
En el invierno de 1811 los madrileños matan o mueren por un mendrugo de pan. La ciudad ha sido ocupada por el ejército francés y rige España un monarca odiado por extranjero. Las vías de suministro están cegadas. Desabastecidos los mercados, secas las tabernas, controladas las tahonas por el invasor, el pueblo se muere literalmente de hambre. De los 150.000 habitantes con que contaba la capital, se calcula que aquella hambruna mató a 25.000. Eso es casi dos de cada diez madrileños. En aquel Madrid solo comían los franceses o los traidores que aceptaban su pan. Porque es sabido que el español manda en su hambre, y si no lo acredita la historia se imprimirá la leyenda. O se pintará un cuadro.













