Un demócrata no es alguien que vota cada cuatro años en la esperanza de que los suyos lleguen al poder. Un demócrata es alguien que prefiere que manden los otros antes que tolerar que los suyos lleguen al poder haciendo trampas. Y por trampas cabe entender el pucherazo electoral, la demagogia desorejada o la violencia política.
Por primera vez desde que un ambicioso puñado de etruscos del Lacio comenzó a expandirse, la próxima potencia dominante podría no ser occidental. Más allá de la multipolaridad salvaje de la Edad Media, a partir del Renacimiento el mundo no ha conocido otra hegemonía que la de Europa o la de su esqueje americano: Estados Unidos.
El caudillo vitalicio de la mayor dictadura del planeta, que responde al nombre de XiJinping y no tolera que lo comparen con Winnie the Pooh, le ha dado a Pedro la bienvenida al «lado correcto de la historia». Lo ha hecho además en la plaza de Tiananmén, célebre por la masacre que ordenó el lado chino de la historia contra su propio pueblo. Pedro contaba 17 años cuando ocurrió, pero ya sabemos que su memoria es muy selectiva. Tampoco se acuerda de cuando acusaba de rebelión a Puigdemont y prometía traerlo para sentarlo ante los jueces. Ni de cuando se echaba unas risas con su amigo Jose (luego gran desconocido) a costa de cierta pájara que dormía con el uniforme de ministra de Defensa. Ni mucho menos de cuando el suegro le financiaba las primarias con los húmedos rendimientos de sus saunas. El presente de Pedro siempre supera su pasado, y a medida que familiares y colaboradores resbalan hacia el banquillo él asciende más en la escala luminosa del liderazgo ético: actualmente solo rivaliza con el Papa en animosidad trumpista. Titulares lacónicos como el de la BBC («Esposa del primer ministro español, acusada de corrupción tras dos años de investigación») no pueden alcanzar a alguien centrado en preservar la paz en el mundo, tarea para la que cuenta con la inestimable ayuda del comunismo chino, el terrorismo islamista y el narco bolivariano, por citar tres lados de la historia que recientemente han agradecido al presidente español sus labores. A mí me cuesta imaginar el rostro de León XIV estampado en un misil iraní, pero no tengo dudas de que Sánchez tratará de instrumentalizar políticamente la visita papal.
Solo dos personas en este mundo contingente pueden permitirse creer que hacen falta, y además decirlo:
-Está feo que yo lo diga, pero vuelvo porque hago falta.
Uno es Donald Trump, que volvió a la Casa Blanca para terminar la obra que dejó inacabada en su primer mandato, sea esta la que sea. El otro, que es quien realmente pronunció esas palabras el Domingo de Resurrección en La Maestranza, es Morante de la Puebla.
Nuestro presidente está en guerra. Pero nuestro presidente es progresista: él le hace la guerra a la guerra. Así que nuestro presidente está en la paz. Pide la paz y pide la palabra, a ser posible sin preguntas de periodistas independientes ni de portavoces parlamentarios. Con la sonora belleza de una Miss Universo arrimada a un micrófono, alma bella en bello cuerpo, el profeta del oasis español clama en el desierto de este mundo facha que guerrea con furia épica, ávida de petróleo y ayuna de piedad, que ha dado su negra espalda a la diplomacia. Que prefiere «misiles a hospitales» (sic). Que repatriará a los pijos de los Emiratos y protegerá a los humildes que repostan en nuestras gasolineras. No hemos de temer represalias comerciales, aunque caminemos por el valle de las sombras, porque su vara y su cayado nos sostienen.
Estamos en campaña pero apenas nos damos cuenta. Los medios están a otras cosas por dos razones. La primera es la guerra, que hace mucho ruido. La segunda es Mañueco, que prefiere las nueces. De modo que un tiempo inclinado a la furia épica y un espacio propicio a la austeridad están engendrando una campaña lenta, analógica, propia de la edad en que el disputado voto del señor Cayo se pedía en burro por los dos mil y pico pueblos de la región más histórica y extensa de España. Tanta historia acumula la vastedad de Castilla y León que corre el riesgo de vivir únicamente de pasado. Por eso se afanan estos días los candidatos en prometer medidas que anclen la población al territorio, que aseguren la rentabilidad del campo, que garanticen la ubicuidad de los servicios públicos. Cosas de comer. Nueces.
Sigo con creciente interés el pulso que el carné número 6 de Vox le está echando al carné número 4. Es decir, el desigual combate entre Javier Ortega Smith y Santiago Abascal. En realidad el portavoz municipal de Vox en Madrid no está luchando contra un antiguo camarada sino contra una ley más férrea que la de la gravedad: la ley de hierro de la oligarquía, que acaba capturando a toda organización política. El final de esta historia está escrito en las melancólicas peripecias de Macarena Olona e Iván Espinosa de los Monteros, pero el martirio de Ortega será digno de verse si continúa empecinándose (verbo voxero donde los haya) en resistir como el último de las Filipinas originarias del partido.
Así que el vínculo forjado en las playas de Normandía se acabará disolviendo con el hielo de Groenlandia. Europeos y estadounidenses (junto al compromiso canadiense que hoy vuelve a honrar Carney) sellaron con sangre una alianza contra el totalitarismo nazi primero y comunista después, pero no parece que esa alianza atlántica vaya a sobrevivir al segundo mandato de Trump. Aún peor: tampoco parece que pueda ya restaurarla su sucesor, sea demócrata o republicano. Porque no asistimos al posicionamiento ideológico de una determinada administración sino a un cambio de paradigma histórico. Según la ley de Tucídides, el Darwin de la historiografía, toda potencia menguante entra en conflicto inevitable con la potencia ascendente, y esa guerra fría con China exigirá a EEUU que libere todos los recursos que durante las décadas durmientes del gigante chino tenía destinados a la OTAN para contener al oso ruso. Hoy la Rusia de Putin es menos poderosa que la URSS, y precisamente por eso ha visto en el ascenso de Pekín que amenaza a Washington la última oportunidad de recuperar algo de la gloria perdida tras la caída del Muro. Y a Trump no le importa que esa «operación especial» de expansión dictada por la nostalgia se consume a costa de territorio europeo, prescindible como un exnovio. ¿Para qué quiere Vladimir tantas cabezas nucleares si no puede rusificar el Báltico? ¿De qué le sirve a Donald comandar el ejército más poderoso de la historia si no puede exhibir sus fulminantes destrezas en las pantallas líquidas de todos los espectadores del planeta? Este es el viejo nuevo orden mundial, basado en la fuerza. El atlantismo, visto así, es la grata reliquia de un tiempo que en realidad ha durado demasiado, como el yogur olvidado en la nevera.