Archivo de la etiqueta: fútbol es fútbol

El carro de Ramos y Vinicius

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Flamenco.

Tiene fama Sergio Ramos de temperamental, pero cuando se encuentra bajo presión no siempre reacciona de la misma manera: unas veces le pega un pelotazo a Reguilón y otras marca un penalti a lo Panenka. Personalmente prefiero esta segunda vía de desahogo, y sospecho que Reguilón también. En otros jugadores el penalti a lo Panenka supone un arabesco hermoso y superfluo, un regalo a la afición o a la propia vanidad del futbolista; en Ramos funciona como una terapia de choque, un arrebato flamenco para zanjar la angustia, un doble o nada. Le suele salir bien, así que ningún psicólogo puede desaconsejarle el remedio hasta la fecha.

¿Qué origina la presión que experimenta el central sevillano? Sencillo: su propio liderazgo absoluto al frente del vestuario. Este año, por primera vez desde que llegó al Madrid, nadie le hace sombra: su autoridad no admite réplica de ninguna otra estrella. Con la marcha de Cristiano -el único al que reconocía el derecho de cobrar más que él-, el capitán pidió ganar un euro más que Bale. Ya se sabe que el poder tiene sus símbolos: por el mismo precio el Santander se compró el Popular. Lo cierto es que Ramos nació para ser capitán y que al fin puede desempeñar el cargo sin oposición interna: es como si hubiera barrido en las primarias de su partido. El problema de eso es que se siente obligado a asumir la responsabilidad por todo, a portavocear los estados de ánimo del equipo en todas las zonas mixtas, a defender lo indefendible como en la fase final de la agonía de Lopetegui. Hay que admirar su valentía para dar la cara cuando el resultado invita a escabullirse en la ducha, pero la casta sin prudencia solo es útil para las remontadas imposibles. No es inteligente reclamar entrenadores a medida en un micrófono, sino apoyar discretamente la mejor opción con tu trabajo en el campo.

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6 noviembre, 2018 · 9:23

Julen ha muerto, viva Solari

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Entrenador.

Las vitrinas del Real Madrid son las más nutridas del mundo no solo por sus sonados triunfos, sino también por sus apabullantes fracasos. Julen Lopetegui no pasará a la historia blanca por los primeros, pero ya figura con Vanderlei Luxemburgo y Rafa Benítez en la orla de honor de las etapas absurdas. Hoy sabemos el desastre total en que ha consistido el felizmente extinto lopeteguismo, desde su fichaje -al que el primitivo Rubiales respondió con coherente primitivismo- hasta su dramático empeño en excavar la sima de la estadística. Lopetegui nos ha obligado a desempolvar datos que no se registraban en el Bernabéu desde que aquello se llamaba Chamartín. Pero el más absurdo de los momentos lopeteguianos no fue la derrota en Moscú, el bochorno en Mendizorroza o la manita en el clásico, sino la victoria sublime ante la Roma: nunca habíamos visto a un equipo tan enfermo practicar un fútbol tan maravilloso. Aquello no tenía sentido, como no lo tiene la alegría en una ciudad bombardeada.

Que Lopetegui tenía que irse lo supimos pronto. Y no porque perdiera uno, dos o tres partidos; sino porque nada aprendió de cada derrota, y si lo hizo no se advirtió en el campo. Es cierto que ensayaba probaturas desesperadas -todas menos poner a Vinicius-, pero sus ideas ni concretaban un orden racional, ni fomentaban un caos productivo. El equipo no solo no jugaba bien, sino que ni siquiera transmitía otra cosa que añoranza transalpina, allí de donde vino Zidane y adonde marchó Ronaldo. El bueno de Julen vino sin flor ni prestigio, pero también sin autoridad; podría habérsela ganado, como dice Ramos, pero para eso Ramos tendría que habérsela devuelto primero. Lo único que podemos hacer para enjugar la pena que nos da Lopetegui es pensar que no muchos españoles ganan dos finiquitos en cuatro meses.

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30 octubre, 2018 · 14:47

Julen el breve

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Lo intentó.

Siempre conmueve la voluntad de resistencia de un hombre acorralado, aunque lo acorralen con motivo. Nos embarga la empatía -antes lo llamábamos conmiseración- con Lopetegui cuando, negando lo que a gritos expresa su rostro, advierte a los periodistas de que si pretenden ver a un entrenador hundido no le miren a él. Y adónde van a mirar, si el realizador del Madrid-Levante enfocaba su triste figura tras cada pifia como el gato que se pasa el ratón de una zarpa a otra. Lopetegui ha salido ya de todos los grupos de Whatsapp de madridistas menos del principal, pero se afana en vivir de blanco con la cipotuda obstinación del Caballero Negro de los Python, aquel que aún pedía guerra desde el suelo después de perder los brazos y las piernas: «¡No huyáis cobardes, esto es solo un rasguño!». En este plan llevamos un mes.

Lopetegui lo ha intentado y ha fracasado. También esto lo previó –Carmena diría preveyó– un capítulo de los Simpson, cuando Homer extrae una sabia moraleja del esfuerzo estéril de sus hijos: «No os esforcéis». Julen debe dejarse ir sin esfuerzo, como las ostras sin perla que el temporal arranca de la roca. No es nada personal y sabía las condiciones. La apuesta no ha salido y el Madrid no puede mantenerla más tiempo. Lo suyo sería destituirle antes del partido contra el Levante o contra el Alavés, y dado que eso es metafísicamente imposible, antes del Clásico. Ningún entrenador del Real Madrid desde Toshack ha desperdiciado tantas oportunidades para la redención.

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Lo bien que lo pasé contando mi vida y cantando con el Grupo Risa en COPE

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23 octubre, 2018 · 10:47

Luis Enrique hace un Lopetegui

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Lopetegui.

No la cagábamos así contra Inglaterra desde el siglo XVI, y eso que el Guadalquivir parecía más navegable que el Canal de la Mancha. No es que la flota española topara contra los restos de Leslie; los elementos que la hicieron naufragar en Sevilla no solo tienen nombre sino también apellido: Sergio Ramos, Nacho Fernández, Marcos Alonso, Saúl Ñíguez, etcétera. ¿De qué sirve que España acopie hombre por hombre mayor calidad técnica si los ingleses se pasan con más precisión y piensan con más rapidez? ¿A quién le sigue engañando ese amontonamiento patatero de pases sin filo y control romo frente al metódico repliegue y la picadura fulminante de Sterling, Kane y Rashford? El fútbol, cuando se carece de un genio sin paliativos, es un juego coral de velocidad y destreza, y a eso jugó mejor Inglaterra en el Villamarín. Donde los españoles evocaron la furia frustrante de antaño y donde los ingleses jugaron verdaderamente como si hubieran inventado este deporte.

Al español y madridista al menos le tranquilizó la sensación de continuidad entre la selección de Luis Enrique y el Madrid de Lopetegui: ese íntimo desastre. En tiempos de zozobra democrática se agradece cualquier forma de estabilidad, incluida la pertinaz derrota. El equipo de Luis Enrique, que en la banda se agitaba como un monitor de spinning, tiró el partido en la primera parte con magnanimidad de aristócrata endeudado, pero hay que reconocerle al asturiano que movió pronto el banquillo y se encomendó a Ceballos y Alcácer, y los muchachos respondieron. Ceballos asumió el mando y el temprano gol de Alcácer al comienzo de la segunda mitad logró desprecintar el coraje que España se había dejado en el autobús, entre el cargador del móvil y la vergüenza. Los de Lucho empezaron a atacar con intensidad y los de Southgate, que ya no gasta su icónico chaleco, se abotonaron su corsé táctico hasta la nuez para disimular el miedo.

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16 octubre, 2018 · 11:16

El tormento de Lopetegui

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Apóstol de El Greco.

A Julen Lopetegui se le ha puesto cara de apóstol de El Greco y no es para menos, pues vive en un tormento y dirige los ojos al cielo esperando la redención. Pero del cielo sólo le llega el silencio, un silencio severo que aún no es letal. Únicamente un milagro mantendrá con vida al vasco hasta la blanca Navidad, esa época en la que todos comemos turrón salvo los entrenadores decepcionantes. Por si contribuye a aliviar al bueno de Julen, reconozcamos que el Real Madrid es un club generoso en hechos paranormales, una nave del misterio capaz de ganar su décima Copa de Europa con un cabezazo en el minuto 93 y encadenar después otras tres Champions seguidas. Comparado con eso, la supervivencia de Lopetegui se nos antoja bastante más factible que la resurrección de Lázaro.

Pero tampoco nos vamos a engañar, que ya somos mayorcitos para llamar al tarot o para creer en la integridad física de Bale y en la eclosión goleadora de Benzema. El Madrid de Lopetegui es un desastre tan perfecto que en mi memoria infantil tengo que remontarme hasta Benito Floro para encontrar un sindiósparangonable. Si el madridismo no está en estos momentos blandiendo antorchas camino de Valdebebas es por dos razones: porque aún le dura en la sangre el torrente de azúcar de los últimos títulos y porque el Barça está a un punto en la clasificación. Así es más difícil indignarse a lo grande. La sensación oscila más bien entre el estupor y la curiosidad, algo como lo que sentiría un explorador victoriano que llega a un poblado caníbal. No recuerda haber pisado nunca un lugar así y no le gusta, pero tampoco enloquece de pánico porque sospecha que al final a quien se van a comer es a Lopetegui.

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9 octubre, 2018 · 11:46

Amar al odioso Cristiano

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Nostalgia y alivio.

Ya es curioso que el momento en que más se echa de menos a Cristiano Ronaldo coincida con el momento en que con mayor alivio se airea su salida. El adiós de CR, por ejemplo, ha permitido a sus compañeros respirar sin permiso y redistribuir las faltas y los penaltis como buenos socialdemócratas. Extrañan sus goles, claro, pero el inmenso vacío que ha dejado su tiránico talento se ha llenado rápido de confesiones, paredes, bromas y otras pruebas de libertad. Ahora bien, estas contradicciones solo extrañarán fuera del madridismo: en su interior la esquizofrenia se vive desde hace décadas con gran naturalidad, así como en ocasiones señaladas toda gran familia quiere y detesta a la misma persona sin dar explicaciones al vecino.

Pero aun así el vecino reclama explicaciones, y el periodismo debe dárselas. Es lo que hicieron el domingo en estas páginas Orfeo Suárez y Esteban Urreiztieta en un reportaje denso de información y ágil de ritmo que desvelaba el paradójico misterio de la marcha del máximo goleador de la historia del Madrid: un misterio nacido de la absoluta transparencia. Cristiano ha resultado ser exactamente quien aparentaba. No hay enigma posible en la marcha de Cristiano como no lo hay en Cristiano mismo, leyenda viva labrada a golpe de evidentes abdominales, un exhibicionista de su propia fuerza de voluntad. Huérfano prematuro, de cuna miserable, aislado pronto por la exigencia competitiva y una fama inverosímil, su determinación de ser el mejor necesitó un rasero inequívoco para medir el afecto y lo encontró en el dinero. Su ventaja es que se puede contar; su desventaja, que nunca deja de contarse. Nunca es suficiente porque el dinero es una metáfora caníbal que devora el valor de las cosas que no tienen precio.

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2 octubre, 2018 · 10:40

El tesón del refugiado

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“No tiene físico para el fútbol profesional”.

Luka Modric tenía seis años cuando su padre le trajo la noticia del asesinato del abuelo, acribillado en el monte por las milicias serbias. La familia lio el petate y se refugió con otros miles de croatas en el hotel Kolovare. El parking de ese hotel de refugiados de guerra fue el potrero donde pulió su toque el pequeño dálmata: allí se acostumbró a controlar el balón bajo el estallido de los morteros. Era un niño serio y poco desarrollado, 15 centímetros más bajito que sus compañeros, y algunos ojeadores pensaron con gran sensatez y ningún acierto que carecía de condiciones para llegar al fútbol profesional. Pero todos acudían a verle jugar.

Su infancia transcurrió en un hotel y narra la consabida historia de unos padres obreros que lo sacrifican todo a esa apuesta siempre acechada por el engaño del amor: mi hijo será una estrella. Nada físico permitía respaldar tal esperanza, pero aquel chaval atesoraba a cambio ese poderoso recurso espiritual que en croata llaman dispet. Sus biógrafos Puertas y Azpitarte lo traducen por tenacidad, una suerte de empecinamiento en la propia superación. Porque el talento sin disciplina es como el vino sin botella: se desparrama.

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25 septiembre, 2018 · 10:43

La ira de Bale

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El enigma galés.

En realidad nada de lo que le ha contado Gareth Bale al Daily Mail es demasiado escandaloso cuando se leen las respuestas completas. Pero qué sería de nosotros si nos pusiéramos ahora a respetar el contexto. Solo de imaginar un mundo en el que las tertulias de fútbol estuvieran presididas por el juicio ponderado y la mayéutica socrática nos entran escalofríos. Lo cierto es que Bale ha confesado sentimientos de lo más comprensibles. Ha declarado una mayor sintonía con Lopetegui, que le habla en inglés y le pone de titular, respecto de Zidane, con quien jugaba menos y hablaba aproximadamente en indio. Ha venido a explicar que Cristiano es un gran jugador, pero que precisamente por serlo condicionaba el juego obligando a volcar sobre él la atención que ahora se reparte coralmente por toda la línea de ataque. Ha reconocido que decidió marcharse pero que hoy está en el mejor club del mundo y quiere seguir ganando títulos. Cada una de estas declaraciones, convenientemente despiezadas en titulares estancos, puede sostener lo mismo un cabreo bíblico que una alegría franciscana.

Pero lo más interesante de todo lo que dice es que la ira por la suplencia le preparó para el gol de Kiev. Del mismo modo que un populista politiza el dolor -normalmente el de los demás- para construir un liderazgo, el galés explotó su frustración para reivindicarse en cuanto Cristiano dejó el trono vacante. A Bale lo hemos escrutado física y psicológicamente: hemos deplorado sus fibras de cristal y hemos alegado el tópico del desarraigo británico para explicar sus raptos de melancolía. Todo eso mientras ganaba cuatro Copas de Europa. Pero quizá no hemos incidido lo suficiente en el vínculo entre bienestar físico y mental, entre anatomía y felicidad. Un vínculo que funciona en dos direcciones: Bale somatiza la rabia para marcar golazos pero también la confianza le motiva. Incluso cuando no marca o el equipo no gana, su intervención resulta determinante, como ocurrió en Tallín con el primoroso centro a Benzema o en San Mamés con la asistencia a Isco para el empate.

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18 septiembre, 2018 · 13:15