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El evangelio gástrico según Peyró

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Luis Solano (editor de Libros del Asteroide), Emilia Landaluce, Peyró y yo.

Buenas tardes a todos y gracias de corazón por venir.

Debo confesar que pensé seriamente en comprarme un traje de tweedpara presentarme hoy ante todos ustedes. Cuando uno recibe el jubiloso encargo de presentar el último libro de Ignacio Peyró, de inmediato se pone a meditar maneras de estar a la altura. Es como una reacción pavloviana hacia el deseo de la elegancia que nos falta, una aspiración cortés: todos queremos estar a la altura de Peyró, pero para eso habría que trabajar en Fleet Street y no en la Avenida de San Luis, distrito de Hortaleza. En cualquier caso no me he comprado el traje porque solo tengo una idea vaga de lo que es el tweed, temía confundirlo con la pana y corría por tanto el peligro de convertir esta presentación en otro Suresnes.

Estoy muy contento de que Peyró me eligiese para presentar Comimos y bebimos, porque si mi contacto cotidiano con políticos, tertulianos y tuiteros me avillana, sé muy bien que el contacto con Peyróme ennoblece. ¿Por qué lo sé? Un publicista cretino, de esos que rinden tributo a Rousseau sin haber leído jamás una sola página suya, diría que porque Peyró es auténtico. Su estilo es perfectamente reconocible, y su voz no se parece a la de ningún otro escritor de su generación, que es la mía. Este hecho avalaría ese culto lerdo a la autenticidad que profesa la posmodernidad, porque cada época se obsesiona con lo que no tiene. Pero lo de Peyró, más que autenticidad rusoniana, es un anclaje de plomo en la verdad de las cosas tangibles, masticables. Peyró conoce el entusiasmo por la realidad y lo difunde, y eso siempre resulta revolucionario, porque somos animales simbólicos, y cada vez somos más simbólicos y menos animales, por desgracia.

Hace poco leí una entrevista a Emmanuel Carrère en la que el pope de la autoficción daba este contundente diagnóstico: “Vivimos la era del fin de la realidad”. Tiene razón: la realidad se está extinguiendo, está siendo desplazada de nuestra vida crecientemente digitalizada. Pero todavía tenemos que comer para vivir. Nos queda la comida y nos queda la bebida. Y a esas dos realidades incontestables se aferra Peyró para decir su verdad, que es el placer de la buena mesa como un secular refinamiento del mero ejercicio de la función nutritiva que nos distancia del mono.

La humildad de la vida frente a la grandilocuencia de la política: esta es la primera lección que le da este libro a un hombre como yo, destinado en el frente de la opinión pública y las guerras culturales. Peyró ni siquiera cometerá la bajeza de guerrear por la tortilla con cebolla o sin ella, gilipollez muy celebrada en Twitter, como todas las gilipolleces. Peyró pone a guerrear al burdeos con el borgoña, y de ahí para arriba. Sin concesiones. Hasta cuando habla de la gaseosa parece que clasifica marcas de armagnac.

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5 noviembre, 2018 · 17:03

El puzle completado

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España sin problema.

[Ensayo publicado en La España de Abel, el libro que aglutina a una generación transversal de jóvenes españoles que dejan al fin de ver España como problema cuando se cumplen 40 años de su modernización constitucional] 

Cuando tenía seis años mis padres me regalaron una caja de puzles de la Península Ibérica. Conviene disculparles: me gustaban los puzles, mis padres son españoles y hablamos de un tiempo exótico en que España aún admitía avatares inocentes como el de juguete educativo. Semejante uso infantil de la nación hoy parece restringido a Cataluña.

Recuerdo que la caja contenía un puzle geográfico, con sus ríos azules y sus cordilleras pardas, y abajo, en la esquina inferior derecha –luego aprendí que las Canarias en realidad se encontraban a la izquierda–, se levantaba sobre la isla de Tenerife la amenazadora pirámide del Teide, que capturaba mi imaginación con improbables erupciones apocalípticas. Otro de los puzles consistía en un mapa monumental que evocaba los dioramas de una guía turística, con su Giralda y su Alhambra, su Torre de Hércules y su Sagrada Familia, su Acueducto y sus molinos manchegos. Y yo hacía y deshacía el patrimonio español hasta que aprendí de memoria la ubicación de sus venerables gigantes de piedra mucho antes de poder visitarlos a todos para rendirles el tributo de mi primera admiración.

Pero el puzle que más me atraía llevaba el misterioso rótulo de “político”: sus piezas eran las comunidades autónomas. De modo que mi primer contacto con la política fue el Estado de las Autonomías. Y a fuerza de descomponer las fronteras autonómicas y de volverlas a recomponer, el niño ingenuo de los ochenta que yo era creció dando por supuesta la actual organización política de España, como se dan por hecho, desde el principio de los tiempos, el Mulhacén o el Tajo.

Más tarde descubrí que el Estado es el producto de una ardua convención con que los hombres aseguran su convivencia, y que como tal exige una concertación de voluntades sujetas a la ondulación de todas las cosas humanas: estas pueden virar hacia el conflicto y la aversión como antes estuvieron presididas por la complicidad y el afecto. Y descubrí también, a medida que ingresaba en la adolescencia, que España estaba dividida en rojos, fachas y nacionalistas –que a su vez podían ser de izquierdas o de derechas–, y que uno debía cumplir con tales militancias si quería ser un español medianamente reconocible por los suyos. Y lo que causa más placer, por los otros. Y yo, que como todo el mundo deseaba ser aceptado, me apliqué a la tarea. Escogí mi bandera. Me españolicé reglamentariamente.

Porque el español de mi quinta, como la mujer para Simone de Beauvoir, no nace español sino que llega a serlo mediante apasionadas adhesiones a una mentira heredada. Hay muchos modos de profesar fervorosamente esa mentira: en concreto diecisiete pequeñas cunas y dos grandes ideologías. Uno puede ser español orgulloso, taxativo, unívoco, y uno crece pensando que este es el modo más puro de amar a su país. También puede uno experimentar una crianza tan dichosa -normalmente en un pueblo con lengua propia, o al menos con acento peculiar– que sus afectos queden presos para siempre del recuerdo de la especificidad de su brillante pieza de puzle; hablamos del español entrañable que difícilmente alcanza a emocionarse con la ancha idea de un viejo Estado-nación, pero mata al infeliz que difame su terruño. Y finalmente uno puede recibir un día el santo crisma de la identidad propia –un dios nuevo que suele hablar por dos bocas: la de clase y la de género–, y esta toma de conciencia resulta a menudo tan violenta que expulsa de sí el cariño a los símbolos comunes en beneficio de espectrales dignidades no menos mitificadas. Es decir, que uno puede ser español por la vía recta o español por negación, pero en ambos casos lo que cuenta es que al niño le desbaratan el puzle de la España blanca de los dientes de leche y le entregan otras categorías, más complejas, un poco más oscuras. Porque son excluyentes, inasequibles al sano solapamiento. Porque el español es muy suyo, nos han dicho. Cuando en realidad llevamos toda la vida siendo la obra de los traumas de los demás.

Con el tiempo, el peso de la identidad asumida por cada español gana un peso insoportable. Tanto que hay que convertir España es una excusa de la impotencia, según la certera acusación que Azaña dirigió a los noventayochistas. Y llega un momento en que el español tiene que decidir. O suelta lastre de herencias confundidas con epifanías o abraza para los restos el desprecio de Emerson, para quien la coherencia no era más que la obsesión de las mentes inferiores. La elección más inteligente, a mi modesto entender, es la del español en permanente proceso de españolización consciente y de desespañolización castiza. En ello estoy, y me explicaré.

Yo creo que nuestro tiempo exige lo mismo que cualquier otro, es decir, matar al padre. En los casos más enconados quizá convenga además matar al abuelo. La larga crisis, el extenuante procés, el cuestionamiento del sistema demoliberal y otras calamidades perfectamente europeas están cursando en España con traicioneras febrículas de noventayochismo que debemos vigilar. Porque hay un noventayochismo mal entendido que parece agotarse en la delectación morbosa, el acento en el dolor de España, sin reparar a la vez en la sacudida regeneradora que aquellos escritores jóvenes venían a propinar, según su manifiesto fundacional: “La juventud intelectual tiene el deber de dedicar sus energías, haciendo abstracción de todo, a iniciar una acción social fecunda, de resultados prácticos”. Cuando el joven Azorín le manda el borrador a Unamuno en 1897, el vasco se apunta al programa con un agudo matiz: no se trata de hacer abstracción “de todo” sino “de toda diferencia”. Un político actual lo diría de otra manera: “Lo que nos une por encima de lo que nos separa”. Y este sintagma, de tan manido, provocará sonrisas, pero la demanda que encierra ya es inaplazable. No es momento de señalar por culpa de quién la tarea sigue pendiente, sino de acometerla de una vez. “Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí, aprender a pensar y sentir por sí mismo, no por delegación, y sobre todo, tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor”. Azorín asintió entonces. Asentimos hoy nosotros.

Españoles nacidos en democracia: la advertencia de Machado ha caducado. Tomad vuestro volumen de Campos de Castillay arrojadlo a la piscina. Si en el siglo XXI una de las dos España vuelve a helarnos el corazón no es culpa de España, sino de nuestro “morbo histórico” –Azaña otra vez–, de nuestra culpable dependencia del maltrato de género histórico. Solo a los degenerados les pone la necrofilia. Solo se enfrían los cadáveres, las ideologías muertas. ¡Qué tierno y qué revelador fue aquel tuit en que Pablo Iglesias asumió la literalidad mostrenca de la cita de Machado y defendió que “una de las dos Españas” aludía sin más a la derecha, ignorando la ambivalencia del verso con la que el poeta avisaba también al izquierdista del hielo en la sangre que le pondrían los suyos! Ese resorte mental que solo salta hacia el pasado debe ser inutilizado. Y si hay que enterrar a los abuelos, lo haremos con manos piadosas. Pero los enterraremos muy hondo. Y les haremos el favor de no recrear sus estúpidos errores fratricidas.

El XXI español ha de ser de una santa vez el siglo de los desheredados altivos. De los desmemoriados conscientes. Se equivocaba Santayana, se equivocaba: no hay que estudiar nuestra historia para escapar a la condena de repetirla sino por el puro placer de conocerla, en primer lugar. Y en segundo, para que ese conocimiento levante un dique macizo entre el pasado doliente de España y un presente optimista, sin excusas. No compadecemos al español mediocre que clama en las redes sociales contra este país de pandereta, porque él es el panderetero mayor del reino: el desesperado buscador de excusas colectivas para su frustración personal e intransferible. Ojo con recordar, porque recordar es repetir. Ojo con la Historia, decía Valéry, porque es el producto más tóxico que haya elaborado la química del intelecto: “Hace soñar, embriaga a los pueblos, les engendra recuerdos falsos, exagera sus reflejos, alimenta sus viejas llagas, les atormenta en su reposo, les conduce al delirio de grandeza o al de persecución y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”. Esta vez no aprenderemos que el fuego quema apoyando las manos sobre las ascuas.

El tramposo dolor de España debe mutar en la alegría animal del español sin lírica, sin lagrimeo cursi ni militancia polvorienta. La clase media ha sufrido, pero los sociólogos honestos saben que su merma ha sido políticamente exagerada y que ya está en pie, madrugando a diario en su puesto, llenando terrazas y consumiendo el fin de semana uno de esos abonos estomagantes de turismo rural. Ciertos sobrerrepresentados portavoces de la generación que no vivió la Transición la impugna con resentimiento y aporta prolijas explicaciones de su fracaso; pero jamás se plantean la única pregunta pertinente, el único enigma en pie a despecho del mester de hechicería historicista: por qué España ha tenido éxito. Evidentemente no sabrían responderla.

Así que el hechizo lastimero de España está roto, damas y caballeros. Se jodió la manera más eficaz de seguir jodiendo el Perú, que es preguntarse constantemente cuándo empezó a joderse. Jodidos están los ojos de quienes no quieren ver que hace mucho tiempo que España, su desvaído trapo rojigualda, su himno modesto y vital –el único que ha tenido la deferencia de carecer de letra- y su descentralizada trama de afectos cuenta una historia de superación salvaje, de democracia sin más adherencias que las que proyecta el coro lúserde los esclavos del ayer. A los de los ojos limpios pero cansados de ver división y precariedad, que nos ayuden a detectarlas y corregirlas. A los del glaucoma de la ubicua decadencia, que se lo traten en el especialista: que se lo hagan mirar. Luego, ya curados, nos reagrupamos todos y aprobamos el primer punto del orden del día: volver a dar por supuesto el mapa de las autonomías. Completar una última vez el puzle, enmarcarlo, fijarlo a la pared y salir al patio. Que la vida está esperando, españolito, y no piensa quedarse a oírte llorar.

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29 octubre, 2018 · 12:01

Dos entrevistas

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Presentación del libro en la Universidad Francisco de Vitoria.

Aquí, el vídeo completo de la presentación de mi libro en la librería Neblí, con Juan Carlos Girauta y Raúl del Pozo. Hay trozos que aún no ha visto el fiscal.

Aquí, una sosegada entrevista de madrugada en Radio Nacional de España, a cargo de Chema García Langa, en su programa El canto del grillo.

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6 marzo, 2018 · 12:19

Viaje al comienzo del día

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[Donde debuto como analista de moda en Marie Claire, y descubro lo mucho que hablar del Parlamento facilita hablar de la pasarela]

La colección de Céline para esta temporada está inspirada en el barroco italiano. Más concretamente en los drapeados pujantes que emergían del cincel de Gian Lorenzo Bernini. El diseñador ha tenido que pasar muchos horas debajo de la tumba de Alejandro VII, en la Basílica de San Pedro, para poder alumbrar esos chalecos insensatos que tocan la punta del zapato de la modelo; esas mangas rozagantes, vueltas sobre sí mismas, que se sujetan mágicamente sobre el pecho o la cadera; esa ropa talar que reniega de su fe para abrazar la carnalidad más sofisticada, del mismo modo que el genio napolitano creaba en la piedra inerte, fría y sensual de Carrara una ilusión de movimiento.

Yo miro fascinado el desfile de estas telas sin cuerpo, ambulantes y huecas, como soportadas por un chorro de aire que naciera del suelo y abultara sus lujosos volúmenes. Me parece que estoy descubriendo nuevos éxtasis laicos como el de Teresa en Santa María de la Victoria. Si acaso un poquito más mohínos, pero eso es por el careto de las maniquíes, que no saben poner cara de orgasmo como la santa, quizá porque nunca han tenido uno.

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1 marzo, 2018 · 18:42

Entrevista en Crónica Global

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El autor.

Jorge Bustos (Madrid, 1982) es uno de los jóvenes columnistas más reconocidos del país. A sus 35 años ha sido elegido como nuevo director de Opinión de El Mundo. Pero también él, licenciado en Literatura, ha sufrido como el resto de sus coétanos la crisis económica. Hace solo tres años estaba en el paro, y cuando tuvo trabajo cuenta que era “menos que mileurista”. Pese a ello nunca ha sido una voz indignada. Todo lo contrario.

Bustos tiene varios frentes abiertos: Podemos, el nacionalismo catalán y los que le acusan de una prosa cipotuda, que sería una mezcla de un estilo rimbombante y de virilidad exacerbada. Es precistamente este mismo concepto el que da nombre a su nuevo libro, Vidas cipotudas, en el que el autor mira con dulzura ese carácter cabezón y poco refinado tan español que “los nacionalismos autóctonos” y la “propaganda extranjera” convirtieron en leyenda negra.

-Pregunta. ¿Hasta qué punto su libro es una defensa de España, en un momento en que la unidad está amenazada? ¿Por qué en España nadie habla bien de España?

-Respuesta. El libro sólo es una defensa de España en la medida en que es un aproximación admirativa, a veces patidifusa, a los propios españoles. Yo he escrito este libro con la boca abierta. ¿Cómo pudimos ser tan desaforados, tan insensatos, tan geniales? Hablar mal de nuestra historia, aparte de un alarde de pereza intelectual, es la máxima expresión de cipotudismo: solo un cipotudo calderoniano, quijotesco, de un arrogante idealismo, cae sistemáticamente en el desprecio infundado de lo propio. Quien solo advierte los defectos es porque tiene complejo de austria menor. Al austria menor todo le parece decadencia…

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Y aquí una entrevista en Bernabéu Digital, que hacía mucho que no hablaba del Madrid

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30 enero, 2018 · 14:15

Más chutes no

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Nacionalismo en vena.

La reforma constitucional (RC) es un plato de setas holandesas que customiza las alucinaciones en función del perfil ideológico del consumidor. En el conservador la RC desata temores infantiles, en el socialista obra un placebo federal, en el liberal dispara fantasías igualitarias y en el nacionalista agita directamente la libido del Estado propio. Es la misma mierda, pero a cada cual le sugiere una movida mental diferente de acuerdo con su trauma particular. La RC es muy adictiva -se vende muy bien por las esquinas de las tertulias-, y por eso mismo debe ser administrada con responsabilidad y siempre a resguardo de la policía, o al menos con la mayoría de los magistrados del Tribunal Constitucional a tu favor.

La RC está especialmente contraindicada para el español porque el español es un pozo de traumas históricos, la mitad de ellos fabricados en casa y la otra mitad comprados al extranjero. Su identidad atraviesa una adolescencia perpetua, y ya sabemos lo que hace la droga con los chicos sin autoestima. Pero a cambio el español se apasiona con facilidad por la semántica, a veces hasta el punto de alimentarse de ella cuando falta el pan. Usted dice en España reforma constitucional o endurecimiento del código penal y es probable que gane unas elecciones sin que nadie le pregunte por qué no empezamos por cumplir las leyes existentes. “¡Yo no voté esta Constitución!”, aúllan los caminantes blancos del adanismo. En España se puede ser gilipollas, pero lo que no se tolera es ser un gilipollas pasado de moda.

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El bueno (Aybar), el feo (Iglesias) y el malo (los Jordis) en La Linterna de COPE

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16 octubre, 2017 · 11:08

Entrevista en Europa Press

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[Me entrevista la agencia Europa Press a cuenta de Crónicas biliares, pero también hablamos de columnismo, de pijoprogres y del santo nombre del Real Madrid]

El periodista Jorge Bustos reúne en ‘Crónicas biliares’ (Círculo de Tiza) ensayos escritos con “unos cínicos 25 años” en los que muestra una mirada particular respecto a temas que le preocupan como el periodismo, la crisis o la literatura. También hay en este libro un espacio para el análisis crítico de la sociedad, como cuando en uno de los textos habla de que “los antisistema no son más que gamberros adinerados”.

“Lo que sí sabía ya hace diez años, que es cuando escribí esa frase, es que me repugnan los revolucionarios de salón que no arriesgan nada porque saben que al final el sistema les perdonará sus travesuras, a menudo con nómina pública y últimamente hasta con escaño. Esa indignación primermundista es épica de Decathlon”, ha señalado en una entrevista con Europa Press el autor.

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17 agosto, 2017 · 13:45

Salvad a las benditas cucarachas

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Firma invitada.

Dicen que la genética acabará consumando nuestro anhelo de perfección. Que la ciencia avanzará tanto trecho que los hombres no envejecerán, ni los niños nacerán con los ojos marrones si sus padres los prefieren azules, ni los estudiantes deberán esforzarse para aprender porque máquinas serviciales lo sabrán todo por ellos. Que ningún narciso tendrá ya que preocuparse de filtrar sus autofotos porque, se mire como se mire, saldrá siempre guapísimo.

Dicen incluso que los nuevos algoritmos son capaces de redactar noticias mejor que cualquier falible becario. Y un día, quizá pronto, la inteligencia artificial escribirá columnas de opinión. Y las escribirá tan ponderadas e ignífugas, tan acompasadas a la fenomenal marcha del planeta que ninguna red arderá con ellas, ni el trol más esquinado podrá satisfacer con la madre del autor su triste piromanía. El progreso terminará por abolir la historia como trata de cancelar la enfermedad, y ya no sufriremos por amor, porque solo se ama lo imperfecto, y ya nunca más nos inquietará el futuro, porque el tiempo habrá sido detenido. La ternura, como la información, serán anacronismos.

Me pregunto si incluso entonces llegará el día en que el periodismo se vuelva innecesario. Si extinguidas las malas noticias –las únicas que merecen un lugar en la portada–, un provecto nativo digital, nostálgico del Twitter y del Facebook de su adolescencia, apagará la luz de la última redacción y echará el cierre, como aquellos copistas medievales que mentaban entre dientes el desaprensivo ingenio de Juan Gutenberg.

Imaginaos que los periodistas dejaran de existir no por la cicatería de los clientes, ni por el colapso final del hábito lector –que requiere una concentración tan demodé–, sino porque dejaran de existir las propias noticias. ¡Qué magnífica noticia sería que el progreso volviera superfluo el periodismo! Claro que alguien tendría que dar la noticia del fin de las noticias, y de las opiniones que se nutren de las noticias. Seguramente un periodista coriáceo como las cucarachas –alguien feo, un superviviente del holocausto de belleza que se nos viene encima–, uno que aprendió que los hombres mienten y se dañan a veces sin obtener nada cambio.

Yo, señores, nunca me sentí periodista. Me gustaban demasiado las palabras y sus filos –«la travesura suficiente para lastimar vanidades», diría Wenceslao– como para cumplir con honor la promesa de objetividad del oficio. Pero ahora sé que no he querido ser otra cosa en mi vida que uno de esos escritores de ABC que inspiraban a don Torcuato, al decir de Azorín, «el respeto al desenvolvimiento de su personalidad y la defensa tenaz del redactor combatido injustamente». Porque a los redactores se les sigue combatiendo injustamente. A los frentes clásicos de la política y la empresa se les ha venido a unir la grillera totalitaria de los ofendidos, que censura mejor que ningún palco. Si algún crédito asiste a los apocalípticos lo concede la rabia digital que no tolera la idea, ni el valor, ni el nombre, ni el salario debido a la faena. Me importa muy poco si escribiremos en papel o en grafeno. Me importa solo que perdure en la cima un puñado de humanistas que respete a sus escritores de periódicos –más cuando son atrabiliarios, punzantes, imperfectos– como a la última estirpe de libertad que va a quedar sobre la faz de la tierra.

(Publicado en los diarios de Vocento, incluyendo ABC, el martes 25 de julio de 2017)

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26 julio, 2017 · 14:14