Archivo de la etiqueta: Rubalcaba devorando a sus hijos

Sobre este Pedro edificaré el PSOE

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El líder en su nube.

Es muy posible que el PSOE siga siendo el partido que más se parece a España, lo cual quizá no sea lo que más le conviene. Un partido atractivo no ha de parecerse a lo que un país es, sino a lo que quiere ser. Lo explicó muy bien, tirando de Galeano, el maestro de ceremonias del trigésimo noveno congreso socialista, el burgalés Luis Tudanca: «La izquierda debe moverse entre las dosis justas de utopía y las dosis justas de realismo». Vale decir: entre Podemos y el PP.

«Somos la izquierda», proclama orgulloso el nuevo lema del PSOE sanchista. Pero a continuación matiza: la izquierda de Gobierno, la responsable, la dialogante. Consolidar ese arduo equilibrio en tiempos de marejada ideológica, fijar hacia La Moncloa un rumbo sordo a los decibelios de la sirena populista. Ese grial está buscando en Ifema el partido que más años ha gobernado España desde 1977. El partido cuya defunción madrugaron muchos a la vista del fantasma de la mortandad socialdemócrata que recorre Europa. Pero el PSOE, como España, también en eso es diferente.

¿Cuánto tiempo durará el efecto luna de miel que aureola al renacido Pedro Sánchez y que los sondeos registran, preocupando a Podemos al punto de suavizar drásticamente sus modos retóricos con el PSOE? En boca de Iglesias durante la censura, Felipe ya no era el traidor de puerta giratoria embadurnado de cal viva, sino el presidente que pasará a la historia como Felipe el Modernizador. El mismo que hoy se hizo presente en el cónclave de su partido por la gélida mediación del plasma: parecía Borges conectando con un reality de supervivientes. El vídeo de Costa, con su ideal a la portuguesa, fue mucho más aplaudido que el mensaje de fidelidad socialdemócrata que mandó desde su otoño el patriarca. Sic transit, Felipe; sic transit, Aznar.

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19 junio, 2017 · 11:16

Pedro Sánchez vuelve a casa

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The Revenant.

Ahora que acabamos de salir de una moción de censura contra el PP, ha llegado el momento de preparar una moción de censura contra el PP. Bajo la apariencia de partido votado por algunos millones de personas, y que a consecuencia de tan terca adhesión gobierna España, el PP oculta su verdadera naturaleza de coartada azul para los entretenimientos censores de la oposición, del mismo modo que la censura franquista solo servía para afinar el ingenio de los creadores libres. Así que todos los compañeros analistas andan muy atareados en calibrar el grado de flacidez o de firmeza con que se tienden la mano Iglesias y Sánchez, y si uno la pone más dura que el otro, mientras a esta hora del viernes don Mariano digiere todavía el almuerzo con que celebró el miércoles el resultado de su (pen)última moción.

Unos, como El País, afirman que Ábalos tendió la mano a Podemos. Otros, como La Sexta, defienden que Iglesias tendió la mano al PSOE. Pero la mano se tiende bien para pedir socorro, bien para prestarlo. ¿Quién hace aquí de samaritano y quién de mendigo? Hubo un tiempo en que el pasatiempo favorito de don Pablo de la Cal Viva consistía en perdonarle la vida al PSOE, pero ahora es don Pedro de las Bases Vengadas el líder de moda en el corral de la izquierda, allí donde dos gallos nunca se darán la mano sino que se ofrecerán los espolones. Ni de la intervención moderada de Ábalos en el Parlamento ni del artículo que Sánchez publicó aquí se desprende una urgencia real por encabezar otra moción de la mano de sus ladrones de votos.

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La buena (Oramas), el feo (Ábalos) y el malo (Pablo Iglesias) en La Linterna de COPE

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16 junio, 2017 · 10:38

Susana y los viejos

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Biblia socialista, con su viejo y su nuevo testamento.

A la noticia de la puesta de largo de doña Susana le faltaban todos los requisitos del hecho noticioso: sabíamos que la presidenta andaluza y no la balear se presentaría a las primarias, sabíamos que lo haría ayer y sabíamos que comparecería arropada por los gerifaltes de antaño de su partido. Esto último ha llamado especialmente la atención: suponemos que en vez de Felipe, Guerra, Zapatero y Rubalcaba, la gente esperaba a Errejón, Owen Jones, Varoufakis y nombres sexys por el estilo. Pero la insólita audacia de Díaz la ha llevado a rodearse de socialistas históricos, vaya usted a saber por qué y paren las rotativas.

La foto de Susana entre viejos difiere del tema bíblico en que la seductora aquí es ella y los canosos sólo ejercen de cooperadores necesarios de su plan. Que no es otro que recuperar el PSOE de toda la vida, el PSOE-PSOE. El partido mayoritario que Pedro Sánchez secuestró y que ella viene a rescatar. Ninguna imagen contribuye a ese mensaje de entronque dinástico como el posado con la jerarquía veterotestamentaria; otra cosa es que a la foto le falte el pie de foto, en concreto la pregunta, mirando de reojo a José Luis, de cómo hemos llegado a esto.

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27 marzo, 2017 · 11:58

No habrá paz en el PSOE

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Quién es Caín, quién es Abel.

Nos han contado tantas veces el cuento de Pedro y el lobo, siendo el lobo Susana Díaz, que ahora que esta anuncia su fecha de presentación no sabemos quién se comerá las ovejas. Que nos disculpe el símil ovino la militancia socialista, que tiene bien probada su bravura votando históricamente contra el criterio de Ferraz. Ocurre que la bravura a menudo resulta incompatible con la inteligencia. Sánchez cree que ha escapado de la isla de Elba en la que le recluyeron en octubre y se dispone a reconquistar su imperio, pero creerse Napoleón no es más que el síntoma clásico de la locura. El chalado entretiene hasta que te gobierna.

El problema no es que gane Susana, que ganará en cuanto abandone los despachos y salte al terreno de juego, sino que el derrotado atice la polémica de un marcador ajustado y no acepte el acta arbitral. Al PSOE entonces le llamaremos el partido, a secas, porque no habrá sastre que lo cosa. La demora de las primarias no ha surtido el efecto disolvente del sanchismo que se buscaba porque el odio a la derecha y una cuenta de Twitter hoy bastan para resucitar a un muerto.

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13 marzo, 2017 · 12:07

Corre, Patxi, corre

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“Mira, mejor ya voy yo”.

No discuto que el populismo haya contaminado el lenguaje político, con sus empoderamientos y sus oligarquías. Pero su efecto alcanza mayormente al patio mediático. La escuela política realmente influyente es la marianista, y en ella se forman a diario y de incógnito los ambiciosos de España para titularse en maquiavelismo tranquilo. El marianismo es un movimiento afásico que no acuña términos felices ni marcos conceptuales de debate, pero cuyo influjo sobre la estrategia partidista resulta ya abusivo. Así como hay escritores para escritores, don Mariano es un político para políticos, más que para el gran público. Lo prueban los candidatos al trono de Ferraz que hasta la fecha, con el partido acechado por la descomposición y la disidencia royendo a su competidor, han imitado la técnica marianista de la dilación con el escrúpulo del buen alumno.

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El bueno (Gallardón), el feo (juez De la Mata) y el malo (padre de Nadia) en La Linterna de COPE

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16 enero, 2017 · 12:35

Pedro ‘on the road’

PEDRO SÁNCHEZ RENUNCIA A SU ESCAÑO PARA NO DESOBEDECER AL COMITÉ FEDERAL

Boabdil el alto.

Vuelve Sánchez a la carretera y va a necesitar el depósito de gasolina del tráiler de Mad Max. Le dará tiempo a recorrer España varias veces antes de que descubra, al mirar por el retrovisor, que nadie le sigue. Mientras reciba palmadas de ánimo militante en alguna pedanía ampurdanesa se dejará llevar por la ilusión de que está vivo. Luego todo se precipitará y al final habrá que hacerle hueco en las tertulias.

Yo entiendo a las almas izquierdistas a las que el odio a Rajoy les vuelve simpática la intrepidez de nuestro motorista fantasma. Pero acaso desconocen la catadura del personaje que ha traicionado a todos y a todo desde que el destino lo ungió con su dedo de ámbar. Siempre que llamemos destino a Susana Díaz, claro: ese mito de que Sánchez es el líder de la militancia frente al aparato se licúa al recordar que fue Susana la que ordenó votar al guapo maleable frente a Madina, que tenía una personalidad, esa cosa incómoda. Tardó poco en reconocer su error. Sánchez duró al frente del PSOE mucho más tiempo del que merecieron sus traiciones. A Susana le prometió que no se presentaría, a Gómez que lo mantendría, a Felipe que se abstendría. A España que se envolvería en la rojigualda, a los votantes que combatiría el populismo bolivariano. Y entre medias nunca encontró un rato para desarrollar un programa político de más de dos letras: n, o.

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31 octubre, 2016 · 14:17

Sánchez en el clímax

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La anchoa de la locuacidad.

En Cantabria ha declarado Pedro Sánchez que Rajoy es el Red-Bull de los independentistas porque les da alas. Parece una de esas frases aceitosas que uno regurgita después de zamparse las anchoas de Revilla, tan engrasadas de demagogia como las puertas giratorias de Iglesias. Si Iglesias es el primer telécrata de España, el presidente cántabro fue su precursor, y Sánchez anda luchando contra el pedigrí de su sigla para ser admitido en la pasarela de flashes de la nueva política; por eso evacua eslóganes en 140 caracteres. Y a lo peor la ocurrencia ni será suya, sino facturada por algún asesor.

Pero más que un réquiem por el estado del ingenio socialista, habrá que encargar uno por España si sale adelante su pacto de progreso, en palabras de su antecesor: “Si pactamos con el PP se acaba el PSOE; si pactamos con Podemos, se acaba España”. Y eso que Rubalcaba no incluía a ERC ni a DiL, ya con grupo en el Senado por cortesía de Sánchez.

Argumentar que defender la unidad fabrica independentistas es como decir que los semáforos crean a los kamikazes. Pero el aumento de kamikazes no aconseja a la DGT suprimir las señales de circulación, por represoras que sean. No se legisla contra el suicido, sino contra el homicidio por imprudencia: a ningún extremeño le importaría el delirio mitológico de un catalán si con él no persiguiera el robo de su cuota de soberanía y la exoneración de la solidaridad territorial en que se funda el Estado moderno desde Westfalia.

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18 enero, 2016 · 10:46

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00