Jumilla, nación soberana

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Proclamación del cantón de Cartagena, grabado.

Al grito de mariquita centralista el último, ya no queda al parecer en España un solo partido que defienda la actual organización territorial del Estado. La Alta Comisionada para Hipersensibilidades Periféricas, doña Soraya, ha abierto despacho en Barcelona con permiso de don Mariano para negociarlo “todo” menos una consulta de autodeterminación, salvedad que tanto le agradecemos todos los españoles soberanos de la nación única e indivisible. Pero no dejaré yo de contribuir al debate constituyente, ofreciendo a nuestros legisladores algunos precedentes históricos a la luz del aviso marxista sobre la repetición de la historia primero como tragedia y luego como farsa, si bien desconozco en qué coño se convierte un país que parte ya directamente de la farsa.

Julio de 1873. España, queridos niños, es una república. Pero contra todo pronóstico, tan anhelada condición no ha pacificado los ibéricos ánimos. Al pie del granadino Arco de Elvira se prepara la tragedia cuando un carabinero pasado de copas se enzarza en una discusión con un republicano, al que termina matando. La noticia corre por toda Granada y prende la indignación de unos paisanos que deciden asaltar el cuartel, y lo consiguen. Se animan a tomar también el polvorín de El Fargue, el cuartel de la Guardia Civil y la sede del Gobierno. Ciegos de gloria nombran una junta revolucionaría, proclaman el cantón de Granada y redactan su propia Constitución, con los siguientes puntos: 1) imponer un tributo de cien mil duros a los ricos; 2) derribar todas las iglesias; 3) levantar una fábrica para acuñar moneda; 4) incautarse de los bienes del Estado; 5) cesar a todos los magistrados de la Audiencia. Lo que se dice el sueño húmedo de la democracia directa, señores.

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2 diciembre, 2016 · 18:41

El estadista Godot

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Cuatro para una reforma.

La necesidad de reformar la Constitución empieza a suscitar tal consenso que podemos estar seguros de que no se reformará nunca. Estas cosas hay que hacerlas en petit comité, porque de lo contrario quiere opinar todo el mundo y al final la controversia acaba congelada en una comisión glaciar, con varios mamuts encerrados dentro.

Dios me libre de llamar mamut a Rodolfo Martín Villa, ni a José Manuel García-Margallo, ni a Alfredo Pérez Rubalcaba, ni a Miquel Roca, todos ellos ponentes del foro casi constituyente que EL MUNDO celebró ayer en el Wellington, quien rogó disculpásemos su ausencia, que tenía lío en Waterloo. Es que fue el propio Roca el que definió lo suyo como «arqueología política». El padre catalán del 78 disertó por videoconferencia con soltura, por momentos parecía un youtuber de la identidad. No sorprendió porque Roca siempre ha tratado de estar en dos sitios al mismo tiempo: Barcelona y Madrid, la Constitución y el Estatut, la soberanía nacional y el soberanismo particular.

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30 noviembre, 2016 · 16:22

La España de Fidel

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¿Compañero de viaje o tonto inútil?

A los cubanos se les ha muerto Fidel, el hombre, pero los españoles no tendremos tanta suerte: aquí sigue vivo Fidel, el símbolo. Y no sólo pervive en la roja devoción de sus beatas: numerosos medios liberales han optado por ilustrar su muerte con el arrogante barbudo de fusil al hombro, como si ese tipo no hubiera muerto hace décadas, en lugar de escoger al decrépito rehén de su propio chándal, gran pérdida para Adidas. Cuando se trata de embalsamar a un mito, el primer borrador de la historia que es el periodismo a veces no resiste la tentación de comportarse como un maquillador forense.

Se ha escrito que Castro fue el último revolucionario de una época, pero quizá fue el primero de otra, la nuestra, que llamamos posmoderna a falta de mayor precisión y que ha confirmado la sospecha nietzscheana: ya no hay hechos sino interpretaciones. Los hechos: Castro dio un golpe de Estado contra una dictadura de derechas para devolver la soberanía y la prosperidad al pueblo, pero se perpetuó al mando absoluto de una isla penitenciaria a la que, después de quitárselo todo, le arrebató también el orgullo de mandar en su hambre, pues malvivía de las limosnas de la URSS y luego de la petrocracia chavista. Las viudas del chivo que cacarean no sé qué sobre educación universal quizá olvidan que Franco aprobó la Ley de Bases de la Seguridad Social.

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La buena (Barberá), el feo (PP) y el malo (Iglesias) en La Linterna de COPE

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28 noviembre, 2016 · 13:57

Si ésta es su piedad

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Honrarás a los muertos.

Lo bueno de la mala conciencia es que al menos presupone una conciencia. Lo bueno de la piel de cordero es que el lobo se la pone sabiendo que desnudo aún inspira temor. Temamos más bien el día en que el llanto amargo del remordimiento se seque. Temamos más bien el día en que los lobos vayan de lobos porque dar miedo salga rentable en una sociedad asilvestrada.

A Rita no la ha matado el periodismo, aliviemos los hombros, compañeros. Cabe el recelo de que apostar cámaras insomnes en los portales de (algunos) sospechosos sea periodismo, pero yo sé que algunos camarógrafos el miércoles sintieron el arañazo siquiera fugaz de un escrúpulo, y eso ya es algo, un brote moral en mitad de la dura tarea cotidiana. A Barberá la ha matado un infarto y, un médico poco corporativo me ha sugerido que entre el primer aviso y la parada irreversible quizá mediara la negligencia. En cuanto a la negligencia mediática, no ha resultado un factor de riesgo tan decisivo, sospecho, como la proscripción de la tribu. En la vida uno se prepara para el ataque del adversario, sea un partido o una televisión: con él cuenta y contra él se crece; lo que el corazón soporta mal es el repudio de los propios cuando ceden a la presión ajena. Por lo demás, ése es un remordimiento que compete al PP, a la amistad de Rajoy, a la desfachatez de Hernando. Yo sigo pensando que Barberá debió apartarse antes, que el partido no tenía otra salida aspirando a un pacto de investidura, que la responsabilidad política debe preceder a la judicial si se desea combatir el desencanto de los electores más volubles de Hamelín.

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25 noviembre, 2016 · 10:37

Apoye a un imputado por Navidad

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Y se hacen la foto frente a la sede de la soberanía contra la que conspiran, madre.

El Hotel Villa Real exhibe una coqueta selección de antigüedades romanas entre las cuales destacan unos vistosos mosaicos. No cabe sino reconocer la coherencia del lugar elegido para la reunión que ayer convocó allí a las teselas más coloridas del Estado plural, desde Bildu hasta En Marea, de Artur Mas a don Gabriel Rufián.

Acudían a suplicar contra el suplicatorio que el Congreso votaba por la tarde para infortunio de Francesc Homs, procesado por desobediencia. No se trataba sólo del entrañable apoyo a un imputado por Navidad, sucedáneo del pobre de Berlanga, sino de desahogar el sentimiento premoderno que opone la democracia a la ley, la excepción a la norma, el privilegio a la igualdad, el Ejecutivo al Judicial, el Medievo a la Ilustración. La tribu a Roma.

Lo expresó muy bien don Artur, algo más canoso pero aún dueño de esa oratoria silbante que alarga las eses finales lo mismo que los soberanismos alicaídos: «Van a permitir que un político sea juzgado por escuchar a la gente. Es una sinrazón y una vergüenza para España entera». Siempre que Mas dice España, algo cálido y punzante nos recorre la piel interior, algo como un chupito. Luego interpeló al PSOE en un rizo de demagogia singularmente espumoso: «¿Es digno hacer presidente a Rajoy y permitir que se juzgue a Homs?».

Tomó luego la palabra el vate Llach, desprovisto de vihuela, para alertarnos contra la baja calidad de nuestra democracia. «La ley no es sinónimo de justicia», aseguró. Y puso como ejemplo el franquismo, pudiendo haber evocado la expulsión de los moriscos, la batalla de Farsalia o cualquier otra iniquidad histórica. Salió al quite Maite Beitialarrangoitia, de dicción tan pedregosa como las canteras de su tierra: «Añoran el colonialismo», decretó. Aitor Esteban protagonizó un interludio más técnico, pero enseguida retomó la elegiaca letanía Alexandra Fernández, cuya marea no es precisamente de conocimientos jurídicos. Porque cargaban todos contra la judicialización de la política, que es como amonestar al agente que nos multa por exceso de velocidad por judicializar nuestra conducción.

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23 noviembre, 2016 · 15:49

El mito de la Transición

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Torcuato, el guionista, y Adolfo, el intérprete.

Hace tiempo que la Transición murió de éxito, pero aun después de muerta sigue reconciliando a los españoles. Sólo que ahora los reconcilia en el desprecio transversal a la difunta. El último consenso emanado del cuerpo insepulto de Santa Transición es un revisionismo impugnatorio que ejercen la izquierda adánica y la derecha matusalénica. Ambas rezongan que la Transición está mitificada, y llevan razón.

Para el podemita paranoide, el 78 fue un apaño elitista del que el pueblo estuvo excluido. Y es verdad, básicamente porque el pueblo, como sujeto histórico, no existe. La Historia la escriben individuos de gran determinación apoyados por grupos de fuerza muy concretos. El pueblo fue arrastrado a la Guerra Civil por ellos, y a la dictadura por ellos, y la Democracia por ellos. Lo que cambia es la catadura de las élites en cada momento, y todos tuvimos la suerte de que las élites de los 70 fueran más presentables que las de ahora. Nunca el establishment estuvo tan barato, queridos conspiradores. Así que la cursi reflexividad del sintagma “nos dimos una Constitución” es, efectivamente, un mito. Nos la dieron a votar, más bien, y por fortuna los españoles votaron lo que les convenía, a la vista del abismo de prosperidad que separa el país de entonces y el de hoy. Para el conservador pedernal, por su parte, el 78 fue una traición a las esencias espirituales de España. Pero su pérdida también es un mito: nuestro proverbial espíritu de contradicción goza de salud vigorosa en el Parlamento y en Twitter.

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21 noviembre, 2016 · 10:17

La cripta colchonera

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Sin pose no hay paraíso.

El Calderón siempre tuvo algo de templo para fieles de la teología de la liberación, y en el día de su último derbi liguero no iba a contradecir su vocación. Ir al campo del Manzanares convalida por una eucaristía de clase donde el sermón siempre versa sobre el cuarto mandamiento: honrarás a tu padre preguntándole por qué somos del Atleti. Ha sido el estadio paternofilial por antonomasia, el lugar en el que un padre toma conciencia de serlo iniciando a su hijo en las verdades morales de la existencia y previniéndole contra las injusticias del poder establecido, es decir, las victorias del Real Madrid. Un club, este, sin padres ni hijos a los que acompañar al fútbol, se conoce.

Sin embargo el relato pedagógico se agrieta cuando uno atiende a la clase de juego propuesto por los aguerridos muchachos de Simeone. Repartió tanta estopa el Atleti que ya nadie confía en que Méndez de Vigo llame al profe Ortega para participar en el pacto de Estado por la educación. En la otra orilla, sin dejar de sonreír, Zidane había vuelto a demostrar que manda más de lo que aparenta, dejando en el banco a los galácticos Ramos y Benzema y apostando por los meritorios Lucas y Nacho. Era la razón francesa frente a la emoción latinoché, que se licuaba de nostalgia alineando a Torres.

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El bueno (Felipe VI), el feo (Fernández Díaz) y el malo (Cañamero) en La Linterna de COPE

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20 noviembre, 2016 · 13:52

Democracia microondas

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Aquí, demócrata.

La política ya no nos calienta el corazón. La frialdad de la tecnocracia acerca el invierno de nuestro descontento electoral. La gestión del poder ha alcanzado tal grado de racionalismo que hiela la sangre de los nostálgicos, del mismo modo que la Ilustración agredía las conciencias feudales. Un creciente número de votantes toma por despotismo ilustrado el orden socioliberal que desde la posguerra rige Occidente y hace progresar a Oriente con la higiene y el desencanto de la aritmética. Contra esa asepsia ideológica se levantan los desclasados, los ofendidos, los interesados en consolar su apocalipsis personal con uno colectivo. Los que preferirían que China se mantuviera sólidamente tercermundista para que Trevor, tosco pero buen chico, pudiera seguir cobrando lo que cobraba por ensamblar coches en Detroit. Piden más democracia. Piden que se consulte más al pueblo. Y sus dirigentes, víctimas medrosas de su propio antiintelectualismo, cumplen el deseo plebiscitario de paso que transfieren su responsabilidad al pueblo, sin sentirse obligados a transferirle también el salario.

Una epidemia referendista ataca barrios, prende regiones y escala hasta los Estados. La idea es tan simple que duele que haya humanos que se resistan a su redondez lógica: votar más nos hará más demócratas. No hay que temer a la democracia. Votándolas, las decisiones de gobierno ganan legitimidad. Y otras inmundicias mentales por el estilo. Es la democracia microondas: calienta pero no cocina.

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18 noviembre, 2016 · 16:18