Hay que reconocer que Borja Sémper ha vuelto más guapo de la muerte. Hace diez meses recibió la tétrica embajada de la vieja dama y palideció como cualquiera. Hay un diagnóstico que suena como una detonación y luego propone un calvario con incierto cálculo de vida. Si «es benigno» son las dos palabras más bonitas del inglés según Woody Allen, nosotros creíamos que las tres peores del castellano eran estas otras: «cáncer de páncreas».
A diferencia de lo ocurrido en otras democracias de nuestro entorno, en la numantina España resiste el bipartidismo (al menos nominal) que democristianos y socialdemócratas instituyeron en la posguerra para canalizar el conflicto social, civilizar la dialéctica amigo/enemigo y proteger a los ciudadanos de los fervorines ideológicos que convirtieron la primera mitad del siglo XX en una morgue masiva. Tal fue el éxito de la fórmula que un pensador estadounidense de origen japonés decretó el fin de la historia. Y ahora que la historia parece regresar con fuerza, España también vuelve a ser diferente. Pero esta vez por fortuna.
Dos concejales que representaban a sus respectivas Españas han dimitido por exhibir comportamientos igualmente inaceptables. Una concejala del PP en Collado Villalba ha renunciado a su acta tras irrumpir aparatosamente en el escenario donde una cómica intepretaba uno de esos monólogos de la vagina que dejaron de ser escandalosos más o menos en el 411 antes de Cristo, año en que Aristófanes representó Lisístrata. No parece que todos los concejales del PP de Madrid, deudores de un cierto pocholismo felizmente extirpado, hayan expuesto nunca su virginal sensibilidad al corrosivo contacto de la comedia griega o la sátira latina, bastante más obscenas que la entrañable coprolalia del nuevo feminismo, cuyas evas adánicas descubren un mediterráneo violeta cada día. En el fondo ambos activismos -el conservador y el progresista- dibujan dos ingenuidades simétricas.
Quienes sostienen que vivimos en la era de la incertidumbre no se referirán al comportamiento actual del votante español. Pocas cosas habrá hoy tan previsibles en el planeta. Entre las valiosas aportaciones que España está haciendo a la inteligibilidad de este mundo azaroso se encuentran realidades tan tozudas como el buen tiempo en Canarias, el retraso indefectible de los trenes, la manipulación de TVE, el auge de Vox, la debacle del PSOE. Todas estas cosas seguirán ocurriendo en los próximos meses, haga lo que haga el Gobierno y haga lo que haga la oposición.
Me interesó la distinción entre torpeza y maldad que ensayó el dimisionario Mazón en la esperanza de ser recordado antes por la primera que por la segunda. Y es probable que tal plegaria sea atendida a medida que se enfríe su cadáver político, y con él los odios encendidos por su numantinismo kamikaze. Con el tiempo la gente se referirá a Carlos Mazón como aquel efímero presidente valenciano que tuvo que dimitir porque la riada mortífera de 2024 le pilló alargando el almuerzo con una periodista rubia. Nada menos, nada más.
Sales de Sevilla con las manos acalambradas de tanto aplaudir, la espalda contracturada de tanto doblarla y los ojos doloridos de tanto fijarlos en el secretario general y en su sufrida esposa. Pero a pesar de todo estás feliz, porque desde que Pedro venció al centralismo y devolvió la voz a la militancia te sientes más útil que nunca. Te han prometido que vas a ganar las elecciones autonómicas y municipales, que vas a recuperar el poder que perdiste en mayo del año pasado y te han explicado que el medio para lograrlo es la ceguera, el silencio y la hostilidad. Pedro será un zorro, pero a ti se te ha asignado la condición de erizo. Toda verdadera democracia interna reparte equitativamente las funciones: de cada cual según su capacidad. Ahora volverás a tu trinchera y cumplirás con lo que se espera de ti: frente a la conspiración de la ultraderecha, el golpismo judicial y la máquina del fango solo tienes que ovillarte y enseñar las púas.
Está previsto que suceda un milagro en el Congreso de los Diputados. Tras dos años y medio de prórrogas mezquinas, a dos meses de cumplirse el primer aniversario del alzamiento del muro, la ley que garantizará una vida digna a los enfermos con esclerosis lateral amiotrófica empezará a tramitarse gracias al dispar compromiso de PP, Junts, PSOE y Sumar. Por una vez los parlamentarios españoles -incluidos aquellos que no quieren ser españoles- se elevarán por encima de sí mismos, reventando el corsé tribal que sujeta su disciplina de voto. La política se reconciliará con la vocación de servicio, rehabilitando la dignidad del representante a ojos de sus representados. La ética derrotará a la táctica.
Quien no se declare tamamista podrá tener cabeza, pero no tiene corazón. Si analizamos la moción de censura como una herramienta parlamentaria concebida para mejorar las expectativas de poder del grupo proponente, todos debemos reconocer -los estrategas de Vox los primeros- que ya ha fracasado. No es que la aritmética la vuelva inviable: es que, aireadas las aparatosas discrepancias entre el candidato y el partido, ya tampoco es posible sostener que el espectáculo de la semana que viene incrementará la facturación electoral de Vox, cuya fuerza nace del conflicto y no del consenso. Porque esta es la clave del tamamazo: que el instrumento elegido para la censura no es un ariete. Es un bastón. Y uno usado para apoyarse al caminar, no para blandirlo en gesto de amenaza.