
Lejos en casi todos los sentidos de la Puerta del Sol se sigue levantando el Monasterio de El Escorial. Que no es un monumento sino una piedra en el camino identitario del español, con la que tropieza rabioso o a la que se encarama olímpico como sobre un pedestal de siglos. Hay por tanto españoles recelosos de lo escurialense y hay enanos agradecidos que nos subimos con cierta regularidad a los hombros berroqueños de este gigante apostado en una vertiente del Guadarrama. Luego está Ortega, que se sentía fascinado por «nuestra gran piedra lírica», entendida la fascinación como lo que es: una mezcla proporcional de atracción y de rechazo.













