Archivo de la etiqueta: populismo y otras hierbas

Régimen del 78 a 30 años

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La madurez del doctrinario.

Una pregunta ha atormentado siempre al rojo de corazón: por qué hay obreros que votan a la derecha. O al centro, que para el rojo fetén es indistinguible de la derecha. Como resulta demográficamente imposible que todos los votantes de PP y Cs sean pijos -los pijos serán millonarios pero no hay millones de pijos-, el rojo conoce la modesta posición de muchos de ellos. Pero no le entra en su dogmática cabeza.

Hasta ahora la respuesta ortodoxa consistía en deplorar la falta de conciencia de clase del proletariado, embrutecido por el sueño escasamente épico de querer vivir como el señorito. Pero ni siquiera una toma de conciencia tan académica como la de los fundadores de Podemos ha resistido el enésimo choque con la vida real. Pablo Iglesias e Irene Montero tuvieron un hijo ideológico, llamado Podemos, pero después concibieron dos hijos biológicos, y asimilaron entonces la lección inaugural de la madurez humana: que en la dialéctica entre ideología y biología, siempre gana la segunda. Siempre. Ahora tendrán que asimilarlo sus votantes, que les han hecho mucho más ricos a ellos de lo que ellos han hecho a sus votantes. Y por eso la gente -perdón, la Gente- vota a Rajoy y Rivera. Incluso a Sánchez, que ya tarda en irse a vivir bajo el puente de Juan Bravo para recoger el voto del desengaño. Yo me temo que el chalet de La Navata va a ser para el Podemos de Iglesias lo que la boda de El Escorial fue para el PP de Aznar. Tendemos a confundir los apocalipsis personales con los colectivos, y de ahí se nutre el populismo; pero también tomamos por general prosperidad la nuestra propia, y de ahí nace la desafección.

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20 mayo, 2018 · 11:44

Mutuo Apoyo Romántico

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Industria del espectáculo.

Nos gusta hablar de Podemos: las cosas como son. A unos porque lo odian, a otros porque lo aman y a la mayoría porque lleva toda la vida consumiendo telerrealidad y reconoce el adictivo patrón del género en ese partido al que tanto le está costando convertirse en un partido. Pues nació más bien como mercancía de la industria del espectáculo, placeada en las calles y en los platós como cualquier compañía de teatro. Su padre no es Marx ni Laclau sino Guy Debord, que profetizó la nueva edad del capitalismo en que ya no compraríamos productos sino experiencias. Y la de revolucionario se vende como ninguna en las plácidas democracias occidentales.

Hablamos de Podemos y cuando lo hacemos llamamos Pablo a Iglesias, Íñigo a Errejón y Tania a… Tania, pero no se nos ocurre llamar Mariano a Rajoy, y mucho menos Cristóbal a Montoro. Las confianzas en la civilización del espectáculo nos las tomamos con aquellos personajes de ficción que sentimos más cercanos; pero Montoro no es ficticio, como modestamente creo haber demostrado esta semana. Los dirigentes de Podemos favorecían esas familiaridades con su retórica eclesial, subgénero scout, ya desmentida por dichos y actos que son tan descarnados como los de cualquier político en lucha por el poder. Hay fans del serial lila descubriendo ahora que los partidos no son asambleas, que en las ruedas de prensa no siempre se puede sonreír, que las listas se terminan confeccionando en una habitación cerrada, que al enemigo ni agua y a la exnovia ni una comisión parlamentaria y que todo esto no es nada personal: solo negocios. El negocio de la representación en la política mediática de nuestro tiempo, que presta servicio incesante como las farmacias de guardia y las opiniones en las redes.

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El bueno (las víctimas de ETA), el feo (Montoro) y el malo (Carolina Bescansa) en La Linterna de COPE

Eché un rato muy agradable (y muy sincero) en esta entrevista con los jóvenes colegas de Periodismo del CEU

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22 abril, 2018 · 12:03

Pensiones: un agujero negro en busca de divulgador

Congreso debate pensiones

Rajoy jugando en casa.

Inventaron la divulgación científica porque la ciencia, literalmente, no hay Dios que la soporte. O sea, lo mismo que un pleno sobre pensiones, asunto donde el equilibrio presupuestario ejerce de ciencia y las calles agitadas por yayos indignados se encargan de la divulgación. En homenaje a Hawking, que hizo bastante bien las dos cosas, Mariano Rajoy se propuso descifrar el principal problema de la física constitucional, que es el agujero negro de las pensiones. Un enigma planteado en sus exactos términos por el veterano taxista que me llevó al Congreso: “Quieren subir las pensiones y bajar los impuestos. Y eso sólo se puede hacer de una manera: engañándonos”. No hay más preguntas, señoría.

Pero las hubo, y todas retóricas. El clima entre prelectoral y poscensor que impera en la política española no admite ya la altura moral exigida por los creadores del Pacto de Toledo. Todos y cada uno de los portavoces deploraron retóricamente el perjuicio que el partidismo causa a los derechos de nuestros abuelos mientras procedían a la minuciosa demonización del adversario. Es que un pleno sobre pensiones no sirve para nada, del mismo modo que la ciencia no se hace en platós: se hace en la aséptica serenidad del laboratorio, que un día fue el Pacto de Toledo.

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14 marzo, 2018 · 15:05

Por qué legislar pudiendo pelear

No sería justo decir que sus señorías regresaron este miércoles de vacaciones, porque algunas han estado ocupadas en la Diputación Permanente o elaborando iniciativas de sus respectivos grupos. Pero para el gran público, el diputado español solo trabaja cuando se le ve pegarse con otro diputado español. Y eso que tanto echábamos de menos es lo que se reanudó tras el largo parón navideño. Hasta Pablo Iglesias volvió antes a los platós que las sesiones de control al Parlamento. Por cierto que don Pablo escogió un retorno canónico y preguntó por la corrupción, que siempre será una pregunta pertinente mientras en algún lugar Camps siga siendo imputado y mientras en algún tiempo don Mariano siga despertándose después del dinosaurio de Monterroso, que ya ha perdido cualquier esperanza de sobrevivirle.

Por parte del PSOE, que nos amenaza con una “ofensiva legislativa”, abrió fuego Margarita Robles a cuenta de la brecha salarial. Le dio así a Rajoy la oportunidad de enmendar su marianismo ante Alsina -“No nos metamos en eso”- y reconocer al menos la existencia de la brecha susodicha merced a los papeles que le habría pasado Dolors Montserrat. Por algo se empieza.

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El autor, por Moeh Atitar para El Español.

Esta entrevista que me hace la temible Lorena G. Maldonado en El Español

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8 febrero, 2018 · 11:47

La izquierda inmóvil

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Inmóviles.

La izquierda está desmovilizada, quién la movilizará. ¿Será Pedro Sánchez el movilizador que la movilice? ¿Será Pablo Iglesias? Sospecho que no será ninguno, porque para moverse es imprescindible saber al menos dos cosas: el punto de partida y el punto al que se quiere llegar. Iglesias viene del comunismo del siglo XX, pero de momento no ha podido cruzar 1989. Y Sánchez viene de Pozuelo y se dirige hacia donde gire en ese momento la brújula del deseo de Jack Sparrow, de rumbo tan tornadizo como la ocasión de Maquiavelo.

Nos tenían dicho que la derecha es inmóvil y la izquierda móvil. El marianismo mineral se encarga de corroborar lo primero. Las encuestas, de desmentir lo segundo. Movilizar a la izquierda es un lema preocupante porque debería formar un pleonasmo y sin embargo reconoce una derrota. El simple hecho de que gobierne la derecha debería bastar para mantener movilizada a la izquierda, pero eso no sucede, quizá porque contra el irritante Aznar se vivía mejor que contra el cachazudo Rajoy. Los politólogos arguyen que la mejoría económica y el patriotismo reactivo tras la agresión separatista componen un escenario desfavorable para el discurso de izquierdas; pero en lugar de cambiar su discurso, don Pedro y don Pablo tratan de cambiar el escenario, es decir, la escaleta de las tertulias y los temas de las portadas. El argumento de los politólogos es cruel, porque presupone que la izquierda española no tiene sentido fuera de una recesión galopante, un colapso institucional o una corrupción africana. Que la catástrofe es la zona de confort de la izquierda. Y que a poco que mejoren las cosas o se ondee la rojigualda, los indignados abandonan la plaza y regresan apesadumbrados al sofá de la abstención.

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El bueno (Báñez), el feo (Roger Torrent) y el malo (Ernest Maragall) en La Linterna de COPE

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22 enero, 2018 · 12:41

Los Reyes son los niños

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Ilusión.

Cuando uno es niño y llegan los Reyes, se pregunta por qué no pueden ser todos los días igual de maravillosos. Cuando uno es adulto y llegan los Reyes, se pregunta por qué no pueden ser todos los días igual de maravillosos. En el primer caso, uno es el inocente destinatario de la maravilla y no se plantea cómo ha sido posible. En el segundo, uno es el estratega de esa ilusión y no deja de maravillarse de la bendita ingenuidad de los niños ni de la excepcional cooperación de los adultos, capaces de urdir con minucioso celo un monumental engaño colectivo por un día. Cada 6 de enero celebramos la madre de todas las operaciones posverdaderas, una enorme mentira piadosa que contamos a los niños para recabar su alegría, del mismo modo que el político populista cuenta su trola al votante en la esperanza de recabar su voto.

Yo, que soy un empedernido buscador de transversalidad, he detectado en la infancia el gran valor transversal de nuestro tiempo. Todo el mundo está de acuerdo -cineastas, diputados, pedagogos, penalistas, locutores y monjas- en que la ilusión de un niño es sagrada. El propio Jesucristo pensaba así y, no siendo amigo de condenar a nadie, pormenorizó la pena apropiada a aquel que contamine el alma de un niño: “Más le valdría que le colgaran una piedra al cuello y lo arrojaran al mar”. La sacralidad de la infancia atraviesa siglos. Y hoy, cuando presumimos de laicidad, el dogma no sólo no ha remitido, sino que se extiende a la adolescencia e invade la mayoría de edad. Pixelamos sus rostros. Vigilamos a sus profesores. Anticipamos sus traumas. Les privamos de sus tareas. Multamos a las televisiones que no observan el horario infantil. Y ampliamos la feliz irresponsabilidad del infante hasta que cada ciudadano se convence de que los derechos preexisten a los deberes.

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El bueno (Juan Carlos I), el feo (Junqueras) y el malo (‘El Chicle’)

 

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6 enero, 2018 · 10:31

Odiar a los pobres

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Otro amigo de los pobres.

La Fundéu, donde pasamos pocos pero doctos ratos juntos, ha elegido aporofobia como palabra del año. Es un compuesto griego que vale traducir por rechazo a los pobres y que acuñó Adela Cortina con benemérito propósito de denuncia. Yo se la escuché hace unos años a Jesús Caldera, que andaba por entonces regularizando inmigrantes en el gobierno de Zapatero. Pese a la novedad de su significante, su significado es tan antiguo como la xenofobia o aversión al extranjero, incluyendo al charnego de Tabarnia. Ahora bien, aporofobia, lo que se dice aporofobia, la experimentan todos los bolsillos. Es un recelo transversal que habita en el clasismo de los ricos tanto como en la esperanza de los pobres, que maldicen su condición, y cuyo mayor deseo es dejar de ser pobres. Porque la pobreza no le gusta a nadie salvo a los franciscanos y a los comunistas, dos vocaciones que tienden a desaparecer en cuanto llega la prosperidad. El hedonismo vacía las iglesias y las sedes de partido, pero el comunismo descubrió la manera de garantizarse la vigencia del negocio: fabricar pobres en cantidades industriales para luego correr a socorrerlos. Por eso Maduro es el empresario del año. Se empieza expropiando edificios y se acaba privatizando la democracia. Porque toda propiedad es un robo… menos cuando robas tú.

Esto del orgullo de mandar en la propia hambre, tan cantado por la mala literatura de lucha de clases escrita con buenos sentimientos burgueses, insulta la inteligencia de la famélica legión, que ni quiere ser legión sino individuo, ni quiere seguir famélica sino escalar de clase. Nada asquea tanto como ver a un próspero progresista recetar para los demás la fracasada ideología de la que él mismo se guardó muy cucamente para amasar su fortuna. Ese fariseo que prescribe la vida en Esparta mientras se queda a vivir en Atenas. Ese turista del ideal que lucha por doce causas en pijama, que debería ser el uniforme del tuitero concienciado. Pero hace falta odiar mucho a los pobres para querer salvarlos del capitalismo.

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El bueno (Tabarnia), el feo (Rafa Mayoral) y el malo (Jordi Pujol Ferrusola)

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30 diciembre, 2017 · 11:26

Manifiesto viejoven

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Creadores de El Ganso.

El fantasma de la juventud recorre Europa. Sus provectos habitantes se obsesionan con permanecer eternamente jóvenes, encomendando su piel al bisturí y su mente a la prensa jíbara de la red social, de la que el intelecto más desarrollado sale reducido a la adolescencia. La veteranía es la nueva lepra. La madurez ya no representa la edad dorada en que la persona consuma su realización: hoy es expulsada de la política, del periodismo y de la publicidad, por no hablar del amor o los gimnasios. El mundo quiere ser joven, te ordena mantenerte joven, te exhorta a parecerlo. Pero se trata de un mandato hipócrita. La juventud no solo está sobrevalorada: constituye la etapa más perversa de la vida, porque se exige imperiosamente para el éxito social mientras se castiga severamente en el mercado laboral. Basta un vistazo a los Presupuestos para concluir que los jóvenes, en el fondo, no interesan a nadie. Y mientras, los viejos siguen generando rechazo. Como diría Lenin, ¿qué hacer? Solo queda una salida: ser viejoven.

El viejoven es un treintañero que no prolonga la adolescencia sino anticipa la madurez. No quiere hacer la revolución sino gozar ya de los placeres reservados a los mayores. No se compra otra moto sino recorre España en una oscura berlina cuyo sistema de navegación memoriza paradores y estrellas Michelin. No recela de la autoridad del Estado sino se resigna a cumplir minuciosamente con Hacienda, en la esperanza de que su dinero pague el tratamiento de una humilde abuela extremeña y no las putas de un corrupto jerarca socialista, pepero o convergente. No admite otra responsabilidad sobre sus errores que el albedrío, ni delega la búsqueda de la felicidad en el Gobierno. Acepta el limitado poder de la democracia para transformar la realidad; y en parte le complace, porque la realidad es precisamente su mejor aliada. Nunca presta crédito a una buena conspiranoia. Y no se victimiza jamás, porque mira fuera del primer mundo y sabe que no tiene derecho a quejarse.

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El bueno (Mercedes Alaya), el feo (Iceta) y el malo (Rodrigo lanza) en La Linterna de COPE

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17 diciembre, 2017 · 13:38