Archivo de la etiqueta: estirpe de Camba

La tumba recobrada de Chaves Nogales

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En el cementerio de North Sheen, Londres.

Él era eso que los sociólogos llamarían un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Ganaba su pan y su libertad confeccionando periódicos y escribiendo artículos, y con ellos se hacía la ilusión de animar el espíritu de sus compatriotas. Nunca creyó en la virtud salutífera de las grandes conmociones y sentía un odio insuperable a la estupidez y la crueldad, porque sabía que el único pecado que no tiene perdón es el pecado contra la inteligencia. Hoy reposa en una tumba sin lápida y sin fecha, bajo el negro graznido de los cuervos y el rutinario rugir de los aviones que surcan el cielo sobre el cementerio de North Sheen, Londres, lejos de la patria que mantuvo su nombre en el olvido durante medio siglo porque a nadie convenía su memoria.

Se llamaba Manuel Chaves Nogales, y se presentaba como un simple periodista cuando un simple periodista podía custodiar a solas la herencia siempre amenazada de la civilización. Ese «peso moral» que destacó Ignacio Peyró, artífice desde el Instituto Cervantes de Londres de un homenaje tan necesario que no entendemos cómo no se había hecho hasta ahora. A Chaves le tocó atestiguar la epidemia de cainismo que enfebreció al pobre celtíbero, cuya sangre y cuyo fuego testimonió como nadie durando aún la contienda con la inverosímil lucidez de un historiador. Sus palabras, hoy canónicas, para serlo debieron primero ser rescatadas por Abelardo Linares y Andrés Trapiello, quien ayer al pie de su tumba confesó el secreto de la memoria histórica bien entendida: recordar que hay que olvidar para ganar la paz. «Llamé a Abelardo y le dije que en Chaves había encontrado la clave de bóveda de mi libro». Ese libro era y es Las armas y las letras, que es la obra que Abel escribiría sobre su hermano con una mirada de paz, de piedad y de perdón, pero jamás de olvido.

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14 noviembre, 2019 · 15:05

27 renglones de Olivetti

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In memoriam.

De sus mejillas cóncavas y sus pantalones abolsados uno solo podía sacar la conclusión de que Alcántara había burlado a la muerte por pura falta de incentivos. ¿Qué quedaba en él, en ese cuerpo esquemático en donde la carne había sido completamente devorada por las palabras, en donde el espíritu había borrado el rastro de la biología, que pudiera seguir interesándole a la muerte? “Solo se me ocurre a mí / pasarme toda la vida / viendo la muerte venir”, había escrito para convencernos de que no era inmortal, aunque a esas alturas ninguno le creíamos. En cada nuevo cumpleaños nos daba las gracias por acudir a su entierro, pero lo decía armado de un Ducados y un dry martini, y su estampa de metódico hedonista arruinaba la credibilidad de la necrológica. Al final tenía que concedernos que el hígado le había salido bueno, pero a lo mejor es que no tenía hígado, ni estómago, ni páncreas, ni otras vísceras ordinarias, impropias del poeta del artículo que hoy España llora no como cuando fallece un artesano sino como cuando se extingue un oficio; no cuando se va el hombre sino cuando concluye una estirpe.

Si también Alcántara puede morirse no sabemos muy bien qué seguimos haciendo aquí, llenando columnas de papel en el siglo del grafeno y del streaming. El columnista es un desalmado que vende su cerebro a cucharadas en la esperanza de que lectores curiosos remuevan con ellas su café cada mañana. La grandeza de Alcántara proviene de la aguda conciencia de su propia contingencia, de su reverendo tesón de teclista, una humildad amarrada a la Hispano Olivetti -27 renglones diarios, cada tarde después de comer, durante más de medio siglo- que a partir de un número determinado de trienios proclama el santo respeto al lector mucho más que la vanidad del autor. Otros se encaraman a un púlpito para encender la llama matutina de la democracia, que se apagaría fatalmente sin su fatua brasa de cada día; él se conformaba con llevar a su ávida grey la fórmula precisa de la columna, que ha de combinar la noticia, el ensayo y el poema con un aderezo general de humor y melancolía. Nadie como él mezclaba esos ingredientes de ardua alquimia, y a muchos que lo intentan sin saber les cuesta una llamarada en las narices.

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18 abril, 2019 · 18:04

Hoy es siempre todavía

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Amigos de Alcántara.

No es lo mismo vivir que durar, musita Manuel Alcántara, que acaba de cumplir 90 años, la mano izquierda sobre el Ducados y la derecha aferrada al cono invertido de su copa de cristal. Un camarero temerario se propone servirle agua -¡agua!- y Alcántara, indignado, le sacude un manotazo. Mirándole uno deja de respetar a Raymond Chandler: el líquido vital de los hombres cansados ya no es el café sino el dry martini, cuchillo que saluda a Alcántara cada mañana desde las entrañas mismas de la literatura. Vamos a concederle que el hígado le salió bueno; si todas las piezas le hubieran salido igual, reflexiona, habría tenido un harén. No quiere reconocer que ya lo tiene, porque cada columna que escribimos hoy se asienta sobre el cimiento de su muñeca decana y sarmentosa.

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El ‘Dry Maestrini’.

Alcántara nos dice, modesto, que no sabe cómo agradecernos que hayamos venido a su entierro. Pero se delata cuando afirma que se es más joven a los 91 que a los 90, pues el mal duende patrulla la aduana psicológica del cero, cifra mortífera. De modo que el año que viene estará más joven todavía. Habla Alcántara en sentencias, prolongando por los rincones luminosos de su Málaga la voz andaluza de un Séneca de folio al día. La última que vez que lo vi, tan perenne como ayer, me reveló que el ser humano no es gran cosa, aunque ha tenido buena prensa. Mejor prensa de la que ha escrito Alcántara pienso yo que es imposible, si bien me ronda la duda de que Alcántara sea humano. A lo sumo demasiado humano.

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El bueno (Felipe VI), el feo (Ric Costa) y el malo (Baltasar Garzón) en La Linterna de COPE

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27 enero, 2018 · 9:10

Contra el columnismo

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Mi periódico.

A mi amigo Garabito le han montado un escrache precioso por no guardar debida reverencia a la perspectiva de género a la hora de avanzar el cartel de un congreso de columnistas. Lo cierto es que, como hace todos los años, llamó a varias mujeres columnistas de justa fama pero, o no podían confirmarle aún su presencia o declinaron la invitación porque no deseaban coincidir con según qué nombres. Algunas adujeron razones que Garabito es demasiado caballero para hacer públicas, según reclamaría la moda actual, que es una temporada de transparencias que no cesa. Pero tal como rasea la inteligencia cuando zumba en formación de enjambre, tampoco merece la pena. Así que Garabito, pese a no haber cumplido los 30, ya acumula secretos valiosos de un oficio cuya facilidad para la miseria resulta perfectamente transversal. Ellos y ellas, de derechas y de izquierdas.

De las vanidades perpetuamente ofendidas de un oficio que se sostiene sobre la firma propia uno ya reúne la íntima experiencia que le devuelve el espejo desde sus más tiernas publicaciones. Uno es columnista, y uno es por ello seguramente insoportable. No tanto por macho como por abajofirmante. Por eso sospecho que indigna menos la falta de paridad que la irrelevancia, mitigada por la ilusión de una causa civil. Sobre el despreciable espécimen del feminista predador -ese sujeto que primero clama al cielo herido de Beauvoir y luego manda el privado juguetón a la primera que dijo me gusta-, otros escribirán mejor que yo.

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25 septiembre, 2017 · 16:21

Umbral en la catedral

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El columnista totémico.

Umbral fue como ese hombre de Mejorada del Campo que lleva años construyendo una catedral propia según su real gusto e invención. Solo que la obra de Umbral es una iglesia pagana, vacía de otro dios que su ego adorado entre las paredes soberbias del estilo. Umbral, como todos, solo quería que lo quisieran, y pronto adivinó que la vía española al amor de los demás es un amor propio desaforado. Se amó mucho pero aún amó más el lenguaje, que codificó en liturgias nuevas, hasta entonces tenidas por irreverentes, desde entonces imitadas como solo mandan los cánones. Umbral se esmeró tanto en construirse un estilo como una personalidad, que en el dandi son la misma cosa, y remató tan brillantemente la equivalencia entre forma y fondo que muchos miméticos feligreses yacen bajo su peso. Sigue siendo el icono del columnista: Umbral es un umbral, una aspiración, la promesa de vivir de la escritura en los periódicos.

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4 septiembre, 2017 · 10:14

Entrevista en Europa Press

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[Me entrevista la agencia Europa Press a cuenta de Crónicas biliares, pero también hablamos de columnismo, de pijoprogres y del santo nombre del Real Madrid]

El periodista Jorge Bustos reúne en ‘Crónicas biliares’ (Círculo de Tiza) ensayos escritos con “unos cínicos 25 años” en los que muestra una mirada particular respecto a temas que le preocupan como el periodismo, la crisis o la literatura. También hay en este libro un espacio para el análisis crítico de la sociedad, como cuando en uno de los textos habla de que “los antisistema no son más que gamberros adinerados”.

“Lo que sí sabía ya hace diez años, que es cuando escribí esa frase, es que me repugnan los revolucionarios de salón que no arriesgan nada porque saben que al final el sistema les perdonará sus travesuras, a menudo con nómina pública y últimamente hasta con escaño. Esa indignación primermundista es épica de Decathlon”, ha señalado en una entrevista con Europa Press el autor.

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17 agosto, 2017 · 13:45

Diego Gago: “La dirección del PP me ha pedido que sea una voz vanguardista”

EL GALLEGO DIEGO GAGO SERA EL PROXIMO PRESIDENTE DE NUEVAS GENERACIONES

Diego Gago.

Por joven que sea, un político gallego siempre es algo con lo que no conviene bromear. «Galicia es una tierra de sardinas y de políticos. Las sardinas nacen unas de otras, y los políticos también», escribió Julio Camba, que sabía de lo que hablaba. Dicen de Diego Gago Bugarín, vigués de 29 años, que es el próximo Núñez Feijóo, pero podría ser el próximo Rajoy, o el próximo Fraga. Tiene a los tres por referentes confesos, y sobre todo es tan gallego como ellos, lo cual debería bastar para desanimar a sus competidores por el futuro trono del PP.

Pero Gago no cree que Galicia sea cantera natural de su sigla. «El partido escoge personas, no cuotas. Que sean gallegos es anecdótico, no creo que Galicia mande más en el PP que cualquier otro territorio. ¿Las mayorías absolutas? Sólo indican que el modelo de gestión es bueno y se puede extender a otras comunidades», afirma muy serio quien ostenta la presidencia de Nuevas Generaciones desde el pasado abril, cargo al que concurrió en solitario. Salió elegido por el 95,33% de los votos. Debería hacérselo mirar: don Mariano sacó en la Caja Mágica el 95,65%.

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9 agosto, 2017 · 11:38

Salvad a las benditas cucarachas

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Firma invitada.

Dicen que la genética acabará consumando nuestro anhelo de perfección. Que la ciencia avanzará tanto trecho que los hombres no envejecerán, ni los niños nacerán con los ojos marrones si sus padres los prefieren azules, ni los estudiantes deberán esforzarse para aprender porque máquinas serviciales lo sabrán todo por ellos. Que ningún narciso tendrá ya que preocuparse de filtrar sus autofotos porque, se mire como se mire, saldrá siempre guapísimo.

Dicen incluso que los nuevos algoritmos son capaces de redactar noticias mejor que cualquier falible becario. Y un día, quizá pronto, la inteligencia artificial escribirá columnas de opinión. Y las escribirá tan ponderadas e ignífugas, tan acompasadas a la fenomenal marcha del planeta que ninguna red arderá con ellas, ni el trol más esquinado podrá satisfacer con la madre del autor su triste piromanía. El progreso terminará por abolir la historia como trata de cancelar la enfermedad, y ya no sufriremos por amor, porque solo se ama lo imperfecto, y ya nunca más nos inquietará el futuro, porque el tiempo habrá sido detenido. La ternura, como la información, serán anacronismos.

Me pregunto si incluso entonces llegará el día en que el periodismo se vuelva innecesario. Si extinguidas las malas noticias –las únicas que merecen un lugar en la portada–, un provecto nativo digital, nostálgico del Twitter y del Facebook de su adolescencia, apagará la luz de la última redacción y echará el cierre, como aquellos copistas medievales que mentaban entre dientes el desaprensivo ingenio de Juan Gutenberg.

Imaginaos que los periodistas dejaran de existir no por la cicatería de los clientes, ni por el colapso final del hábito lector –que requiere una concentración tan demodé–, sino porque dejaran de existir las propias noticias. ¡Qué magnífica noticia sería que el progreso volviera superfluo el periodismo! Claro que alguien tendría que dar la noticia del fin de las noticias, y de las opiniones que se nutren de las noticias. Seguramente un periodista coriáceo como las cucarachas –alguien feo, un superviviente del holocausto de belleza que se nos viene encima–, uno que aprendió que los hombres mienten y se dañan a veces sin obtener nada cambio.

Yo, señores, nunca me sentí periodista. Me gustaban demasiado las palabras y sus filos –«la travesura suficiente para lastimar vanidades», diría Wenceslao– como para cumplir con honor la promesa de objetividad del oficio. Pero ahora sé que no he querido ser otra cosa en mi vida que uno de esos escritores de ABC que inspiraban a don Torcuato, al decir de Azorín, «el respeto al desenvolvimiento de su personalidad y la defensa tenaz del redactor combatido injustamente». Porque a los redactores se les sigue combatiendo injustamente. A los frentes clásicos de la política y la empresa se les ha venido a unir la grillera totalitaria de los ofendidos, que censura mejor que ningún palco. Si algún crédito asiste a los apocalípticos lo concede la rabia digital que no tolera la idea, ni el valor, ni el nombre, ni el salario debido a la faena. Me importa muy poco si escribiremos en papel o en grafeno. Me importa solo que perdure en la cima un puñado de humanistas que respete a sus escritores de periódicos –más cuando son atrabiliarios, punzantes, imperfectos– como a la última estirpe de libertad que va a quedar sobre la faz de la tierra.

(Publicado en los diarios de Vocento, incluyendo ABC, el martes 25 de julio de 2017)

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26 julio, 2017 · 14:14