Archivo de la etiqueta: Albert Rivera

“En ocasiones veo fascistas”

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Femenino socialista de triunvirato.

Recuerdo la primera vez que oí la palabra fascista. Se la decía un compañero de EGB a otro que no le prestaba un boli, que ni siquiera era un boli rojo. Desde entonces hasta que Adriana Lastra confundió a Albert Rivera con José Antonio, el término ha conocido un imparable proceso de banalización. Ahora bien, sé que aquel compañero mío podría pasar por politólogo danés en sesiones como la de este miércoles en que el PSOE, preocupado por el auge de Arrimadas, se empeña en la húmeda fantasía de presentar a su socio de Gobierno en Andalucía como una troqueladora de yugos y flechas.

La estrategia es tan impúdica que convendría emitirla codificada. Aunque el pleno está pensado para controlar al Gobierno, de las seis preguntas que el grupo socialista dirigió a los ministros cuatro estaban formuladas contra Ciudadanos, abusando del calzador. Quien mejor entendió que aquello no iba con él fue el propio Gobierno, hasta el punto de que Rajoy ni siquiera compareció y la vicepresidenta se personó en salto de cama. Está bien, era un quimono. Se lo puso para aleccionar al pequeño saltamontes Domènech en la diferencia entre el yin constitucional y el yang independentista; pero este contraste resulta demasiado nítido para los comunes, que afrontan cada día la ardua misión de conciliar el nacionalismo de sus líderes con la indiferencia terruñera de sus votantes, pendientes todavía de las añejas promesas que auparon a Colau, como los desahucios. Que, como es natural, se siguen produciendo. En Cataluña y en la China popular.

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29 noviembre, 2017 · 17:53

Odiar a Ciudadanos

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El centro.

Hay buenas razones para odiar a Ciudadanos y esta semana han aflorado algunas de ellas. A medida que el partido de Albert Rivera se va aproximando a la idea que se propuso defender en el congreso refundacional de Coslada del pasado febrero, cuando renunció a la socialdemocracia para abrazar el liberalismo, la inquina transversal de la partidocracia española irá confluyendo en un mismo y ancho cauce de resentimiento. Quienes conocemos un poco a los spin doctors de los partidos establecidos -y a sus clientes- nos explicamos muy bien que anden todos afanándose en dibujar sobre la foto de Rivera un bigote hitleriano, o en señalar su lampiño amateurismo, pero eso no se debe solo a las encuestas. Se debe a la odiosa disonancia cognitiva que la consolidación del centro crea en los detentadores del discurso político, sean de izquierdas o de derechas, nacionalistas o populistas. Hay por tanto razones profundas para odiar a Cs, pero todas las que hay se pueden resumir en dos: la libertad y la igualdad.

Libertad es una palabra que suena bien pero cuyo significado casi nadie comparte porque entraña dolorosas renuncias. Desear ser libre significa primero atribuirse la capacidad de responder por las propias decisiones, lo cual te exilia para siempre del confortable país de la queja, y significa después asumir que cada decisión tomada excluye todas las alternativas. Decidir es renunciar. Solo cuando eres niño lo quieres todo, pero la vida te enseña -a menudo demasiado tarde- que lo primero que debes elegir son los descartes, lo que no quieres ser, de modo que un día puedas vivir reconciliado con el hombre del espejo con el que finalmente te quedaste. La libertad a menudo depara soledad, intemperie sentimental, mediática o parlamentaria. La compañía da calor pero enajena la voluntad, a veces a inquilinos indeseables. Solo amamos lo que elegimos tener. Por eso la propiedad privada vence siempre al colectivismo: porque a la larga nadie quiere vivir sin amor. Lenin nunca amó y de ahí su réplica: libertad, para qué.

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Vuelve El bueno (Joan Baldoví), el feo (Aitor Esteban) y la mala (Nuria de Gispert) a La Linterna de COPE

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25 noviembre, 2017 · 11:25

Ante Rufián, todos somos Valderrama

Sesión de control al Gobierno

Monologuismo.

Las esposas de Rufián. Parece el título de un romance compuesto por un viajero romántico al pie de la Alhambra. Pero la solemne zoquetería del personaje no invita tanto a tañer la lira como a rescatar el astracán de Muñoz Seca: “¡Mora de la morería! / ¡Mora que a mi lado moras! / ¡Mora que ligó sus horas / a la triste suerte mía!” Con la tristeza final del Procés concluye la segunda parte de La venganza de don Mendo, es decir, de don Mariano, que se ha vengado de cinco años de involución medieval de la forma más cruel, la única que conoce: en frío. Mientras todos los cabecillas del osado desafío caen en fuera de juego, hacen talleres en la trena o huyen a un exilio tartarinesco, Rajoy desliza en lo de Herreraque se volverá a presentar a las elecciones. Quizá le haya podido al fin la curiosidad de saber qué siente cualquiera de sus víctimas, así que va a nombrarse antagonista electoral de su propia tozudez y que sea lo que Dios quiera. La obra es redonda. Como en Don Mendo, aquí muere hasta el apuntador, pero nadie llora, sino que se entrega al meme.

Algún mosso muy fan o una madame divertida le prestó a Rufián unas esposas para justificar ese salario que solo Ciudadanos le quiere retirar, no por payaso, sino por absentista. Algunos cronistas, en cambio, se lo restituiríamos de nuestro bolsillo precisamente por su productividad cómica, porque el día que se vaya tendremos que escribir sobre leyes que mejoran la vida de los españoles y ya nadie clicaría en nuestras piezas.

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15 noviembre, 2017 · 19:29

Un elefante en el hemiciclo

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En los escaños vacíos se sienta el 155.

Sabemos que el compromiso en nuestro tiempo se expresa a través de lacitos. Los diputados indepes han elegido el amarillo porque el resto de la paleta ya está pillada, de modo que han de poner mucho cuidado al elegir por la mañana el lacito adecuado, no vaya a ser que pretendan exigir la libertad de los Jordis y acaben protestando contra el cáncer de mama. Si los androides sueñan con ovejas eléctricas, los cronistas ya soñamos con diputados cromáticos que no tengan que hablar, sino solo exhibir camisetas o blandir símbolos en cámaras perfectamente demudadas. Es cierto que ya no lo podremos llamar democracia parlamentaria, pero a cambio bajarán los niveles de contaminación acústica y alargaremos la vida de las sufridas taquígrafas, cuyo puesto ocuparán señaleros aeroportuarios. A los daltónicos se les negará el derecho al sufragio pasivo para prevenir el transfuguismo.

Ahora bien: ni siquiera entonces auguro sesiones pacíficas. El caso candente de la camiseta de Adidas demuestra que los españoles, a falta de palabras, somos muy capaces de discutir en colores. Nadie negará, por ejemplo, que al lazo de Rufián le conviene el amarillo chillón.

Hay un elefante blanco en el hemiciclo marcado como una res con el número 155. Sus señorías no evitan referirse a él, de hecho lo hacen continuamente, pero más bien habituadas a su imponente presencia, pues tampoco llegan noticias de que el polémico paquidermo haya entrado en Cataluña como en una cacharrería sino con un tacto felino. Tanto, que Albert Rivera no comprendía cómo una huelga sin seguimiento reseñable consiguió bloquear los accesos al área metropolitana de Barcelona por la sencilla razón de que el Gobierno interventor de Cataluña no quiere fabricar más ganadores de concursos de fotografía bélica de andar por casa como fabricó el 1 de octubre. Así que nuestro elefante es más retórico que verdaderamente agresivo. La pregunta iba dirigida a la vicepresidenta, pero tuvo que hacérsela a Montoro porque Soraya selecciona muy bien las batallas que libra: aquellas que puede ganar con comodidad, normalmente contra portavoces de Podemos. Ayer abusó de un Domènech presa de las contradicciones que el CIS delata, con las maletas ya hechas para unirse a Colau.

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8 noviembre, 2017 · 17:55

Del contubernio al tubérculo

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Tardá en su Lepanto particular.

Reconforta que los debates que llevan tiempo en la calle desemboquen naturalmente en el Parlamento, sede de la representación ciudadana. Nos referimos al debate sobre la tortilla de patata, que incendia las redes desde hace años. Cómo cocinamos la tortilla. Con cuánta patata. Y de qué variedad, pues el tubérculo es un vegetal identitario: está la patata valenciana reivindicada por Baldoví, la euskopatata de Esteban, el cachelo galaico, la papa canaria o la patata caliente de Puigdemont, que tiene cinco días para decidir si la quiere con cebolla. O sea, con el 155.

Sabemos que el debate se produce porque la receta de la tortilla española quedó demasiado imprecisa en el título octavo de la Constitución. A diferencia de la tortilla francesa, que no lleva patata y por tanto goza de mayor uniformidad, la tortilla española corre siempre el peligro de descomponerse como Míster Potato, ese juguete que tratado a golpes (de Estado) acaba perdiendo los ojos, las narices y el bigote porque cada una de estas extremidades decide proclamarse juguete soberano. Queda entonces un cuerpo ocre y mutilado que sería Castilla. Abandono ya la fiebre metafórica, pero es que ya no sabe uno cómo explicar a los niños el concepto de soberanía nacional.

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12 octubre, 2017 · 13:49

El cielo ya se toma por bufido

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Don Francisco Igea, diputado en Cortes.

En el lapso de una jornada el Congreso basculó abruptamente de un polo a otro de la oratoria, arte que declina como digna expresión de la vida pública frente al ascenso irresistible del meme y el gif. El martes por la tarde el señor Francisco Igea, médico y diputado por Ciudadanos, intervino memorablemente en la Cámara para desmontar la alegre invitación al suicidio asistido de Podemos (¡justicia poética!: ¿qué es el populismo sino un delicioso suicidio en grupo?), cuyo activista en jefe extrae las propuestas de ley de los muros de Facebook. Si queda ahí fuera algún interesado en la retórica clásica, que busque en YouTube el excepcional discurso de Igea, preciso de conocimiento, poderoso de carácter, profundo de sensibilidad. El penúltimo ejemplo de cómo la palabra bien temperada aún puede pulsar la nota más humanista de la acción política y conducirla al bien moral.

A la mañana siguiente, el activista en jefe se enfundó una chaqueta pero olvidó lavarse la boca, de modo que concatenó una ristra de exabruptos perdularios que le aseguraban el escandalito cotidiano en redes y tertulias, además de las interjecciones eufóricas de sus chikos del maíz, porque hace mucho que renunció a ampliar su electorado. Y eso que el fondo de la pregunta era pertinente: por qué abusa el Gobierno del veto presupuestario en lugar de buscar el acuerdo para legislar. Pero Pablo Iglesias es como el hermano tonto del rey Midas: todo lo que toca lo convierte en mierda. Ahora ya ni se esfuerza en impostar grandilocuencia chavista: ahora el cielo se toma por bufido. El miércoles que viene ya debería tomar la palabra su perro, calculo.

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23 marzo, 2017 · 8:52

Rajoy, césar de una ‘vetocracia’

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La tribuna recibiendo a su hombre.

En los idus de marzo españoles Julio César habría muerto también, pero de aburrimiento. Que es más cruel. Este miércoles coincidía la rendición de cuentas por el Consejo Europeo con la sesión de control al Gobierno, lo que alargó la matinal parlamentaria hasta llevar a varios diputados al borde de la inanición. Qué raudal de palabras, señores. Qué desafío a la noción misma de estoicismo. Red Bull debería mandar un camión cisterna en estos casos para despertar al personal. Cada cual sobrevivió como pudo: Madina hizo girar continuamente el boli, Errejón cruzó las piernas y agitó compulsivamente el tobillo derecho sobre el muslo izquierdo, Soraya se fue hundiendo en el sillón hasta desaparecer del todo, en C’s practicaron el sincorbatismo (menos Rivera y Roldán) y Antón Gómez-Reino, de En Marea, ensayó aplicadamente desde el escaño su intervención, que resultó una salmodia de enormidades como «fosa común» y «Casa de Alba», no necesariamente en la misma frase. Pero así es la pluralidad democrática que nos hemos dado, con todos sus portavoces en bucle a la espera de su momento warholiano. Muchas más mañanas como la de hoy y el golpe de Estado lo dan los de dentro.

Para Rajoy, fondista reconocido, todo esto no es más que entrenamiento. Si un día hay otro presidente -y el madroño centenario del Jardín Botánico pierde una hoja solo de pensarlo-, que sepa que su principal reto dialéctico no será aguantar la agudeza de las preguntas de la oposición, sino su número. Pero don Mariano habla en el Congreso literalmente como si estuviera en el salón de su casa, y no nos referimos a Moncloa sino a Sanxenxo. En esa tribuna de madera, que conoce a Rajoy desde que era árbol -la tribuna, no Rajoy-, uno asiste a un despliegue estupefaciente de autoestima mariana, kévlar anímico. Pronuncia «Bresit», bisbisea como quien hace calceta, explota ese raciocinio perogrullesco como de personaje de Pla que identifica verdades definitivas: «Todos queremos dinero para hacer cosas», «Europa no está tan mal», «Gastar más de lo que se ingresa en general no es bueno», «Algo haremos bien». Y te rindes, claro. Hoy un ujier me llamó la atención por no retener la carcajada. Pero no solo reímos los cronistas: lo hace toda la bancada del PP -donde Maíllo ejerce de regidor del aplauso orgánico- y buena parte de la oposición, empezando por Iglesias. Y esa es la victoria sibilina de don Mariano: cuando le dan tiempo para explayarse, acaba cuajando en el cerebro de la audiencia la pegajosa impresión de que su poder es tan natural como la gravedad o las cosechas. Sabes que lo ha vuelto a hacer cuando miras a los diputados de Podemos o Esquerra (Tardà le sacaría de nuevo su mejor y más soberana réplica) y están abismados en el iPhone.

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16 marzo, 2017 · 9:46

Cuando Don Quijote es de centro

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La asamblea que refundó Ciudadanos.

El día después de que Donald Trump ganara las elecciones, Albert Rivera fue entrevistado por Ana Rosa Quintana y afirmó que la confrontación ideológica en nuestro tiempo ya no se establece entre izquierda y derecha, sino entre los partidarios de la sociedad abierta y los nostálgicos de la sociedad cerrada. Esta convicción gana coherencia a la vista del giro político oficializado este fin de semana en la cuarta asamblea general de su partido, que será recordada como la del entierro de Ciutadans, catalán y socialdemócrata, y el alumbramiento del nuevo Ciudadanos. Que no es más que una herramienta nacional con vocación europea diseñada para combatir desde el pragmatismo reformista las dos amenazas que se ciernen sobre el orden demoliberal: el populismo y el nacionalismo.

De modo que la refundación obrada por el líder centrista -con porcentajes de apoyo verdaderamente abusivos- persigue una drástica ampliación del campo de batalla, más que un cambio de armamento ideológico: Rivera se mira en el espejo canadiense de Trudeau, en el promisorio horizonte de Macron y declara que se siente compatriota de un belga y que espera no morirse antes de ver realizados los Estados Unidos de Europa. El liberalismo progresista recién abrazado no es más que el elástico molde de una ambición que puede causar sonrojo, pero que de momento es la única responsable de haber consolidado un notable espacio de centro allí donde fracasaron ambiciones no menores como las de Adolfo Suárez o Rosa Díez.

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6 febrero, 2017 · 11:28