La candidiasis es una enfermedad causada por un hongo que vive de forma natural en el cuerpo humano -o social- y de pronto empieza a multiplicarse en exceso. Esto sucede cuando se altera el equilibrio de la flora institucional y bajan las defensas y los contrapesos del Estado de derecho.
La primera parte de la palabra democracia hace referencia al censo electoral. El demos no es el pueblo en sentido social ni folclórico; es la comunidad política con derecho a decidir quién debe gobernarlo. En la democracia griega ni las mujeres ni los esclavos ni los idiotas estaban incluidos en esa comunidad decisoria, pero en las democracias modernas todos son bienvenidos a condición de que acrediten una misma nacionalidad. En las mejores democracias, como la danesa, un nacional puede perder su derecho a voto por vivir fuera del país. Pero en todo caso la nacionalidad es una categoría espacial, no temporal: acota a los pertenecientes por nacimiento o por voluntad reglada a un determinado lugar en el mundo, no a una determinada época de la historia. Este límite es el que pretende romper Pedro con el acelerador de partículas genealógicas conocido como ley de Nietos-Puente, una cacicada sursudanesa con nombre de árbitro de segunda que, en efecto, perseguía una ampliación arbitraria del censo en la esperanza de acarrear hasta las urnas a votantes no maleados por los seudomedios españoles. Este es el plan que acaba de frustrar el Supremo, para gran cabreo de Pedro. Y cuando Pedro se cabrea, Cándido sabe que tiene que quitarse la toga y ponerse la librea.
Un cordón sanitario recorre Europa, pero opera más bien como nudo corredizo en la garganta de los votantes. Cada vez más congestionados por la cólera que les provoca el agravio sistemático a su opción de voto, la reacción de estos electores no es precisamente el desánimo sino la proliferación. La democracia tiene una manera muy suya de contradecir a sus voceros más apasionados. Hemos necesitado unas cuantas elecciones para darnos cuenta de que el cordón sanitario ni aísla ni cura. Como cualquier decisión nacida del ejercicio de la superioridad moral, sus efectos terminan resultando contraproducentes.
Se acusa a la oposición de ser meramente reactiva. Se le advierte de que no podrá alcanzar esa dimensión mística que llaman «alternativa ilusionante» si se limita a reaccionar a los valores progresistas de Gobierno, entre los que ya nadie puede dudar que se encuentra la corrupción. Menos sonrisas: la corrupción era un valor para Robin Hood, que delinquía para redistribuir, y si atendemos a la biografía de Santos Cerdán o Leire Díez será obligado reconocer que lograron robar a los ricos para ayudar a los menos ricos, como ellos mismos. La SEPI sanchista, donde literalmente no cabe un imputado más, era en realidad el bosque de Sherwood. Y la ópera prima de don Santos, concebida como el Quijote en un lugar de Madrid de cuyo nombre no quiere acordarse, no afirma nada distinto de lo que argumenta hoy la jerarquía del partido que lo expulsó: no existe corrupción generalizada sino persecución política, causa general contra los valores redistributivos de la izquierda.
Antes el periodismo nacía de una sospecha infalible: el poder nos miente. Por entonces el poder estaba claramente identificado: bastaba mirar arriba, al origen de todas las sospechas. Fue la edad heroica de los muckrakers, aquellos reporteros que se enfrentaban con coraje a una casta localizada de caciques y plutócratas.
No hace falta haber leído los Escritos anticristianos de Voltaire para ser tomado por un racionalista respetable, como lo era el finado Jürgen Habermas. En célebre diálogo con Ratzinger vino a reconocer la insuficiencia moral de la razón democrática. Es decir, concedió que la democracia solo pervive bajo ciertas condiciones espirituales que ella no puede generar por sí misma. El pensador alemán, considerado el padre de la democracia deliberativa, era un optimista de la razón pero no se engañaba respecto de sus limitaciones epistémicas. Por eso no le importó conceder ante el futuro Benedicto XVI que la razón se vuelve cínica si no se beneficia de las intuiciones morales preestablecidas por la religión, del mismo modo que Ratzinger sostuvo que la religión necesita a la razón para no volverse fanática.
Cabe preguntarse hasta dónde habría llegado Pedro Sánchez con el físico de Gaspar Zarrías. El hombre que todavía preside el Gobierno español debe seguramente su carrera política a la clase de desparpajo que fomenta la apostura. Lo que viene siendo el chulo madrileño de toda la vida, o sea. El cuajo del burlador, por acogernos al canon sevillano, que delata una ausencia olímpica de escrúpulos para seducir sin permiso y negarlo después. Un narciso nato acentuado por la costumbre de llegar y vencer, y que por eso mismo no sabe lidiar con la frustración. Cuando le oigo hablar, con esa oquedad de odre que falsea cada una de sus sílabas, siempre me acuerdo de la frase que se le escapó a cierto diputado socialista menos agraciado que él, compañero de salidas nocturnas en los dulces tiempos de las Juventudes: «Cómo se nota que este no ha tenido que hablar para ligar». Efectivamente, si Pedro suena a falso es porque nunca necesitó trabajarse la credibilidad discursiva o la empatía emocional para satisfacer un instinto.
En aquel tiempo se publicó un auto de un juez que imputaba varios delitos a un expresidente socialista, célebre por su buena voluntad, su corazón puro, su vida sencilla y sus ansias infinitas de paz. La noticia se divulgó por toda Judea y por las regiones vecinas, y llegó a oídos de fariseos, saduceos y zelotes. Al principio se negaron a creerlo, porque aquel expresidente había sido grande en obras y palabras. Así que enviaron emisarios (vulgarmente conocidos como asesores) para atestiguar la credibilidad del auto.