Aseguran los cronistas que en Ferraz ya se debate el destino de María Jesús Montero a partir del lunes, tal es la debacle que vaticinan los sondeos internos. Siendo Montero la número dos del partido, semejante debate solo lo puede haber abierto el número uno. Y conociendo su escasa disposición a la mayéutica, el uno habrá restringido los términos de la discusión al perímetro de su almohada. Pedro es así: hoy te telonea, mañana te desconoce. Anteyer te envía al matadero electoral bajo promesa de puerta giratoria, pasado mañana ordena que cambien la cerradura de tu despacho vacío.
Quien siempre guardó rencor a Florentino airea ahora su miserable oportunismo. Pero la crítica honesta pertenece hoy a los florentinistas, que seguimos negándonos a creer que Florentino Pérez se merezca la rueda de prensa de Florentino Pérez. De esas cenizas humeantes cabe rescatar el propósito de llevar a la UEFA el caso Negreira, porque hacer justicia siempre es pertinente, aunque no hacía falta aguardar a la traición de Laporta con la Superliga. Pero convocar elecciones ahora solo puede obedecer a la necesidad de invocar el amparo de los socios en un momento crítico. Dicen que se trata de reventar la candidatura del tal Riquelme antes de que cuaje. Pero el Florentino que conocemos no teme a sus rivales: le basta otra orejona para imponerse por aclamación una vez más. Y esta es la señal preocupante: ¿tan difícil ve la reconquista de Europa que prefiere blindarse antes en el cargo?
Buenos días a todas y a todos. Hoy comparezco con mi buen amigo Tedros, director de la OMS, a quien me atrevo a llamar hermano después de haber compartido trinchera contra el hantavirus. La batalla ha sido dura, no lo voy a negar. Hemos vivido horas de verdadera angustia, porque no todos los días fondea un crucero en Tenerife. Pero la talla del capitán se mide cuando arrecia la tormenta, siempre lo digo. En circunstancias difíciles algunos se dejan llevar por el miedo, como Clavijo. Otros nos crecemos hasta ocupar por completo el lado correcto de la historia. Los progresistas queremos hacer que la ciencia sea grande de nuevo. Luchamos juntos contra el mal, ya adopte este la forma de un microorganismo o de Donald Trump, que le retiró la subvención a mi hermano Tedros. O sea, a la Ciencia.
Hace dos meses parecía rigurosamente imposible que Juanma Moreno revalidase la mayoría absoluta. El auge de Vox y la pura dificultad estadística de repetir la carambola de hace cuatro años aconsejaban al PP andaluz que fuera reclutando a la brigada Aranzadi de la letra pequeña y acopiando ibuprofenos para negociar con Abascal el contrato leonino de la investidura. No sé si las guerras intestinas en Vox o las guerras exteriores de Trump son la causa última del estancamiento del partido, pero las elecciones en Castilla y León lo confirmaron por vez primera y todas las encuestas lo reflejan hoy. El PP acaricia en la comunidad más poblada de España una libertad sin las ataduras de la prioridad nacional. De hecho el lío provocado por el dichoso sintagma beneficia a Moreno por el afluente izquierdo: no pocos exvotantes socialistas escogerán la papeleta azul para emanciparla de la verde.
No habrá dejado usted de observar que los trenes de alta velocidad en España ya no marchan exactamente a alta velocidad. Un sencillo viaje de Madrid a Zaragoza, que antes duraba no mucho más de una hora, hoy dobla fácilmente ese registro. Semejante circunstancia se presta a las conjeturas de los físicos cuánticos o a las diatribas de los políticos de la oposición, pero a los ciudadanos de a pie que hayan decidido pactar con la paciencia para no añadir más lágrimas a este valle quizá les abra perspectivas insospechadas de felicidad.
Cabe preguntarse si España sigue siendo un país para abuelos. A juzgar por las lágrimas vertidas durante la pandemia, que se cebó con los pulmones exhaustos de nuestros mayores, uno habría dicho que sí. Pero últimamente no deja de crecer tal rencor contra el bumérido que ya se exhibe como credencial ideológica y marcador de clase. Se venden bien los libros que parten de la premisa de que los hijos vivirán peor que los padres para luego ajustar cuentas. No me interesa ahora compartir o refutar esa tesis: me limito a constatar el nuevo materialismo dialéctico que se extiende sobre los escombros woke de la guerra cultural. Vuelve el marxismo clásico, pero vuelve por la derecha. La revuelta de los que no tienen contra los que tienen se escenifica a diario en las redes, enconando las emociones y redirigiendo el voto hacia la extrema derecha en toda Europa. Desde Freud el hijo ha querido matar al padre, pero es que ahora quiere matar también al abuelo. A cualquiera que haya gozado del privilegio de la propiedad inmobiliaria, de la utopía de un ascensor social en funcionamiento, del puesto de trabajo de lo tuyo y del fin de mes sin recurso al crédito o al ansiolítico. La querencia narrativa de la especie por la falacia de la suma cero contribuye a aliviar la frustración personal por la vía mítica de la culpa colectiva: yo no tengo mucho porque ellos han tenido demasiado. Si la cosa sigue así y la muchachada no hereda pronto, se alzarán pronto voces en la derecha juvenil exigiendo expropiaciones a la venezolana.
El periodismo consiste a veces en explicar a los españoles que Fernando Simón sigue en el mismo cargo público donde ya lo sorprendió un misionero con ébola y una pandemia de coronavirus. Tampoco ha hecho falta desplegar grandes dotes de investigación: hemos sabido que Simón sigue haciendo de Simón -y cobrando por ello- porque el propio Simón ha hecho un llamamiento a la calma social, amenazada ahora por el brote de hantavirus a bordo del Hondius. El problema de los llamamientos a la calma de Simón es que ya solo consiguen tranquilizar a los virus, que no se animan a propagarse hasta que oyen a don Fernando reduciendo su actividad oficial a uno o dos casos.
Hay que reconocer que Borja Sémper ha vuelto más guapo de la muerte. Hace diez meses recibió la tétrica embajada de la vieja dama y palideció como cualquiera. Hay un diagnóstico que suena como una detonación y luego propone un calvario con incierto cálculo de vida. Si «es benigno» son las dos palabras más bonitas del inglés según Woody Allen, nosotros creíamos que las tres peores del castellano eran estas otras: «cáncer de páncreas».