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Alguien voló sobre el nido de Sánchez

Recuerdo el hostión que encajó Rajoy en diciembre de 2015 durante la campaña electoral. Fue un crochet de izquierdas lanzado por alguien a quien el periodismo de progreso se apresuró a tildar de «típico chaval conflictivo». El propio Rajoy, preguntado por los periodistas, quitó hierro a un incidente que, de haberlo sufrido un Sánchez o un Iglesias, habría escalado en décimas de segundo a la categoría de atentado: «No hay que darle más importancia de la que tiene. Somos un pueblo civilizado, tranquilo y moderado, y de vez en cuando hay una excepción. No hay consecuencias políticas». Así hablaba en España un político adulto, presanchista, hace miles de años.

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27 abril, 2021 · 11:30

Ayuso sobre la colina

Se apagaron los focos unos segundos antes de encenderse, y todos nos preguntamos en qué estaría pensando don Ángel Gabilondo bajo la penumbra metafísica del plató de Telemadrid. “Me opongo o no me opongo: he ahí la cuestión”. Las luces se encendieron y seguía despierto: no cabe pedirle más.

Dominaba el rojo autonómico madrileño en los aliños indumentarios de Isabel Díaz AyusoMónica García y María Rey, que faenó con suave capote y dio la palabra en el arranque a Pablo Iglesias, a quien le toca trabajar un día al año: el día del debate electoral. Según Rocío Monasterio, Iglesias facturó 30 muertos por cada capítulo visionado de Netflix. Pero Pablo, a quien se le dan bastante mejor los platós que las residencias, no iba a perder el tiempo confrontando con Vox sino con Ayuso. Caza mayor, moño alto y dos pendientes en donde se columpiaban al unísono la pereza y la impostura.

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22 abril, 2021 · 9:03

Izquierda sílex

Normal Mailer le gustaba discutir, sobre todo en las fiestas. En una de ellas se acaloró con Gore Vidal, perdió definitivamente los papeles y acabó tumbando a su interlocutor de un puñetazo. Mientras se levantaba satisfecho del suelo, Vidal sentenció el combate: «Otra vez han vuelto a abandonarte las palabras, Norman».

El sapiens es el único animal que desarrolló un aparato fonador para poder imponerse sin recurrir a la violencia. Sin embargo su evolución no está del todo conseguida, según nos recuerda periódicamente el antifascismo de adoquín. En su regresión cavernaria la izquierda recurre a la piedra y al palo, tecnología que Einstein ya vaticinó para la Cuarta Guerra Mundial. Y no cabe descartar que al fondo de los barrios que aún creen suyos encontremos pronto manos marcadas en rojo o cabezas de bisonte facha como en la cueva de Altamira, que es una forma de articular la identidad política poco sofisticada pero más emotiva que un programa fiscal.

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12 abril, 2021 · 9:04

Madrid no paga a nostálgicos

El domingo andaba huroneando entre los vinilos del Rastro cuando una pareja de chavales se puso a rebuscar a mi lado. Rondarían la mayoría de edad, abalorios morados ella, estética tangana él, chicos de barrio pero a la moda. A juzgar por las fotos históricas en las que detenían los dedos, compartían afición por el Madrid resistente del general Miaja, viejos iconos como el «No pasarán» junto al arco de Cuchilleros entre otras estampas entrañables. «Así que la llamada a la lucha antifascista de Pablo Iglesias está calando entre la muchachada», me dije. Pero mi fantasía si alguna vez la concebí de emular a Hemingway en el frente de mayo se esfumó cruelmente cuando aquel par de tiernos milicianos posmo terminó decantándose por Billie Eilish y por el tópico arranque de la Gran Vía iluminada desde el edificio Metrópolis.

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6 abril, 2021 · 11:58

Entrevista en El Cultural

Por Fernando Díez de Quijano

En junio de 2015, poco después de fichar por El MundoJorge Bustos (Madrid, 1982) fue enviado a La Mancha para hacer un reportaje con motivo del cuarto centenario de la segunda parte del Quijote, siguiendo los pasos de Azorín, que hizo la misma ruta por los escenarios de la obra cervantina un siglo antes. En agosto de 2019 el periodista y escritor, ya jefe de Opinión del diario, emprendió otro viaje, esta vez a Francia y por placer o, más bien, reconoce Bustos, por una necesidad de dejar a un lado la absorbente actualidad para reconectar con la realidad, que son cosas bien distintas. Le empujaba la misma sed de cosas concretas de la que hablaba Josep Pla, que tomó el testigo de Azorín como patrón literario al que encomendarse antes de partir.

Los frutos literarios de ambos viajes conforman su quinto libro, Asombro y desencanto, que edita Libros del Asteroide. Es una obra llena de contrastes. Enfrentar a La Mancha con Francia inevitablemente da lugar a muchos de ellos: “del ardor mesetario a la templanza bretona, del corral de comedias a la ópera versallesca, del loco que se creyó Amadís al loco que se creyó Napoleón, del museo de quijotes de El Toboso a la feria de selfis del Louvre y del honrado valdepeñas al majestuoso burdeos”, por citar solo algunos de los que el propio Bustos enumera antes de dar paso a las crónicas de ambos viajes. Pero el contraste más importante se da entre los dos púgiles que dan título al libro: el asombro y el desencanto (“¿Cuál de los dos vencerá?”, se pregunta Andrés Trapiello en el prólogo), que también representan el antes y el después de un proceso de maduración del autor hacia el escepticismo. No obstante, Bustos lucha también, consigo mismo, para evitar que el primero sea devorado por el segundo.

Pregunta. ¿Están el asombro y el desencanto condenados a entenderse?

Respuesta. El asombro es una aspiración. Dice Chesterton que los niños descubren el mundo cada día y le ponen nombre, es esa actitud del poeta que se deja seducir por lo que va descubriendo. Luego vas creciendo y vas perdiendo esa mirada y vas dando por hechas las cosas, vas asumiendo prejuicios, te vas cargando de cosas heredadas que no son tuyas, que te han dicho que tienes que pensar. En ese sentido, este libro es en apariencia un viaje exterior, pero evidentemente es un viaje interior. Hay cuatro años de diferencia desde el viaje cervantino que hice recién llegado al periódico. Tenía 32 años y había cumplido mi sueño de llegar a un gran periódico, después de años de precariedad. En aquel viaje hay una mirada muy libresca pero muy inocente también, más pura. Cuatro años después el del viaje a Francia es otro Bustos, ya era jefe de opinión y ya había tenido algunos desengaños políticos. Mi mirada es más escéptica, pero también intenté rescatar aquella pulsión de asombro. Si el libro tiene algún mérito es ese: el intento de que convivan dos sensaciones contrapuestas, y que el desempeño de mi quehacer profesional lastra tremendamente. Todos los días de lunes a viernes estoy enfrentado a un grado de exposición mediática disparatado y se me pide que tome posición sobre la actualidad —no sobre la realidad— desde las 7:30 de la mañana hasta las 11 de la noche, en radio, prensa y televisión. Es una vida por la que habría matado hace años y soy consciente de que soy un privilegiado, estando como está el oficio, pero siento que estoy postergando una exploración más sincera conmigo mismo de la realidad y de mi vocación, porque yo soy periodista y me encanta el columnismo político, pero lo que quiero es forjar una carrera de escritor. Aunque este es mi quinto libro, siento que es el primero de una etapa nueva más literaria. Nunca he sido tan feliz como escribiendo este libro.

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24 marzo, 2021 · 12:13

Entrevista en EL MUNDO

Por Luis Alemany

Asombro y desencanto, el quinto libro del periodista Jorge Bustos (Libros del Asteoride), suena a obra atemporal desde su título, desde su portada con una foto del Mont Saint-Michel virada al verde. El texto hilvana dos viajes en coche: uno de trabajo, por los pueblos que recorrió Quijote, y otro por Francia, desde la frontera vasca hasta Normandía. En principio, parece que los dos viajes son un juego de espejos que da nitidez a la imagen de España, un tema clásico del redactor jefe de Opinión de EL MUNDO. En el fondo, el texto es algo más íntimo. En la carretera, el narrador aprende a vivir más libremente, como en todos los libros de viajes.

Juan Benet escribió sobre una clase teórica en la mili. Un sargento les explicaba qué era la patria con muchas florituras. Acababa la clase y preguntaba. «¿Habéis entendido?». Respuesta de la tropa: «No». Y el sargento decía entonces: «Mirad, ¿a vosotros no os pasa que oís hablar en francés y os da muchísima rabia? Pues eso es la patria».

Para alguien como yo, viniendo de donde vengo, la relación con Francia no es natural, viene cargada de prejuicios. Ni mucho menos es la relación que tuvieron nuestros padres. En ciertos ambientes de educación conservadora, parece que la construcción de la identidad española se hace por oposición a Francia. Es una cosa estúpida pero aún funciona. Sólo hay que ver cuando Vox habla con desprecio de «los gabachos», y eso que el Frente Nacional les ayuda. Este libro va también de eso, del anhelo de confrontarme con mis prejuicios y mis complejos a través de una experiencia con la realidad francesa y con la española.

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23 marzo, 2021 · 22:24

Réquiem por Ciudadanos

Ahora que muere Ciudadanos es justo redactar un epitafio a la altura de su mejor momento y no de este penoso braceo en pos del último madero del Atlántico. Cs es la historia de una triple rebeldía: contra el rodillo nacionalista, contra el anquilosamiento bipartidista, contra la infección populista; formidables enemigos que hoy brindan por su ocaso. El español mezquino entierra magníficamente bien porque le alivia la reducción de la competencia. Pero hubo unos años, entre 2015 y 2018, en que Cs logró proponer a la política española la mejor versión de sí misma. Se empezó a cuestionar la legitimidad de los nacionalistas para seguir extorsionándonos. Producía bochorno nombrar a Franco o al comunismo: el futuro ofrecía retos más interesantes que el pasado. La escena de dos capos políticos repartiéndose a los jueces se reveló de súbito como lo que es: una vergüenza. Si hasta se discutía el contrato único o la mochila austriaca en las tertulias, por Dios.

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21 marzo, 2021 · 21:43

Del ibuprofeno a la vaselina

El nacionalismo es la inflamación patológica de una conciencia nacional herida, escribió Isaiah Berlin. No escribió que esa herida podía ser imaginaria, y no imaginó que además podía ser autoinfligida. Es el caso de Cataluña, empeñada en dañarse a sí misma en cada convocatoria electoral como esos adolescentes que presumen de muñecas lesionadas en Instagram. La enfermedad catalana es autoinmune, de tal manera que se defiende del dolor que ella misma se inflige multiplicando el número de agresiones, o de votos. El mecanismo fue observado con interés por el matasanos de Moncloa, que resolvió pronto el tratamiento: ibuprofeno según Borrell, vaselina según García-Page. Ahora la fístula del caganer separatista tiene el tamaño de un acueducto por donde se deshidrata el Estado. La última gota será el referéndum.

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16 febrero, 2021 · 11:35