
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido, advertía Machado en su autorretrato. De Bradomín sabemos que era el marqués feo, católico y sentimental de las sonatas de Valle, y sabemos que no existió. Mañara en cambio fue un español real que encarnó algo más que el arquetipo del caballero barroco. Encarnó en su biografía los dos polos del exceso: el de la vida y el de la muerte, la lujuria y la penitencia. Eros y Tánatos, si nos ponemos tan homéricos como Nolan.













