
Ella se acababa de casar con Vasili, un bombero guapo al que despertaron de noche para apagar el fuego que se declaró en la madrugada del 26 de abril de 1986. Ella, Liusia, vio la explosión, llamas altas en el cielo iluminado de repente. Sintió un calor horroroso porque ardía el alquitrán derretido del techo de la central. Sobre él los bomberos caminaron desavisados mientras trataban de sofocar las llamas, en medio de un fulgor invisible cien veces más letal que la nube de Hiroshima. En mitad de la noche fueron para allá sin los trajes de lona, con lo primero que cogieron, en camisa. Obedecían órdenes como buenos soviéticos. Nadie les avisó. Nadie les dijo que no era un incendio como otro cualquiera.













