La aristocracia de la sangre conserva en sus mejores ejemplos un sentido moral que escapa a las sensibilidades más vulgares -que no tienen por qué ser las más democráticas- y que se resume en el célebre adagio de dos palabras: nobleza obliga. La distinción que las comunidades humanas han otorgado al apellido tiene raíces en las obras: un coraje excepcional demostrado hace siglos en el campo de batalla, o la abnegación de una vida de servicio a los demás, o incluso el primer Mundial ganado por tu selección.
Por primera vez desde que un ambicioso puñado de etruscos del Lacio comenzó a expandirse, la próxima potencia dominante podría no ser occidental. Más allá de la multipolaridad salvaje de la Edad Media, a partir del Renacimiento el mundo no ha conocido otra hegemonía que la de Europa o la de su esqueje americano: Estados Unidos.
El brazalete negro que anillaba las mangas blancas no era solo un ejercicio de gratitud a la memoria de Santamaría: era una invocación a la leyenda europea del Real Madrid. Una plegaria pronto atendida. Porque el finado respondió a la cita entorpeciendo el despeje de Neuer, héroe en la ida y villano antes de cumplirse el primer minuto de la vuelta. Su despeje garrafal llegó a la zurda de Güler, que no había viajado a Baviera a perdonar a nadie.
El caudillo vitalicio de la mayor dictadura del planeta, que responde al nombre de XiJinping y no tolera que lo comparen con Winnie the Pooh, le ha dado a Pedro la bienvenida al «lado correcto de la historia». Lo ha hecho además en la plaza de Tiananmén, célebre por la masacre que ordenó el lado chino de la historia contra su propio pueblo. Pedro contaba 17 años cuando ocurrió, pero ya sabemos que su memoria es muy selectiva. Tampoco se acuerda de cuando acusaba de rebelión a Puigdemont y prometía traerlo para sentarlo ante los jueces. Ni de cuando se echaba unas risas con su amigo Jose (luego gran desconocido) a costa de cierta pájara que dormía con el uniforme de ministra de Defensa. Ni mucho menos de cuando el suegro le financiaba las primarias con los húmedos rendimientos de sus saunas. El presente de Pedro siempre supera su pasado, y a medida que familiares y colaboradores resbalan hacia el banquillo él asciende más en la escala luminosa del liderazgo ético: actualmente solo rivaliza con el Papa en animosidad trumpista. Titulares lacónicos como el de la BBC («Esposa del primer ministro español, acusada de corrupción tras dos años de investigación») no pueden alcanzar a alguien centrado en preservar la paz en el mundo, tarea para la que cuenta con la inestimable ayuda del comunismo chino, el terrorismo islamista y el narco bolivariano, por citar tres lados de la historia que recientemente han agradecido al presidente español sus labores. A mí me cuesta imaginar el rostro de León XIV estampado en un misil iraní, pero no tengo dudas de que Sánchez tratará de instrumentalizar políticamente la visita papal.
El PP tiene razones para el optimismo: su marca húngara ha infligido una derrota humillante al mentor ideológico (y mecenas crediticio) de Vox, y en Andalucía las encuestas contemplan ya la reedición de la absoluta de Juanma Moreno. La estridencia ideológica agota, la economía vuelve a importar y en la calle Rajoy se hace bastantes más selfis que Zapatero, que necesita escaparse escoltado al monte de El Pardo cuando quiere estirar las piernas o hacer negocios, no necesariamente por ese orden.
En el verano de 1858 una ola de mierda ascendió del Támesis y envolvió a los orgullosos habitantes del Londres victoriano. Aquel verano pasó a la historia como el Gran Hedor. El escritor más sensible del momento, Charles Dickens, describió el río como «una alcantarilla mortal fluyendo por el corazón de la ciudad». No exageraba: la capital del Imperio británico, en el apogeo mismo de su poder, olía tan mal que al contacto con el fétido abrazo del río la gente enfermaba, o incluso moría. Los londinenses que se acercaban demasiado a la orilla del Támesis se mareaban, se desmayaban o experimentaban náuseas tan fuertes que vomitaban allí mismo, engrosando la capa de 45 centímetros de excrementos humanos, cadáveres de perros y ratas, vertidos industriales, productos químicos derivados del tratamiento del cuero y sangre de las reses sacrificadas incesantemente en los mataderos urbanos.
Les ha dicho el jefe de Adif a los familiares de las víctimas de Adamuz que él no tiene «apego al cargo». Que si se demuestra la negligente gestión de la empresa pública que se encarga del mantenimiento de las vías por donde circulan los trenes de España, él no tendrá inconveniente alguno en presentar su dimisión. Algo parecido me contestó el jefe del jefe de Adif, don Óscar Puente, cuando le pregunté en Cope si asumiría su responsabilidad en el caso de que la investigación revelase negligencias imputables al gestor público. Un Puente entrañablemente comedido vino a responderme que no era por no dimitir, a ver si me entiendes, sino que ni siquiera había tenido tiempo de pensar en ello porque apenas dormía desde que se enteró del descarrilamiento. El problema del ministro es que hay 46 personas que se subieron a ese tren confiando en que el Estado que sufragan con sus impuestos velaba por su seguridad, y ahora duermen el sueño eterno.
No se le puede negar coherencia a don Urtasun, que ha recibido la alta encomienda de descolonizar nuestros museos, al negarse a colonizar el Guggenheim vasco con obra tan española como el Guernica, cuadro que no se explica sin la acreditada pasión taurina de su autor. Es verdad que los toros no le son ajenos al PNV –Erkoreka es un fijo en la barrera de Vista Alegre-, pero menos ajeno aún le resulta el fascismo.