desde la plaza sino desde un ministerio. Nuestro currante varado en un ERTE agudiza ahora el oído y descubre que Yolanda Díaz está celebrando entre risas la misma flexibilidad laboral que le enseñaron a odiar cuando la defendía Fátima Báñez. Y entonces siente la tentación de cagarse en el escudo. Y si a la depresión por confinamiento le sumamos la esquizofrenia de un Gobierno que pretende ejercer el poder y encabezar la agitación, escondiendo su recorte de mañana en el recorte de ayer, entonces en este manicomio estallará pronto la revolución. Y no será la de su vídeo retro.

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5 abril, 2020 · 22:33

El talismán de la división

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Macbeth.

Pedimos un gobierno de unidad a Sánchez como si Sánchez no debiera su poder al talismán de la división. Cualquiera que no haya perdido la memoria de la España prevírica sabe que es más fácil desintegrar un átomo que el prejuicio tejido por el sanchismo en torno a las “tres derechas”. Es obvio que Nadia Calviño prefiere entenderse con PP y Cs antes que con Iglesias y Rufián, pero quien escribe el relato es Sánchez. Y no modificará el cuento que lo sentó en La Moncloa.

Al revés. En los capítulos que está preparando nuestro Churchill comprado en los chinos sin licencia se cuenta que la derecha recortó la sanidad, abandonó a los más vulnerables y se puso a volar en círculos carroñeros sobre un Gobierno exhausto de tanto proteger al pueblo. Ay de los ilusos que creyeron llegado el momento de enterrar a las dos Españas junto con diez mil de sus mejores hijos, aquellos a los que nadie tuvo que explicar la guerra civil ni el franquismo, razón de que su reconciliación fuera sincera. Tan diferente de la apelación a la unidad bajo la que Sánchez camufla su enésimo chantaje: apoyo gratis o espejito fascista. Ese espejo de mil aumentos que manejan sus incontables palanganeros mediáticos.

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31 marzo, 2020 · 11:20

Planes para el apocalipsis

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La vida.

El politólogo confinado es aún más peligroso que el politólogo en libertad, porque tiene más tiempo para hacer pronósticos. Ahora anda anunciando que al mundo posCovid no lo va a reconocer ni la madre que lo parió, que la economía oscilará entre la autarquía y el salvaje oeste y que a no mucho tardar devendremos colonia videovigilada de China, librándonos con suerte de sus menús de murciélago. Muere Atenas, vuelve Esparta y Zizek ya está vendiendo su sobado cachito de muro de Berlín a ver si alguien le ayuda a reconstruirlo, siempre que pague con guita de curso legal capitalista.

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29 marzo, 2020 · 22:55

El virus expiatorio

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Fanático.

Para no ser propiamente un ser vivo, el coronavirus está comportándose como el más solícito animal de compañía. Ya se sabe que el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio, y como tal este virus no tiene precio. Su docilidad es admirable, sobre todo cuando el fanático carece de mascota alternativa y aprovecha para sacarlo a pasear.

Le sirve al cubanófilo con castroenteritis de Podemos o al sanchista con sesgo retrospectivo para cargar contra el neoliberalismo salvaje que ha diezmado el Estado de bienestar y recortado la sanidad pública. Así, una enfermedad nacida en una dictadura comunista gigante se convierte en una prueba de cargo contra el PP. En los casos de paranoia más severa, el Covid-19 ha salido directamente de Silicon Valley o de una zahúrda del Mossad. Para el neomarxista empeñado en rehabilitar su desvencijado templo, los contagios revelan un claro sesgo de clase, según el cual aunque el bicho mate lo mismo a un anciano anónimo que a un presidente del Real Madrid, y aunque los dos deban morir aislados, en realidad los pulmones del primero luchan por la emancipación social además de la vírica. Y además no es lo mismo confinarse en un sótano de alquiler que en un chalet con piscina, pongamos uno situado en Galapagar.

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24 marzo, 2020 · 11:16

La cofradía del Santo Aplauso

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Rito.

Cada tarde los españoles salen a sus balcones, los que los tienen, y a sus ventanas todos los demás para aplaudir al pelotón de sanitarios que está salvando la civilización. Les aplaudimos a ellos, desde luego; pero en cada detonación vespertina también nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos. No porque tengamos nada de lo que enorgullecernos, sino por miedo. Porque tenemos mucho que perder y necesitamos invocar a quien puede evitar que lo perdamos. Con el batir de palmas espantamos el silencio opresivo de nuestras calles y los malos pensamientos que germinan en él. La profilaxis nos ha vedado todos los rituales colectivos, incluyendo aquel que inauguró la civilización: enterrar a nuestros muertos. Así que hemos tenido que inventarnos uno lo suficientemente distante y lo suficientemente cálido como para mantener vivo el espíritu de comunidad, sin el que propiamente es imposible llamarse humano.

Cuando la peste asolaba Europa, los hombres se agruparon en hermandades para implorar la intercesión divina. Hoy la fe no la ponemos tanto en tallas y advocaciones como en médicos y enfermeras, pero la fragilidad y la gratitud que confesamos con las manos es la misma. Antes juntábamos las palmas para rezar, hoy las batimos para aplaudir. La pandemia ha fundado una nueva hermandad: la cofradía del Santo Aplauso. Su misa se celebra cada día a las ocho en punto de la tarde y no dura más de cinco minutos. Sus fieles son de toda clase, edad, sexo, raza, ideología y condición. Y sin embargo, cada cual aplaude a su manera.

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22 marzo, 2020 · 22:32

Déjate aplaudir

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Taumaturgos.

De un país paralizado te llega cada tarde, puntualmente, el suministro nacional de gratitud, la caricia interior bruta de todos tus compatriotas. Quizá se te saltan las lágrimas y resbalan peligrosamente hacia la mascarilla, con la falta de higiene que supone. Pero el surco se secará enseguida, cuando vuelvas a inclinarte sobre ese viejo que se ahoga, a quien no salvará tu emoción removida sino tu frialdad técnica. Así un día y otro día, esperando el famoso pico de la curva que anuncian los políticos y que no termina de llegar. Escudriñas por tu cuenta las informaciones que vienen de Italia, anticipas el escenario y calculas tus fuerzas para adaptarte a él, para asumir una meta realizable, a la manera de los alpinistas que no apartan los ojos de la cota fijada más arriba. Tantos infectados entrarán, tantos saldrán, tantos se quedarán sobre la blanca cama. Tantos compañeros se contagiarán, tanto se alargará el turno para suplir sus manos. Así un día y otro día, aislándote del afecto exterior que te robaría la concentración, rindiéndote a él en el maldito instante en que la debilidad traspasa la delgada tela de la bata. Entonces te sientes culpable, no solo de no poder hacer más, sino de haber cedido a unos minutos de autocompasión. Quien los ve sufrir y morir todos los días sabe que no tiene derecho a la piedad, aunque lo tenga.

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22 marzo, 2020 · 22:25