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No veréis nada parecido a CR

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El gol.

Iba a escribir de Luis Enrique, pero quién es Luis Enrique cuando Cristiano Ronaldo se va del Real Madrid. Se marcha el máximo goleador de la historia del mejor club de fútbol de la historia, y lo hace de la manera inhóspita que este equipo singular reserva a sus leyendas, de Di Stéfano a Raúl o Casillas. Nadie verdaderamente grande se irá bien del Madrid mientras el Madrid sea el campo de estrellas que promete su himno. Los griegos miraban el firmamento, unían constelaciones y creaban mitologías que siempre terminaban mal para sus héroes más inolvidables; el Madrid es la mitología futbolística más evocadora de nuestro tiempo, y de vez en cuando necesita alimentar nuestra fantasía con dolorosos sacrificios.

Las mentes prosaicas aducirán la codicia, la ambición, el narcisismo, la incomprensión de la grada, el hartazgo de la directiva o el celo de Hacienda. Bien está: el Ronaldo que se marcha solo es un hombre, y los hombres están modelados de ese barro. Pero el Ronaldo que pasa a permanecer en la memoria del aficionado solo podrá agigantarse con el tiempo, liberado de la necesidad de satisfacer el estólido presente sin historia de las mentes mediocres. Hoy es el día en que los devoradores de pipas con memoria de pez tóxico de estanque del Retiro aplauden la marcha del mismo al que extrañarán en octubre antes de pedir la quema del palco en diciembre si la mitología blanca no acierta a proveer de otro titán. Que era un egocéntrico, dicen, como si la egolatría no fuera la premisa de lo extraordinario, o siquiera de lo relevante. Que estaba acabado, explican, pugnando por alejar de sí la terrible sospecha de que nadie suplirá sus 50 goles por año. Que ya está bien de dar mal ejemplo a los niños, rezongan los infinitos moralistas que nos patrullan, como si los niños no reconociesen a un igual en Cristiano: alguien tan caprichoso y confiado en su poder como ellos mismos, solo que él marcaba en todos los recreos de Europa. Si Nietzsche viviera habría señalado en CR el advenimiento del superniño.

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11 julio, 2018 · 9:06

No es mi Lopetegui, sino nuestro Lopetegui

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Entrenador blanco, bestia negra.

La noticia ha detonado con la potencia de las realidades no aventuradas, de las negociaciones no roturadas previamente por la opinión pública; de ahí la estupefacción. Los tertulianos han -hemos- fracasado otra vez, lo cual permite extraer dos conclusiones: que llamar a esto sociedad de la información no es más que una benévola exageración y que los tertulianos deportivos sólo se diferencian de los economistas en que sus pronósticos del pasado no están patrocinados por entidades bancarias sino por cuchillas de afeitar.

En defensa de mi oscuro gremio sólo puedo constatar una obviedad: Lopetegui no figuraba en ninguna quiniela porque tiene trabajo, y uno suficientemente vistoso y recién renovado. En estos momentos trata de ganar un Mundial. Pero bajo el radar, una clave lo explicaría todo: la confianza en los jugadores del Real Madrid que desde que sucedió a Vicente del Bosque ha caracterizado al vasco. Hubo un tiempo -nostalgia de La Masía- en que la plantilla del Barça aportaba la columna vertebral de España; hoy la forman los únicos españoles que han levantado varias Copas de Europa seguidas, lo cual parece sensato. Sergio Ramos, capitán de España como del Real Madrid, guarda la mejor de las relaciones con el todavía seleccionador. También Carvajal habla maravillas de él. Visto así, todo se antoja racional: Lopetegui internacionaliza preferentemente a jugadores blancos y los internacionales blancos le corresponden otorgándole su favor ante la directiva, que vagaba en el más confuso de los desconsuelos desde el abrupto adiós de Zidane.

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13 junio, 2018 · 10:10

Todo acabará, pero no todavía

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Leyenda en marcha.

Pedíamos ayer respeto para la hazaña del Madrid de Zidane, avisados por McManaman de que, si Guardiola hubiera conseguido lo que el francés, la gente cantaría desde los tejados. Pero después de ver la conquista de la Decimotercera reducida al enésimo pataleo de los excluidos comprendí que ni el respeto ni los cánticos son reacciones naturales a la hegemonía. A un Madrid que gana cuatro finales de Copa de Europa en cinco años sólo se le puede pagar con odio, con la presa rota de un resentimiento largamente acumulado. No merece la pena, aunque nos tiente, reclamar la ampliación del 155 para intervenir la prensa deportiva catalana porque no hay tributo más dulce a la grandeza blanca que la escocida cicatería de sus portadistas. ¿Los árbitros, el presupuesto, la flor? Música sacra para el oído madridista, la entrañable cantinela del desespero. Lo que está haciendo el Madrid es desesperante porque niega una y otra vez esa regla psico-cósmica a la que nos aferramos cuando esperamos el castigo del poderoso y el resarcimiento del vencido. Pero el fútbol no pertenece a esa clase de fe compensatoria. No es una promesa mesiánica para pobres ni se rige por los contrapesos del karma. El fútbol es de quien gana, y gana, y vuelve a ganar.

Ahora bien. ¿Qué significa ganar? La vida del madridista consiste a estas alturas en ir por Europa recogiendo orejonas mientras se convence interiormente que su fortuna no será eterna. Pero no se acaba. Reflexionando sobre esto escribía Íñigo Errejón que “la derrota será la justificación de tantas victorias”, invirtiendo así la lógica de la felicidad del hincha no madridista, ese que justifica por la escasez de triunfos la medida de su gozo cuando finalmente acontece lo extraordinario. De ahí que Raúl bromeara con Butragueño en el autobús que nos llevaba al avión, dirigiéndole sarcasmos sobre la maldición que le negó a la Quinta su Champions. Ambos, leyendas vivas, han de reconocer humildemente que el ciclo actual sólo admite parangón con el de Di Stéfano. Por eso cuando la calva venerable de Zidane se hizo presente en la cabina, el avión entero estalló en aplausos agradecidos mientras el sultán de la Champions se inclinaba abrumado. A ninguno se le aplaudió tanto ni con tanta gratitud, con la salvedad acaso del presidente, que por la mañana había recordado con detalle -sospecho que Florentino es menos supersticioso de lo que cuentan- la final del 81: “Entonces nos ganaron ya desde el ambiente, no se veía una camiseta blanca”. El ambiente también lo ganó en 2018 el Liverpool, pero el ambiente no cabe en una vitrina.

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28 mayo, 2018 · 17:59

Este es el Madrid: respetadlo

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Leyenda.

Respeto piden las vallas publicitarias de la corrección UEFA. Respeto pide la inteligencia asesina de Benzema. Respeto pide la letal potencia de Bale, la otra pieza cuestionada de la inmortal BBC, que se queda a un título del Real Madrid de Di Stéfano. Respeto exige la inmaculada concepción del dogma blanco, que primero fundó la Copa de Europa y después ha ganado 13 de las 16 finales a las que ha llegado.

Yo no había nacido cuando el Liverpool ganó al Real Madrid una de ellas, pero he vivido lo suficiente para ver al orgullo red, derrochado por las calles de Kiev, transformarse en implacable melancolía. Es lo que sucede cuando te enfrentas al Real Madrid. Cuando te toca hacer de cabra en el parque jurásico de la voracidad madridista.

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27 mayo, 2018 · 13:59

La última invasión de Kiev

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Hinchas cantores del Liverpool.

En el corazón de Maidán, la espléndida plaza que recibe y bombea el pulso vital de todo Kiev, se yergue una arrogante columna que celebra la independencia siempre amenazada del país. Ucrania ha sido invadida tantas veces por imperios tan distintos que ha desarrollado un celoso instinto de soberanía. “Freedom is our religion”, reza el gigantesco mural que cubre el edificio incendiado durante las protestas de 2014, brutalmente reprimidas por el gobierno títere de Putin. Hubo decenas de muertos. Los ucranianos adoran la libertad porque conocen demasiado bien la tiranía.

Hoy Maidán ha sido invadida de nuevo, en esta ocasión por el imperio del fútbol, que como sabemos es la continuación de la guerra por medios incruentos. Dos ejércitos de rancio abolengo, uno blanco y otro rojo, se disputan palmo a palmo la ciudad con la garganta pelada y las ilusiones vírgenes. Reconozcamos ya que en la calle intimidan más los ingleses: cantan más alto, beben más cerveza y adelantan la amenazante curva de su abdomen con mayor desinhibición; para su desdicha, sin embargo, la batalla no se libra en los pubs sino sobre el césped. Y ese es el territorio del rey de Europa.

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27 mayo, 2018 · 13:55

Riégala otra vez, Zizou

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El jardinero fiel.

Tras la exhibición de Gareth ante el Celta, me preguntó Juanma Castaño en la tertulia dominical de Tiempo de Juego si la alineación para Kiev debería consistir en Bale y 10 más. Elegí la respuesta fácil, la más conservadora: dije que sí. Pero ahora me doy cuenta de que debería haber arriesgado aún menos para contestar con la primera evidencia de la era de las tres finales consecutivas: «Zidane y 11 más».

Entiendo que haya aficionados y periodistas que se atareen estos días en confeccionar la alineación adecuada que el Madrid debe sacar frente al Liverpool. Lo que no entiendo es que sean madridistas quienes se entreguen a tan superfluo pasatiempo. Personalmente no he perdido un solo minuto en estudiar las ventajas de apostar por el control que garantizan Isco o Benzema; o si conviene explotar la velocidad del galés a la espalda de un equipo vertical que promete salir al ataque; o si los galones que se han ganado Lucas y Asensio con su trabajo demandan meritocrático reconocimiento en forma de titularidad. Descubro a gente muy afanada estos días opinando al respecto, con lo cansado que es opinar, mucho más con argumentos. La pereza mental no ha encontrado mejor abogado que el entrenador que ganó dos Champions seguidas y opta en diez días a la tercera.

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15 mayo, 2018 · 10:18

Ensayo sobre la ceguera

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Hernández, el nuevo Saramago.

Tuve que leer dos veces el tuit de Gabriel Rufián mediada la segunda parte del clásico: «Que alguien le diga al árbitro que el Barça ya ha ganado la Liga». No todas las tardes el madridismo entero puede descubrirse reflejado con exactitud en las palabras del diputado más dicharachero de Esquerra Republicana de Catalunya. Pero así era y no había nada que añadir. Con esos apellidos, Hernández Hernández sabía muy bien que solo tenía una manera de inscribir su nombre en la historia, y eso hizo. Su actuación fue un ensayo sobre la ceguera que ya se ha convertido en el alegato más poderoso a favor de la inteligencia artificial desde aquel piloto alemán que estrelló su Airbus contra los Alpes. En el caso del canario, tanto da un dron con GPS o la esfera armilar ptolemaica de la Biblioteca de El Escorial: no será difícil que cualquier objeto inanimado mejore el rango de precisión sensorial de Hernández Hernández.

Lo peor de la deficiencia visual de Hernández es que le privaría de solazarse con el espectáculo teatral que en estos partidos programa siempre el Barcelona, en desleal competencia con el Liceo. Algunos de sus mejores jugadores, como Busquets o Suárez, han desarrollado un talento interpretativo hasta extremos que amarillearían de envidia a Núria Espert. Primero fingen la agresión y después coreografían el acoso arbitral, con la ventaja de que al final no necesitan pasar la gorra porque el público de Camp Nou ha pagado la entrada previamente para ver exactamente lo que le echan. La obra está ya muy vista, pero también la no investidura de Puigdemont lo está y no solo se sigue representando sino que sale de gira por Europa. Pese a todo, las malas lenguas aseguran que hasta los culés se cansan de la farsa, por lo que Piqué tuvo que obligar a los pobres utilleros a aplaudir en fila. Que él sin su dosis de adoración no se quedaba.

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8 mayo, 2018 · 15:28

Karim, mátalos suavemente

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El héroe tranquilo.

El Real Madrid alcanzó otra final de Champions porque ni sus jugadores ni su afición estaban preparados para otra cosa. Sencillamente. El coste de la alternativa era tan incalculable que se prefirió la opción más cómoda: conquistar la tercera final consecutiva.

El partido me pilló en Múnich -mis padres no contemplan los cruces de primavera con el Bayern cuando planean viajes familiares, pero deberían-, así que pude testar el ambiente desde las entrañas mismas de la bestia. En ellas solo encontré prudencia y cerveza. A las ocho me metí en una peña muniquesa cercana a la Estación Central. Estaba decorada de arriba abajo con camisetas rojas, bufandas rojas y caras rojas de bávaros extrañamente circunspectos que bebían en silencio para desmentir su fiereza y proclamar su respeto al rey de Europa. Hoy mismo llamo a Elvira Roca para anunciarle que la leyenda negra empieza a amainar: hay bandera blanca. Cuando los hinchas colorados me reconocieron español, y probablemente madridista, casi me pagan la pinta.

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2 mayo, 2018 · 19:31