Había una sola manera de que el PSOE saliese a competir el 29-N: Pedro no se presenta y cede la cabeza de cartel a Carlos Cuerpo. No bastaría para retener el poder, pero sí para venderlo más caro. Devorado por una crisis que se negó a admitir hasta que ya solo pudo evitar la bancarrota sacando la motosierra, Zapatero intentó una jugada similar dejando el sitio a Rubalcaba en un noviembre parecido a este de hace 15 años. No funcionó, pero el resultado del vicepresidente fue mucho mejor del que habría obtenido el carbonizado presidente, si me permiten el contrafáctico.
Escribo en la mañana del día de Todos los Difuntos, pero de los difuntos de Urda en particular, y a esta hora Óscar Puente sigue en su puesto. Continúa siendo el ministro responsable de los trenes españoles y el número uno de la lista por Valladolid. Esta continuidad estupefaciente nos invita a pensar despacio en ese vallisoletano anónimo, progresista de toda la vida, que llega el 29 de noviembre al colegio electoral y topa con el nombre del todavía ministro de Transportes coronando la candidatura socialista. Es el partido al que vota por defecto, porque nuestro pucelano es -ya lo hemos dicho- un progresista de toda la vida que ante todo quiere seguir siéndolo. La urna es el cofre que guarda el tesoro de su identidad, una fe emancipada de las obras, limitada a las grandes palabras, las virtudes épicas, la fuerza del amor, el lado bueno de la historia a la altura del Campo Grande. Este voto no es político sino religioso: depositándolo cada cuatro años renueva una manera de estar en el mundo y de reconocerse en el espejo cuando sus actos íntimos contradicen sus principios públicos. Ese voto, sobre todo, es una forma muy barata de distinguirse del Otro: el compatriota de derechas. Alguien moralmente inferior a él.
El tuit que puso en la mañana de la ¿última? tragedia ferroviaria el todavía titular del Ministerio de Transportes rezaba escuetamente así: «La superioridad moral de la izquierda». Es una declaración de inocencia preventiva que deberá estudiar el juzgado de Orgaz que ya investiga las posibles responsabilidades penales de la nueva masacre. Lo previsible es que descarte este argumento del ministro, porque el derecho, desde los romanos, se ha especializado en la distinción entre los hechos y las presunciones. Este proceso racional de escrutinio jurídico, invulnerable al embrujo del relato, ha acertado a calificarlo con precisión el propio Puente: «El calvario que me espera». Su calvario, en todo caso, será mucho menor del que ya están viviendo los familiares de las víctimas cuyos restos han tenido que ser localizados por los perros de la policía forense. Su proceso de identificación ha debido comenzar por el olfato de un perro porque los cuerpos han quedado irreconocibles para la vista humana.
El acuerdo entre PP y Vox para el Senado es un acto de pragmatismo, y por tanto un buen español debe considerarlo sospechoso. El izquierdista recela de él por razones obvias: durante décadas ha oído que el PP es heredero del franquismo, hasta que surgió un partido que cumplía aún mejor con el papel. De la suma de ambos solo cabe esperar otro advenimiento nacionalcatólico, incluida esa reposición de la censura que tiene humedecido a Almodóvar, cineasta que logró sus dos premios Oscar bajo la bota terrible del aznarismo.
Ya saben ustedes que por propio gusto yo solo escribiría de libros de escritores muertos y exposiciones de arte renacentista, pero quizá convenga echarle una ojeada al curso de la precampaña electoral.
Terminamos la semana con la izquierda casi eufórica. Vaya usted a saber por qué. Fuera de la placenta algorítmica que los protege del contacto con la realidad, la llegada de la derecha al poder continúa siendo la única hipótesis válida en el 90% de los escenarios simulados por el 100% de los demóscopos fiables, incluidos los progresistas. Lo que explican estos mismos expertos es que esa suma de 200 escaños entre PP y Vox que desde su escaño voceaba Rufián -¿qué habrá sido de él?- siempre ha sido una ficción: de nuestro Luis Miller al mismísimo Iván Redondo, pasando por Kiko Llaneras o Ignacio Urquizu, todos coinciden en que la cifra ronda más bien los 190 y no se mueve de ahí en este momento procesal. O sea, con las elecciones convocadas, las maquinarias de los partidos tomando todavía velocidad de crucero (o de Titanic) y el común de los votantes desperezando sus opiniones al respecto.
La candidiasis es una enfermedad causada por un hongo que vive de forma natural en el cuerpo humano -o social- y de pronto empieza a multiplicarse en exceso. Esto sucede cuando se altera el equilibrio de la flora institucional y bajan las defensas y los contrapesos del Estado de derecho.
El primer ensayo de coalición PP-Vox se pone a prueba en las listas al Senado. Según me confirmó Feijóo este martes en Cope, se ha entablado un diálogo discreto -casi clandestino- entre las direcciones de ambos partidos para alcanzar una fórmula conjunta que les permita competir con el agrupamiento de toda la izquierda. Y no es que Génova y Ferraz hayan contraído una súbita pasión por el cementerio al que envían sus elefantes con más trienios de servicio a la sigla; es que entre las atribuciones que aún conserva el camposanto de proboscídeos senatoriales se encuentra la renovación del Tribunal Constitucional. Si el pumpidismo se perpetúa más allá del desalojo de Pedro de Moncloa, el programa del futuro gobierno quedará sometido al sabotaje sistemático.
La primera parte de la palabra democracia hace referencia al censo electoral. El demos no es el pueblo en sentido social ni folclórico; es la comunidad política con derecho a decidir quién debe gobernarlo. En la democracia griega ni las mujeres ni los esclavos ni los idiotas estaban incluidos en esa comunidad decisoria, pero en las democracias modernas todos son bienvenidos a condición de que acrediten una misma nacionalidad. En las mejores democracias, como la danesa, un nacional puede perder su derecho a voto por vivir fuera del país. Pero en todo caso la nacionalidad es una categoría espacial, no temporal: acota a los pertenecientes por nacimiento o por voluntad reglada a un determinado lugar en el mundo, no a una determinada época de la historia. Este límite es el que pretende romper Pedro con el acelerador de partículas genealógicas conocido como ley de Nietos-Puente, una cacicada sursudanesa con nombre de árbitro de segunda que, en efecto, perseguía una ampliación arbitraria del censo en la esperanza de acarrear hasta las urnas a votantes no maleados por los seudomedios españoles. Este es el plan que acaba de frustrar el Supremo, para gran cabreo de Pedro. Y cuando Pedro se cabrea, Cándido sabe que tiene que quitarse la toga y ponerse la librea.