En el Palacio de la Pena

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Palacio dela Pena, en Sintra.

Los portugueses sienten tanta alegría al contacto con la tristeza que su música nacional es una forma refinada de lamento llamada fado y su mayor atracción turística se llama Palacio de la Pena. Ellos han hecho de la languidez un pujante negocio al modo inverso en que el capitalismo anglo nace del optimismo de la voluntad protestante, ese espíritu de emprendimiento con que los catequistas de máster evangelizan a las tiernas camadas de animal de cuello blanco. No es que los portugueses no sean emprendedores, que lo son cada vez más, sino que tienen la elegancia de disimularlo con todo el pesimismo que aún son capaces de extraer del alma nacional, que es un alma en pena que no deja nunca de sonreír.

Este nudo de paradojas encuentra en Sintra su colorida apoteosis. El rey Fernando II, que venía de Sajonia calado de romanticismo, se inventó en la montaña alzada sobre la nariz de Iberia una fantasía medieval, entre gótica, mora y manuelina, que convierte a Gaudí en un discreto minimalista. Aprovechó para ello no solo la estructura del abandonado monasterio de Nuestra Señora de la Pena sino también su nombre, y a nadie le pareció incoherente que tuvieran que referirse con pena al más desenfadado estallido de imaginación del sur de Europa. Esa ambigüedad define un carácter. El carácter que elige como mitos nacionales a una novia cadáver como Inés de Castro y a un rey que nunca llega a ser coronado como Sebastián.

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31 julio, 2018 · 12:33

Pablo Casado: el parto de un líder

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El relevo.

La victoria de Pablo Casado no debería sorprender a nadie. Si la fortuna ayuda a los audaces y si la política occidental está recorrida por el rechazo al elitismo inercial de las estructuras tradicionales de poder, cabía esperar que Soraya Sáenz de Santamaría fuera apeada del puente de mando en cuanto se le permitiera elegir a la militancia. Es lo malo de dejar votar a la gente, que acaba votando lo que le da la gana. Lo que mejor le llega.

Casado ha podido levantar en mes y medio un liderazgo propio porque tenía un líder dentro, largamente gestado, que el tapón marianista impedía salir. Durante su energizante discurso -una pieza notable de oratoria, directa al corazón del compromisario y a las piernas del público, que no pudo evitar ponerse en pie hasta cinco veces-, el orador sudaba no porque Soraya tuviera secuestrados a sus hijos, como apuntó un malvado tuitero, sino porque estaba de parto: estaba alumbrando al próximo presidente del partido.

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Un resumen de mi largo diálogo con Gistau en COPE

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22 julio, 2018 · 12:23

Electrolatino feminista

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Ana Guerra.

Era cuestión de tiempo -cinco meses- que el 8-M alcanzara también a la canción del verano, género durante demasiado tiempo dominado por convencionales estallidos de hedonismo solar, tu piel morena, machito de yate, cinturas locas y cópulas de playa, con lo incómoda que es la arena al contacto de tejidos íntimos. Pero al éxito dionisiaco de Despacito le está relevando este año el moralismo naif de Ana Guerra y Juan Magán, cuyo tema Ni la hora funda, si no me equivoco, la vanguardia pop del electrolatino feminista.

En efecto, si hasta ahora a la estrella del mainstream estival le pedíamos una voz aceptable pero sobre todo un cuerpo contundentemente normativo, a la estrella del futuro ya no le bastará el atractivo físico sino que debe acompañarlo del moral. Hoy la moral pública está en manos del feminismo, que fija los pecados -del mortal al micromachista-, gradúa las penitencias, pone coto a los instintos y prescribe la redención del aliado previo sacramento de la confesión en redes. En el caso de Ana Guerra, que ronda la edad media de la tuitera militante, el capitalismo vuelve a demostrar su diabólica inteligencia casando el eterno ánimo de lucro con la obediencia a los nuevos mandamientos. Me gusta ser una zorra, de las Vulpes, difícilmente sonaría hoy en una barbacoa de sensitivos mileniales. En cambio, las adolescentes tararean unos versos -“Hola, mira qué bien me va sola / Nadie a mí me controla / Y aunque me lo pidas, ya no te doy ni la hora”- que ya formuló Olé Olé con mayor beligerancia, mejor humor y mucho menos puritanismo.

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22 julio, 2018 · 12:15

De la urnofobia al emoticono

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Urnófobo.

Mes y medio después de la moción donde debió hacerlo, Pedro Sánchez presentó en el Congreso su programa de Gobierno, o su programa electoral. Eligió para ello el Día Mundial del Emoticono, y en eso nadie va a discutirle la coherencia: el emoticono es un invento de los ingenieros de Silicon Valley para ahorrarnos el esfuerzo del lenguaje articulado y el sanchismo es un invento de los spin doctors de Moncloa para ahorrarse el trámite de gobernar con escaños. ¿Estamos ante un Gobierno corto o ante un spot largo? ¿Vale la pena indignarse por las amenazas a la enseñanza concertada o a la industria del diésel? ¿Cuántas de las reformas anunciadas se llevarán finalmente a término? Es la pregunta que en estos momentos se están haciendo la momia de Franco en la huesa de Cuelgamuros y los defraudadores acogidos a la amnistía fiscal en el confortable anonimato del que Sánchez ya no quiere sacarles.

El presidente del Gobierno es un hombre audaz, pues hace falta audacia para llegar a presidente como ha llegado, pero a cambio padece dos miedos paralizantes: a los periodistas y a los votantes. De los primeros teme las preguntas, y para eso envía a las ruedas de prensa a sus ministras, y de los segundos teme la intención de voto, y para eso coloca en los fogones del CIS a don Tezanos, que llega con el mandil puesto y el carné en la boca. A este síndrome sanchista del pánico electoral lo ha bautizado Hughes como urnofobia, contra la cual solo se conoce un tratamiento: el dinero público, que ya se sabe que no es de nadie. El plan es comprar en el mínimo tiempo posible el máximo número de voluntades con cargo al bolsillo del contribuyente. Puede intentarlo porque recibe una España que crece al 3% y porque Calviño ha rogado a sus colegas bruselenses que hagan la vista gorda mientras engrasa con más déficit la campaña de las autonómicas. Y así es como, Sánchez, gobernando con los Presupuestos del centro-derecha, rinde tributo a la sentencia de Josep Pla, que advirtió que el socialismo es un lujo pagado por el capitalismo.

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17 julio, 2018 · 18:15

Calvo y las calvinistas

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Nos vigila.

Lo malo será cuando legislen el arrepentimiento. Me quedé rumiando los ecos distópicos de este tuit de Alemany, que posee la clase de ingenio capaz de simultanear la sonrisa y su congelación. Vivimos en un país cuya ministra de Justicia amenaza la boca con una comisión de la verdad y cuya vicepresidenta amenaza la bragueta con un ERE sexual, un Expediente de Regulación del Erotismo que deje sin trabajo a la seducción, ese elemento subversivo: se empieza aceptando un piropo y se acaba confraternizando con un varón. Boca, bragueta… no importa el órgano sino la función regulatoria que anima a la nueva izquierda, cada día más indistinguible de la vieja derecha. Estamos a tres consejos de ministros de ser informados de que la masturbación causa ceguera. Y estamos a cuatro jueves de RAE de aceptar la reescritura calvinista -por Calvo– de la Constitución, con Reverte en el papel de Servet.

La ingeniería social es un sintagma siniestro que inventó un famoso seminarista secularizado: Stalin. Lo hizo sin necesidad, pues él encarnaba una izquierda que se podía permitir el lujo de prescindir del capitalismo, para lo cual tuvo que prescindir correlativamente de unos cuantos millones de vidas humanas. Pero constatado el genocida fracaso de la economía planificada, privada de misión material, a la izquierda le resta la misión espiritual: erigirse en ingenieros de almas bellas, igualitarias. Y a las que se resistan, se las embellece a golpe de BOE.

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El bueno (Borrell), el feo (Llarena) y el malo (Calvo) en La Linterna de COPE

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16 julio, 2018 · 10:21

No veréis nada parecido a CR

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El gol.

Iba a escribir de Luis Enrique, pero quién es Luis Enrique cuando Cristiano Ronaldo se va del Real Madrid. Se marcha el máximo goleador de la historia del mejor club de fútbol de la historia, y lo hace de la manera inhóspita que este equipo singular reserva a sus leyendas, de Di Stéfano a Raúl o Casillas. Nadie verdaderamente grande se irá bien del Madrid mientras el Madrid sea el campo de estrellas que promete su himno. Los griegos miraban el firmamento, unían constelaciones y creaban mitologías que siempre terminaban mal para sus héroes más inolvidables; el Madrid es la mitología futbolística más evocadora de nuestro tiempo, y de vez en cuando necesita alimentar nuestra fantasía con dolorosos sacrificios.

Las mentes prosaicas aducirán la codicia, la ambición, el narcisismo, la incomprensión de la grada, el hartazgo de la directiva o el celo de Hacienda. Bien está: el Ronaldo que se marcha solo es un hombre, y los hombres están modelados de ese barro. Pero el Ronaldo que pasa a permanecer en la memoria del aficionado solo podrá agigantarse con el tiempo, liberado de la necesidad de satisfacer el estólido presente sin historia de las mentes mediocres. Hoy es el día en que los devoradores de pipas con memoria de pez tóxico de estanque del Retiro aplauden la marcha del mismo al que extrañarán en octubre antes de pedir la quema del palco en diciembre si la mitología blanca no acierta a proveer de otro titán. Que era un egocéntrico, dicen, como si la egolatría no fuera la premisa de lo extraordinario, o siquiera de lo relevante. Que estaba acabado, explican, pugnando por alejar de sí la terrible sospecha de que nadie suplirá sus 50 goles por año. Que ya está bien de dar mal ejemplo a los niños, rezongan los infinitos moralistas que nos patrullan, como si los niños no reconociesen a un igual en Cristiano: alguien tan caprichoso y confiado en su poder como ellos mismos, solo que él marcaba en todos los recreos de Europa. Si Nietzsche viviera habría señalado en CR el advenimiento del superniño.

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11 julio, 2018 · 9:06

Los últimos Sanfermines

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Pecado.

Muchos años después, frente a la pantalla de grafeno, el presidente del partido en el poder (Sintiencia) recordó orgulloso la agria polémica en que se impuso al último partidario de los Sanfermines. Hacía tiempo que las elecciones en el país no las dirimía el enfrentamiento entre izquierda y derecha, ni ya entre soberanía y cosmopolitismo -aunque muchos reconocían de tapadillo aquella facilidad viajera de los tiempos del euro-, sino entre animalistas y especistas. Los había convocado la televisión pública, dirigida por un consejo de inequívocos activistas del sensocentrismo. La empatía con los animales había conquistado amplias capas de la población, barriendo los vestigios de un primitivismo que solo sobrevivía en ciertas catacumbas rurales donde aún se practicaba la caza furtiva del conejo, penada con prisión. Aquel hombre desmañado, a todas luces desertor del gimnasio y enemigo del dietista se empeñaba en acusarle de promover una sofisticada hipocresía. Sus patéticos razonamientos estremecían el plató.

Afirmaba que el veganismo, cuya regulación por ley orgánica acaba de ser celebrado como un hito del progreso, no solo recortaba la libertad del hombre sino que colonizaba la vida del animal. Invocaba salvajes escenas de documentales borrados para reivindicar la naturalidad de la predación, y negaba que la prohibición del consumo de carne nos hubiera hecho mejores personas, o animales. Añoraba las indecentes borracheras de su juventud pamplonesa en días como estos, consagrados a la subversión del orden y la moral, cuando el hedonismo individualista campaba a sus anchas y las denuncias por violación se multiplicaban porque las relaciones sexuales todavía no estaban sujetas al actual protocolo consensual. La gente fornicaba en los parques, vomitaba en las aceras y maltrataba a los toros para su solaz.

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El bueno (Casado), el feo (Meritxell Batet) y el malo (Consejo de RTVE)

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8 julio, 2018 · 23:04

Fin de los finales de ciclo

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Cara de fin de ciclo.

La infelicidad, según el clásico tratado de don Bertrand Russell, no es más que el desajuste entre expectativas y resultados. Eso explica que haya niños africanos que no paran de sonreír, pues han comido ese día, y ricos occidentales que no sólo lloran sino que de vez en cuando se suicidan, porque ha caído la cotización. Todo depende de lo que uno le pida a la vida. O a un Mundial.

El ciclo hegemónico que impuso la Selección -tampoco fue tan largo: duró cuatro años- maleducó nuestras expectativas y nos hizo creer conquistada una élite futbolística de la que no nos apearían ya. Desde entonces hemos sido estrepitosamente desalojados de dos Mundiales y una Eurocopa, y tras cada uno de esos tres batacazos hemos incurrido en la fúnebre letanía de las tres palabras: “fin de ciclo”. Pero se trata de un acto puramente formulario, porque en España a menudo decimos las cosas para no tener que hacerlas. Certificamos solemnemente la defunción pero luego no enterramos al muerto. A los dos años volvemos a concebir expectativas desaforadas al amparo de una fase de clasificación aseada y de unos jugadores bastante titulares en sus equipos, pero olvidamos comparar esas expectativas con la realidad de los rivales. Entonces llega el Mundial, que entre otras cosas es un método popperiano de falsar talentos mediante la brusca confrontación, y nos pone en nuestro sitio. O sea, en casa.

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4 julio, 2018 · 9:46