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El tanga de la Cibeles

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Mocita madrileña.

Una serie de catastróficas victorias está malcriando a toda una generación de niños madridistas. Van a crecer pensando que la vida era esto, que consiste en una piñata de cuatro títulos al año con los que uno se presenta luego en el cole a perdonar la existencia de sus amiguitos antimadridistas. Estos días azules y este sol de la infancia no durarán siempre, niño blanco; pero tampoco te sé decir cuándo acabarán. Porque uno mira a Zidane, que es el niño más grande de todos, con su insondable sonrisa de custodio del santo grial, y no le adivina un declive próximo a este equipo de leyenda. Estos jugadores están creando más felicidad de la que la realidad es capaz de sostener, según todos los filósofos. Están cronificando la ilusión.

Quizá por eso su avión volvía de Cardiff en silencio: porque rumiaban los héroes la contrapartida del éxito rotundo, que siempre es una decepción futura. O quizá es que estaban molidos, pues ganar por ganar resulta agotador. Tiene más mérito comer sin hambre. Se diría que en el estómago de estos futbolistas habita una tenia insaciable que les pide copas a cambio de no torturarles por dentro. Su líder y su emblema se llama Cristiano, el goleador caníbal.

La mañana del triunfo se prestaba a religiosas consideraciones a la altura de la iglesia de San Juan Bautista. Una hoja parroquial anunciaba: “The kingdom come”. Premonición o no, horas después se certificó el advenimiento del reino madridista a Europa; hegemonía muy poco cristiana, pues cuando el Madrid salta al campo, la caridad se la deja fuera. No reparte la gloria con nadie. Muy cerca se alza el National Stadium, un campo cuidadosamente escondido entre tabernas para prevenir que nadie llegue sobrio a una final. Llegaban sedientos los aficionados tras una notable caminata, pues los accesos por coche al centro estaban cortados por barricadas de seguridad. En Cardiff hemos visto armas que solo existían en los videojuegos, pero la amenaza real se preparaba en Londres.

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5 junio, 2017 · 11:55

El hábito de lo extraordinario

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Canta la cólera musa…

La grandeza del Real Madrid no consiste, como creen los madridistas, en imponerse a todos sus rivales, sino en vencerse primero a sí mismo. Nadie duda ya de que Cardiff instala la hegemonía blanca en el fútbol mundial. Pero si el ciclo de Di Stéfano tiranizó Europa sin fisuras, esta moderna hegemonía en color admite la zozobra y el improperio en propia meta. Quizá el Madrid sea lo suficientemente ancho como para contener la negación de sí mismo, porque gana a menudo poco minutos después de que los madridistas lo hayan desahuciado. Así fue en Lisboa, así en Milán y así en Cardiff hasta que Cristiano marcó el segundo.

Olía el estadio a hierba fresca, que es el napalm del Madrid. Empezó la final cómo empiezan todas, tímidas, indecisas, huyendo del sí como niñas recatadas. Dybalase movía grácil con sus calcetines a media asta, y la afición turinesa disponía de un fondo más amplio -y un madridismo más pipero- para hacerse oír. A la final le faltaba guionista. Tenía que ser Cristiano. Pero la tijera de Mandzukic desató el thriller. Rajoy, que ve estos partidos incorporado -suspense que en el escaño no es capaz de provocarle la oposición-, se atusó la barba, mientras Cifuentes comentaba la amarilla a Ramos, que venía a ser como el precio de la alegría. Al descanso ni siquiera la lucidez balcánica de Mijatovic se atrevía a profetizar un final feliz.

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4 junio, 2017 · 12:38

El animal vuelve a casa

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Animal en su hábitat.

Cardiff es una ciudad brumosa y fabril sitiada por la campiña. Sobre tanta hierba parece imposible no imaginarse a Gareth Bale galopando, feliz entre vacas mudas y homenajes patrióticos. Y sin embargo ayer el príncipe deportivo de Gales velaba armas en el sofá de un hotel, charlando con viejos amigos, distendiendo los músculos en la víspera del galope final. No le importan, pensábamos mirándole, los minutos de juego de los que finalmente disponga; le importa que cuando pare de correr vuelva la vista y confirme que el Real Madrid ha ganado doce Copas de Europa.

La expedición blanca amaneció poseída del optimismo que le consiente la historia. Todas las finales que la Juve lleva perdidas las ha ganado el Madrid, y alguna más. “Me daba más miedo el Atleti, donde defendían todos”, confiesa Roberto Carlos tomándose el primer café del día, aún en Barajas. Compara plantillas y concluye que hay razones poderosas para el sosiego. Una se llama Benzema, que parece más delgado desde que se filtró entre tres defensas en el Calderón; otra es Cristiano, que oscilaba ayer entre la sonrisa y la franca carcajada. Y está el nuevo look mohicano de Ramos, tan hortera que todo el madridismo respiró aliviado al corroborar la intacta autoestima de su capitán.

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4 junio, 2017 · 12:35

El madridismo existencial

Adios al primer grande de la historia del futbol, hasta siempre Don Alfredo Di Stefano

Contigo empezó todo.

El madridista se lleva la mayor sorpresa de su vida cuando despierta al uso de razón y descubre a su alrededor personas que no son del Real Madrid. De esa delicada epifanía tarda mucho en reponerse, si llega a hacerlo, porque él ama a sus semejantes y desea lo mejor para ellos. Pero terminará asumiendo la herejía con un encogimiento de hombros y acaso un vago ademán filantrópico con el que quiere expresar su comprensión de la debilidad humana. No es que se sienta superior a los demás; es que ha tenido la fortuna de pertenecer al mejor club del mundo, lo cual significa que el resto de equipos son peores que el suyo.

Como del palmarés no cabe discutir, porque las matemáticas no se dejan opinar, queda graduar los decibelios del sentimiento. ¿Es el Madrid una pasión? Quien compare ciertas tardes gélidas del Bernabéu con el sudor y la fiebre en las gradas de otras aficiones menos habituadas a la victoria se inclinará por dudarlo. Hay días, muchos días, en que el Madrid gana por inercia funcionarial como el deber absurdo de un personaje kafkiano. Gana porque esa camiseta lleva ganando toda la vida y no va a dejar de hacerlo justo ahora. Gana porque sabe que debe ganar y punto. Y hay aficionados a los que eso no les basta, como hay españoles que ya no recuerdan la época en que la achicoria suplía al café y las alpargatas de lavandera estaban muy lejos de presagiar los Jimmy Choo de ejecutiva. A los entrañables tribuneros de la pipa y de la queja les recordamos: también su Madrid pasó 30 años sin ganar una Champions. Y el jubiloso hecho de que ahora las gane con renovada facilidad -acorde con el linaje que fundó su gloria- no debería borrar la memoria latente de la frustración, del capricho de la suerte, de los labios de cobra del triunfo.

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31 mayo, 2017 · 12:29

Perdónales, Zizou

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El mejor día en la vida de Zidane.

Ahora que se amontonan los análisis sobre el método ganador de Zidane; ahora que todos saben exactamente por qué ha ganado la Liga, como si hasta hace un mes no hubieran cuestionado su capacidad para hacer la o táctica con el más millonario de los canutos; ahora es cuando apetece decir que no. Que no hay razones para explicar su triunfo. Que hay que volver a la teoría de la flor y no salir de ella. Porque cuando todos los catedráticos de la pizarra se apresuran a explicarle al madridista por qué gana su equipo, siendo así que nunca necesitó más que verlo con sus propios ojos, uno preferiría reconocer que Zidane vive sentado sobre una secuoya de chiripa que se distingue desde Andrómeda. Así gana el Madrid. Y punto.

Claro que hay argumentos científicos -alternativos a un inverosímil sostenimiento de la suerte que dejó por el camino los pedazos de varios récords- para justificar el trigésimo tercer título de liga del Real Madrid. Se han aducido ya todos: la planificación deportiva, las rotaciones innegociables, la inteligencia emocional para domar egos estelares, la dosificación y reubicación de Cristiano, la rara unidad de destino entre vestuario, directiva y afición. Zidane cumple apenas un año y medio al frente del primer equipo, acumula cuatro trofeos y a nadie se le ocurre un entrenador más idóneo para el Madrid. Parece la reencarnación calva de Miguel Muñoz.

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23 mayo, 2017 · 19:41

La musa del escarmiento

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Genialidad francesa.

La filosofía occidental le debe al Atlético de Madrid una profundidad nueva. Unamuno sería del Atleti. Es un equipo que lleva el sentimiento trágico de la vida a cotas no exploradas de dolor, y el madridista no cainita -que tampoco quisiera incurrir en la condescendencia- enmudece ante la contemplación del adversario cruelmente batido una y otra vez. En Lisboa, en Milán y ahora en su propia casa, en el Calderón que echa el cierre sin otra épica que la de remar furiosamente para morir exhausto en la orilla.

Volvió a ocurrir. Antes del cuarto de hora, sin más juego que su alma, sin otro mapa que las montañas movidas por su fe, los mártires del Cholo habían marcado dos goles. Tiritaba el Madrid, pero si el orgullo colchonero consiste en no ser madridista, el orgullo vikingo es autosuficiente, autorreferencial, y examina con curiosidad a los perdedores desde la cima del triunfo. Su certeza es menos lírica pero bastante más sólida: tan real como el metal del que están labradas sus once copas de Europa. Y va a por la duodécima. El Madrid no forja su identidad con poesías sobre la pérdida y el duelo; la elegía es un género rojiblanco. El género literario del Madrid es el noir de sus víctimas.

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11 mayo, 2017 · 20:11

Cristiana sepultura

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El tirano.

Desde hace años el Real Madrid acostumbra a formar con un orden ofensivo llamado BBC. Son tres jugadores bastante buenos que han dado unos cuantos títulos al Madrid. El resultado del mantenimiento de ese orden equivale al que obtenemos de su negación: el Madrid gana en Champions jugando con la BBC o sin ella. La BBC es la tesis de un Madrid dialéctico que, forzado a rotar por lesión o por capricho técnico, acaba ofreciendo una misma síntesis, es decir, la hegemonía europea. Si este año el Madrid conquista la Liga, o la Champions, o ambas, nadie podrá explicar cómo lo ha hecho a falta de Hegel, que está muerto. El Madrid, en cambio, en primavera y en Europa, suele estar vivo.

Era Isco el jugador propuesto por el pueblo para suplir a Bale, y Zidane, que no por votar a Macron deja de ser pueblo, atendió la demanda con tanta solicitud como perseverancia probó alineando a Benzema, a quien las tricoteuses esperan a pie de guillotina. Tampoco Cristiano se salva del furor iconoclasta: duele recordar que lo tasan mejor los antimadridistas con su miedo que el ‘pipero’ con su cicatería. No sólo cumplió en su avatar de ariete biónico sino que recuperó su memoria de extremo profundo: desborde y centro. Cristiano tiene con el gol la relación del tirano con el poder. En el segundo tuvo tiempo de vestirse de mameluco antes de fusilar a Oblak. Por fardar de banquillo Zidane sacaría después a Asensio y Lucas, pero bastó un solo hombre para dar Cristiana sepultura al Atleti.

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3 mayo, 2017 · 10:50

El liberalismo es Messi

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Un liberal que cree en el individuo.

Al madridista le queda el consuelo no ya de que su equipo aún depende de sí mismo para ganar la Liga, sino de que el Barça tuviera que robar el estilo -es decir, la falta de estilo- de su eterno rival para ganarle. Ya se sabe que el Madrid nunca juega a nada y que en todo plagio alienta un homenaje. Aquel juego coral fabricado artesanalmente en La Masía hoy ha degenerado en anárquicos instantes de genio individual y épica a destiempo. O sea, exactamente el fútbol que nos gusta, aunque esté mal reconocerlo ante el sanedrín de bar donde pontifican los entendidos. Messi golpea en los minutos de Ramos con la presencia omnímoda e intransferible de un Di Stéfano. Consuela decir que cuando el Madrid deja de serlo, el Barça pasa a ejercer tan alta dignidad, convirtiéndose en el Real Madrid por otros medios. Lo importante es que la identidad no se destruya: solamente se transforma.

En la madurez, Messi juega andando y acelera únicamente cuando el premio está garantizado, como el cazador experto que solo aprieta el gatillo cuando sabe que cobrará la pieza. Su gestión de los partidos debería estudiarse en Economía, porque eso es lo que hace: economizar recursos, implementar la productividad, maximizar el beneficio y otros tantos sintagmas de silicona que conforman la germanía de escuela de negocios. No nos extraña que evadiera impuestos: si no regala una carrera de más a su afición, cómo va a entregar un euro de sobra al Estado. Argentina no solo tiene al Papa, sino también al dios, que se manifiesta cuando le da la gana. El fútbol de Messi es tan tremendo como la pintura de Caravaggio: necesita de la sombra para que brille la figura.

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25 abril, 2017 · 12:25