Archivo de la etiqueta: cultura pop

La hoguera de las identidades

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Fascismo ante una estatua antifascista.

Hemos visto a las conciencias más comprometidas de Occidente vandalizar el monumento a Churchill en Londres y amenazar el de Lincoln en Washington después de que las estatuas de Fray Junípero aparecieran decapitadas en California. Si yo tuviera que escribir un libro sobre el espíritu de nuestro tiempo, elegiría esta anécdota para elevarla a categoría moral. ¿Qué significa que los adalides más contrastados de la libertad sean víctimas de la purga retrospectiva de sus compatriotas?

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9 junio, 2020 · 14:14

‘Air’ Jordan toma tierra

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Cuando volaba.

Es noticia que Michael Jordan comunique al mundo tres párrafos de indignación racial por la muerte de George Floyd. Es noticia porque Jordan, como más alto símbolo de los 90, estaba por encima de las categorías identitarias de raza, sexo y nacionalidad en las que se viene fundando el compromiso político desde que la izquierda perdió ante la derecha la gestión material y se especializó en la espiritual. El mejor deportista de la historia habitaba por derecho propio un olimpo incompatible con militancias pedestres. Jordan era global, a Jordan no se le conocían indignaciones ajenas al drama puramente atlético que se desarrolla en una cancha, Jordan ni siquiera era negro. Otros que sí lo eran, como Spike Lee o Barak Obama, entre medias de su incontenible admiración deslizan en The last dance reproches a la neutralidad ideológica del ídolo, que evitó pronunciarse en público contra un candidato racista republicano -aunque donó dinero en privado a su contrincante- con la madre de todas las declaraciones neoliberales: “Los republicanos también compran zapatillas”. Y sin embargo cualquier activista ha de reconocer que Jordan hizo más por el empoderamiento de los negros que cualquier película de denuncia o que la presidencia histórica de Obama, más histórica que presidencia.

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2 junio, 2020 · 13:19

Contra la anormalidad

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Millonarios.

Dicen unos millonarios en Le Monde que no quieren volver a la normalidad y los comprendo, aunque para decirlo haya que ser millonario. Marx enseñó que la conciencia del personal nace de su bolsillo antes que de su corazón, pero los ricos de su época solo pretendían seguir siendo ricos mientras que los de ahora anhelan conservar a la vez el dinero y el planeta. La clase social se ha quedado pequeña: hoy el millonario que no aspire a integrar la clase planetaria no es más que un nuevo rico, carne del bajo cuché. La conciencia anticonsumista no arraiga en las banlieues de París sino en la alfombra roja, y por eso firman el manifiesto Almodóvar, Madonna, Bardem y otros aristócratas felizmente emancipados de onerosos dilemas como el que disuade al currito de jubilar la furgoneta diésel para mantener las extraescolares del niño.

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10 mayo, 2020 · 22:52

Del amor y sus edades

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Enigma.

Clavó el símil Gimferrer porque la mecánica del amor es tan vasta como el océano, pero la edad ayuda a sacar algunas conclusiones. Al delicado asunto de quererse le corresponden quizá tres fases artísticas. Por una ingenua confusión entre la química y la poesía que se comprende más tarde, al amor se accede por el romanticismo. Pinitos becquerianos, candados en un puente, pop lastimero, falta de apetito y hasta navajazos a un árbol. Esas muescas platónicas hoy se inscriben en la red: los tecnoadolescentes actuales llaman crush a esa tierna afección que se crece en la falta de correspondencia no de la persona deseada, sino del amor propio. Las tonterías que llegan a hacerse en semejante estado son inenarrables. Ortega, que define el amor como la entrega por encantamiento, sostiene que eso ocurre porque la atención que roba el ser amado se resta de nuestro suministro habitual de inteligencia. El coeficiente sufre una mengua drástica. Esto se advierte muy bien desde fuera, pero conviene ser piadoso con los infectados.

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17 febrero, 2020 · 10:47

Se declara desierto el Premio Gistau

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En el boxeo.

Pero dejemos la anécdota memorable en el cofre de la intimidad y hablemos de la obra de Gistau, que es lo que ha de quedar. Si el estilo es el hombre y el carácter es el destino, David estaba obligado a llevar al folio su temperamento, que no es fácil de categorizar. Una buena parte de republicanismo afrancesado, una porción de americano vocacional, otra de casticismo de Chamartín y un torrente de sangre jacobina. Gistau no distinguía entre alta cultura y cultura pop, de modo que en la coctelera de sus referencias nadan mezclados Woody Allen, una legión romana, el Maradona previo a su narcodegradación, las camisetas de Motörhead, el madridismo ochentero, las novelas de Salter y los reportajes de Mailer, el Ali que meó sangre de por vida tras vencer a Frazier en Manila, un torero llamado Mazzantini que decía que era su antepasado y todos los clanes mafiosos que caben en la geografía del sur de Italia. Y ahí se alimentaba, más o menos.

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13 febrero, 2020 · 9:48

La paradoja de la celebridad

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Persona o leyenda.

En la muerte de Kobe Bryant, bajo el elogio unánime al que nos convoca siempre la tragedia, hemos leído semblanzas contradictorias del finado. Bryant era un hombre amable y cálido, siempre dispuesto a atender a los medios incluso en el idioma materno del reportero, sobre todo si era español o italiano. Pero Bryant era también un atleta frío y arrogante, cuya ambición cegaba a menudo sus miramientos con el prójimo. ¿Quién de los dos era Bryant?

Bryant sería frío y cálido, amable y arrogante, porque más allá de la longitud de onda de cada cual, todos los vivos somos ondulantes. Ocurre que las celebridades están más expuestas que los anónimos al juicio categórico. No se trata solo del viejo mecanismo de la idolatría humana, que disfruta renegando de los mismos dioses que fabricó, ritual antropológico del que se nutre la industria del corazón. Se trata de que una persona célebre, en la sociedad hiperconectada, nunca logrará que el predicado de su personalidad se imponga al predicado de su celebridad. A todo sujeto famoso le faltarán los atributos propios. El famoso es por definición indefinible. Y cuanto más famoso es alguien, menos sabe nadie cómo es en realidad. A esta irritante aporía podríamos llamarla paradoja de la celebridad.

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28 enero, 2020 · 10:22

El farsante al que llaman Banksy

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Farsa posmo.

Acabo de volver de Roma, que no es una ciudad que necesite un mural de Banksy para ponerse en el mapa. Pero Venecia tampoco lo es, y sin embargo si la última Bienal mereció un espacio en los medios fue gracias a una performance del ubicuo grafitero. En ella interpretaba a un artista urbano que despliega en la plaza de San Marcos un collage de cuadros que componen la odiosa imagen de un crucero irrumpiendo en el Gran Canal. Acerada crítica del turismo de masas, concluyeron los analistas. También se le atribuyó la figura de un crío con una antorcha como las que prenden los inmigrantes rescatados en el Mediterráneo. Conmovedora denuncia de la fosa común que se abre a las pies de Europa, tuitearon los más sensibles desde la panza de Europa. Ah, oh. Genio.

Sabemos que Banksy no es un artista precisamente por la automática y universal aceptación que cosechan sus pintadas. Lo suyo es arte solo en la misma medida en que lo de Sergio Ramos es coleccionismo. Con la diferencia de que Ramos no finge escándalo ante la eterna relación entre dinero y arte, componenda que ya Giotto censuró con bastante más credibilidad -y mejor dibujo- que el del spray. Tampoco es novedoso el cuco intento de hacer pasar por transgresión la pura catequesis. Banksy no epata a nadie con sus ternuristas jeremiadas contra la sociedad de consumo o la maldad del corazón humano; al contrario, adula los instintos morales más primarios. Nada genera hoy consensos más inmediatos -y lucrativos- que deplorar el turismo que todos practicamos o declarar el pacifismo por el que ninguno nos hacemos misioneros. Madrid acumula en unos metros algunos de los cuadros más sublimes del mundo, pero me temo que Banksy abriría un concurrido itinerario para estetas de Instagram con solo dejarse caer por Lavapiés y pintar un mantero lloroso en un muro desconchado.

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9 junio, 2019 · 23:41

Daenerys Ibárruri

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Totalitarismo.

De Juego de Tronos -rindámonos a las referencias de nuestro tiempo- solo he sido capaz de extraer dos lecciones políticas. La primera equivale a una vieja ley histórica que el adagio latino enunciaba así: Corruptio optimi pessima. La corrupción de los mejores es la peor. Nadie tan bello como Lucifer. El aristócrata degenera en tirano desde el caso emblemático de Calígula. Luego la buena cuna fue sustituida por las buenas intenciones, es decir, por la ideología. Por eso prefiero la cínica variante de Voltaire -“Lo mejor es enemigo de lo bueno”- y la precisión visionaria de Rilke: “Todo ángel es terrible”. Toda rubia cabalga un dragón. Toda utopía proyectada a un futuro siempre impuntual se cobra un precio abusivo en el presente concreto, razón de que Camus dejara de ser comunista.

Porque Juego de Tronos puede leerse también como la enésima constatación del sangriento naufragio de todas las revoluciones. El comunismo, la utópica persecución de la armonía universal, cuesta cien millones de muertos y muchos más de miserables supervivientes, pero aún hay fantasiosos jinetes de dragones a los que la factura les parece asumible en comparación con una aurora de fraternidad que cautiva y nunca asoma. Basta una crisis económica para regresar religiosamente a la promesa de una igualdad imposible y seducir a unos cuantos votantes tan inexorablemente condenados a la frustración como los espectadores imprudentemente enamorados de Daenerys. El primero de ellos -el primero de su nombre- fue Pablo Iglesias, que se presentaba como khaleesi anticasta de los españoles; o sea, no estaba enamorado de Daenerys sino de sí mismo, cosa que sospechábamos. Ahora que el guion arroja el único final posible para esa loca con trenzas embriagada de poder, Iglesias tuitea su decepción. Acusa el reflejo que le devuelve el espejo de la historia. Al fin y al cabo, Daenerys no es más que un Maduro sin bigote. Otra Pasionaria.

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18 mayo, 2019 · 12:44