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Sueños y pesadillas liberales en el siglo XXI

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Buen libro el de Fawcett.

Hace unos días Putin sentenció: «El liberalismo está obsoleto». No es un diagnóstico inocente, pues Putin necesita que sea cierto para justificar su propia alternativa autoritaria, pero no es el único que lo piensa. La ola populista que recorre Occidente a consecuencia de la Gran Recesión y de la revolución tecnológica ha puesto de moda la sospecha de que el modelo demoliberal ya ha cumplido su función: el invento, tras casi tres siglos ofreciendo una meta de igualdad y libertad, no da más de sí.

El desprestigio político que alimenta la desafección, la deriva económica que amplía la desigualdad, la soledad geopolítica tras las deserciones de los Estados Unidos de Trump y el Reino Unido del Brexit –otrora referentes de pluralismo– y el escaso atractivo que ejercen los ideales liberales en comparación con la potencia hipnótica de la identidad nacional, de raza, género o clase han alumbrado un nuevo género ensayístico que oscila entre el aviso sereno y el casandrismo desatado en torno a la muerte del liberalismo democrático y su sustitución en marcha por no se sabe aún qué competidor iliberal. De la autocracia nacionalista rusa al turbocapitalismo sin democracia chino; del tradicionalismo húngaro o polaco al retorno neomarxista que opone la soberanía del pueblo a las instituciones democráticas que separan el poder.

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30 julio, 2019 · 11:21

Orgullo hermafrodita

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Un liberal progresista.

El gran error del centro es existir. En este mundo hay peras y manzanas, blancos y negros, izquierda y derecha: el centro es una aberración genética, y una agresión al hispánico cerebro donde chirría como en ningún otro la disonancia cognitiva. Por eso en estos días poselectorales regresan nuestros sexadores ideológicos a examinarle la entrepierna a Cs para ver si tiene pene o vulva, cuando la naturaleza de Cs consiste en tener pene y vulva a la vez, y se equivocará si no usa ambos. El insensato proyecto de un centro en el país de las guerras civiles pretende elevar el hermafroditismo ideológico a hegemonía política. Calibremos, pues, sus atributos.

El hermafrodita o extremocentrista es alguien que no soporta la superioridad moral de la izquierda pero tampoco la noción patrimonial del poder de la derecha. Odia los sermones, vengan del obispo de Alcalá o de una neomonja feminista. Le revienta que se juzgue a un cargo público -pongamos Carmena– por su aura mística y no por su gestión, como le asquea el ademán señoritil del conservador cuando sube al coche oficial. Sabe que el liberalismo no tiene nada que ver con el reparto de mamandurrias entre amiguetes ni con el populismo fiscal, sino con bajar los impuestos precisos a los bolsillos adecuados, porque el Estado de bienestar es la red de seguridad de los más débiles y al centrista le importa la igualdad -la igual libertad de oportunidades, no de resultados- tanto como la libertad.

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2 junio, 2019 · 21:42

La España de la idea

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La rabia o la idea.

Cuando Cs comenzó su expansión por España, quedaban tres años para que el nacionalismo tratara de separar de un golpe a los puros de los mestizos y a los ricos de los pobres. Por eso su discurso, sin olvidar la resistencia a la ingeniería social pujolista que les hizo nacer -nacer para sobrevivir-, se centraba en la impugnación de la trampa bipartidista. En la que necesariamente caía el españolito que venía al mundo por falta de opciones. Una amiga me dio entonces una razón singular para votar a Cs: “Votaré para saber que existo”. Había votado al PSOE y al PP, le gustaban cosas de unos y otros, y no quería resignarse a parecer facha cuatro años y roja los cuatro siguientes. El apoyo al partido que reivindica la ciudadanía se convertía así en voto identitario: “No soy lo que queréis que sea: ni la tesis de unos ni la antítesis de otros”. El futuro, tercia Hegel, pertenece a quienes logran la síntesis.

El resurgimiento deliberado de las dos Españas en esta campaña devuelve vigencia a esa rebeldía. La moción abrió una brecha en el constitucionalismo y Sánchez, una vulgar criatura de aparato obsesionada con el poder a cualquier precio, cavó más honda la zanja cada viernes para lucrarse de ese maniqueísmo: a un lado los fachas, al otro él. Y cada miércoles, en el Congreso, apuntaba a Rivera como el mayor obstáculo para el crédito de su relato, empujándolo al bando conservador para quedarse el votante de centro, el que hace frontera con el PSOE. El que mañana lo decide todo. El que, si no se traga la propaganda gubernamental y apoya a Cs, desaloja a Sánchez.

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28 abril, 2019 · 17:39

Colón activa el tictac contra Sánchez

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La parte liberal.

La víspera dormí mal. Carezco de experiencia sobre el terreno en los Balcanes o Sudán del Sur, y sin embargo mi periódico se empeñaba en enviarme a cubrir una manifestación que según el PSOE y sus terminales mediáticas iba a convertir la Plaza de Colón en Nüremberg 1933. Claro que mis miedos se mezclaban con la promesa de la adrenalina: 36 años escuchando alertas antifascistas y por fin amanecía la jornada epifánica en que iba a conocer el rostro de la bestia.

Nada más llegar, sin embargo, me topé con una señora que regateaba con el vendedor de banderas estratégicamente apostado junto al Museo de Cera. Donde debían resonar las botas encontraba más bien mocasines, y la única muestra de agresividad que pude anotar la protagonizó una niña de seis años que llamaba “golpista” a su hermanito por haberle efectivamente golpeado bajo la condenatoria mirada de su madre. La niña habría leído la palabra en el cartel de “Golpistas, a prisión” adherido al pedestal de la estatua de Blas de Lezo, un lugar de lo más pertinente para esa proclama. Como pertinente parecía el título de la serie que Netflix publicitaba en la fachada del edifico Barclays: “Examen de conciencia”. Una necesidad colectiva tras ocho meses de sanchismo.

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11 febrero, 2019 · 11:05

Tu censor te ama

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El pájaro de la censura.

El martes Twitter me informó del bloqueo de mi cuenta por un tuit ofensivo. Fue hace cinco años, navegaba a bordo del ferry y tuiteé: “Barco a Cíes. A matar jipis”. Deduje que las autoridades de Twitter prefieren el pop y detestan a Siniestro Total hasta el punto de negarle la libertad de expresión a quien se atreva a tararear públicamente sus estribillos.

La anécdota me llevó a algunas categorías. Al debate sobre los límites del humor que debería versar sobre los límites de la susceptibilidad. A la necesidad de vigilar al vigilante, ese gran hermano que vuelca elecciones y no paga impuestos pero ejerce de guardián panóptico de nuestra moral expresiva. O a la plaga de la estupidez literalista, ébola digital que está diezmando la comprensión lectora de varias generaciones y que proscribe la ironía como los jemeres rojos encarcelaban a los camboyanos con gafas: bajo sospecha de inteligencia. Mientras no creemos algoritmos sensibles a la metáfora o el sarcasmo, la inteligencia artificial no se librará de la acusación de distopía.

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4 febrero, 2019 · 10:06

El privilegio del coraje

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Coraje.

Las guerras civiles en Occidente aún son culturales. Dos se están librando hoy, una en la izquierda y otra en la derecha.

En el primer frente tenemos a los neomarxistas tratando de pinchar las múltiples burbujas divisivas de los identitarios, explicándoles que lo que determina su conciencia solo puede ser su clase social y no la fluidez de su género, ni el abono semanal a la batucada saharaui, ni su arrebatada piedad por las focas. Militancias tan atomizadas les escamotean su destino histórico, que es unirse como precarios del mundo en la lucha final contra el neoliberalismo globalizado. Se trata de una guerra melancólica que ya se perdió en París en 1968, cuando los hijos de la paz descubrieron que sus anhelos los satisfacía mejor el mercado que el Estado, pero su lucha me inspira más simpatía que la de quien pide el sufragio para el gran simio; al fin y al cabo, Adam Smith y Karl Marx comparten la convicción de que la emancipación del hombre empieza por sus condiciones materiales.

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10 diciembre, 2018 · 11:46

El candado de la libertad

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Oscuro objeto de deseo del conspirador.

Sirve el latín no solo para que a los oriundos de Cabra los llamen egabrenses, sino también para cincelar el sentido de la civilización en un puñado de eufónicas palabras: Legum servi sumus ut liberi esse possimus. En castellano no suenan tan bien, pero proclaman la misma verdad: «Somos esclavos de la ley para poder ser libres». La paradoja formulada por Cicerón hace 21 siglos ha guiado a todos los pueblos que quisieron ser libres y adivinaron la única manera de conseguirlo: ser al mismo tiempo iguales ante la ley.

A menudo enfrentamos la libertad a la igualdad para diferenciar el ideal propio de la derecha de la vocación por la que lucharía la izquierda. Pero esta dicotomía no deja de ser una trampa pedagógica tendida por nuestra mente binaria, porque la igualdad no es otra cosa que la igual libertad entre ciudadanos. Al final todos luchamos por la libertad, por igualarnos en autonomía, para que la libertad de partida que asiste al pobre se parezca lo más posible a la que disfruta el rico, sin someter la de ninguno por el camino ni impugnar la disparidad de resultados que necesariamente se sigue del ejercicio del albedrío y el capricho de la genética. Esa doble condición inseparable, la de ser libres e iguales como españoles, es la que consagra la Constitución de 1978.

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6 diciembre, 2018 · 10:11

Pablo Casado: el parto de un líder

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El relevo.

La victoria de Pablo Casado no debería sorprender a nadie. Si la fortuna ayuda a los audaces y si la política occidental está recorrida por el rechazo al elitismo inercial de las estructuras tradicionales de poder, cabía esperar que Soraya Sáenz de Santamaría fuera apeada del puente de mando en cuanto se le permitiera elegir a la militancia. Es lo malo de dejar votar a la gente, que acaba votando lo que le da la gana. Lo que mejor le llega.

Casado ha podido levantar en mes y medio un liderazgo propio porque tenía un líder dentro, largamente gestado, que el tapón marianista impedía salir. Durante su energizante discurso -una pieza notable de oratoria, directa al corazón del compromisario y a las piernas del público, que no pudo evitar ponerse en pie hasta cinco veces-, el orador sudaba no porque Soraya tuviera secuestrados a sus hijos, como apuntó un malvado tuitero, sino porque estaba de parto: estaba alumbrando al próximo presidente del partido.

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Un resumen de mi largo diálogo con Gistau en COPE

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22 julio, 2018 · 12:23