Luis Enrique hace un Lopetegui

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Lopetegui.

No la cagábamos así contra Inglaterra desde el siglo XVI, y eso que el Guadalquivir parecía más navegable que el Canal de la Mancha. No es que la flota española topara contra los restos de Leslie; los elementos que la hicieron naufragar en Sevilla no solo tienen nombre sino también apellido: Sergio Ramos, Nacho Fernández, Marcos Alonso, Saúl Ñíguez, etcétera. ¿De qué sirve que España acopie hombre por hombre mayor calidad técnica si los ingleses se pasan con más precisión y piensan con más rapidez? ¿A quién le sigue engañando ese amontonamiento patatero de pases sin filo y control romo frente al metódico repliegue y la picadura fulminante de Sterling, Kane y Rashford? El fútbol, cuando se carece de un genio sin paliativos, es un juego coral de velocidad y destreza, y a eso jugó mejor Inglaterra en el Villamarín. Donde los españoles evocaron la furia frustrante de antaño y donde los ingleses jugaron verdaderamente como si hubieran inventado este deporte.

Al español y madridista al menos le tranquilizó la sensación de continuidad entre la selección de Luis Enrique y el Madrid de Lopetegui: ese íntimo desastre. En tiempos de zozobra democrática se agradece cualquier forma de estabilidad, incluida la pertinaz derrota. El equipo de Luis Enrique, que en la banda se agitaba como un monitor de spinning, tiró el partido en la primera parte con magnanimidad de aristócrata endeudado, pero hay que reconocerle al asturiano que movió pronto el banquillo y se encomendó a Ceballos y Alcácer, y los muchachos respondieron. Ceballos asumió el mando y el temprano gol de Alcácer al comienzo de la segunda mitad logró desprecintar el coraje que España se había dejado en el autobús, entre el cargador del móvil y la vergüenza. Los de Lucho empezaron a atacar con intensidad y los de Southgate, que ya no gasta su icónico chaleco, se abotonaron su corsé táctico hasta la nuez para disimular el miedo.

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16 octubre, 2018 · 11:16

Si pudiera un español

[Publico aquí la columna del sábado tal como la concebí, en verso]

Si pudiera un español decir su nombre
-si se atreviera-,
no diría ley, bienestar, 78:
el año de su formal Constitución.

España es otra cosa, no es abstracta, un edificio
que se hunde a nuestros ojos cada lunes
y se reforma sin problemas el domingo.

España es una cueva de flamenco
que un gitano cínico fatiga
para engaño del guiri que le paga
mientras sueña que canta entre los grandes.

España es una mujer embarazada,
y es un viejo tendido que se muere
con un velo implacable en las meninges
que le veda recordar lo que fue España.

Es la cólera de abril del nuevo rico,
que tiene que pagar IRPF,
y calcula el coste de la trampa
y acaba -porque hay leyes- desistiendo.

España es tu lucha contra el cáncer, y es el órgano
donado que establece
un pacto caballero entre un difunto
y un vivo prorrogado.

España es un lugar que prohíbe España
para que unos españoles no se enfaden: les dijeron
que tienen que ser algo distinto.

España es la madrastra del exilio,
que antaño fue exterior pero que dura
en la amarga conciencia del votante.

España es la santa siesta de Cecilia
que nadie duerme ya,
si no es para fomento del turismo,
y es un pícaro que refunda su partido,
y es la fe del hidalgo empobrecido
que no sabe qué hacer con su casona
al precio que escaló la plusvalía.

España es un patio de colegio,
es un público instituto que descubre
un poema ancestral a un influencer,
la mina que se figura parador,
la huerta trasvasada de rencores.

Será también el llanto de otra madre,
el beso inaugural del niño feo,
la joven que concreta su valía.

No hay un hombre que en España lo haga todo,
pero más de uno hay convencido de que sí.

España es el oficio feroz de tertuliano,
el crédito ilocalizable del tuitero,
España es un periódico aún impreso que se apresta todavía a la batalla.

España es un locutor huracanado, un cotilleo
que sabemos unos pocos,
es una milicia sosegada,
es un obispado que cree en Dios.

España es un hortera de bolera,
y es un sindicalista inasequible
a la mezcla de la patria con la clase,
y es un gay feliz que ama en España.

Es la tierra del comunista convertido,
y de un minúsculo fascista reincidente,
y de un empeño de seguir viviendo juntos.

España es el brócoli y el toro, de Nadal
es la raqueta (y también el escobón),
y un dédalo de cristianos contra moros,
y una blanca judería cuya pista
aún persigue la pasión del hispanista.

España es un marco incomparable,
es un país de pandereta,
es un tópico encerrado en otro tópico
despeñándose por el club de la comedia.

España es la urbe y el vacío,
es mía es tuya es de quien caga
en los muertos más frescos de esta España,
meseta asomada al mare nostrum, eterno Madrid-Barça
donde nunca la sangre llega al río.

España es todo eso y quizá más. Para saberlo,
habría que probarla antes de hablar.

 

(Madrid, 12 de octubre de 2018)

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14 octubre, 2018 · 22:03

Si pudiera un español

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Cecilia.

Si pudiera un español decir su nombre -si se atreviera-, no diría ley, bienestar, 78: el año de su formal Constitución. España es otra cosa, no es abstracta, un edificio que se hunde a nuestros ojos cada lunes y se reforma sin problemas el domingo. España es una cueva de flamenco que un gitano cínico fatiga para engaño del guiri que le paga mientras sueña que canta entre los grandes. España es una mujer embarazada, y es un viejo tendido que se muere con un velo implacable en las meninges que le veda recordar lo que fue España. Es la cólera de abril del nuevo rico, que tiene que pagar IRPF, y calcula el coste de la trampa y acaba -porque hay leyes- desistiendo. España es tu lucha contra el cáncer, y es el órgano donado que establece un pacto caballero entre un difunto y un vivo prorrogado. España es un lugar que prohíbe España para que unos españoles no se enfaden: les dijeron que tienen que ser algo distinto. España es la madrastra del exilio, que antaño fue exterior pero que dura en la amarga conciencia del votante. España es la santa siesta de Cecilia que nadie duerme ya, si no es para fomento del turismo, y es un pícaro que refunda su partido, y es la fe del hidalgo empobrecido que no sabe qué hacer con su casona al precio que escaló la plusvalía. España es un patio de colegio, es un público instituto que descubre un poema ancestral a un influencer, la mina que se figura parador, la huerta trasvasada de rencores. Será también el llanto de otra madre, el beso inaugural del niño feo, la joven que concreta su valía. No hay un hombre que en España lo haga todo, pero más de uno hay convencido de que sí. España es el oficio feroz de tertuliano, el crédito ilocalizable del tuitero, España es un periódico aún impreso que se apresta todavía a la batalla. España es un locutor huracanado, un cotilleo que sabemos unos pocos, es una milicia sosegada, es un obispado que cree en Dios. España es un hortera de bolera, y es un sindicalista inasequible a la mezcla de la patria con la clase, y es un gay feliz que ama en España. Es la tierra del comunista convertido, y de un minúsculo fascista reincidente, y de un empeño de seguir viviendo juntos. España es el brócoli y el toro, de Nadal es la raqueta (y también el escobón), y un dédalo de cristianos contra moros, y una blanca judería cuya pista aún persigue la pasión del hispanista. España es un marco incomparable, es un país de pandereta, es un tópico encerrado en otro tópico despeñándose por el club de la comedia. España es la urbe y el vacío, es mía es tuya es de quien caga en los muertos más frescos de esta España, meseta asomada al mare nostrum, eterno Madrid-Barça donde nunca la sangre llega al río.

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14 octubre, 2018 · 21:42

El Rey Sol lucha contra Franco

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“El Estado soy yo”.

El Congreso amanecía desprestigiado por la presencia de Pedro Sánchez, quien la víspera había declarado que no va al Senado a explicar lo de su tesis precisamente para prestigiarlo. El argumento es otra genialidad de la factoría monclovita, pues invierte los términos de la doctrina Umbral: si el escritor iba a la tele a hablar de su libro, el presidente no va al Parlamento a hablar del suyo, básicamente porque ni siquiera es suyo.

Definimos el sanchismo como una manera de llegar al poder a pesar del PSOE y no a través de él, pero también como un modo personalista de conservarlo que precisa un aprecio irreflexivo por uno mismo y un olímpico desprecio por las instituciones de todos los demás, desde las ruedas de prensa hasta las cámaras legislativas. El sanchismo es un absolutismo de nuevo rico que consiste no solo en enfatizar constantemente tu condición de presidente del Gobierno sino en presentarte como encarnación de la razón de Estado, atacada por una oposición histérica. Acorralada por Javier Maroto y Bermúdez de Castro, la ministra Delgado consumó una sinécdoque -la parte por el todo- que le hubiera envidiado el mismo Luis XIV: “¡Yo soy la víctima de un chantaje al Estado!”. Hombre, doña Dolores, las víctimas no suelen aceptar mariscadas de su chantajista, ni interceden con sus amigotes, ni elogian la idoneidad de su puticlub.

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10 octubre, 2018 · 16:49

El tormento de Lopetegui

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Apóstol de El Greco.

A Julen Lopetegui se le ha puesto cara de apóstol de El Greco y no es para menos, pues vive en un tormento y dirige los ojos al cielo esperando la redención. Pero del cielo sólo le llega el silencio, un silencio severo que aún no es letal. Únicamente un milagro mantendrá con vida al vasco hasta la blanca Navidad, esa época en la que todos comemos turrón salvo los entrenadores decepcionantes. Por si contribuye a aliviar al bueno de Julen, reconozcamos que el Real Madrid es un club generoso en hechos paranormales, una nave del misterio capaz de ganar su décima Copa de Europa con un cabezazo en el minuto 93 y encadenar después otras tres Champions seguidas. Comparado con eso, la supervivencia de Lopetegui se nos antoja bastante más factible que la resurrección de Lázaro.

Pero tampoco nos vamos a engañar, que ya somos mayorcitos para llamar al tarot o para creer en la integridad física de Bale y en la eclosión goleadora de Benzema. El Madrid de Lopetegui es un desastre tan perfecto que en mi memoria infantil tengo que remontarme hasta Benito Floro para encontrar un sindiósparangonable. Si el madridismo no está en estos momentos blandiendo antorchas camino de Valdebebas es por dos razones: porque aún le dura en la sangre el torrente de azúcar de los últimos títulos y porque el Barça está a un punto en la clasificación. Así es más difícil indignarse a lo grande. La sensación oscila más bien entre el estupor y la curiosidad, algo como lo que sentiría un explorador victoriano que llega a un poblado caníbal. No recuerda haber pisado nunca un lugar así y no le gusta, pero tampoco enloquece de pánico porque sospecha que al final a quien se van a comer es a Lopetegui.

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9 octubre, 2018 · 11:46

Contra la pureza de Cataluña

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Los impuros.

Dos miedos gobiernan España desde hace muchos años: a que te llamen facha y a que te llamen botifler. El segundo se localiza específicamente en Cataluña, donde de todos modos se confunde exitosamente con el primero desde que a los nenes les cuentan que Colón, el del índice enhiesto, era catalán, mientras que Samaranch, el del brazo romano, llegó de Marte. Pero son dos pánicos invasivos, paralizantes, que todos los españoles posteriores a 1975 sentimos siete veces al día siete días a la semana. “¿Me llamarán fascista si digo esto? ¿Me purgarán de Las mañanas de TVE? ¿Perderé irremisiblemente todo sex appeal?”. Preguntas eternas que nos lanzan los puros y uno no siempre tiene el coraje de responder con honestidad. Ahí está Puigdemont, con el dedo ya sobre el botón electoral pero exiliado de por vida de Cataluña y de la razón porque Rufián tuiteó no sé qué sobre unas monedas de plata.

Dios me libre de señalar miedo en Arcadi Espada, ni siquiera en el Espada de 1981 que, según confesó el jueves en el momento álgido de la presentación de Contra Catalunya, no reaccionó como debiera al tiro en la rodilla que recibió Federico Jiménez Losantos por parte de los mismos que hoy dichosamente se conforman con el tiroteo mental, el disparo de la xenofobia sobre Inés Arrimadas. “Nadie protestó entonces. Y yo tampoco”, reconoció lentamente Espada a la cara de Losantos. Y en esa contrición, expiada por años de batalla compartida en el frente solitario de la libertad -el frente de los impuros-, se resumen todas las capitulaciones que deben conceder los buenos para que los malos triunfen. Aquel joven periodista fue en cambio uno de los apenas dos mil manifestantes que protestaron bajo la lluvia el 24 de febrero contra la intentona de Tejero de la víspera: ya tenía claro que asaltar el Congreso era violar su personal soberanía de ciudadano. Años más tarde el mismo fascismo, igualmente imbuido de patria pero esta vez vestido de civil, asediaba el Parlament.

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7 octubre, 2018 · 20:38

Sobre el fascismo, la dictadura militar y Salazar

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Pessoa: columnista liberal.

Conocíamos el desasosiego poético de Pessoa (Lisboa, 1888-1935), pero no su desasosiego político. En un escritor tan fértil en la generación de voces distintas, quizá el más famoso cultivador del heterónimo en la literatura moderna, no debería sorprendernos la nueva voz que hallamos en sus reflexiones de índole política; y sin embargo el autor de estas páginas, poeta depresivo y oscuro cuando quiere, nos desarma aquí con su genuina pasión por la actualidad, la urgencia de su conciencia nacional, el compromiso militante del columnista concernido, la claridad de unas argumentaciones donde todo lirismo es sacrificado a la precisión, la valentía de sus puntos de vista expuestos sin la cómoda apelación a la ambigüedad inherente al arte en que se refugiaron -y se refugian- tantos letraheridos que prefieren no posicionarse. A esa clase de cobarde le abochornará este Pessoa diamantino y lúcido, intelectual de derechas, de una derecha liberal, individualista, patriótica, anticlerical y anticomunista. En Pessoa he descubierto a un poderoso apologista del racionalismo liberal que alza la voz en un siglo dominado por el fanatismo bolchevique o el fascista y al que el régimen de Salazar terminó amordazando por atreverse a reprobar en prensa su chusquero despotismo.

Quizá el auténtico Pessoa no fuera Ricardo Reis ni Álvaro de Campos ni Alberto Caeiro, sino el articulista preocupado por el devenir de Portugal y de Europa, el individualista insobornable alarmado por la rebelión de las masas, el polemista apasionado e incompatible con la censura y más aún con la autocensura. Este libro se compone de artículos, apuntes y cartas -fragmentos aglutinados y ordenados con paciente sentido por José Barreto y brillantemente traducidos por Antonio Jiménez Morato- que dibujan el itinerario opinativo de un observador implicado, no de un poeta doliente (que también, pues la edición incluye poemas que oscilan entre la sátira y la elegía política). Ni por talante ni por ideología ni por circunstancias está muy lejos este Pessoa de nuestro Unamuno.

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2 octubre, 2018 · 10:45

Amar al odioso Cristiano

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Nostalgia y alivio.

Ya es curioso que el momento en que más se echa de menos a Cristiano Ronaldo coincida con el momento en que con mayor alivio se airea su salida. El adiós de CR, por ejemplo, ha permitido a sus compañeros respirar sin permiso y redistribuir las faltas y los penaltis como buenos socialdemócratas. Extrañan sus goles, claro, pero el inmenso vacío que ha dejado su tiránico talento se ha llenado rápido de confesiones, paredes, bromas y otras pruebas de libertad. Ahora bien, estas contradicciones solo extrañarán fuera del madridismo: en su interior la esquizofrenia se vive desde hace décadas con gran naturalidad, así como en ocasiones señaladas toda gran familia quiere y detesta a la misma persona sin dar explicaciones al vecino.

Pero aun así el vecino reclama explicaciones, y el periodismo debe dárselas. Es lo que hicieron el domingo en estas páginas Orfeo Suárez y Esteban Urreiztieta en un reportaje denso de información y ágil de ritmo que desvelaba el paradójico misterio de la marcha del máximo goleador de la historia del Madrid: un misterio nacido de la absoluta transparencia. Cristiano ha resultado ser exactamente quien aparentaba. No hay enigma posible en la marcha de Cristiano como no lo hay en Cristiano mismo, leyenda viva labrada a golpe de evidentes abdominales, un exhibicionista de su propia fuerza de voluntad. Huérfano prematuro, de cuna miserable, aislado pronto por la exigencia competitiva y una fama inverosímil, su determinación de ser el mejor necesitó un rasero inequívoco para medir el afecto y lo encontró en el dinero. Su ventaja es que se puede contar; su desventaja, que nunca deja de contarse. Nunca es suficiente porque el dinero es una metáfora caníbal que devora el valor de las cosas que no tienen precio.

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2 octubre, 2018 · 10:40