Archivo de la etiqueta: La sombra de Caín

La hora de Darwin ha sonado en el PP

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Solo puede quedar un@

Hemos visto la renuncia de un Papa, la abdicación de un Rey y el despido de un seleccionador la víspera del Mundial. ¿Por qué no íbamos a ver a seis candidatos del PP luchar a tumba abierta por el cetro de Génova 13, allí donde toda dedocracia tuvo su asiento y toda férrea disciplina hacía su habitación? De don Mariano criticamos mucho su preferencia por el estar y su desprecio por el ser, pero estar estaba, de un modo tan incorpóreo como inequívoco -algo parecido a la gracia divina o a la Agencia Tributaria-, y todos lo sabían. De manera que durante la década impávida del marianismo (2008-2018), en el PP solo se ha movido la cinta de correr del jefe. Ahora no hay jefe, ni cinta, ni órdenes que seguir ni estribillo que corear: solo un vacío alienante que ha convertido a una tropa regular, amante de la geometría y del cuarto mandamiento, en una selva donde se emboscan los capos de guerrillas rivales que ocultan tatuajes feroces debajo de la chaqueta.

“No soy optimista”, me decía esta mañana un dirigente popular. “Ojalá me equivoque, pero esto tiene pinta de que vamos a abrirnos en canal. Entiendo a Alberto: para qué cambiar una vida feliz por semejante fango”. Y es verdad. Pero quien piensa así no es un político de raza, la clase de animal que se ducha cada día pensando en la pausa dramática que guardará entre el quinto y el sexto párrafo de su discurso de investidura. Ese don destructivo, ese instinto letal que le susurra por las noches los mejores trucos para arruinarle la vida a su compañero de partido quizá despierte recelo en la población civil, pero háganme caso: necesitamos gente así. La democracia necesita gente así. Ellos no son culpables de ser como son: tan solo portan una pulsión primaria que selecciona a los más aptos para resistir la erosión de la intemperie política. En el PP ha sonado la hora de Darwin, y solo puede quedar uno. O una. Y cuando lo haga, sabremos que no podía liderar el partido una persona distinta de la que ganó el congreso, porque habrá hecho todo lo imaginable para hacerlo; del mismo modo que hoy ya sabemos que Núñez Feijóo no está hecho del fuego devorador que arde en los líderes genuinos.

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20 junio, 2018 · 13:33

La última quietud de don Mariano

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Manuscrito marianista.

El marianismo fue un movimiento político que negaba el movimiento político y que gobernó España durante siete años y el PP durante 14, lo cual prueba que el tiempo importa poco cuando uno sabe ocupar bien el espacio. La política es una física averiada que a veces se emancipa de la tiranía lineal de los relojes. Solo así se explica no que Rajoy abandone la política, sino que haya permanecido en lo más alto de ella hasta bien entrado el siglo de los influencers y las mascotas digitales. Yo por eso siempre le llamé don Mariano, con una mezcla de ironía y de respeto a su porte convencional y a su repertorio de modismos galdosianos, una suerte de señorío a destiempo muy previo a la cultura de masas y a la sustitución de los casinos de provincias por casas de juego online. Era el último político analógico de Europa junto con doña Angela Merkel, cuyo récord de trienios al mando ya no podrá batir. En la era de los spin doctors atropellados, tras la febril propaganda de Zapatero, Rajoy se presentó en La Moncloa contra la opinión de todo el mundo, dispuesto a callar como nadie había callado. Tajani decía de él que callaba porque hacía, pero Rajoy había descubierto mucho antes de llegar al Gobierno que la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, pues de ese modo nadie te pide cuentas. Al final se fue quitando de la actividad como un Bartleby celta y llegó a encadenar tardes de ataraxia perfecta que habrían matado de envidia al Dalai Lama.

Era un hombre que traía como un retorno glacial al geocentrismo, a la conseja de abuela, a una afasia barbada y decimonónica que contradecía con insolencia la centrifugación de la política mediática. Su manera de despreciarnos -a nosotros, los periodistas- ha sido épica: uno lo veía esquivar cámaras saliendo por los garajes y renegaba de la maldita estampa de mi oficio. ¡Qué manía de querer saberlo todo, carallo!

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6 junio, 2018 · 13:16

Doblaban por Mariano Rajoy

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Sepelio.

El bipartidismo nos lo dio y el bipartidismo nos lo quitó. Un sistema estable de alternancia que ha favorecido el progreso durante tanto tiempo que el progreso se volvió insoportable. Enterrada la memoria de los años en que los españoles vivimos peligrosamente, estamos condenados a repetirlos en pos de la excitación perdida. Si el mayo francés de 1968 fue la respuesta callejera al tedio de los niños de papá, el mayo español de 2018 será recordado como la respuesta parlamentaria a la caduca letanía constitucional: España es una nación, la soberanía es indivisible, todos los españoles son iguales, las leyes están para cumplirlas… Qué coñazo. Ya no aspiramos a vivir juntos los distintos sino a blindar lo de cada uno al precio de lo de todos. Lo discutible se volvió discutido, y votado: Sánchez preside España no gracias a su partido sino a pesar de él, y no al margen de los hispanófobos sino con ellos.

Pero Sánchez es un personaje menor en toda esta historia. Su peripecia desde luego merece la admiración que despierta todo arribista ciegamente determinado a la victoria después de sonoras derrotas, pero el triunfo de su voluntad no está alineado con las urgencias políticas sino con las estrictamente personales. Sánchez solo es el interludio picaresco entre la dramática muerte de lo viejo y el lírico advenimiento de lo nuevo. La trayectoria que verdaderamente explica el cambio de época es la de Mariano Rajoy. Un hombre que a estas horas todavía no comprende su desalojo, ni lo comprenderá jamás. Aficionado a refugiarse en la advertencia de Ortega que al final de La rebelión de las masasanuncia la venganza de toda realidad ignorada, no escuchó nunca el doblar de las campanas que doblaban por él. Pero así como la ignorancia de la realidad de la crisis se vengó de Zapatero, la ignorancia de dos realidades insidiosas se rebeló al fin contra el superviviente gallego: la corrupción y el nacionalismo. Con ambas quiso contemporizar Rajoy, en la más pura tradición del cambalache setentayochista, y ambas le han traicionado. No solo a él sino probablemente a su partido, pues la regeneración y la unidad son los dos vientos que hinchan las velas naranjas de su rival.

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2 junio, 2018 · 10:56

La pasión según Cifuentes

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Un político representando.

La pasión de Cristina Cifuentes es idónea para considerarla en frío, imparcialmente, porque ilustra la peripecia triste del político que adopta el verso suelto y acaba por no rimar en estrofa alguna. Desde su llegada al poder, consciente de la ciénaga sobre la que apenas emergía su partido, la todavía presidenta madrileña se esforzó por cultivar un perfil propio, inmune a herencias indeseables, nimbado por un carisma autosuficiente. Como la única manera de hacer eso en España es tomando el carril izquierdo, doña Cristina, que venía nada menos que de domar el 15-M a golpe de carga policial, puso todo su empeño en hacerse perdonar la pertenencia a esa estirpe condenada a cien años de soledad mediática llamada PP. Había salvado la vida de milagro pero ella se declaraba agnóstica -amén de republicana-, y sobre estas coquetas herejías ingenió una identidad proteica que aparcaba en todas partes y a nadie pertenecía. Ella era la nueva derecha a base de ocupar el centro por el lado zurdo, y el efecto final despistaba mucho al periodismo, cuyo nivel de nostalgia en sangre dobla el del simple civil. El periodista hispano necesita un orden de combate, a poder ser el de toda la vida, y si no existe se lo inventa, de ahí que la prensa zurda atizara a Cifuentes como si encarnara la derecha clásica, y como si ese sintagma existiera fuera de la fantasía del antifranquismo milenial. Y sin embargo su caída será celebrada con sinceridad por la izquierda, que propone a don Ángel Gabilondo sin reparar en que pretende sustituir a una progresista del PP por un conservador -casi un escolástico- del PSOE. Porque la divisa importa más que las hechuras.

Lo que quiero decir y a ver si lo digo es que la imparable superación de las ideologías no se traduce en un reposicionamiento correlativo de dianas y baterías. Los mismos siguen disparando contra los mismos pese a que nosotros, los de entonces, ya no seamos los mismos. Pese a que todos sospechemos que entre PP, PSOE y Cs no existen mayores discrepancias que la cuantía y el destino de las partidas de gasto, y pese a que entre esas tres siglas y Podemos apenas medie una cierta experiencia de la vida. Y está bien que así sea.

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El bueno (Felipe VI), el feo (Cifuentes) y el malo (Puigdemont) en La Linterna de COPE

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7 abril, 2018 · 21:24

La primavera es otro bulo

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¿Es perenne Rajoy?

La mañana parlamentaria estuvo dedicada al tema de nuestro tiempo, que son las fake news. Su influencia escala del país al continente, del continente al hemisferio y del hemisferio al planeta: en lugar de conspirar contra un gobierno ya aspiran a alterar el orden cósmico, y en vez de limitarse a acortar legislaturas se proponen alargar el invierno. Y no sólo el de nuestro descontento, sea este feminista, permanente revisable, pensionista o mediopensionista. La gélida Rusia tiene que estar detrás de esta primavera que ha sido anunciada oficialmente pero no ha querido presentarse.

Todos en el hemiciclo se tiran los bulos a la cabeza. Irene Montero rescató algunos ya clásicos, como los hilillos del Prestige o las armas de Irak, y Soraya Sáenz de Santamaría respondió con uno bien reciente: la muerte del mantero Mbaye a manos del capitalismo y no de la cardiopatía. Rivera recordó el arriesgado optimismo de Montoro, que nos tiene prometido que no hemos pagado de nuestros bolsillos “ni un euro” del aquelarre de los golpistas, cuando no su pensión completa en Ginebra o Waterloo; optimismo cuyo fundamento hoy está bajo la lupa del juzgado número 13 de Barcelona, donde se malician que quizá no sea un euro sin dos millones. La vicepresidenta le reprochó a Rivera su “cintura” con el independentismo, que mira que exhibe elasticidad la cintura de Rivera en muchas cosas, pero hombre, ni el ancho monte de orégano de la trola parece capaz de dar cobijo a una presunta connivencia de Ciudadanos con los indepes. En cuanto a Rufián, que ha perdido la inspiración al mismo ritmo que la república perdía candidatos viables y hoy nos tiene a dieta de esposas o impresoras, fue enfrentado por Zoido al espejo de sus contradicciones: está en contra de la policía pero a favor de los mossos, clama contra la politización de la justicia a no ser que te politices -como Vidal– hacia el bando correcto y aplaza cada día aquella esperanzadora promesa de dejar el escaño en el plazo ya vencido de 18 meses. El escaño español de Rufián es su prisión permanente revisable.

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21 marzo, 2018 · 21:04

Normas para una revolución

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Sea posmoderno, derogue la responsabilidad.

Usted, naturalmente, está harto de este mundo, que le parece invivible. Usted tiene poderosas razones para desear cambiarlo, porque una exótica fe le ha convencido de que es más fácil cambiar el mundo que cambiarse a sí mismo, y una infundada esperanza le persuade de que su posición mejorará con el cambio. Usted calienta su fantasía admirando a revolucionarios históricos que voltearon las condiciones objetivas de su tiempo. Por debilidad poética, y al contrario que los buenos narradores, glorifica los principios y olvida los finales, porque al revolucionario le inspira la excitante destrucción del presente, no la trabajosa edificación del futuro. Que tiene la ventaja de que nunca llega, así que todo sacrificio en su nombre está justificado. Usted vive en el siglo de los sacrificios baratos, pero deberá poner algo de su parte para triunfar.

Los revolucionarios modernos reclamaban libertad, es decir, la capacidad de hacerse cargo de sí mismos. Pero la autonomía individual resultó una pesada carga, de modo que las revoluciones posmodernas añoran la tribu. Libérese de la libertad. Su causa será viral si implica la abolición de la responsabilidad. Quién quiere ser libre si serlo limita la empoderadora industria de la queja. Usted es posmoderno: odia responsabilizarse de sus propias decisiones, y por tanto de sus fracasos intransferibles. Examinar la propia conciencia anula la revolución, pero examinar la ajena la desata. Evite examinarse. La autocrítica ya se la harán camaradas más ambiciosos que usted.

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Vuelve El bueno (Tomás Burgos), el feo (la memoria histórica del PSOE) y el malo (Puigdemont)

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5 marzo, 2018 · 11:31

Soldados del amor en Rusia

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¿La nueva Pemán?

Es preciso imaginar el himno de Marta Sánchez en boca de un graderío enardecido por el debut de España en el Mundial de Rusia. Sólo así calcularemos su eficacia prosódica, su idoneidad para el transporte de emociones nacionales. ¿Qué preferimos, “Vuelvo a casa” o “lolololo”? El ministro del Interior, atento a su responsabilidad del Estado, ya se ha pronunciado a favor de la segunda opción, más conservadora. Rajoy o Rivera lo han tuiteado con entusiasmo, pero no se atreven a dar el paso decisivo de pedir su oficialización. Exploremos las ventajas e inconvenientes de la propuesta de Sánchez, Marta, tan opuesta a las veleidades plurinacionales de Sánchez, Pedro.

El texto abunda en apelaciones a la resistencia y al orgullo, y cumple con los grandes temas de la literatura pasándolos por el tamiz patriótico: Dios (a quien se agradece haber nacido en España), el amor (a España) y la muerte (tras de la cual se desea reposar bajo suelo español). El programa resulta, pues, perfectamente canónico. Pero Sánchez es hija de su tiempo, sabe que en 2018 no tiene sentido llamar a las armas; como mucho, a los móviles con cámara. Hemos progresado tanto que hoy los enemigos del español no son los cañones de Trafalgar sino la morriña en Miami, circunstancia que obró en el ánimo de Marta Sánchez el milagro creativo experimentado por Rouget de Lisle la noche en que se le ocurrió La Marsellesa. Y es que los campos de batalla del ciudadano primermundista se han trasladado a su psique.

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Me entrevista cipotudamente Carlos Herrera en COPE por mi libro

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20 febrero, 2018 · 11:49

Noticias de Equidistonia

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Así ve el mundo el equidistante.

Ansiamos la equidistancia porque concede la superioridad moral entre dos cazurros notorios. El equidistante es ese cráneo privilegiado que se asoma al cuadro de la riña a garrotazos -nacionalista español contra nacionalista catalán-, esboza un mohín de olímpico disgusto y se pone de parte de… Goya. Ignora el equidistante que, desde Einstein, su posición en el cosmos ideológico es relativa, y por tanto no la decide él en absoluto sino también la mirada de los demás, incluidos los del garrote. A menudo un equidistante solo es el tonto útil de una causa a la que ni siquiera sospecha que sirve.

El equidistante es lo bastante inteligente para marcar distancias con la estelada, pero no reúne el valor necesario para reconocer su españolía sin el atenuante de la desafección. País de pandereta, vergüenza, quién pudiera no ser español, masculla en Twitter mientras apura su gintonic de enebro en una coqueta terraza de capital de provincia de la cuarta economía del euro. Su mente borgiana traza implacables simetrías sobre los demás -nunca sobre sí mismo- y reparte porciones salomónicas de culpa entre fachas e indepes, centrípetos y centrífugos, Madrid y Cataluña. Luego se sube en su nave espacial y regresa a su blanquísimo planeta, Equidistonia, lejos de este mundo banderizo donde el resto braceamos en la oscuridad.

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El bueno (Regino Hernández), el feo (Andoni Ortuzar) y el malo (Antonio Baños)

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19 febrero, 2018 · 11:55