El Madrid es el único club del mundo que ofrece más espectáculo cuando pierde. Precisamente porque la victoria del Madrid se da por sentada: es la dulce rutina y la feroz exigencia que Santiago Bernabéu inscribió en su naturaleza. Pero en esta ocasión, por primera vez en dos décadas, la crisis del Madrid se ha canalizado a través de un proceso electoral de los que hacen afición, nunca mejor dicho. La campaña ha tenido todo lo que le pedimos a una campaña: eslóganes brillantes, mentiras groseras, populismo desorejado, golpes de efecto, notarios atónitos, fichajes estelares, entrevistas contraprogramadas, ataques cruzados y teorías de la conspiración. La cosa ha quedado vista para la sentencia de los socios, que votarán este domingo por Florentino Pérez o por Enrique Riquelme.
A poca celebridad que haya ganado un periodista español, hace tiempo que su vida consiste en responder a ciudadanos espontáneos que lo paran por la calle para preguntarle cuánto tiempo le queda a Pedro Sánchez. En el supermercado, en el gimnasio, en el aeropuerto, en la cola del cajero, en el desenfadado banquete de una primera comunión uno sabe que alguien se presentará de improviso, le tocará el hombro y volcará toda su ansiedad antisanchista sobre ese rostro o esa voz que le suena de algo, aunque no sepa exactamente de qué. Solo saben que nosotros sabemos, o eso creen, y desean ardientemente que usemos nuestro saber futurológico para acortarles el horizonte de su angustia.
Vuelve uno de Auschwitz y se encuentra con la polémica de La Casita de Bad Bunny. Si usted puede leer íntegro este artículo, se debe a que es suscriptor de EL MUNDO, y esa condición lo eleva automáticamente por encima de la clase de gente que pagaría por figurar en uno de esos rituales colectivos de regresión neolítica que algunos dan en llamar conciertos. Una sensibilidad bien formada jamás financiaría voluntariamente el sometimiento de sus tímpanos a la purga de Benito, y tampoco permitiría que su onda martirial alcanzase a sus allegados. Imagine exponer a un hijo o a una sobrina a semejante estallido de guturalidad primitiva, ese foco de hantavirus sónicos que se ha esparcido por Madrid con el permiso del Ayuntamiento y ante la pasividad de Amnistía Internacional. Por mi parte, recién aterrizado como estoy del infierno concentracionario, solo acierto a dar gracias a Yahvé de que el reguetón no se hubiera inventado en tiempos de Rudolf Höss.
Queridos alumnos y alumnas. Me han dicho que grabe este vídeo para empatizar con el cansancio, los nervios y el agobio que os está provocando la prueba de acceso a la universidad. Yo no empatizo fácilmente ni siquiera con los que empatizan difícilmente, y tampoco soy de los que se ponen nerviosos ni cuando perpetran un pucherazo en un comité; ahora bien, yo también hice la Selectividad, y mirad adonde he llegado. Reconozco que una cosa no tuvo nada que ver con la otra, porque mis calificaciones fueron discretas y no tuve más remedio que refugiarme en la privada. Pero recordad que solo los fascistas creen en la selección de las élites a través del mérito. Yo valoro más otra clase de habilidades que siempre han adornado a mis colaboradores más estrechos. Lo malo es que los jueces y los fiscales no las valoran tanto como yo.
El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española es hombre de pensamiento y teología, pero también sigue con atención la actualidad. No renuncia a intervenir en la vida pública cuando lo estima oportuno. Y la inminente visita de León XIV a España ofrece una oportunidad inmejorable para hablar de lo divino y de lo profano.
La primera encíclica de este Papa versa sobre los retos de la inteligencia artificial. Por razones obvias no ha sido tema habitual del magisterio pontificio, pero es significativo que León XIV lo haya escogido para estrenarse. ¿Por qué lo hace? ¿He tenido usted ocasión ya de leerla?
Sí, la he leído y me parece un texto espléndido. Es un genuino ejercicio de doctrina social de la Iglesia, es decir, de poner en relación el Evangelio acogido por el Magisterio, con la realidad histórica en economía, política y cultura. Las «cosas nuevas» de esta época están marcadas por la cuarta Revolución industrial. El objetivo de la encíclica es ayudar a discernir qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial. Se trata de alentar un compromiso en esta época a favor de la dignidad humana, el bien común y la paz, desde la verdad, la defensa de la dignidad del trabajo en la era digital y de la libertad frente al control social y la mercantilización. La encíclica ofrece una sugerente contraposición entre la cultura del poder reflejada en el relato de la torre de Babel y la construcción de la civilización del amor iluminada por la reconstrucción de Jerusalén, con pistas concretas para el discernimiento y la acción.
Muchos criticaron a León XIII porque su revolucionaria encíclica Rerum Novarum se ocupaba de cosas mundanas y no de la vida eterna. «El Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos», respondió aquel León como podría responder este a las posibles incomprensiones que suscite la Magnifica humanitas. Un documento de época que trasciende la mera actualización de la doctrina social de la Iglesia: plantea un ambicioso programa de acción (personal y política) para la salvaguarda del humanismo en los tiempos de la Inteligencia Artificial. Es difícil resumir en un folio un texto que vale por un pontificado entero, pero lo intentaré.
Cabe preguntarse hasta dónde habría llegado Pedro Sánchez con el físico de Gaspar Zarrías. El hombre que todavía preside el Gobierno español debe seguramente su carrera política a la clase de desparpajo que fomenta la apostura. Lo que viene siendo el chulo madrileño de toda la vida, o sea. El cuajo del burlador, por acogernos al canon sevillano, que delata una ausencia olímpica de escrúpulos para seducir sin permiso y negarlo después. Un narciso nato acentuado por la costumbre de llegar y vencer, y que por eso mismo no sabe lidiar con la frustración. Cuando le oigo hablar, con esa oquedad de odre que falsea cada una de sus sílabas, siempre me acuerdo de la frase que se le escapó a cierto diputado socialista menos agraciado que él, compañero de salidas nocturnas en los dulces tiempos de las Juventudes: «Cómo se nota que este no ha tenido que hablar para ligar». Efectivamente, si Pedro suena a falso es porque nunca necesitó trabajarse la credibilidad discursiva o la empatía emocional para satisfacer un instinto.
Pedro Sánchez presionó mucho -mucho- para que León XIV lo recibiera en el Vaticano antes de visitar España. En principio solo estaba prevista la reunión en la nunciatura española. Al final lo logra, pero no le sale como esperaba. Se veía compartiendo telediario con la primera autoridad moral del planeta, luciendo lado correcto de la Historia, pero esa mañana la Guardia Civil entra en la sede central de su partido para llevarse documentación de cuando allí operaban Cerdán y Leire, siempre a sus órdenes. Los agentes buscan información de una trama de facturas falsas con las que la anterior cúpula de Ferraz, segunda de la era Sánchez, financiaba a una gestapillo montada a raíz de los cinco días de reflexión del hombre profundamente enamorado. Aquello no fue teatro: fue la señal de hacer dirigida a los que podían hacer, pero no con la retórica voluntarista del expresidente Aznar sino con todo el poder de un presidente en ejercicio resuelto al contraataque. El cometido de los destinatarios de ese mensaje era ilegal, y por eso lo es también la financiación: debían desactivar con amenazas, promesas o extorsiones las investigaciones que podían hacer daño al jefe. Y aquellos fontaneros se pusieron manos a la obra, como bien saben el fiscal Grinda y el teniente coronel Balas.