Archivo de la etiqueta: Rajoy at work

La última quietud de don Mariano

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Manuscrito marianista.

El marianismo fue un movimiento político que negaba el movimiento político y que gobernó España durante siete años y el PP durante 14, lo cual prueba que el tiempo importa poco cuando uno sabe ocupar bien el espacio. La política es una física averiada que a veces se emancipa de la tiranía lineal de los relojes. Solo así se explica no que Rajoy abandone la política, sino que haya permanecido en lo más alto de ella hasta bien entrado el siglo de los influencers y las mascotas digitales. Yo por eso siempre le llamé don Mariano, con una mezcla de ironía y de respeto a su porte convencional y a su repertorio de modismos galdosianos, una suerte de señorío a destiempo muy previo a la cultura de masas y a la sustitución de los casinos de provincias por casas de juego online. Era el último político analógico de Europa junto con doña Angela Merkel, cuyo récord de trienios al mando ya no podrá batir. En la era de los spin doctors atropellados, tras la febril propaganda de Zapatero, Rajoy se presentó en La Moncloa contra la opinión de todo el mundo, dispuesto a callar como nadie había callado. Tajani decía de él que callaba porque hacía, pero Rajoy había descubierto mucho antes de llegar al Gobierno que la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, pues de ese modo nadie te pide cuentas. Al final se fue quitando de la actividad como un Bartleby celta y llegó a encadenar tardes de ataraxia perfecta que habrían matado de envidia al Dalai Lama.

Era un hombre que traía como un retorno glacial al geocentrismo, a la conseja de abuela, a una afasia barbada y decimonónica que contradecía con insolencia la centrifugación de la política mediática. Su manera de despreciarnos -a nosotros, los periodistas- ha sido épica: uno lo veía esquivar cámaras saliendo por los garajes y renegaba de la maldita estampa de mi oficio. ¡Qué manía de querer saberlo todo, carallo!

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6 junio, 2018 · 13:16

Doblaban por Mariano Rajoy

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Sepelio.

El bipartidismo nos lo dio y el bipartidismo nos lo quitó. Un sistema estable de alternancia que ha favorecido el progreso durante tanto tiempo que el progreso se volvió insoportable. Enterrada la memoria de los años en que los españoles vivimos peligrosamente, estamos condenados a repetirlos en pos de la excitación perdida. Si el mayo francés de 1968 fue la respuesta callejera al tedio de los niños de papá, el mayo español de 2018 será recordado como la respuesta parlamentaria a la caduca letanía constitucional: España es una nación, la soberanía es indivisible, todos los españoles son iguales, las leyes están para cumplirlas… Qué coñazo. Ya no aspiramos a vivir juntos los distintos sino a blindar lo de cada uno al precio de lo de todos. Lo discutible se volvió discutido, y votado: Sánchez preside España no gracias a su partido sino a pesar de él, y no al margen de los hispanófobos sino con ellos.

Pero Sánchez es un personaje menor en toda esta historia. Su peripecia desde luego merece la admiración que despierta todo arribista ciegamente determinado a la victoria después de sonoras derrotas, pero el triunfo de su voluntad no está alineado con las urgencias políticas sino con las estrictamente personales. Sánchez solo es el interludio picaresco entre la dramática muerte de lo viejo y el lírico advenimiento de lo nuevo. La trayectoria que verdaderamente explica el cambio de época es la de Mariano Rajoy. Un hombre que a estas horas todavía no comprende su desalojo, ni lo comprenderá jamás. Aficionado a refugiarse en la advertencia de Ortega que al final de La rebelión de las masasanuncia la venganza de toda realidad ignorada, no escuchó nunca el doblar de las campanas que doblaban por él. Pero así como la ignorancia de la realidad de la crisis se vengó de Zapatero, la ignorancia de dos realidades insidiosas se rebeló al fin contra el superviviente gallego: la corrupción y el nacionalismo. Con ambas quiso contemporizar Rajoy, en la más pura tradición del cambalache setentayochista, y ambas le han traicionado. No solo a él sino probablemente a su partido, pues la regeneración y la unidad son los dos vientos que hinchan las velas naranjas de su rival.

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2 junio, 2018 · 10:56

Los minutos de la basura del 78

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Últimos especímenes del 78.

Lo que vimos ayer, entre pellizcos de incredulidad, no fue la agonía de un político que parecía crónico, tan identificado con el tiempo que parecía gobernar como nos gobiernan las estaciones: por imperativo cósmico. Lo que vimos ayer no fue la derrota de un orador tan experimentado que podía batir con el florete de su sarcasmo la descarga de artillería dispuesta frente a él por todos sus enemigos. Lo que vimos ayer no fue la traición al viejo muñidor de pactos imposibles, que confiaba en la lealtad comprada con dinero público sin sospechar que siempre hay alguien dispuesto a elevar la suma destinada al bolsillo de tu efímero aliado. Lo que vimos ayer no fue el garbo terminal, ciertamente admirable, con que un presidente apuñalado seguía dibujando molinetes retóricos en el aire antes de retirarse a morir oscuramente en su despacho. Lo que vimos ayer no fue la muerte política de un mineral, con toda la cobardía de los minerales que pesan pero no sienten, que caen pero no se arrojan.

No. Lo que vimos ayer fue el operístico estertor de un sistema -de una república dirían los franceses, de un régimen dirán los populistas- que ha consistido básicamente en que durante 40 años dos fuerzas antagónicas se alternaban en el poder español al arbitrio de un partido antiespañol. La coherencia narrativa en que a veces se complacen las historias de los pueblos exigía un final quintaesenciado: el de un firmante de la intervención de Cataluña pidiendo perdón a Joan Tardà por ser español y parecerlo. A su lado, efectivamente, Rajoy será siempre un español, vicio del que Sánchez se está quitando a toda velocidad por orden de sus nuevos dietistas de etnia mejorada.

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Respondo a las preguntas de Letras Libres sobre cómo hemos cambiado

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1 junio, 2018 · 9:23

Los abrazos rotos de Rivera y Rajoy

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Enemistad íntima.

El CIS con intención de voto ejerce sobre los parlamentarios el mismo efecto que la acumulación del bote sobre los concursantes de Pasapalabra: la audiencia sube y con ella la tensión en el plató -perdón, en el hemiciclo-, pero al final todo se reduce a saber quién se llevará el dinero. Quién dispondrá dentro de año y medio de los recursos del Estado, que eso es ganar unas elecciones. Bajo la presión del botín las rivalidades se polarizan y las alianzas se disuelven. La alianza entre Albert Rivera y Mariano Rajoy nunca estuvo presidida por la confianza mutua, pero hoy ya sólo les une un desdén ensordecedor. Se aprecia sobre todo en los furiosos aplausos con que la bancada pepera corona las réplicas de don Mariano, que ha desempolvado su retranca más afilada consciente de lo mucho que la necesita la moral de su tropa, abatida por los sondeos. Y junto con la ironía, Rajoy recupera sus coloquialismos arcaizantes: si en Sevilla cargó contra los “parlanchines”, en la sesión de control llamó a Rivera “aprovechategui”. Lo cual vendría a confirmar el decisivo influjo de Supergarcía en la formación intelectual del presidente.

No es que Rivera rompa con Rajoy: el cordial desprecio que se profesan es ya viejo. Lo que se dirime es el bote, o sea, el voto crecido de los hartos de nacionalismo, el descontento del personal con un 155 flácido que no ha servido más que para pagar las facturas de la Generalitat; si para colmo se han pagado las que no se debían es otro cordial debate mantenido entre Llarena y Montoro, ya parece que apaciguado. Es el Consejo de Ministros quien está aplicando este 155, y de poco sirve que arguya obediencia a lo pactado con Cs y PSOE para diluir responsabilidades, porque unos están en la oposición y el poder lo ejerce el Gobierno. Cuando el PP se escuda en que Rivera y Sánchez desaconsejaban a Rajoy el 155 está primero subrayando su impotencia, y ocultando después con cuquería el desarrollo de los acontecimientos. Ese titular ocupaba nuestra portada el 3 de septiembre: tres días después los separatistas dieran el infame golpe parlamentario contra la oposición, pisoteando los derechos de Arrimadas y de Iceta entre otros, jornadas que lógicamente extinguieron los miramientos centristas y socialistas con el polémico artículo. “Cuando las circunstancias cambian, yo cambio con ellas. ¿Usted qué hace?”, desafiaba Keynes. Acusa Rajoy a Rivera de oportunista, pero que un político llame oportunista a otro recuerda un poco a Guardiola despachando a los jugadores del Madrid por “atletas”. En el sentido de la oportunidad consiste, desde Maquiavelo, el arte mismo de la lucha por el poder.

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10 mayo, 2018 · 9:16

Mutuo Apoyo Romántico

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Industria del espectáculo.

Nos gusta hablar de Podemos: las cosas como son. A unos porque lo odian, a otros porque lo aman y a la mayoría porque lleva toda la vida consumiendo telerrealidad y reconoce el adictivo patrón del género en ese partido al que tanto le está costando convertirse en un partido. Pues nació más bien como mercancía de la industria del espectáculo, placeada en las calles y en los platós como cualquier compañía de teatro. Su padre no es Marx ni Laclau sino Guy Debord, que profetizó la nueva edad del capitalismo en que ya no compraríamos productos sino experiencias. Y la de revolucionario se vende como ninguna en las plácidas democracias occidentales.

Hablamos de Podemos y cuando lo hacemos llamamos Pablo a Iglesias, Íñigo a Errejón y Tania a… Tania, pero no se nos ocurre llamar Mariano a Rajoy, y mucho menos Cristóbal a Montoro. Las confianzas en la civilización del espectáculo nos las tomamos con aquellos personajes de ficción que sentimos más cercanos; pero Montoro no es ficticio, como modestamente creo haber demostrado esta semana. Los dirigentes de Podemos favorecían esas familiaridades con su retórica eclesial, subgénero scout, ya desmentida por dichos y actos que son tan descarnados como los de cualquier político en lucha por el poder. Hay fans del serial lila descubriendo ahora que los partidos no son asambleas, que en las ruedas de prensa no siempre se puede sonreír, que las listas se terminan confeccionando en una habitación cerrada, que al enemigo ni agua y a la exnovia ni una comisión parlamentaria y que todo esto no es nada personal: solo negocios. El negocio de la representación en la política mediática de nuestro tiempo, que presta servicio incesante como las farmacias de guardia y las opiniones en las redes.

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El bueno (las víctimas de ETA), el feo (Montoro) y el malo (Carolina Bescansa) en La Linterna de COPE

Eché un rato muy agradable (y muy sincero) en esta entrevista con los jóvenes colegas de Periodismo del CEU

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22 abril, 2018 · 12:03

Montoro en Maratón

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El conseller de Hacienda.

Que nadie imagine un desliz de Cristóbal Montoro del que ahora se arrepiente. Que nadie crea que se ha dejado llevar por ese deseo reprimido de propia reivindicación que le tienta cuando ve cómo los aplausos, si los hay, son siempre para los demás, mientras los palos los recibe en régimen de monopolio. Todo lo que está pasando él ya lo había calculado antes de que el lunes EL MUNDO abriera en portada con la entrevista que le ha valido el requerimiento del juez Llarena.

Montoro es un hombre que habla mucho pero que calla mucho más. Quizá le cuadre el apelativo marianista de parlanchín, pero le sobra experiencia para calcular los efectos de sus palabras. Incluidos los efectos judiciales. Por eso mismo no se prodiga en los medios. Debe de ser el único ministro que todavía no ha ido a la televisión a bailar o a poner la cara para que se la partan, que es para lo que sirve sobre todo un político de nuestro tiempo. Ahora bien, cuando Montoro concede una entrevista, es porque quiere transmitir un mensaje. Ya puede uno insistir, que sólo recibirá la ansiada citación en la calle Alcalá cuando él lo tenga decidido. A partir de ese momento uno se limita a escuchar, atónito por momentos, y luego se abalanza sobre el ordenador con el mismo espíritu con que Filípides salió corriendo de Maratón.

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19 abril, 2018 · 16:14

Cristóbal Montoro: “Acepto que al PP le pasa algo, pero su problema no es Rajoy”

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El poder desgasta… al que no lo tiene.

Dicen que la austeridad ha muerto, que la recuperación habita entre nosotros. Que las arcas públicas rebosan como los pantanos, listas para el jubiloso trasvase de dinero público. «Éste es precisamente el momento de mayor peligro», advierte Cristóbal Montoro (Jaén, 1950) desde su despacho de la histórica sede de Hacienda en la calle Alcalá, donde ha pasado tantos años que ya no mira los cuadros: son los cuadros los que le miran a él. Ninguno de aquellos ilustres mostachudos alcanzó a elaborar 15 presupuestos generales del Estado. Vigila su espalda -como la del Rey en Zarzuela- un retrato de Carlos III. Sobre su mesa reposan una tableta, un abrecartas y el último número de The Economist. Montoro se ha cambiado de despacho porque en el suyo están de reformas. Por fin hay dinero para remozar la fachada.

«Estamos viviendo el mejor momento económico de nuestra historia. Con tres años más por este camino nos pondríamos a la cabeza del mundo. Nunca la empresa española había llegado hasta este grado de internacionalización, por ejemplo. ¿Cuál es el riesgo? ¿Qué puede estropearlo todo?». Aquí hace una pausa y esboza su famosa sonrisa de malo de cómic: «¡La política!»

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16 abril, 2018 · 9:04

La legislatura baldía

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Esperando a Godot.

Abril es el mes más cruel, advertía Eliot en La tierra baldía, pero la crueldad solo la reconoce el que la padece: el resto la disfruta. Al menos en política, y al menos en España. A doña Cifuentes la vida le parecerá muy injusta en estos momentos, pero si piensa así es porque a partir de un número determinado de trienios en la administración uno pierde de vista las razones para indignarse de los excluidos del maná público, en este caso los estudiantes que se aplican y no son contratados. En esta legislatura baldía como el poema de Eliot ya no se habla de otra cosa más que de Cifuentes, cuyo espectro aullante recorría ayer los pasillos del Congreso en cada corrillo y en cada canutazo, mientras en el hemiciclo los oradores regaban en vano la tierra estéril de la dialéctica parlamentaria, donde hace demasiados meses que no florece un pacto, una reforma, siquiera un insulto creativo.

Con Rajoy en Argentina, varios ministros de pellas, los líderes de los restantes partidos sumergidos en el iPhone -«¿Habrá dimitido ya?»- y don Catalá en el papel protagonista, muy trepidante no podía ser la sesión. A mí, sin embargo, me gustan estas mañanas anodinas donde lo relevante es relevado por lo revelador. Por ejemplo, el milagro primaveral de oír varias verdades seguidas en boca de un diputado independentista, cual es Carles Campuzano. «No cabe minimizar el varapalo de la justicia alemana» (cierto: siempre es un palo la traición de un socio). «La democracia en España se está deteriorando» (cierto: se ha deteriorado mucho en la zona nordeste de España). «Ha sido la incompetencia la que nos ha llevado hasta aquí» (muy cierto: la del Gobierno central, que no creyó que el nacionalismo cumpliría su promesa de golpe de Estado). Y sobre todo: «Esta legislatura está agotada». Baldía, si nos ponemos poéticos.

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La reseña de “Vidas cipotudas” de Bernabé Sarabia en El Cultural

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12 abril, 2018 · 15:25