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El madridismo existencial

Adios al primer grande de la historia del futbol, hasta siempre Don Alfredo Di Stefano

Contigo empezó todo.

El madridista se lleva la mayor sorpresa de su vida cuando despierta al uso de razón y descubre a su alrededor personas que no son del Real Madrid. De esa delicada epifanía tarda mucho en reponerse, si llega a hacerlo, porque él ama a sus semejantes y desea lo mejor para ellos. Pero terminará asumiendo la herejía con un encogimiento de hombros y acaso un vago ademán filantrópico con el que quiere expresar su comprensión de la debilidad humana. No es que se sienta superior a los demás; es que ha tenido la fortuna de pertenecer al mejor club del mundo, lo cual significa que el resto de equipos son peores que el suyo.

Como del palmarés no cabe discutir, porque las matemáticas no se dejan opinar, queda graduar los decibelios del sentimiento. ¿Es el Madrid una pasión? Quien compare ciertas tardes gélidas del Bernabéu con el sudor y la fiebre en las gradas de otras aficiones menos habituadas a la victoria se inclinará por dudarlo. Hay días, muchos días, en que el Madrid gana por inercia funcionarial como el deber absurdo de un personaje kafkiano. Gana porque esa camiseta lleva ganando toda la vida y no va a dejar de hacerlo justo ahora. Gana porque sabe que debe ganar y punto. Y hay aficionados a los que eso no les basta, como hay españoles que ya no recuerdan la época en que la achicoria suplía al café y las alpargatas de lavandera estaban muy lejos de presagiar los Jimmy Choo de ejecutiva. A los entrañables tribuneros de la pipa y de la queja les recordamos: también su Madrid pasó 30 años sin ganar una Champions. Y el jubiloso hecho de que ahora las gane con renovada facilidad -acorde con el linaje que fundó su gloria- no debería borrar la memoria latente de la frustración, del capricho de la suerte, de los labios de cobra del triunfo.

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31 mayo, 2017 · 12:29

Las dos musas de Raúl del Pozo

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[Reproduzco a continuación el prólogo que escribí para El último pistolero, el último libro de Raúl del Pozo, que ya está en las librerías bajo el benemérito sello de Círculo de Tiza. Fue un honor]

Tiene escrito Raúl del Pozo que no piensa ir a ningún entierro sino al suyo propio. Pero miente porque no fue al de Umbral pero sí estuvo en el de Ruano, donde declaró solemnemente que ya no se divertiría tanto hasta que muriera Azorín. De modo que Raúl evita los entierros por una complicada penitencia que consiste en no reírse de un mundo irrisorio, el muerto el primero. Y en esto no hace sino prolongar la risa escalofriante de la calavera barroca, que es una de sus musas. Porque la prosa de Raúl abreva en el Siglo de Oro sin ninguna prosopopeya, con la familiaridad con que la amante indecorosa usurpa cada noche nuestro cepillo de dientes. No muchos columnistas pueden aún mentar a Quevedo sin mancharse la boca. A mí de momento sólo se me ocurre uno, y se llama Raúl del Pozo.

Pero asiste a Raúl el capricho de otra musa, que no es negra y clasicista sino callejera y solar, y que se llama periodismo. Si el columnista umbraliano es aquel que lleva todos los días flores a su propia tumba, Raúl jamás se ha preocupado de cebar el cementerio de las frases brillantes, esas que hoy son y mañana se echan al fuego, junto con el resto del periódico un día de barbacoa. Voltaire nos recomendó cultivar nuestro jardín y Baudelaire nos dio a libar las flores del mal, pero ni Voltaire nació asomado a la ferocidad de las hoces del Júcar ni Baudelaire se peleó con los chulos de la calle de Huertas, donde la redacción de Pueblo revolvía, al decir de los mayores, los vicios y las ambiciones del oficio con un descaro legendario. Ahora bebemos fuera de la redacción, Raúl, pero bebemos.

Conocí al autor mucho después de empezar a leerle. Fue el 23 de abril de 2014, un año antes de recalar yo en El Mundo. La revista Leer organizaba por el día del libro una charla sobre la crónica parlamentaria como género literario. Invitó de ponentes a Víctor Márquez Reviriego, a Raúl del Pozo y al incrédulo abajofirmante. Allí declaró Raúl su deuda con Azorín, y por modestia no añadió –lo hago yo ahora– que suya es la estirpe que nace en Larra, se arremolina con Ramón, fluye por Ruano y cae en cascada a partir de Umbral. De ese manantial tiene que beber quien quiera probar la corriente más fresca de nuestras letras recientes, que es el columnismo; no digamos ya quien quiera escribirlo.

El lector que vague por la acrópolis que tiene en las manos constatará con asombro que todas las columnas siguen en pie. Esta terca resistencia desafía el dicterio de Connolly, que escribió que el periodismo, por su propia naturaleza, estaba excluido de cualquier participación en el mañana. Este libro participa del mañana tan bien como del pasado reciente, y ello se debe creo yo al envidiable concurso de las dos musas citadas. Si el lector sólo encontrara aquí literatura, aún podría pasear los ojos por una hermosa naturaleza muerta. Si el lector solo hallara periodismo, no traería cuenta talar más árboles para reimprimir estas piezas. Pero han de saber ustedes que a la madera así invertida no le pudo caber mayor honor.

Posee nuestro columnista el don de la frase perfecta, lo cual no es ninguna suerte, porque puede ahogar el sentido bajo los arrullos de sirena del ritmo, el látigo de la esdrújula y el fogonazo ninja que deja la nada cuando se disipa el humo. A Raúl le ha importado siempre significar, y por eso huye de la abstracción y se aferra a las cosas pequeñas. Se le llama ahora a esto, con verborrea de coach mingafría, salir de la zona de confort. Raúl sale de ella como de las metáforas inútiles y de los funerales: porque se encontraría demasiado cómodo. Por eso en su última reencarnación se ha inventado un columnismo de confidencia y de exclusiva, y cada día llama o le llaman los primeros políticos de este país no para conminarle a observar un off the record sino para rogarle que lo transgreda, con la negrita bien clara. Tampoco se me ocurre otro a quien esto se le consienta.

De manera que la contraportada de El Mundo, que un día por semana me honra compartir con él, atrapa el ruido de la calle para no ensordecernos con los violines llagados del narcisismo. Y a veces afina tanto el radar de su escritura que pulsa el latido de la Españeta eterna. De esa finura nace esta antología. Yo les diría a los estudiantes de Periodismo que se olvidaran por un puto día del trending topic, del posicionamiento SEO y del número de visitas y aprendieran de Raúl a usar el lenguaje, que es lo que les dará de comer, si no se les adelanta un colombiano con más y mejores lecturas. Yo, si me dejaran, les tiraría este libro como Cela –que tanto quiso a nuestro columnista– le tiró un día mil pesetas a un mendigo a la salida de un lujoso restaurante: “¡Toma, anda, para que escarmientes!”

Al estilo de Raúl unas veces le sopla la musa cheli del casticismo que sabe demasiado fuerte para el tecnolenguaje aséptico de ahora, esa sopa Childs cuyo éxito universal cifraba Camba precisamente en una insipidez que a nadie disgusta. Y otras veces le toca el arpa la musa elevada de Grecia y de Roma, y entonces me lo imagino alzado sobre coturnos y cubierto con la túnica, con un agujero oportuno para la pija. Porque la sicalipsis a menudo embravece su imaginario y todavía epata a las burguesas, y quizá a alguna duquesa. Hay días en que uno no sabe si Del Pozo es un Bradomín guapo, bolchevique y sentimental y días en que se nos aparece como un golfista perfectamente british. Aunque con el golf no admite bromas y se cabrea si lo tildan de elitista: lo es, pero porque la élite no va en la clase sino en la inteligencia. Yo confieso que a veces la audacia de Raúl me ha hecho envejecer de golpe por comparación: en los cócteles y en las columnas, en el Manolo y por teléfono: “Bustos, por vender más un día nos pedirán que salgamos en la contra haciéndonos una paja”. En tanto llega tan gozoso apocalipsis, quiero dejar aquí mi nota admirada por un hombre que es pura raza de las letras, que incluso habla en pedazos redondos de escritura y que permanece incólume mientras el mundo –¡mi mundo!– se va rápidamente licuando entre balbuceos de ágrafos digitales.

 Madrid, 1 de febrero de 2017

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9 mayo, 2017 · 10:36

Dos entrevistas

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El autor de este blog.

Olvidé subir aquí un par de entrevistas que tuvieron a bien hacerme recientemente. Las cuelgo ahora por si entrañasen algún interés, y por dejarlas indexadas en el archivo de mis Cortesías.

La primera es de los jóvenes compañeros de El Reverso, revista online de metaperiodismo a la que deseo toda la fortuna que la pasión de sus promotores merece.

La segunda es la más exhaustiva que nunca me han hecho, y se publicó en El Confidencial Digital. El mérito o la paciencia fueron de Álvaro Sánchez León y de su fotógrafo, Álvaro García Fuentes.

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11 abril, 2017 · 21:46

Libres e Iguales, Teatro Calderón, artículo 12

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Victoria Vera y yo, en el teatro Calderón.

[Reproducimos a continuación el texto que escribí para el acto en defensa del acuerdo constitucional que, convocado por Libres e Iguales, tuvo lugar del 21 de junio de 2016 en el teatro Calderón. Mi pareja constituyente fue Victoria Vera (V-), que interpretó conmigo lo que sigue, bajo una apoteósica y consensuada salva de aplausos]

AQUÍ, vídeo completo del acto

J- Título I. De los derechos y deberes fundamentales

V- Capítulo primero. De los españoles y los extranjeros

J- Artículo 12. Los españoles son mayores de edad a los dieciocho años. Damas y caballeros, urge reformar la Constitución ya solo por este artículo, a todas luces desfasado. La sociedad española ha cambiado y hoy la mayoría de edad, en el sentido kantiano de tan alta condición, no puede ya predicarse de los congéneres que han cumplido los 18 años.

V- Ni de muchos que tienen más, ya que estamos.

J- Kant identificó la mayoría de edad del hombre con la era ilustrada, es decir, con la primacía rectora de la razón universal sobre cualquier sentimentalidad identitaria, parcial, subjetiva. Sin embargo, hoy la razón está completamente desacreditada en nuestra vida pública. En tanto que la emoción más primaria, patrimonio como se sabe del adolescente a falta de otra claridad, cabalga contradicciones caminito del sorpasso, que como saben ustedes significa adelantamiento.

V- La razón es de paso lento, pero la niñez se caracteriza por la impaciencia, y hay niños con barba que no pueden esperar. Quieren el poder y lo quieren ya. Ya pensarán después.

J- Hay que reformar el artículo 12 de la Carta Magna, pero en el sentido opuesto al que reclamó, en esta ominosa y fugaz legislatura, una moción de Esquerra Republicana que contó con el apoyo entusiasta de Podemos e IU, el respaldo lerdo del PSOE, el sí efébico de Compromís y la afirmación vergonzante de Democracia, Andorra y Libertad, antigua Convergencia. Se trataba de una propuesta cosmética, pues no había ejecutivo que la aplicara. Pero el gesto enseña un cálculo y una rendición. El cálculo es desde luego astuto: Unidos Podemos sabe que es la primera fuerza de largo entre los menores de 40 años. Su popularidad entre los de 15 a 25 años ya resulta directamente propia de una Kardashian o un Justin Bieber.

V- Para qué trabajar un programa si puedes forrar una carpeta. Pero aparte del puro cálculo electoral, esta reivindicación de la izquierda pueril comporta una rendición: la de quien confía ya muy poco en su capacidad para seducir a mentes adultas y ha de conformarse con excitar los humores del parvulario. Lágrimas melancólicas llora la vieja, la genuina socialdemocracia.

J- Por todo ello pienso que el debate constituyente debería plantearse en torno a la conveniencia de elevar la edad del votante, no de rebajarla más. Si ahora dicen que los 30 son los nuevos 20, si las discotecas están llenas de canosos interesantes y tersas maduritas, si la ciencia estira la vida que es una barbaridad, ¿por qué la política no va a reconocer en la ley lo que ya es normal en la calle? Pongamos a los 20 años, señorías. Para entonces es posible que un español ya haya experimentado algún choque con la realidad:

V- Unos cuernos, una resaca histórica, un susto con la moto, un José Luis Rodríguez Zapatero, un Alexis Tsipras; una de esos serios avisos con que la vida nos concede la oportunidad de madurar.

 J- Y de votar con el cerebro, no con el intestino. Bromas aparte. No hay criatura más totalitaria que un niño. Un niño no entenderá la Constitución, ni mucho menos el crítico contexto en que hubo de tejerse. Un niño necesita catálogos con dibujitos, eslóganes de nana dulce, corazones y sonrisas. Yo no comprendo a esas casandras que nos avisan del suicidio demográfico.

V- En realidad el país se nos ha puesto perdido de infantes. Y no van a dejar vacante una sola plaza de guardería en el Estado. Todo lo cual solo nos deja una salida.

J- Damas y caballeros: pongámonos a hacer pedagogía.

La cortesía de Albert de Paco

Y en el Parnasillo esta semana el premiado Richard Ford, maestro de novelistas (y de periodistas deportivos)

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23 junio, 2016 · 14:14

Entrevista para Nido de ratones

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Lector ya con barba.

La editoria y sin embargo amiga Paula F. Bobadilla me hace esta entrevista de original ángulo: cómo era el niño lector que yo fui. Ha sido un placer recordar aquellas horas de solitaria felicidad pueril que ahora me roba una adultez de tertuliano:

¿Cuál era su libro favorito de niño?

Uno de ellos recuerdo que era El ponche de los deseos, de Michael Ende. Que contenía la famosa fórmula y la palabra más larga que aprendí de niño: “genialcoholorosatanarquiarqueologicavernoso”. También los de El pequeño Nicolás y El pequeño vampiro, junto con los de Fray Perico y el Pirata Garrapata.

¿Recuerda algún libro ilustrado con especial cariño?

Me gustaban los álbumes de tapas duras con historias medio góticas, recuerdo uno de dinosaurios que desgasté. Una Biblia juvenil ilustrada que pintaba unas caras de odio egipcio o cainita impresionantes. Y Mortadelo: de Mortadelo acumulamos mis hermanos y yo una colección de metro y pico puestos de canto, y me los memorizaba.

¿Quién le recomendaba libros cuando era pequeño?

Yo era un niño estajanovista de la lectura. Cogía la colección de Barco de Vapor, serie blanca, naranja, azul y roja, y todos en fila, para adentro. O la de El roble centenario. O Gran Angular. O Alfaguara. Los cinco, algunas de Guillermo, los tres investigadores de Alfred Hitchcock. Pasaba horas y horas en la biblioteca de mi pueblo y en la del colegio. Una cosa bastante repelente, supongo.

¿Leía a escondidas? 

Leía en mi cuarto, en el recreo, en la piscina. Básicamente comía y leía. Luego aprendí a jugar al fútbol y equilibré algo mi carrerón de sociópata pedantuelo. En el cole empezaba a ser una leyenda.

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Esta semana, al hilo de la Undécima, fútbol y literatura en el Parnasillo de COPE

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2 junio, 2016 · 11:20

Entrevista (sincera) en Res Publica

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Quedo con Jorge en un bar que casualmente está cerrado. Vamos a otro bar. Que también está cerrado. Empezamos a ponernos nerviosos justo cuando encontramos, en las inmediaciones del Congreso, el bar en el que finalmente tenemos la entrevista. Las primeras preguntas fueron tensas. En las siguientes me apetecía pedir otra cerveza. Y al final estuve a punto de pedirle que me acompañara a hacer algo más. A ver Madrid, yo qué sé. A cualquier cosa. Pero le habían pedido que escribiese un artículo.

¿Son más felices los aspirantes a periodistas que entre el resto de carreras? Ser periodista es resignarse a cobrar poco al principio (menos que la media) porque prefieres hacer lo que te gusta.

No sé si es así. La felicidad la definiría por la vía negativa, como hacían los escolásticos con Dios. Por la vía negativa se podría definir la felicidad así: uno no se da cuenta de que es feliz, se da cuenta de que es infeliz. La felicidad se conjuga en pasado. Pero eso lo descubres más tarde, como decía Gil de Biedma.

 ¿Y eres feliz con tu trabajo?

La felicidad relacionada con la vocación laboral es un factor que completa a la persona. Hay personas que tienen todo su potencial de sentimiento centrado en las relaciones personales, y con eso son felices. Pero normalmente la gente tiene dos vocaciones: su trabajo y su familia. Si falla una de las patas, no se es del todo feliz.

En mi trayectoria profesional es verdad que he pasado por el deseo y la frustración de no alcanzar la estabilidad, y al final he obtenido un premio más o menos modesto. Y rezo para que se mantenga porque esto tampoco está asegurado. La verdad es que uno no plantea estrategias para llegar a la meta. De hecho no estudié Periodismo: estudié Filología Clásica. Cuando terminé el primer ciclo de Filología mi facultad (la de Filología en la Complutense) acababa de abrir una nueva licenciatura: Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Muchos filólogos de primer ciclo decidimos ampliar miras en vez de seguir con una filología especializada y nos decantamos por el estudio teórico de la literatura: en EEUU y otros países estaba esa licenciatura desde la posguerra mundial. Mi catedrático, Antonio García Berrio, fue el que instauró esos estudios en España, en la Complutense.

A partir de ahí teníamos dos opciones: matricularnos en los cursos de doctorado y comenzar la carrera de la docencia -que es desesperantemente lenta en este país- o, para los que no teníamos paciencia, nos quedaba el periodismo.

Yo empecé a publicar a los 19 años críticas literarias. Lo primero que hice en mi vida, la primera vez que aparece mi nombre en negro al final de un texto, es en una crítica literaria.

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31 diciembre, 2015 · 14:17

Charlando sobre fútbol y letras con Hughes

El vídeo completo de nuestra charla, cortesía de la Fundación Manuel Alcántara y moderada por Rafa Porras, en el marco incomparable de Málaga:

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2 octubre, 2015 · 10:42

Y si Cataluña rompe España, ¿qué?

Cubierta del libro digital coordinado por Cristian Campos y Paula F. Bobadilla.

Cubierta del libro digital coordinado por Cristian Campos y Paula F. Bobadilla.

[Copio a continuación, respondido, el cuestionario que Cristian Campos y Paula F. Bobadilla me enviaron para confeccionar su inteligente, divertido y urgente libro sobre el proceso independentista que nos atufa, un volumen de entrevistas donde se dice todo lo que hay que saber sobre Cataluña en la hora grave de la enésima charlotada. Imprescindible]

¿España roba a los catalanes más de lo que roba al resto de los españoles? ¿Debe tener límites la solidaridad de los catalanes con el resto de los españoles?

“España roba” ya es un predicado inválido. España existe, y como cualquier Estado europeo existe anudada por una trama histórica de lazos varios, de los afectivos a los futbolísticos, pasando por los fiscales. Los impuestos pagan la comida de las abuelas extremeñas y el techo de los huérfanos andaluces. Un madrileño debería estar orgulloso de contribuir más que un catalán a estos nobles fines. Pagar unos impuestos justos es el orgullo de un ciudadano ilustrado, como la avaricia del rico es una regresión a la barbarie feudal. La solidaridad tiene grados, claro: desde el heroico del santo franciscano al egoísmo del avaro nacionalista. El sensato término medio que negocien los representantes públicos, mandatados por todos los españoles, marcará el límite debido.

¿Es viable social, política, cultural y económicamente una Cataluña independiente?

En demostrar que no, se perderían varias generaciones que acabarían odiando a sus padres por su ruinoso egoísmo.

¿Es viable social, política, cultural y económicamente una España sin Cataluña?

En demostrar que tampoco, se perderían muchos años de revancha centralista cateta y estéril.

¿A usted le importaría que el idioma catalán desapareciera? ¿Por qué?

Boadella y Juaristi, que han tratado bastante bien sus respectivas lenguas vernáculas, han abrazado el darwinismo lingüístico y declarado que si catalán y euskera se diluyen en la koiné global en un futuro, qué se le va a hacer. También el dodo era un animal entrañable. Pero yo no soy tan racionalista. A mí me gustaría hablar todas las lenguas de España. Con todos sus acentos.

¿Y si el que desapareciera fuera el idioma español?

Pues lo mismo a escala amplia. Pero mi destino es la lengua castellana, como escribió el bilingüe Borges. El destino de otros 500 millones.

¿Y por qué no debería permitirse que los catalanes se independizaran si así lo desean mayoritariamente?

Porque el 90% de los catalanes constituyen un porcentaje todavía minoritario de españoles. A ver si nos enteramos: la Historia y la Ley dicen que yo soy copropietario, cosoberano de Barcelona como uno de Reus es copropietario del Barrio de Salamanca. Jurídicamente es así. Y es natural que todo español reaccione cuando pretenden expropiarle y segregarle. Que el sistema autonómico haya incurrido en deformaciones asimétricas es lo que hay que corregir en la Constitución, no acentuar aún más los privilegios de los españoles de primera que son por ejemplos los vascos y navarros gracias al cupo. La construcción europea debería aplastar todas estas zarandajas decimonónicas. De todos modos si 40 años de adoctrinamiento subvencionado no han podido cosechar más de un 40% de indepes, es que ese el techo de la estulticia, o de la mera codicia con coartada patriotera. Así que el paleto mezquino de Mas, si fuera en serio, perdería la guerra civil catalana que alienta simbólicamente contra los catalanes españolistas por puro número.

¿A usted le gusta España? Suponiendo que se le permitiera vivir con su mismo nivel de vida actual en cualquier país del mundo, ¿escogería España?

España le gusta a todo el mundo, desde un etarra a un hincha del West Ham. Por eso hay que decir que no nos gusta, del mismo modo que uno pasa 15 días en Nueva York y vuelve loando sus maravillas aunque haya vivido como un refugiado. El turismo no es ciego, y el papanatismo acomplejado del español es oceánico como la estupidez y el universo.

¿Por qué debería creerme que en una Cataluña independiente se respetarían los derechos de los españoles si en la Cataluña dependiente se ha multado a comerciantes por rotular su negocio en español?

Si es que no va a pasar nada, hombre. ¡Hablamos de Cataluña, la tierra del diseño, del postureo! Todo es una farsa para tocar a menos bocas y blindar el caciquismo local. Pero en fin, la respuesta histórica a la hipótesis es que quien pierde el respeto a la ley de instancias superiores, acaba perdiendo el respeto a los derechos de sus gobernados.

¿Es España algo más que un ente administrativo puramente instrumental? ¿Qué, en concreto? ¿Lo es Cataluña?

Todavía lo es, pero acarrea más complejos de culpa por su confortable sometimiento a Franco y su Una-Grande-Libre que cualquier otra nación moderna con parecidos traumas y errores históricos, como ha probado Raymond Carr. El patriotismo constitucional es un ente demasiado sofisticado para las entendederas nativas, que sin embargo tienen extraordinariamente desarrollado el terruñismo. En la España de la taifa eterna el patriotismo lo acapara mi pueblo. Por su pueblo el español mata. Por su Estado, psché. Cataluña, como taifa española, es lo mismo: ahí está el nacionalismo del Valle de Arán.

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21 septiembre, 2015 · 10:50