Antes el periodismo nacía de una sospecha infalible: el poder nos miente. Por entonces el poder estaba claramente identificado: bastaba mirar arriba, al origen de todas las sospechas. Fue la edad heroica de los muckrakers, aquellos reporteros que se enfrentaban con coraje a una casta localizada de caciques y plutócratas.
No hace falta haber leído los Escritos anticristianos de Voltaire para ser tomado por un racionalista respetable, como lo era el finado Jürgen Habermas. En célebre diálogo con Ratzinger vino a reconocer la insuficiencia moral de la razón democrática. Es decir, concedió que la democracia solo pervive bajo ciertas condiciones espirituales que ella no puede generar por sí misma. El pensador alemán, considerado el padre de la democracia deliberativa, era un optimista de la razón pero no se engañaba respecto de sus limitaciones epistémicas. Por eso no le importó conceder ante el futuro Benedicto XVI que la razón se vuelve cínica si no se beneficia de las intuiciones morales preestablecidas por la religión, del mismo modo que Ratzinger sostuvo que la religión necesita a la razón para no volverse fanática.
Cabe preguntarse hasta dónde habría llegado Pedro Sánchez con el físico de Gaspar Zarrías. El hombre que todavía preside el Gobierno español debe seguramente su carrera política a la clase de desparpajo que fomenta la apostura. Lo que viene siendo el chulo madrileño de toda la vida, o sea. El cuajo del burlador, por acogernos al canon sevillano, que delata una ausencia olímpica de escrúpulos para seducir sin permiso y negarlo después. Un narciso nato acentuado por la costumbre de llegar y vencer, y que por eso mismo no sabe lidiar con la frustración. Cuando le oigo hablar, con esa oquedad de odre que falsea cada una de sus sílabas, siempre me acuerdo de la frase que se le escapó a cierto diputado socialista menos agraciado que él, compañero de salidas nocturnas en los dulces tiempos de las Juventudes: «Cómo se nota que este no ha tenido que hablar para ligar». Efectivamente, si Pedro suena a falso es porque nunca necesitó trabajarse la credibilidad discursiva o la empatía emocional para satisfacer un instinto.
En aquel tiempo se publicó un auto de un juez que imputaba varios delitos a un expresidente socialista, célebre por su buena voluntad, su corazón puro, su vida sencilla y sus ansias infinitas de paz. La noticia se divulgó por toda Judea y por las regiones vecinas, y llegó a oídos de fariseos, saduceos y zelotes. Al principio se negaron a creerlo, porque aquel expresidente había sido grande en obras y palabras. Así que enviaron emisarios (vulgarmente conocidos como asesores) para atestiguar la credibilidad del auto.
Visto lo visto, debimos haber enviado a María Jesús Montero a Eurovisión. Dotes para el histrionismo más o menos involuntario nunca le faltaron, y tenía bastante más que ganar en Viena que en Sevilla. En su descargo, siendo piadosos, podríamos alegar que ella era muy consciente de sus limitaciones cuando se resistió a cumplir el encargo orgánico de su señorito. La mujer más poderosa del conjunto de la democracia según ella misma no reunía el poder suficiente para plantarse ante Pedro y negarse a bajar al matadero andaluz. Pero él se le dio todo y él se lo quitó. Bendito sea aquel en cuyo nombre son sacrificados los candidatos socialistas de todas las elecciones.
Un demócrata no es alguien que vota cada cuatro años en la esperanza de que los suyos lleguen al poder. Un demócrata es alguien que prefiere que manden los otros antes que tolerar que los suyos lleguen al poder haciendo trampas. Y por trampas cabe entender el pucherazo electoral, la demagogia desorejada o la violencia política.
A vueltas con el aquelarre latinoché de Pedro en Barcelona, la politología más atenta ya ha señalado el enésimo volantazo de nuestro Socialista Internacional, que ya es todo lo que queda de la Internacional Socialista. Un presidente sobrado de imputados y falto de presupuestos que viaja por el mundo predicando la paz para no asumir las consecuencias domésticas del guerracivilismo que él exhumó y que lo inhumará en un año. Poco nos parecen los 200 pavos en maquillaje que gasta nuestro superhéroe -yo sospecho que es de los que se maquillan también para estar por casa-, teniendo en cuenta los estragos venideros de la agenda judicial y del calendario electoral.
El caudillo vitalicio de la mayor dictadura del planeta, que responde al nombre de XiJinping y no tolera que lo comparen con Winnie the Pooh, le ha dado a Pedro la bienvenida al «lado correcto de la historia». Lo ha hecho además en la plaza de Tiananmén, célebre por la masacre que ordenó el lado chino de la historia contra su propio pueblo. Pedro contaba 17 años cuando ocurrió, pero ya sabemos que su memoria es muy selectiva. Tampoco se acuerda de cuando acusaba de rebelión a Puigdemont y prometía traerlo para sentarlo ante los jueces. Ni de cuando se echaba unas risas con su amigo Jose (luego gran desconocido) a costa de cierta pájara que dormía con el uniforme de ministra de Defensa. Ni mucho menos de cuando el suegro le financiaba las primarias con los húmedos rendimientos de sus saunas. El presente de Pedro siempre supera su pasado, y a medida que familiares y colaboradores resbalan hacia el banquillo él asciende más en la escala luminosa del liderazgo ético: actualmente solo rivaliza con el Papa en animosidad trumpista. Titulares lacónicos como el de la BBC («Esposa del primer ministro español, acusada de corrupción tras dos años de investigación») no pueden alcanzar a alguien centrado en preservar la paz en el mundo, tarea para la que cuenta con la inestimable ayuda del comunismo chino, el terrorismo islamista y el narco bolivariano, por citar tres lados de la historia que recientemente han agradecido al presidente español sus labores. A mí me cuesta imaginar el rostro de León XIV estampado en un misil iraní, pero no tengo dudas de que Sánchez tratará de instrumentalizar políticamente la visita papal.