Archivo de la etiqueta: Telepantoja e ingeniería social

Sánchez sale a relucir

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Reluciendo.

Hace unos días Fernando Savater se preguntaba si este Gobierno era brillante o solo reluciente. La distinción resulta decisiva: el efecto parece el mismo pero sus causas no pueden ser más opuestas. Brillante es la luz que nace internamente y se comparte hacia fuera: ejerce un efecto centrífugo. Reluciente es el atributo que un agente exterior presta a quien por sí mismo carece de brillo: se trata de un efecto centrípeto. La facultad brillante es activa e imperecedera; la condición reluciente es pasiva y efímera. Alguien brillante irradia un talento que le es propio, mientras que para relucir basta con reflejar la luz que solícitamente proyectan desde fuera. Desde, por ejemplo, Televisión Española, primer reflector del Estado.

Ni siquiera la insensata confianza que Pedro Sánchez deposita en sí mismo es suficiente para fiar su duración en La Moncloa a la fotogenia de sus manos. Él ya se ve cualificado no para gobernar España sino para reemplazar a Merkel en el liderazgo de Europa, pero sus asesores, cuyo trabajo exige alguna familiaridad con el realismo, lo han rodeado de ministros brillantes entre los cuales el jefe aparezca como un candidato al menos reluciente. Y si el Gabinete falla, pues la realidad es sombría, queda la ficción, el asalto al órgano de propaganda por excelencia desde que lo fundara Franco: RTVE. Por colocar a su nuncio ideológico en la santa sede de la doctrina gubernamental andan matándose a puerta cerrada los distintos apéndices de la criatura frankensteiniana que censuró a Rajoy, cada uno según su tamaño: las piernas de Podemos, un brazo de ERC, el otro de PDeCAT, la cabeza del PNV y las manos… de Sánchez. Llamamos a eso negociación, con púdico eufemismo, pero el espectáculo nos evoca los documentales predatorios de La 2. Con los periodistas de plantilla en el papel de ñus y con la despolitización en el caldero de los caníbales de sigla.

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El bueno (Morenés), el feo (Marlaska) y el malo (Jorge Fernández) en La Linterna de COPE

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2 julio, 2018 · 10:03

Dos años de manicura

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Sánchez y la Mano de Sánchez.

La legislatura de Pedro Sánchez ha resultado más bien una manicura. En ella lo importante no son las leyes, cuya confección exige mayorías parlamentarias, sino las manos, para las que basta un fotógrafo con tendencia a la mitomanía. Las manos de Sánchez están a punto de cobrar vida autónoma, de emanciparse del propio Sánchez así como los socios de Sánchez quieren emanciparse de España, y en estos juegos de manos o manicura federal asimétrica consumiremos los dos próximos años. Sin olvidarnos -por supuesto- de Franco, en cuyas manos descarnadas ya no queda ni la mitad de la determinación que el community manager de Moncloa aprecia en las de Sánchez, porque si quedara algo igual no le molestaban en otros 40 años.

Los usos marianistas fijaban las comparecencias en el Congreso después de los consejos europeos para informar de lo tratado a sus señorías; Sánchez comparece antes, lo cual tiene sentido en países que pactan su política exterior con sentido de Estado, como Alemania, y carece de él en países donde hasta el 4-4-2 se ideologiza, como España. ¿Por qué Sánchez viene al Congreso a hablar de Europa si al final de la sesión no se vota una posición común? Sencillo: porque todo el tiempo que gaste hablando de Merkel y Macron es tiempo que gana sin hablar de financiación autonómica, reforma laboral y otros engorros impracticables con 84 diputados. Los presidentes españoles tradicionalmente han dedicado su primer mandato al patio interior para proyectarse internacionalmente a partir de su segunda estadía monclovita, pero Sánchez está invirtiendo las prioridades; o más bien está tratando de opacar las servidumbres de lo doméstico con los destellos del fuselaje del Falcon: «No me vengáis con un presidente de Diputación valenciano que me estoy pegando con Salvini, paletos». O quizá no está muy seguro de que vaya a disponer de un segundo mandato.

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28 junio, 2018 · 10:46

Hacia la reforma mental

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Identidad en marcha.

Lleva razón lleva Dolores Delgado cuando encarece la necesidad de una “reforma mental”. Yo soy muy partidario de las reformas mentales, a condición de que no las dirijan ingenieros sociales con nómina de Estado -por ejemplo, un ministro de Justicia- sino la conciencia a solas con un libro o una idea, dos animales en peligro de extinción bajo el incendio identitario que está deforestando la inteligencia. ¿Guerra cultural o democracia deliberativa? Según Lilla, la primera enfrenta identidades desesperadas por obtener reconocimiento mientras que la segunda admite la posibilidad ilustrada de la persuasión. Por eso degenera el debate público: porque es imposible hablar con un género, dialogar con una orientación sexual, discutir con el orgullo nativo. Las identidades serán laicas pero imponen la jaculatoria y la genuflexión. Todo lo que no sea hincar la rodilla y recitar el catecismo constituye anatema. Así, si un tribunal aprecia escaso riesgo de reincidencia y fuga en cinco condenados por abuso sexual, de inmediato calle y poder claman machismo al unísono. Es decir, postulan una deformación moral, un sesgo injusto, una intimidad psíquica no sostenida por pruebas. Y si las pruebas no sostienen la acusación de machismo a una magistrada que cambia el voto, que se jodan las pruebas. Habrá que reformar a los togados para que sus mentes aprendan a adaptar los juicios a los prejuicios.

No sorprende que políticos, periodistas y otros adictos al selfi moral se sumen al alegre linchamiento de la «justicia patriarcal». Los jueces son los últimos villanos de este cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada pero da votos, clics y likes. Menguado el poder ejecutivo por la transferencia de soberanía y domesticado el legislativo por la ley de hierro de la partidocracia, el poder judicial resiste apenas como último refugio de la autoridad, de la capacidad de decisión racional e independiente. ¿Cuánto tiempo seguirá resignándose al malvado papel que le adjudica la indignación de las identidades insatisfechas? Cuando la Justicia abandone los hechos y los códigos para atenerse a los sentimientos y a las redes sociales habremos completado el retorno a Salem. Entonces el patriarcado será como la brujería: haberlo haylo. Y todo agnóstico será castigado.

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El bueno (Cospedal), el feo (Casado) y el malo (Soraya) en La Linterna de COPE

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25 junio, 2018 · 9:56

Jauría eres tú

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De dioses a animales.

Qué es jauría, dices mientras Màxim clava en nuestra conciencia su dimisión del banco azul: jauría eres tú. Quien no es de izquierdas de joven no tiene corazón y quien no ha sumado su ladrido al coro de canes indignados por la mera existencia de la luna no tiene Twitter. En la calle digital reina la agresividad por defecto y ya no quedan tejados para gatos indiferentes: hoy todos somos perros comprometidos.

Al divino Màxim le ha sucedido, invirtiendo la secuencia darwinista, el zoológico Guirao, que considera a los animales iguales al hombre «en inteligencia, en sensibilidad y en derecho a la vida», con los problemas penales que semejante convicción les crea a los asadores. Si corren malos tiempos para la lírica es por el intrusismo de la política, cada día más cursi, de ahí que el progresismo del ministro supere el del poeta César Vallejo, quien en el poema que titula estas columnas ponía nuestra pena en observación como signo distintivo de lo humano: «Considerando también / que el hombre es en verdad un animal / y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…» A don Guirao no le damos en la cabeza con nuestra tristeza sino con nuestros impuestos (bien sabe Màxim que son lo mismo), y por eso anuncia la solemne bajada del IVA cultural… semanas después de que lo bajara el PP por exigencia de Cs.

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17 junio, 2018 · 23:25

Tanto todo para nada

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Una época.

Me lancé sobre el teclado dispuesto a levantar acta del apocalipsis. Los partidos dinásticos del 78 pagan con la esterilidad su larga endogamia y mueren sin descendencia. Sus albaceas ajustan cuentas en sórdidos rincones o se disputan una herencia demediada. Los legisladores, encuadrados en falanges preelectorales -de esa rancia estirpe que adivina una rendición en cada pacto-, ya no legislan. El presidente se contrarreforma a sí mismo con tal de sobrevivir un año más. El Ejecutivo se desempodera en favor del Judicial, contra el que a su vez conspira la opinión efervescente del pueblo digital, receloso de toda autoridad ilustrada, ajeno a otra soberanía que la de su santa piel. Las identidades estabulan a los ciudadanos que sienten nostalgia de la comunidad perdida y olvidan los privilegios de la libertad ganada. La saturación de oferta material acicatea la demanda espiritual, las viejas luchas retornan a los nuevos corazones y vuelve a reivindicarse el colectivo -la clase, el género, hasta el barrio- sin renunciar ni por asomo al tecnificado ideal del individuo urbano. La incomprensible fe en el poder de la política, semilla de inexorables frustraciones, convive con la razón meritocrática, constatada por quienes progresan desentendiéndose de la prensa. La sociedad nunca fue tan mestiza, pero señalamos su creciente polarización; las empresas se globalizan, pero corremos a refugiarnos en el proteccionismo; la vida humana se alarga cada vez más, pero al cabo termina, y los hombres, como advertía Camus, no mueren felices.

Luego, a mitad de artículo, me paré a pensar. ¿Y si un minuto después del apocalipsis pasara lo de siempre, lo que suele pasar en estos casos, es decir, que no pase nada? Porque el pueblo opina y los jueces juzgan, pero lo malo sería que los jueces se limitaran a opinar mientras el pueblo dicta sentencia. Y los partidos nacen, pero también mueren, y del abono en que los sume su descomposición brota otro partido. Y los presidentes sobreviven, pero solo un poco más, porque Galicia hace mucho que dejó de dar dictadores. Y los nacionalistas chantajean, pero ninguna cesión los ha alejado un centímetro del estatuto legal de comunidad autónoma. Y florecen las pancartas en primavera, pero desde aquel mayo en París sabemos que la revolución solo es un cambio de amos en el peor de los casos; y en el mejor, una manera sexy de airear la intimidad, esa que Lacan llamó extimidad: la intimidad que reforzamos cuando la exhibimos. Hoy los revolucionarios se presentan a las elecciones y se quedan embarazados de gemelos.

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El bueno (Carmen Quintanilla), el feo (Cristina Cifuentes) y el malo (La Manada)

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2 mayo, 2018 · 19:28

Mutuo Apoyo Romántico

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Industria del espectáculo.

Nos gusta hablar de Podemos: las cosas como son. A unos porque lo odian, a otros porque lo aman y a la mayoría porque lleva toda la vida consumiendo telerrealidad y reconoce el adictivo patrón del género en ese partido al que tanto le está costando convertirse en un partido. Pues nació más bien como mercancía de la industria del espectáculo, placeada en las calles y en los platós como cualquier compañía de teatro. Su padre no es Marx ni Laclau sino Guy Debord, que profetizó la nueva edad del capitalismo en que ya no compraríamos productos sino experiencias. Y la de revolucionario se vende como ninguna en las plácidas democracias occidentales.

Hablamos de Podemos y cuando lo hacemos llamamos Pablo a Iglesias, Íñigo a Errejón y Tania a… Tania, pero no se nos ocurre llamar Mariano a Rajoy, y mucho menos Cristóbal a Montoro. Las confianzas en la civilización del espectáculo nos las tomamos con aquellos personajes de ficción que sentimos más cercanos; pero Montoro no es ficticio, como modestamente creo haber demostrado esta semana. Los dirigentes de Podemos favorecían esas familiaridades con su retórica eclesial, subgénero scout, ya desmentida por dichos y actos que son tan descarnados como los de cualquier político en lucha por el poder. Hay fans del serial lila descubriendo ahora que los partidos no son asambleas, que en las ruedas de prensa no siempre se puede sonreír, que las listas se terminan confeccionando en una habitación cerrada, que al enemigo ni agua y a la exnovia ni una comisión parlamentaria y que todo esto no es nada personal: solo negocios. El negocio de la representación en la política mediática de nuestro tiempo, que presta servicio incesante como las farmacias de guardia y las opiniones en las redes.

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El bueno (las víctimas de ETA), el feo (Montoro) y el malo (Carolina Bescansa) en La Linterna de COPE

Eché un rato muy agradable (y muy sincero) en esta entrevista con los jóvenes colegas de Periodismo del CEU

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22 abril, 2018 · 12:03

El Llarena solitario

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La ley.

A la imparable decadencia de Occidente creía Spengler que solo se podía oponer un pelotón de soldados. Pero eso lo escribió en 1918, cuando la carne de Europa aún se descomponía en las trincheras. Hoy el campo donde se combate a la democracia es incruento, virtual incluso, y no alinea a soldados contra soldados sino a emociones colectivas contra derechos individuales. Las primeras alimentan el mar sin orillas de Facebook, que en ocasiones inunda los paseos marítimos y causa destrozos en la civilización; los segundos dependen de la razón y el coraje de un puñado de intérpretes del código penal, llamados jueces. Su misión es levantar diques y fijar en ellos la marca de la vergüenza para que las generaciones futuras sepan hasta dónde llegó esta vez la riada.

A la degradación de Cataluña se ha opuesto un hombre sobre todos, un español de Burgos, formado en Valladolid y curtido en Barcelona, impermeable al victimismo porno de los unos y a la componenda proxeneta de los otros. Pablo Llarena Conde (55 años, hijo de abogados, padre de dos hijos, número uno de su promoción, magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo) podrá contar en las cenas familiares que a principios de siglo una parte de España retrocedió al salvaje Oeste, y que todo aquello a él le pilló en la oficina del sheriff. «En aquel tiempo, queridos nietos, yo fui la ley. Y la ley se cumplió». Podrá decirlo, porque habrá dicho la verdad.

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28 marzo, 2018 · 21:03

La musa vestida

15194118294562.jpgSe dice que nos encaminamos a una edad dorada de la censura, y quizá sea cierto, pero solo porque venimos de una edad dorada de la libertad. La censura nace de la libertad en el mismo sentido en que la primera causa del divorcio es el matrimonio. El amor se nos rompe de tanto usarlo, y la libertad ejercida sin coste termina aburriéndonos y echándonos a los apasionados brazos de la servidumbre. La carrera de Santiago Sierra cuenta la historia de un hombre libre empeñado en dejar de serlo por un instante y cobrar por el efímero sacrificio. Necesita para ello la colaboración del público, como los magos: necesita la azafata con lentejuelas de la susceptibilidad y, en los éxitos más sonados, que el empresario le cierre el teatro. Necesita desesperadamente que alguien impresionable, en algún lugar, le coarte. Planea esmeradas provocaciones que le reporten el infinito placer que experimenta no cuando es libre, sino cuando es censurado; o al menos cuando lo parece, pues es en la publicidad donde reside el negocio. A nadie se le escapa la naturaleza masoquista de su pulsión, pero el dolor queda paliado por las riadas de dinero que amasa en el proceso gracias al lucrativo escándalo de los burgueses. Es un mecanismo muy antiguo, pero no ha perdido eficacia. La censura en Arco ha sido, sin duda, su obra maestra.

Pero la obra de Sierra no tiene ningún interés en comparación con él mismo, con la performance en él encarnada, que es una metáfora muy poderosa de nuestro tiempo. Sierra es un niño grande al que todos le pagamos sus travesuras, y a perpetuar esa privilegiada condición es a lo que aspiramos todos los hijos de la posmodernidad. Hemos heredado las mayores cotas de libertad de la historia del hombre, y ese es nuestro problema: que por la misma cualidad gratuita de lo heredado hemos dejado de valorarla, nos hastía, y entonces concebimos el turbio pero excitante anhelo del límite, de la frontera, de la persecución. Como esos niños que, según Chesterton, caminan por la acera circunscribiendo voluntariamente sus pisadas al centro de las baldosas, sin pisar jamás las junturas entre ambas. Podrían correr, saltar, moverse libremente, pero eligen limitarse porque la libertad absoluta, concluye Chesterton, no es humana. Si nadie nos castiga, aunque sea sin motivo, aunque el castigo nos lo inflijamos nosotros, ¿cómo podemos estar seguros de que somos inocentes? Victimízate: disfruta.

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El bueno (Forges), el feo (presidente de Ifema) y el malo (ultras de fútbol)

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24 febrero, 2018 · 20:55