Archivo de la etiqueta: liberalismo progresista

Entrevista falsa a Rivera

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Resistente.

Albert Rivera lleva días confinado dentro de un reactor nuclear. Sobrevive de momento a la radiación, pero Sánchez confía en achicharrarlo un poco más antes de relevarle en otro Chernóbil: el de una legislatura dependiente de Podemos y ERC. ¿Siente la presión, señor Rivera? Bueno, mi carrera es una historia de resistencia a la presión. ¿Pero no se ha bunquerizado en una posición que la opinión pública no entiende? Yo no conozco a la opinión pública nada más que cuando abro las urnas. ¿No conoce a Francesc de Carreras? Mucho. Pero con Cs empezó a equivocarse al poco de su fundación, y desde entonces no ha parado. ¿No nació Cs para dar estabilidad al bipartidismo? El PSOE nació para ayudar a los obreros y hoy es el partido preferido del Ibex y aliado de la burguesía soberanista vasca y catalana. A mí me votaron para oponerme a Sánchez, no para hacerle presidente. ¿Pero no cree que un Gobierno de PSOE y Cs sería bueno para España? Lo sería, claro, peroal frente del PSOE ahora hay un tipo tan interesado en cogobernar con Cs como yo en pactar con Otegi. Otra cosa es que su orwelliano aparato de propaganda difunda que se muere por moderarse mientras entrega Navarra y Baleares al nacionalismo. Sánchez es Sánchez. Y es irremediable.

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24 junio, 2019 · 10:15

Orgullo hermafrodita

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Un liberal progresista.

El gran error del centro es existir. En este mundo hay peras y manzanas, blancos y negros, izquierda y derecha: el centro es una aberración genética, y una agresión al hispánico cerebro donde chirría como en ningún otro la disonancia cognitiva. Por eso en estos días poselectorales regresan nuestros sexadores ideológicos a examinarle la entrepierna a Cs para ver si tiene pene o vulva, cuando la naturaleza de Cs consiste en tener pene y vulva a la vez, y se equivocará si no usa ambos. El insensato proyecto de un centro en el país de las guerras civiles pretende elevar el hermafroditismo ideológico a hegemonía política. Calibremos, pues, sus atributos.

El hermafrodita o extremocentrista es alguien que no soporta la superioridad moral de la izquierda pero tampoco la noción patrimonial del poder de la derecha. Odia los sermones, vengan del obispo de Alcalá o de una neomonja feminista. Le revienta que se juzgue a un cargo público -pongamos Carmena– por su aura mística y no por su gestión, como le asquea el ademán señoritil del conservador cuando sube al coche oficial. Sabe que el liberalismo no tiene nada que ver con el reparto de mamandurrias entre amiguetes ni con el populismo fiscal, sino con bajar los impuestos precisos a los bolsillos adecuados, porque el Estado de bienestar es la red de seguridad de los más débiles y al centrista le importa la igualdad -la igual libertad de oportunidades, no de resultados- tanto como la libertad.

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2 junio, 2019 · 21:42

La España de la idea

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La rabia o la idea.

Cuando Cs comenzó su expansión por España, quedaban tres años para que el nacionalismo tratara de separar de un golpe a los puros de los mestizos y a los ricos de los pobres. Por eso su discurso, sin olvidar la resistencia a la ingeniería social pujolista que les hizo nacer -nacer para sobrevivir-, se centraba en la impugnación de la trampa bipartidista. En la que necesariamente caía el españolito que venía al mundo por falta de opciones. Una amiga me dio entonces una razón singular para votar a Cs: “Votaré para saber que existo”. Había votado al PSOE y al PP, le gustaban cosas de unos y otros, y no quería resignarse a parecer facha cuatro años y roja los cuatro siguientes. El apoyo al partido que reivindica la ciudadanía se convertía así en voto identitario: “No soy lo que queréis que sea: ni la tesis de unos ni la antítesis de otros”. El futuro, tercia Hegel, pertenece a quienes logran la síntesis.

El resurgimiento deliberado de las dos Españas en esta campaña devuelve vigencia a esa rebeldía. La moción abrió una brecha en el constitucionalismo y Sánchez, una vulgar criatura de aparato obsesionada con el poder a cualquier precio, cavó más honda la zanja cada viernes para lucrarse de ese maniqueísmo: a un lado los fachas, al otro él. Y cada miércoles, en el Congreso, apuntaba a Rivera como el mayor obstáculo para el crédito de su relato, empujándolo al bando conservador para quedarse el votante de centro, el que hace frontera con el PSOE. El que mañana lo decide todo. El que, si no se traga la propaganda gubernamental y apoya a Cs, desaloja a Sánchez.

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28 abril, 2019 · 17:39

Mi reino por un cordón

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Vuelve el hombre.

El partido Vox está descubriendo a muchas personas de orden un placer que creían reservado al adversario: la épica de la resistencia. Se caracteriza a la derecha como amante de la estabilidad que favorece los negocios, pero Marx y Engels, que por algo eran burgueses, tenían razón: la burguesía siempre fue el verdadero sujeto revolucionario. ¡También el Barrio de Salamanca quiere adornarse con los sacos terreros del No pasarán! Sin este excipiente emocional no se comprenderá la efervescencia de Vox entre los niños bien, que sienten llegada la hora de la revancha histórica en que el miedo cambia de bando -ahora le toca temblar a la izquierda- y a los apacibles conservadores se les confía la excitante misión de escandalizar al establishment. Si los desheredados de ayer viven hoy en mansiones serranas, a ver por qué los urbanitas de pista de pádel no van a poder echarse al monte.

Todo populismo exitoso empieza por ofrecer una retribución moral antes que una económica. Vox ofrece una emoción nueva, que podríamos bautizar como el malismo: frente al buenismo de los que insisten en visibilizar a los transexuales y acoger a los refugiados, los malistas proclaman que ya está bien del narcisismo moral de la pequeña diferencia, que vuelve el hombre, que ha de resurgir la gran identidad integrada por los nativos heterosexuales blancos católicos. A este amplísimo conjunto de ciudadanos Vox les oculta su posición hegemónica y les catequiza en la condición de minoría perseguida, un orgullo de catacumba que es lo más cristiano que cabe rastrear en la estrategia de Abascal. Por eso no desaprovecha una ocasión de denunciar el cordón sanitario: porque necesitan saberse acordonados para crecer. Porque su sentido tribal de pertenencia se alimenta del rechazo del mainstream. Porque el primer combustible político de nuestro tiempo es el victimismo, que puede atizarse contra los españoles como contra los antiespañoles. “A mí me beneficia el pacto PP-Cs, pero prefiero otras elecciones para que castiguen a Rivera”, escribía ayer un tuitero. He ahí la expresión cabal de la esencia punitiva del populismo: antes joder a la tribu rival que beneficiarnos todos del cambio.

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27 diciembre, 2018 · 11:34

Sobre el fascismo, la dictadura militar y Salazar

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Pessoa: columnista liberal.

Conocíamos el desasosiego poético de Pessoa (Lisboa, 1888-1935), pero no su desasosiego político. En un escritor tan fértil en la generación de voces distintas, quizá el más famoso cultivador del heterónimo en la literatura moderna, no debería sorprendernos la nueva voz que hallamos en sus reflexiones de índole política; y sin embargo el autor de estas páginas, poeta depresivo y oscuro cuando quiere, nos desarma aquí con su genuina pasión por la actualidad, la urgencia de su conciencia nacional, el compromiso militante del columnista concernido, la claridad de unas argumentaciones donde todo lirismo es sacrificado a la precisión, la valentía de sus puntos de vista expuestos sin la cómoda apelación a la ambigüedad inherente al arte en que se refugiaron -y se refugian- tantos letraheridos que prefieren no posicionarse. A esa clase de cobarde le abochornará este Pessoa diamantino y lúcido, intelectual de derechas, de una derecha liberal, individualista, patriótica, anticlerical y anticomunista. En Pessoa he descubierto a un poderoso apologista del racionalismo liberal que alza la voz en un siglo dominado por el fanatismo bolchevique o el fascista y al que el régimen de Salazar terminó amordazando por atreverse a reprobar en prensa su chusquero despotismo.

Quizá el auténtico Pessoa no fuera Ricardo Reis ni Álvaro de Campos ni Alberto Caeiro, sino el articulista preocupado por el devenir de Portugal y de Europa, el individualista insobornable alarmado por la rebelión de las masas, el polemista apasionado e incompatible con la censura y más aún con la autocensura. Este libro se compone de artículos, apuntes y cartas -fragmentos aglutinados y ordenados con paciente sentido por José Barreto y brillantemente traducidos por Antonio Jiménez Morato- que dibujan el itinerario opinativo de un observador implicado, no de un poeta doliente (que también, pues la edición incluye poemas que oscilan entre la sátira y la elegía política). Ni por talante ni por ideología ni por circunstancias está muy lejos este Pessoa de nuestro Unamuno.

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2 octubre, 2018 · 10:45

Los clones imposibles

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False friends.

Al periodista político, aunque no lo confiese, le apasiona la competición tanto como al periodista deportivo, y encuentra estos días estímulo en la pugna de Rivera y Casado por el liderazgo del centroderecha como antaño lo encontró en calcular el sorpasso de Podemos al PSOE. En columnas y tertulias cundió el latiguillo del descolocamiento de Cs tras la moción, básicamente porque se había interiorizado que ganaría las elecciones, pero la sonrisa del destino sanchista descolocó más bien a Iglesias, reducido a muleta política de Sánchez y al cuarto puesto demoscópico. Ahora bien, el descolocado mayor fue Rajoy, que pasó a recolocarse en Santa Pola.

A Casado le impulsó su resonante victoria en las caníbales primarias del PP, y el periodismo político se dispuso cómodamente a reeditar la plantilla mental del bipartidismo. Con la ayuda de Sánchez, que se apresuró a invitar a palacio al joven líder del PP. Pero si la crisis económica mató el bipartidismo, la crisis catalana impedirá que resucite. Porque ambos, PP y PSOE, son corresponsables desde Moncloa de la gradual retirada del Estado en Cataluña.

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3 septiembre, 2018 · 9:39

Pedro Sánchez, sumo pontífice

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Presidente sin control.

Volvía Sánchez al lugar de los hechos y todos esperábamos que el instinto criminal hubiera cambiado de bancada: se supone que ahora la víctima parlamentaria debía ser él. Pero no hubo derramamiento de sangre roja por dos razones: porque el PP se encuentra ocupado derramando la suya propia como para ponerse a hacer oposición -hasta Hernando sonó como un herbívoro- y porque Podemos ha caído bajo el hechizo sanchista hasta niveles que lindan con la diabetes. Hay que ver qué golfa es la sonrisa del destino, con qué insospechada facilidad muda en cuestión de meses de unos labios a otros. Sorprende que Iglesias se resigne a ver cómo su denostado Sánchez les achica espacio con juegos diarios de pirotecnia ideológica capaces de dibujar en el firmamento de la izquierda española una sola sigla: PSOE. Con Podemos en funciones de muleta, capote y alfombra persa. Cómo se miraban los ministros socialistas y los opositores morados. Al camarada antes se le hacía la autocrítica; ahora se le agradece el tono.

De momento Sánchez, a falta de programa, se aferra a un mantra: “Hay que reconstruir los derechos y libertades desmantelados por el PP”. De ahí no le sacas. Más duro que Iglesias estuvo Baldoví, que empieza a olerse la tostada sin pan en que consiste la estrategia de supervivencia del ilusionista Sánchez. Preguntó el de Compromís por lo suyo, por la infrafinanciación de Valencia, que los votos no son gratis; Sánchez contestó que una cosa es el corto plazo y otra distinta el medio plazo, por no hablar ya del largo plazo. Y en todo caso, lo primero es reconstruir los derechos y libertades desmantelados por etcétera. Así pasó la sesión, mientras el bueno de Pedro Duque giraba educadamente su sillón azul para orientarlo al diputado interpelante y Santamaría y Cospedal salían a conspirar al pasillo. Cada una por su lado, se entiende.

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21 junio, 2018 · 15:23

La impaciencia de Rivera

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España será de quien se la trabaja.

Hace días me llamó una periodista francesa de Les Echos que estaba preparando un reportaje sobre “el Macron español”. Quería saber qué sabía yo sobre Albert Rivera. Hablamos durante una hora, marcando diferencias y señalando semejanzas. Ella, desde el titular, estaba más interesada en las segundas, pero yo insistí en las primeras, que me parecen más reveladoras. Macron es un miembro natural de la élite francesa, orgulloso de su formación, que llegó al poder con la inestimable colaboración de la segunda vuelta. Rivera es hijo de un obrero de La Barceloneta y una emigrante malagueña, funda su recelo de la academia en uninstinto político animal y solo llegará a La Moncloa si vence a la Ley D’Hondt. Pero la diferencia principal es que la nación francesa no admite discusión, mientras que la nación española apenas admite defensa, abatida bajo una culpa originaria que condena a los españoles a elegir entre el rancio casticismo o la exquisita displicencia. O el bombo de Manolo o la pose del equidistinto: “¿Banderas a mí? ¡Son todas iguales! ¡Dos nacionalismos a garrotazos!”.

Rivera, por suerte para él, no es ningún intelectual, pero tiene una idea clara a la que empezó a servir en minoría hace doce años y a la que cree que le ha llegado su momento. Esa idea no es más que la desproblematización de España. Durante demasiado tiempo, con la entusiasta colaboración de intelectuales propios y ajenos, España no ha sido explicada como lo que es, la sede histórica de nuestros derechos, el hogar inclusivo de una ciudadanía duramente conquistada, sino como esa triste y tópica historia de Gil de Biedma que siempre termina mal. Ese estereotipo caduco, sostenido por perezosos mentales y cobardes morales, llegó a hacerse opresivo en Cataluña, activando la variante política del principio de Arquímedes: todo intento agresivo de crear hegemonía en una comunidad dada origina una resistencia silenciosa de signo contrario que un día se desborda. Ciudadanos se despliega hoy contra tres inercias tóxicas: el nacionalismo, la corrupción y la bipolaridad ideológica. Propone lo opuesto: una España solidaria, limpia y pragmática. No es una aspiración brillante, ni original. Pero es una aspiración poderosa, porque parece alineada con los tiempos.

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El bueno (Kichi), el feo (Marta Sánchez) y el malo (Eduardo Zaplana)

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27 mayo, 2018 · 13:49