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De los ‘Jordis’ a los ‘Harrys’

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Keylor atajando a Kane.

Vamos a reconocerle a Pochettino que ha armado un equipo de ingleses lozanos y marciales, capaces de humedecer las papilas de cualquier supremacista. Si el Procés tiene a los Jordis, el Tottenham tiene a los Harrys, o sea, Winks y Kane, que es un Ryan Gosling satinado y sin bozo pero con muy mala idea. Su gol no lo metió él sino Varane, pero el Bernabéu, siempre ecuménico con quien mejor le daña, habría preferido anotárselo a Kane.

El Madrid presentaba su medular constitucional, la que forman Kroos, Modric y Casemiro, pero a menudo no se bastaron para someter a esta Albión rubia e insolente. Isco parpadeaba sin llegar a iluminar y Achraf, que podría ser una continuación de Asensio por vías árabes, enseñaba el alfanje desde el costado sin acabar de hundirlo. Cristiano se desesperaba a voces con su estadística interior y Benzema seguía a lo suyo, que es el fútbol tántrico: acopia descontento tribunero a base de fallos hasta que el embalse del odio está lleno, y entonces se da el gustazo de romper ese dique de injusticia en el momento menos pensado, como hizo contra el Getafe.

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18 octubre, 2017 · 16:50

Por un madridismo reeducado

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Ilustración francesa.

Por más que diga Carlos Herrera -bético hasta el borde mismo de la autodeterminación- que la Liga terminó cuando el Real Madrid encajó el gol de Sanabria, yo creo que aún queda mucho por delante. Y que la estrategia de Zidane, el ejercicio numantino de la rotación, es la única que asegura que el equipo llegue entero a primavera. Hay que repetirlo no porque se haya ganado al Alavés, donde rotaron Modric y Bale por estricto imperativo de la prudencia, sino porque todos los madridistas con un entrenador en su interior que no han ganado dos Champions y una Liga en año y medio comenzaban a dar lecciones al francés con excesivo desahogo.

Aquí, de momento, el único que puede seguir enseñando fútbol sin perder la sonrisa -ni la flor- es Zidane. Asume un desafío titánico: nada menos que reeducar a una afición formada en el apetito castrense de victoria. Al madridismo se viene a ganar aunque sea aplicando el 155 y con Juncker de perfil. Pero Zidane ha emprendido una reforma educativa insólita: está explicando al madridista que puede disfrutar del cómo además del qué. El talento que aglutina el medio del campo blanco es un placer ilustrado. Frente al Alavés hubo momentos en que uno literalmente no distinguía una genialidad de Isco de una de Ceballos y otra más de Asensio. No sabía quién era quién. Miraba el televisor y allí se sucedían triangulaciones precisas, controles inverosímiles, colas de vaca, fintas y remates que creía restringidos al desván nostálgico de YouTube. La calidad técnica siempre ha sido patrimonio de este club; la calidad coral no tanto. Que el Madrid saltara al campo con siete españoles, en fin, comporta una defensa racional y no identitaria del patriotismo: no están ahí por ser españoles sino por ser muy buenos, lo cual seguramente constituya el mejor elogio que un francés puede hacer de España.

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26 septiembre, 2017 · 11:05

Libertad de rotación

15057599753524Las rotaciones de Zidane son como la libertad de expresión: las defendemos siempre que el titular coincida con nuestra opinión. En cambio cuando Zidane decide censurar a Kroos o a Modric -que ya hay que ser libre para eso- porque compra el excéntrico argumento de que también son humanos y necesitan descanso, o cuando el equipo rotado a conciencia empata en Levante, enseguida nos lanzamos al culo del francés para escrutar a fondo, menear la cabeza con ademán de hortelano y concluir que la flor que allí brotaba firme y cuajada de títulos se marchita ya sin remedio.

Pero a quien todavía conserva algún respeto por los hechos le resulta evidente que Zinedine Zidane, con su sonrisa preventiva y sus comparecencias susurradas, está llevando a cabo la revolución más profunda en el banquillo blanco desde que uno tiene memoria. Hasta ahora, las rotaciones las imponía la fatalidad: las lesiones, la depresión de una estrella porque se iba a divorciar o porque no conseguía divorciarse, las resacas rebautizadas como gastroenteritis por higiene mediática, las predilecciones verticales del presidente.

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19 septiembre, 2017 · 10:41

Entrevista en Europa Press

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[Me entrevista la agencia Europa Press a cuenta de Crónicas biliares, pero también hablamos de columnismo, de pijoprogres y del santo nombre del Real Madrid]

El periodista Jorge Bustos reúne en ‘Crónicas biliares’ (Círculo de Tiza) ensayos escritos con “unos cínicos 25 años” en los que muestra una mirada particular respecto a temas que le preocupan como el periodismo, la crisis o la literatura. También hay en este libro un espacio para el análisis crítico de la sociedad, como cuando en uno de los textos habla de que “los antisistema no son más que gamberros adinerados”.

“Lo que sí sabía ya hace diez años, que es cuando escribí esa frase, es que me repugnan los revolucionarios de salón que no arriesgan nada porque saben que al final el sistema les perdonará sus travesuras, a menudo con nómina pública y últimamente hasta con escaño. Esa indignación primermundista es épica de Decathlon”, ha señalado en una entrevista con Europa Press el autor.

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17 agosto, 2017 · 13:45

El tanga de la Cibeles

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Mocita madrileña.

Una serie de catastróficas victorias está malcriando a toda una generación de niños madridistas. Van a crecer pensando que la vida era esto, que consiste en una piñata de cuatro títulos al año con los que uno se presenta luego en el cole a perdonar la existencia de sus amiguitos antimadridistas. Estos días azules y este sol de la infancia no durarán siempre, niño blanco; pero tampoco te sé decir cuándo acabarán. Porque uno mira a Zidane, que es el niño más grande de todos, con su insondable sonrisa de custodio del santo grial, y no le adivina un declive próximo a este equipo de leyenda. Estos jugadores están creando más felicidad de la que la realidad es capaz de sostener, según todos los filósofos. Están cronificando la ilusión.

Quizá por eso su avión volvía de Cardiff en silencio: porque rumiaban los héroes la contrapartida del éxito rotundo, que siempre es una decepción futura. O quizá es que estaban molidos, pues ganar por ganar resulta agotador. Tiene más mérito comer sin hambre. Se diría que en el estómago de estos futbolistas habita una tenia insaciable que les pide copas a cambio de no torturarles por dentro. Su líder y su emblema se llama Cristiano, el goleador caníbal.

La mañana del triunfo se prestaba a religiosas consideraciones a la altura de la iglesia de San Juan Bautista. Una hoja parroquial anunciaba: “The kingdom come”. Premonición o no, horas después se certificó el advenimiento del reino madridista a Europa; hegemonía muy poco cristiana, pues cuando el Madrid salta al campo, la caridad se la deja fuera. No reparte la gloria con nadie. Muy cerca se alza el National Stadium, un campo cuidadosamente escondido entre tabernas para prevenir que nadie llegue sobrio a una final. Llegaban sedientos los aficionados tras una notable caminata, pues los accesos por coche al centro estaban cortados por barricadas de seguridad. En Cardiff hemos visto armas que solo existían en los videojuegos, pero la amenaza real se preparaba en Londres.

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5 junio, 2017 · 11:55

El hábito de lo extraordinario

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Canta la cólera musa…

La grandeza del Real Madrid no consiste, como creen los madridistas, en imponerse a todos sus rivales, sino en vencerse primero a sí mismo. Nadie duda ya de que Cardiff instala la hegemonía blanca en el fútbol mundial. Pero si el ciclo de Di Stéfano tiranizó Europa sin fisuras, esta moderna hegemonía en color admite la zozobra y el improperio en propia meta. Quizá el Madrid sea lo suficientemente ancho como para contener la negación de sí mismo, porque gana a menudo poco minutos después de que los madridistas lo hayan desahuciado. Así fue en Lisboa, así en Milán y así en Cardiff hasta que Cristiano marcó el segundo.

Olía el estadio a hierba fresca, que es el napalm del Madrid. Empezó la final cómo empiezan todas, tímidas, indecisas, huyendo del sí como niñas recatadas. Dybalase movía grácil con sus calcetines a media asta, y la afición turinesa disponía de un fondo más amplio -y un madridismo más pipero- para hacerse oír. A la final le faltaba guionista. Tenía que ser Cristiano. Pero la tijera de Mandzukic desató el thriller. Rajoy, que ve estos partidos incorporado -suspense que en el escaño no es capaz de provocarle la oposición-, se atusó la barba, mientras Cifuentes comentaba la amarilla a Ramos, que venía a ser como el precio de la alegría. Al descanso ni siquiera la lucidez balcánica de Mijatovic se atrevía a profetizar un final feliz.

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4 junio, 2017 · 12:38

El animal vuelve a casa

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Animal en su hábitat.

Cardiff es una ciudad brumosa y fabril sitiada por la campiña. Sobre tanta hierba parece imposible no imaginarse a Gareth Bale galopando, feliz entre vacas mudas y homenajes patrióticos. Y sin embargo ayer el príncipe deportivo de Gales velaba armas en el sofá de un hotel, charlando con viejos amigos, distendiendo los músculos en la víspera del galope final. No le importan, pensábamos mirándole, los minutos de juego de los que finalmente disponga; le importa que cuando pare de correr vuelva la vista y confirme que el Real Madrid ha ganado doce Copas de Europa.

La expedición blanca amaneció poseída del optimismo que le consiente la historia. Todas las finales que la Juve lleva perdidas las ha ganado el Madrid, y alguna más. “Me daba más miedo el Atleti, donde defendían todos”, confiesa Roberto Carlos tomándose el primer café del día, aún en Barajas. Compara plantillas y concluye que hay razones poderosas para el sosiego. Una se llama Benzema, que parece más delgado desde que se filtró entre tres defensas en el Calderón; otra es Cristiano, que oscilaba ayer entre la sonrisa y la franca carcajada. Y está el nuevo look mohicano de Ramos, tan hortera que todo el madridismo respiró aliviado al corroborar la intacta autoestima de su capitán.

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4 junio, 2017 · 12:35

El madridismo existencial

Adios al primer grande de la historia del futbol, hasta siempre Don Alfredo Di Stefano

Contigo empezó todo.

El madridista se lleva la mayor sorpresa de su vida cuando despierta al uso de razón y descubre a su alrededor personas que no son del Real Madrid. De esa delicada epifanía tarda mucho en reponerse, si llega a hacerlo, porque él ama a sus semejantes y desea lo mejor para ellos. Pero terminará asumiendo la herejía con un encogimiento de hombros y acaso un vago ademán filantrópico con el que quiere expresar su comprensión de la debilidad humana. No es que se sienta superior a los demás; es que ha tenido la fortuna de pertenecer al mejor club del mundo, lo cual significa que el resto de equipos son peores que el suyo.

Como del palmarés no cabe discutir, porque las matemáticas no se dejan opinar, queda graduar los decibelios del sentimiento. ¿Es el Madrid una pasión? Quien compare ciertas tardes gélidas del Bernabéu con el sudor y la fiebre en las gradas de otras aficiones menos habituadas a la victoria se inclinará por dudarlo. Hay días, muchos días, en que el Madrid gana por inercia funcionarial como el deber absurdo de un personaje kafkiano. Gana porque esa camiseta lleva ganando toda la vida y no va a dejar de hacerlo justo ahora. Gana porque sabe que debe ganar y punto. Y hay aficionados a los que eso no les basta, como hay españoles que ya no recuerdan la época en que la achicoria suplía al café y las alpargatas de lavandera estaban muy lejos de presagiar los Jimmy Choo de ejecutiva. A los entrañables tribuneros de la pipa y de la queja les recordamos: también su Madrid pasó 30 años sin ganar una Champions. Y el jubiloso hecho de que ahora las gane con renovada facilidad -acorde con el linaje que fundó su gloria- no debería borrar la memoria latente de la frustración, del capricho de la suerte, de los labios de cobra del triunfo.

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31 mayo, 2017 · 12:29