Me topé con esta sentencia en las redes: «Si la clase obrera supiera de política tanto como de fútbol sería invencible». Es difícil analizar una opinión en la que todo está mal: contexto, texto y subtexto. Intentémoslo por si hay más de un español que la comparte.
Parece que tendremos ir haciéndonos a la idea de que un presidente del Gobierno acabe condenado por corrupción. Que acabe incluso durmiendo en la cárcel, despojado de todos sus abalorios zambianos. El proverbial atasco de causas en la Audiencia Nacional provocará que la sentencia no llegue antes de un lustro, pero cuando llegue tendremos que afrontar la paradoja (solo aparente) de que precisamente el más moralista de nuestros expresidentes vaya a ser el primero en ingresar en prisión, veremos si solo o en compañía de sus hijas.
La llamada ley de nietos es en realidad una ley de abuelos. De bisabuelos, incluso. Es algo peor que una artimaña para alterar el censo y tratar de cosechar fuera los votos que las encuestas les niegan dentro: es una ley segregada por cerebros calcificados, endurecidos por la perpetua invocación de una roñosa épica de alpargata que horrorizaría a quienes verdaderamente tuvieron que hacer la guerra en alpargatas.
Quizás convoco a Rufián a este folio con excesiva frecuencia, pero es que don Gabriel es mucho más que un político concreto o un opinador viral: es un patrón sociológico, una militancia andante, el metro de platino iridiado que se saca de la Oficina Internacional de Pesas y Medidas de Sèvres, a las afueras de París, para saber cuánto mide cada día la inteligencia media de la izquierda. Otro día hablamos de la inteligencia media de la derecha, que no parece más larga, pero esa es otra columna.
El zapaterazo está sometiendo a la izquierda a un volumen insoportable de disonancia cognitiva. Es una enfermedad autoinmune, una revuelta del pastor contra las ovejas, algo así como si un ejército de tunos armados de tenedores gigantes se pusiera a rayar las vidrieras de la catedral de León. La no izquierda no entiende ese dolor, porque jamás ha idealizado a un gobernante tan nefasto como José Luis Rodríguez, pero para entender a sus paisanos del otro lado del muro le bastaría imaginar, qué sé yo, a Mayor Oreja brindando con Josu Ternera en una herriko de Azpeitia, o a Rajoy detenido por menudeo de hachís en Lavapiés. El opio de la izquierda es la superioridad moral, y a todos esos yonquis del dedito levantado la UDEF les acaba de detallar la clase de mierda que estaban consumiendo. Por eso el zapaterazo puede provocar más síndromes de abstinencia que la heroína.
Pablo Iglesias ha ido a Cuba a lo mismo que todo el mundo: a hacer turismo. En su caso, por rescatar la fórmula feliz de Ignacio Vidal-Folch, se trata de ese turismo del ideal con el que la izquierda creyente profesa su credo infantil mientras fortalece al capitalismo, ese estómago inescrupuloso que se nutre incluso de marxismo revolucionario con tal de seguir bombeando sangre fresca por las venas abiertas de América Latina. El comunismo solo es un producto más, una experiencia que se vende estupendamente en cómodos paquetes turísticos.
Ha tenido que azotar la península una borrasca de encuestas donde la derecha suma 200 escaños para que la izquierda se ponga a repensar su estrategia. No toda la izquierda: solo aquella que se siente en peligro personal de extinción. La otra perderá las elecciones y el gobierno, pero conservará el escaño nutricio que permite al político profesional transitar por el largo desierto de la oposición. Cuando Rufián se enteró de que Junqueras quería moverle la silla de portavoz de Esquerra -básicamente porque hace tiempo que don Gabriel ya solo es portavoz de sí mismo-, prendió en él una súbita vocación de emprendedor, un espíritu neoliberal de self-made boy a la búsqueda de una marca lucrativa con la que ganarse las habichuelas como un buen padre de familia.
Nos quejamos de Rufián, pero la gran esperanza del antitrumpismo es Alexandra Ocasio-Cortez. Topo con este narcótico titular: «AOC 2028: ¿puede Ocasio-Cortez salvar a la izquierda?». El arranque de la pieza compendia todo lo que está mal en la izquierda, en el periodismo y en la Vía Láctea: «Alexandria Ocasio-Cortez, AOC para el mundo, no necesita presentación. A sus 35 años y con casi 9 millones de seguidores en Instagram, es un icono de la resistencia progresista». Se suponía que ya no presentábamos a nadie diciendo que no necesita presentación; se suponía que el número de seguidores no avala el genuino liderazgo (a menos que queramos confiar el futuro de nuestras naciones a gurús de las criptos y estrellas del porno); y se suponía que resistir al trumpismo es incompatible con cebar el negocio de sus tecnooligarcas. Pero lo malo no es ser un icono de la resistencia progresista: lo malo es convertirse en un icono de la resistencia a la alfabetización.