Escribió una vez Raúl del Pozo que ya no pensaba ir a ningún entierro más que al suyo. Finalmente ha cumplido su palabra. Ha subido a la barca y ha cruzado la laguna dejándonos clavados en tierra, escurriendo la contraportada del periódico como un pañuelo empapado, mirando su nombre alejarse hacia la orilla de la leyenda.
Dos concejales que representaban a sus respectivas Españas han dimitido por exhibir comportamientos igualmente inaceptables. Una concejala del PP en Collado Villalba ha renunciado a su acta tras irrumpir aparatosamente en el escenario donde una cómica intepretaba uno de esos monólogos de la vagina que dejaron de ser escandalosos más o menos en el 411 antes de Cristo, año en que Aristófanes representó Lisístrata. No parece que todos los concejales del PP de Madrid, deudores de un cierto pocholismo felizmente extirpado, hayan expuesto nunca su virginal sensibilidad al corrosivo contacto de la comedia griega o la sátira latina, bastante más obscenas que la entrañable coprolalia del nuevo feminismo, cuyas evas adánicas descubren un mediterráneo violeta cada día. En el fondo ambos activismos -el conservador y el progresista- dibujan dos ingenuidades simétricas.
Se le vio incómodo al presidente en el mitin del sábado cuando Ana Redondo, la más desinhibida bacante de su coro, le gritó que era «el superhéroe de la democracia» y «el representante de la dignidad humana» en este mundo cruel. Un instante así resulta embarazoso para cualquier homínido dotado de vergüenza propia o ajena, pero sabemos que Pedro no vino de serie con semejante dotación genética. ¿Entonces por qué, cuando le cae encima la catarata de almíbar de su ministra, él baja los ojos, se aferra a una botella de agua y le pega un trago lento hasta que la cámara vuelve a posarse en su estrepitosa telonera?
Después de llegar a la política y al fútbol era cuestión de tiempo que la nostalgia alcanzase también al amor. Cómo será la cosa que Cumbres borrascosas -la película, no la novela- acumula semanas en lo más alto de la taquilla contra las advertencias unánimes de los críticos. Dicen que las salas huelen a derrame de hormona tontorrona. Y que manadas de zetas anhelantes de amores analógicos se internan en esos extraños hangares mal iluminados que los buméridos llaman cines.
Qué poco nos duran las ansias infinitas de paz. Mientras los cruzados del Gandhi de Pozuelo ondean la rojigualda como basiliscos en las tertulias de TVE, la fragata Blas de Lezo surca discretamente el Atlántico escoltando al portaaviones George W. Bush (no podía ser otro). Por si fuera poco, la fragata Cristóbal Colón (encima con recochineo colonialista) zarpa ahora rumbo a Chipre, cuya base británica fue alcanzada por un dron iraní. ¿Debemos suponer que nuestras fragatas van equipadas con chapas propalestinas, vinilos de Ismael Serrano y guiones humorísticos de Gila?
Nuestro presidente está en guerra. Pero nuestro presidente es progresista: él le hace la guerra a la guerra. Así que nuestro presidente está en la paz. Pide la paz y pide la palabra, a ser posible sin preguntas de periodistas independientes ni de portavoces parlamentarios. Con la sonora belleza de una Miss Universo arrimada a un micrófono, alma bella en bello cuerpo, el profeta del oasis español clama en el desierto de este mundo facha que guerrea con furia épica, ávida de petróleo y ayuna de piedad, que ha dado su negra espalda a la diplomacia. Que prefiere «misiles a hospitales» (sic). Que repatriará a los pijos de los Emiratos y protegerá a los humildes que repostan en nuestras gasolineras. No hemos de temer represalias comerciales, aunque caminemos por el valle de las sombras, porque su vara y su cayado nos sostienen.
Estamos en campaña pero apenas nos damos cuenta. Los medios están a otras cosas por dos razones. La primera es la guerra, que hace mucho ruido. La segunda es Mañueco, que prefiere las nueces. De modo que un tiempo inclinado a la furia épica y un espacio propicio a la austeridad están engendrando una campaña lenta, analógica, propia de la edad en que el disputado voto del señor Cayo se pedía en burro por los dos mil y pico pueblos de la región más histórica y extensa de España. Tanta historia acumula la vastedad de Castilla y León que corre el riesgo de vivir únicamente de pasado. Por eso se afanan estos días los candidatos en prometer medidas que anclen la población al territorio, que aseguren la rentabilidad del campo, que garanticen la ubicuidad de los servicios públicos. Cosas de comer. Nueces.
Desde el confort de un Madrid tibio y libre que ya estira los dedos para tocar la primavera da cierto rubor pronunciarse sobre la muerte de Ali Jamenei: ni que optáramos a un goya. Quien sí optaba a uno era el director de cine iraní Jafar Panahi, encarcelado dos veces por los ayatolás y detenido muchas más por significarse políticamente. Ciertamente, en virtud de algún arcano antropológico que no guarda particular relación con la inteligencia o la cultura, las gentes del cine propenden a la injerencia política de cacharrería en mayor medida que los escultores efímeros o los críticos gastronómicos; pero hay una sutil diferencia entre criticar al poder para solidarizarse con la oposición, como hace Panahi, y criticar a la oposición para solidarizarse con el presidente, cómodamente instalado junto a su imputada esposa en el patio de butacas para constatar el satisfactorio grado de penetración de su propaganda en el solícito sector del cine plurinacional del Estado español.