Me topé con esta sentencia en las redes: «Si la clase obrera supiera de política tanto como de fútbol sería invencible». Es difícil analizar una opinión en la que todo está mal: contexto, texto y subtexto. Intentémoslo por si hay más de un español que la comparte.
Parece que tendremos ir haciéndonos a la idea de que un presidente del Gobierno acabe condenado por corrupción. Que acabe incluso durmiendo en la cárcel, despojado de todos sus abalorios zambianos. El proverbial atasco de causas en la Audiencia Nacional provocará que la sentencia no llegue antes de un lustro, pero cuando llegue tendremos que afrontar la paradoja (solo aparente) de que precisamente el más moralista de nuestros expresidentes vaya a ser el primero en ingresar en prisión, veremos si solo o en compañía de sus hijas.
Dicen que esta sensación durará poco. La unidad, el desenfadado patriotismo, la alegría que se filtra por las grietas del muro que levantan diariamente para dividirnos. España como un puño apretado que se agita espontáneamente en Bilbao y en Sevilla, en Sabadell y en Toledo, en Tenerife y en Orense. Las pantallas gigantes -por eso las temen los nacionalistas hispanófobos- han funcionado como un dispositivo cívico y político, más que tecnológico: toda la estéril especulación de España como problema, el famoso concepto discutido y discutible de nación queda resuelto cuando el pueblo se reúne a gozar y sufrir sin intermediarios con los jugadores que lo representan. Pero es verdad que esas pantallas ahora serán desmontadas. Y dados los antecedentes es legítimo preguntarse si tantas hermosas imágenes de felicidad compartida son flores del día del triunfo que han de secarse mañana. ¿Cambió algo la primera estrella, bordada en 2010? ¿Cambiará algo la segunda, 16 años después?
La historia del fútbol ha necesitado siglo y medio para ofrecer al mundo el antagonismo perfecto. El campeón americano contra el campeón europeo. El corazón contra la cabeza. El mejor solista contra la polifonía de los chicos del coro. La escuela del potrero contra la cátedra del toque. Incluso la sangre de los nietos contra la de los abuelos, si despenalizamos el humor de Rajoy.
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido, advertía Machado en su autorretrato. De Bradomín sabemos que era el marqués feo, católico y sentimental de las sonatas de Valle, y sabemos que no existió. Mañara en cambio fue un español real que encarnó algo más que el arquetipo del caballero barroco. Encarnó en su biografía los dos polos del exceso: el de la vida y el de la muerte, la lujuria y la penitencia. Eros y Tánatos, si nos ponemos tan homéricos como Nolan.
El oficialismo está convencido de que puede convertir a Begoña Gómez en Rosa Parks, la activista negra que en 1955 fue arrestada por negarse a ceder un asiento reservado a los blancos en un autobús de Alabama. La rubia esposa del todavía presidente del Gobierno español, por su parte, ha sido enviada a juicio con jurado popular por tráfico de influencias y malversación. Cinco magistrados de la Audiencia de Madrid consideran por unanimidad que Gómez se sirvió de su privilegiada condición de mujer del hombre más poderoso del país para impulsar su carrera profesional, aproximadamente inédita hasta la llegada a Moncloa de su esposo.
Incluso los más reacios a mezclar política y fútbol deberán reconocer que los torneos de selecciones se prestan especialmente a ese ejercicio. No dejo de pensar estos días en Luis de la Fuente Castillo como un dirigente en el sentido más amplio de la palabra. Alguien que lidera un grupo humano en pos de un arduo objetivo, pero que cada tanto también se dirige a la nación a la que representa. Traslada mensajes de una sabiduría antigua, ajena a la actualidad, pero todavía reconocible.
Desde este martes el hermano del actual presidente del Gobierno debe ser llamado delincuente. Y no por haber compuesto La danza de las chirimoyas, delito musical del que ha salido finalmente tan absuelto como del tráfico de influencias, sino por cooperación necesaria en un delito de prevaricación administrativa: fue el primer beneficiario de la creación y concesión a dedo de una plaza pagada con los impuestos del contribuyente. Tres magistrados han decidido la extinción de la presunción de inocencia de David Sánchez Pérez-Castejón: es un prevaricador condenado a cumplir una pena de nueve años de inhabilitación.