
La primera obligación de los escritores de discursos es poner en boca de su político frases que puedan pasar por propias. Sabemos que Pedro tiene siete centenares de asesores, pero en esta fase agónica del sanchismo todos cometen el mismo error: hacer decir a Pedro aquello que les gustaría desesperadamente que fuera capaz de decir por sí mismo. Pero no es fácil conferir verosimilitud a un guiñol de trayectoria guadianesca conocido por sus cambios de opinión y una tesis subrogada.













