Un demócrata no es alguien que vota cada cuatro años en la esperanza de que los suyos lleguen al poder. Un demócrata es alguien que prefiere que manden los otros antes que tolerar que los suyos lleguen al poder haciendo trampas. Y por trampas cabe entender el pucherazo electoral, la demagogia desorejada o la violencia política.
A vueltas con el aquelarre latinoché de Pedro en Barcelona, la politología más atenta ya ha señalado el enésimo volantazo de nuestro Socialista Internacional, que ya es todo lo que queda de la Internacional Socialista. Un presidente sobrado de imputados y falto de presupuestos que viaja por el mundo predicando la paz para no asumir las consecuencias domésticas del guerracivilismo que él exhumó y que lo inhumará en un año. Poco nos parecen los 200 pavos en maquillaje que gasta nuestro superhéroe -yo sospecho que es de los que se maquillan también para estar por casa-, teniendo en cuenta los estragos venideros de la agenda judicial y del calendario electoral.
El caudillo vitalicio de la mayor dictadura del planeta, que responde al nombre de XiJinping y no tolera que lo comparen con Winnie the Pooh, le ha dado a Pedro la bienvenida al «lado correcto de la historia». Lo ha hecho además en la plaza de Tiananmén, célebre por la masacre que ordenó el lado chino de la historia contra su propio pueblo. Pedro contaba 17 años cuando ocurrió, pero ya sabemos que su memoria es muy selectiva. Tampoco se acuerda de cuando acusaba de rebelión a Puigdemont y prometía traerlo para sentarlo ante los jueces. Ni de cuando se echaba unas risas con su amigo Jose (luego gran desconocido) a costa de cierta pájara que dormía con el uniforme de ministra de Defensa. Ni mucho menos de cuando el suegro le financiaba las primarias con los húmedos rendimientos de sus saunas. El presente de Pedro siempre supera su pasado, y a medida que familiares y colaboradores resbalan hacia el banquillo él asciende más en la escala luminosa del liderazgo ético: actualmente solo rivaliza con el Papa en animosidad trumpista. Titulares lacónicos como el de la BBC («Esposa del primer ministro español, acusada de corrupción tras dos años de investigación») no pueden alcanzar a alguien centrado en preservar la paz en el mundo, tarea para la que cuenta con la inestimable ayuda del comunismo chino, el terrorismo islamista y el narco bolivariano, por citar tres lados de la historia que recientemente han agradecido al presidente español sus labores. A mí me cuesta imaginar el rostro de León XIV estampado en un misil iraní, pero no tengo dudas de que Sánchez tratará de instrumentalizar políticamente la visita papal.
Siempre que se aproxima un periodo vacacional las radios se ponen a emitir los entrañables anuncios de la Dirección General de Tráfico. Usted sabe: la voz cavernosa, el victimario atormentado, el frenazo seguido del impacto, la fúnebre nota sostenida del electrocardiograma. Son fábulas morales adscritas a un género negrísimo, entre el lienzo de Solana y el catecismo del padre Astete: unos ejercicios espirituales encomendados cíclicamente a ciertos espíritus severos que cada año escapan de la cripta de algún convento barroco, guionizan el escalofriante spot de la temporada y retornan discretamente al inframundo.
Puede que Juanma Moreno haya acertado con la fecha electoral, pero ahora debe gestionar bien la expectativa. No vaya a ser que se tome el milagro rociero de la mayoría absoluta por rutina descontada, y un triunfo histórico pase por victoria pírrica en caso de que el ganador termine necesitando un par de escaños para su investidura.
A diferencia de lo ocurrido en otras democracias de nuestro entorno, en la numantina España resiste el bipartidismo (al menos nominal) que democristianos y socialdemócratas instituyeron en la posguerra para canalizar el conflicto social, civilizar la dialéctica amigo/enemigo y proteger a los ciudadanos de los fervorines ideológicos que convirtieron la primera mitad del siglo XX en una morgue masiva. Tal fue el éxito de la fórmula que un pensador estadounidense de origen japonés decretó el fin de la historia. Y ahora que la historia parece regresar con fuerza, España también vuelve a ser diferente. Pero esta vez por fortuna.
Un día las elecciones de Castilla y León de 2026 serán recordadas con lágrimas de añoranza por todos los amantes de la vieja política. Es decir, por todos esos ciudadanos que aborrecen el mesianismo, que no necesitan posicionarse cada cinco minutos en el lado correcto de la historia, que experimentan un vívido bochorno ante la espontaneidad milimetrada del político que se graba jugando con su perrita y que jamás han depositado en sus representantes otra expectativa que la de ser capaces de cuadrar un presupuesto, mantener los servicios públicos, garantizar el orden en la calle y a ser posible no meter la mano en la caja.
Hay unas elecciones el domingo, por si usted no lo sabía. Podemos considerar esta campaña en sordina como un sincero tributo a la proverbial austeridad del carácter castellano. O podemos reconocer que es difícil competir por la atención ciudadana cuando estalla una guerra en Oriente Próximo y el presidente de tu país sale de la cabina de La Moncloa convertido en superhéroe, según doctrina sentada por Ana Redondo: quién mejor que una ministra de igualdad para reconocer al primus inter pares de la democracia.