Archivo de la etiqueta: casta de nuevo cuño

Poemas en los semáforos

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Errejón rodeado por errejones.

El escrache que sufrió el otro día Íñigo Errejón en el barrio de Hortaleza era el cinematográfico cierre que necesitaba aquella película de Fernando León de Aranoa sobre Podemos. El documental épico concluye en epílogo dramático: elegía por un partido moribundo. Si los violinistas del Titanic hubieran sido de extrema izquierda no habrían tocado mejor en el naufragio de Podemos que esos muchachos airados a los que la sedicente fuerza del cambio prometió un futuro que no estaba en disposición de pagarles, básicamente porque la primera condición de la utopía exige que sea incalculable. La segunda, que no pueda morir. Por eso se hunde Podemos pero se mantiene intacta la fantasía obrerista de sus más devotos exvotantes.

La madurez de Errejón ha consistido en tener que encajar a pie de calle -para estos casos Iglesias cuenta con seguridad de Estado a la puerta de la dacha- los feos dicterios que le dedicaron aquella tarde: “Habéis ganado un sillón en el Congreso y habéis dejado tirados a los trabajadores. Además de un carril bici, poemas en los semáforos y un par de gilipolleces más, habéis hecho poco. ¡Traidores, garrapatas, vendeobreros!” El candidato trató de defenderse pero ni pudo ese día ni podrá nunca, porque el registro callejero y adolescente excluye el ámbito institucional y adulto. No le estaban proponiendo reformas: le estaban reclamando la revolución. Le pasaban al cobro la factura impagable del asalto a los cielos. Exactamente lo mismo que los fundadores de Podemos hicieron cuatro años atrás con los socialtraidores del PSOE. Errejón ha recorrido más rápido que otros la distancia que le separaba del político convencional, pero en Hortaleza se reencontró con el Errejón que fue: aquel que montaba escraches a políticos convencionales y no este que los recibe. Y se llevó el mismo disgusto que Dorian Gray cuando topó en el desván con su retrato.

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24 febrero, 2019 · 23:29

Adán está viejo

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Adán y Eva.

Nos hemos reído mucho del adanismo de los políticos que venían a tomar los cielos y hoy pisan el suelo estable del demoliberalismo y paladean el discreto encanto de la burguesía. Pero no hemos criticado lo suficiente el adanismo de los votantes, que compran su cháchara. Hay ejemplos de adanismo a izquierda y a derecha. Cuando Carmena llegó al Ayuntamiento, se diría que de súbito los gays dejaron de ser colgados de grúas en la Plaza Mayor para ser encaramados a las carrozas del Orgullo. Como si Gallardón no hubiera protagonizado aquella portada fucsia de Zero en agradecimiento a su decidido apoyo a la causa arcoíris. O como si Maroto, preso de una identidad que al parecer pertenece en régimen de monopolio al PSOE y a Podemos, no pudiera ser conservador o liberal antes que gay: odiosa homofobia la que reduce al gay a su impulso sexual y prescinde del albedrío de su cerebro. Irene Montero proclama llegada la hora solemne en que los padres españoles se corresponsabilicen de sus hijos, y habrá muchachas de tierno activismo morado que anden ya fijando semejante anacronismo en sus pancartas del 8 de marzo. En la otra acera, un número de votantes aún indeterminado -50 trols pueden salir de la misma IP- va propagando que nadie aquí defendía España hasta que Santi se subió a su caballo, y que sin Vox no habría juicio del 1-O. Pero Rivera ya recibió en 2007 una bala en un sobre a su nombre (muchos otros del PP y del PSOE la recibieron en la nuca) y fue el fiscal Maza el que se querelló por rebelión, aunque ahora nadie se acuerde de él porque las personas se mueren dos veces: cuando mueren y cuando se les olvida por interés electoral. El propio juez Serrano se arroga la introducción en España del discurso contra los chiringuitos políticos, cuando la regeneración y la lucha contra el clientelismo llevan al menos un lustro en el centro del debate público.

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19 febrero, 2019 · 12:05

Hacerse un Nerón

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Padres e hijos.

El constitucionalismo va yéndose al carajo por el tironeo rapaz de tres fuerzas centrífugas: una izquierda que juzga traidor a Carrillo, una derecha que juzga traidor a Suárez y todo el nacionalismo que juzga traidor a Roca. Y con razón, pues los tres traicionaron las esencias más puras de sus respectivas ideologías en aras de la convivencia entre diferentes. Pero igual que la primera causa del divorcio es el matrimonio, la primera causa del populismo es la democracia. España acaba de ser incluida por The Economist entre las únicas 20 democracias plenas del planeta, lo que aquí se ha tomado como la enésima afrenta de la Leyenda Negra: quiénes son esos arrogantes anglosajones para venir a decirnos que no estamos tan mal. Esto es una charca de comunistas, franquistas, feminazis y etarras, y quien diga lo contrario miente como un bellaco.

Pero ha llegado la hora de drenar el pantano del 78, españoles. ¿Qué ha hecho el 78 por nosotros? De acuerdo, nos ha dado paz, estabilidad y progreso sin necesidad de un dictador que vele por nosotros. Pero la tolerancia es una virtud de pobres. El primer lujo que uno se permite en cuanto asciende es dejar de soportar a los demás, que por algo son el infierno para Sartre, y cambia el pisito por el chalé, según el camino de nuestro feminista semental. Y el segundo lujo del primermundista es la nostalgia de un mito heroico que lo redima de su tedio feliz. Si como explica Latorre el nacionalismo es una enfermedad por la que los ricos se creen menesterosos, el cainismo es una enfermedad por la que demócratas de sofá y Netflix escuchan la llamada de la revolución en nombre de la Clase o la Nación, cuando no del Género. Y así tenemos a Torra persiguiendo la república imaginaria -la república no existe, idiota-, a Iglesias guillotinando reyes en sus juegos de tronos mentales, a Montero cavando trincheras de llanto frente al terror patriarcal y a Santiago y cierra España reconquistando una unidad de destino en lo globalista. ¿Qué tímido partidario del consenso constitucional puede competir con tan santas misiones?

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14 enero, 2019 · 9:50

Mi reino por un cordón

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Vuelve el hombre.

El partido Vox está descubriendo a muchas personas de orden un placer que creían reservado al adversario: la épica de la resistencia. Se caracteriza a la derecha como amante de la estabilidad que favorece los negocios, pero Marx y Engels, que por algo eran burgueses, tenían razón: la burguesía siempre fue el verdadero sujeto revolucionario. ¡También el Barrio de Salamanca quiere adornarse con los sacos terreros del No pasarán! Sin este excipiente emocional no se comprenderá la efervescencia de Vox entre los niños bien, que sienten llegada la hora de la revancha histórica en que el miedo cambia de bando -ahora le toca temblar a la izquierda- y a los apacibles conservadores se les confía la excitante misión de escandalizar al establishment. Si los desheredados de ayer viven hoy en mansiones serranas, a ver por qué los urbanitas de pista de pádel no van a poder echarse al monte.

Todo populismo exitoso empieza por ofrecer una retribución moral antes que una económica. Vox ofrece una emoción nueva, que podríamos bautizar como el malismo: frente al buenismo de los que insisten en visibilizar a los transexuales y acoger a los refugiados, los malistas proclaman que ya está bien del narcisismo moral de la pequeña diferencia, que vuelve el hombre, que ha de resurgir la gran identidad integrada por los nativos heterosexuales blancos católicos. A este amplísimo conjunto de ciudadanos Vox les oculta su posición hegemónica y les catequiza en la condición de minoría perseguida, un orgullo de catacumba que es lo más cristiano que cabe rastrear en la estrategia de Abascal. Por eso no desaprovecha una ocasión de denunciar el cordón sanitario: porque necesitan saberse acordonados para crecer. Porque su sentido tribal de pertenencia se alimenta del rechazo del mainstream. Porque el primer combustible político de nuestro tiempo es el victimismo, que puede atizarse contra los españoles como contra los antiespañoles. “A mí me beneficia el pacto PP-Cs, pero prefiero otras elecciones para que castiguen a Rivera”, escribía ayer un tuitero. He ahí la expresión cabal de la esencia punitiva del populismo: antes joder a la tribu rival que beneficiarnos todos del cambio.

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27 diciembre, 2018 · 11:34

¿Puede curarse un populista?

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Burgués.

¿Y si Pablo Iglesias hubiera dejado realmente de ser chavista? Es más. ¿Y si hubiera dejado de serlo hace mucho, antes incluso de que la paternidad doble y la propiedad inmobiliaria precipitasen su ingreso en la madurez vital? ¿Y si la reivindicación del patriotismo liberal de Torrijos con que Errejón nos sorprendió en Twitter respondiera a una curiosidad cierta por tradiciones ideológicas ajenas y a una revisión resignada de los prejuicios propios? Deberíamos estar abiertos a la posibilidad de que el populismo se cure, porque se cura.

Ya sé que imputar sinceridad a consumados intérpretes de teatro político comporta un riesgo supremo para el honor de todo buen español, que tolera cualquier cosa menos que le tomen por ingenuo. De mí no se ríe ni mi padre: esta es la frase más idiosincrásica que se pronuncia en España desde tiempos de Calderón. Pero el orgullo es el báculo de la ceguera: le permite a uno sentirse más listo que el resto mientras permanece en la densa, confortable oscuridad. Y sigue ciego su camino, que diría nuestro Holbach. Cuando el Iglesias senatorial -el que recibe los escraches- manifestó que ya no se reconoce en las opiniones del Iglesias venezolano -el que los ejecutaba-, la reacción en el entorno conservador fue de general escepticismo. Y es lógico, no ya por el crédito en la impostura de que goza el personaje sino porque lo propio de la mente conservadora es el rechazo a los cambios que desafíen la comodidad de sus implacables taxonomías. Iglesias es comunista y siempre lo será, y si apostata de su fe bolivariana tan solo está posando para la cámara demoscópica por el descalabro andaluz.

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15 diciembre, 2018 · 14:52

El candado de la libertad

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Oscuro objeto de deseo del conspirador.

Sirve el latín no solo para que a los oriundos de Cabra los llamen egabrenses, sino también para cincelar el sentido de la civilización en un puñado de eufónicas palabras: Legum servi sumus ut liberi esse possimus. En castellano no suenan tan bien, pero proclaman la misma verdad: «Somos esclavos de la ley para poder ser libres». La paradoja formulada por Cicerón hace 21 siglos ha guiado a todos los pueblos que quisieron ser libres y adivinaron la única manera de conseguirlo: ser al mismo tiempo iguales ante la ley.

A menudo enfrentamos la libertad a la igualdad para diferenciar el ideal propio de la derecha de la vocación por la que lucharía la izquierda. Pero esta dicotomía no deja de ser una trampa pedagógica tendida por nuestra mente binaria, porque la igualdad no es otra cosa que la igual libertad entre ciudadanos. Al final todos luchamos por la libertad, por igualarnos en autonomía, para que la libertad de partida que asiste al pobre se parezca lo más posible a la que disfruta el rico, sin someter la de ninguno por el camino ni impugnar la disparidad de resultados que necesariamente se sigue del ejercicio del albedrío y el capricho de la genética. Esa doble condición inseparable, la de ser libres e iguales como españoles, es la que consagra la Constitución de 1978.

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6 diciembre, 2018 · 10:11

El caballero oscuro

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Don Pelayo comprado en los chinos.

Siento por el votante potencial de Vox el respeto que me inspira mi padre, a quien todo debo. Pero mi oficio me ha llevado a lugares a los que el votante medio no puede llegar, tampoco mi padre. Allí no he descubierto grandes escándalos: solo la certeza anticipada de la melancolía. La inexorable decepción donde desembocará cada marca extrema que el mercado político oferta a los incautos de este tiempo airado que llega a confundir el evangelio con la xenofobia, y que exige de la política los héroes que solo concede la literatura y la clase de soluciones que solo promete la religión.

Santiago Abascal es un político profesional del PP damnificado por el marianismo que sobrevivió al remunerado calor del regazo de Esperanza Aguirre. La eclosión de la derecha populista mundial le brindó la ocasión de reinventarse como novísimo campeador, por más que las huellas de su galope delatan la pertenencia a la casta contra la que ahora dice levantarse y en la que pronto se arrellanará de nuevo. La estrategia para romper el mercado la facilitó Pablo Iglesias: lenguaje no convencional, culto al líder, pueblo acorralado frente a oligarquía globalista, enemigo exterior (los mercados, los inmigrantes), guerrilla digital, victimismo mediático combinado con señalamientos sicilianos y total desprecio a la ética de la responsabilidad del reformador en favor de la ética de la convicción del timonel. Pero lo que mejor identifica a Podemox, o a Voxemos, es su trol, que llama puta al periodista sin reparar en que tal atribución la hace un putero: alguien que te usa cuando le apetece y que te pega cuando dejas de complacerle.

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1 diciembre, 2018 · 20:46

Operación Salomón

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Robin Hood.

De vez en cuando conviene decirle la verdad a la gente, y perdonen ustedes este arranque populista impropio de mí. Pero hoy pujaré por una plaza mediática en la petada convocatoria nacional de tribunos de la plebe. Porque la monumental farsa que empezó con unos ropones lavando en público sus sucias puñetas y acaba con un decretazo sanchista -es decir, sin escrúpulos- en el BOE merece que alguien la desnude, al menos por la vergüenza que puedan pasar, si es que la tienen.

La crisis de las hipotecas no la han resuelto ni la banca ni los jueces ni los diputados de Gobierno o de oposición ni nuestro Kennedy comprado en los chinos, sino una tácita concertación de las voluntades e intereses de todos ellos en las tres semanas que duró la insólita prórroga de la decisión final. Cuando Carlos Lesmes, el abad del convento que decidió cargarse dentro, salió después de poner el huevo de la discordia y emplazó a los diputados -“Las Cortes tienen una magnífica ocasión para clarificar el asunto”-, quedó clara al fin no solo la doctrina hipotecaria del Supremo sino el salomónico enjuague que la había parido. Una típica operación de Estado made in lo peor del 78 por el cual los tres poderes se distribuyen las responsabilidades bajo la atenta mirada del cuarto, que no es la prensa -ay de mí- sino la banca. El Judicial le saca al Ejecutivo las castañas tributarias del fuego electoral a cambio de que el Ejecutivo obligue al Legislativo a convalidar un decreto desinflamatorio que con una mano aparta la retroactividad de las pesadillas bancarias y con la otra relaja el ceño de la gente, oportunamente fruncido por Podemos, que no es sino otro poder del Estado: comparte con la Liga la función vital del desahogo popular. Los bancos recobran la salud bursátil, los tribunales esquivan la amenaza de colapso, los barones siguen repartiendo viruta preelectoral y el presidente se hace un selfi con arco y calzas verdes en el bosque de Sherwood. Todos contentos.

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14 noviembre, 2018 · 11:50