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Julen ha muerto, viva Solari

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Entrenador.

Las vitrinas del Real Madrid son las más nutridas del mundo no solo por sus sonados triunfos, sino también por sus apabullantes fracasos. Julen Lopetegui no pasará a la historia blanca por los primeros, pero ya figura con Vanderlei Luxemburgo y Rafa Benítez en la orla de honor de las etapas absurdas. Hoy sabemos el desastre total en que ha consistido el felizmente extinto lopeteguismo, desde su fichaje -al que el primitivo Rubiales respondió con coherente primitivismo- hasta su dramático empeño en excavar la sima de la estadística. Lopetegui nos ha obligado a desempolvar datos que no se registraban en el Bernabéu desde que aquello se llamaba Chamartín. Pero el más absurdo de los momentos lopeteguianos no fue la derrota en Moscú, el bochorno en Mendizorroza o la manita en el clásico, sino la victoria sublime ante la Roma: nunca habíamos visto a un equipo tan enfermo practicar un fútbol tan maravilloso. Aquello no tenía sentido, como no lo tiene la alegría en una ciudad bombardeada.

Que Lopetegui tenía que irse lo supimos pronto. Y no porque perdiera uno, dos o tres partidos; sino porque nada aprendió de cada derrota, y si lo hizo no se advirtió en el campo. Es cierto que ensayaba probaturas desesperadas -todas menos poner a Vinicius-, pero sus ideas ni concretaban un orden racional, ni fomentaban un caos productivo. El equipo no solo no jugaba bien, sino que ni siquiera transmitía otra cosa que añoranza transalpina, allí de donde vino Zidane y adonde marchó Ronaldo. El bueno de Julen vino sin flor ni prestigio, pero también sin autoridad; podría habérsela ganado, como dice Ramos, pero para eso Ramos tendría que habérsela devuelto primero. Lo único que podemos hacer para enjugar la pena que nos da Lopetegui es pensar que no muchos españoles ganan dos finiquitos en cuatro meses.

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30 octubre, 2018 · 14:47

El tormento de Lopetegui

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Apóstol de El Greco.

A Julen Lopetegui se le ha puesto cara de apóstol de El Greco y no es para menos, pues vive en un tormento y dirige los ojos al cielo esperando la redención. Pero del cielo sólo le llega el silencio, un silencio severo que aún no es letal. Únicamente un milagro mantendrá con vida al vasco hasta la blanca Navidad, esa época en la que todos comemos turrón salvo los entrenadores decepcionantes. Por si contribuye a aliviar al bueno de Julen, reconozcamos que el Real Madrid es un club generoso en hechos paranormales, una nave del misterio capaz de ganar su décima Copa de Europa con un cabezazo en el minuto 93 y encadenar después otras tres Champions seguidas. Comparado con eso, la supervivencia de Lopetegui se nos antoja bastante más factible que la resurrección de Lázaro.

Pero tampoco nos vamos a engañar, que ya somos mayorcitos para llamar al tarot o para creer en la integridad física de Bale y en la eclosión goleadora de Benzema. El Madrid de Lopetegui es un desastre tan perfecto que en mi memoria infantil tengo que remontarme hasta Benito Floro para encontrar un sindiósparangonable. Si el madridismo no está en estos momentos blandiendo antorchas camino de Valdebebas es por dos razones: porque aún le dura en la sangre el torrente de azúcar de los últimos títulos y porque el Barça está a un punto en la clasificación. Así es más difícil indignarse a lo grande. La sensación oscila más bien entre el estupor y la curiosidad, algo como lo que sentiría un explorador victoriano que llega a un poblado caníbal. No recuerda haber pisado nunca un lugar así y no le gusta, pero tampoco enloquece de pánico porque sospecha que al final a quien se van a comer es a Lopetegui.

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9 octubre, 2018 · 11:46

El orfeón de Lopetegui

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Un valiente.

Al vasco Lopetegui el juego se le presuponía, por lo visto en su Selección, pero lo que está demostrando en el Madrid es valor. Al fin y al cabo, de un guipuzcoano se espera celo de independencia. Enfriar en el banquillo el debut de Courtois con su precinto y todo, exiliar a la Segunda B a Vinicius Cuarenta y Cinco por estimarlo prematuro, censurar el caos defensivo de Marcelo con una sonora sustitución o escalonar la vuelta del caudillo Modric a la titularidad son decisiones que sólo puede avalar un resultado contundente. La autonomía de criterio se le consentía a Zidane porque era Zidane, pero el entrenador del Real Madrid nunca puede perder de vista que dirige una delicada industria de fantasía cotidiana, títulos sin tregua y orden mundial.

Por suerte para Lopetegui -aunque no se trata de suerte, sino de método-, el Madrid goleó al Girona con una fluidez lujosa que reveló complicidades desconocidas entre Bale, Benzema y Asensio. «Jugamos como equipo», reflexionó Casemiro, como si hasta la fecha hubiera corrido sobre el césped una junta de accionistas. El brasileño reveló una charla del míster en el descanso que al parecer obró el mágico efecto de diluir la espesa caraja con que arrancaron el partido, y volvieron el campo como niños del coro. Alegre y coral fue la reacción que propició la victoria del Madrid, alabado sea.

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28 agosto, 2018 · 11:21

Todo acabará, pero no todavía

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Leyenda en marcha.

Pedíamos ayer respeto para la hazaña del Madrid de Zidane, avisados por McManaman de que, si Guardiola hubiera conseguido lo que el francés, la gente cantaría desde los tejados. Pero después de ver la conquista de la Decimotercera reducida al enésimo pataleo de los excluidos comprendí que ni el respeto ni los cánticos son reacciones naturales a la hegemonía. A un Madrid que gana cuatro finales de Copa de Europa en cinco años sólo se le puede pagar con odio, con la presa rota de un resentimiento largamente acumulado. No merece la pena, aunque nos tiente, reclamar la ampliación del 155 para intervenir la prensa deportiva catalana porque no hay tributo más dulce a la grandeza blanca que la escocida cicatería de sus portadistas. ¿Los árbitros, el presupuesto, la flor? Música sacra para el oído madridista, la entrañable cantinela del desespero. Lo que está haciendo el Madrid es desesperante porque niega una y otra vez esa regla psico-cósmica a la que nos aferramos cuando esperamos el castigo del poderoso y el resarcimiento del vencido. Pero el fútbol no pertenece a esa clase de fe compensatoria. No es una promesa mesiánica para pobres ni se rige por los contrapesos del karma. El fútbol es de quien gana, y gana, y vuelve a ganar.

Ahora bien. ¿Qué significa ganar? La vida del madridista consiste a estas alturas en ir por Europa recogiendo orejonas mientras se convence interiormente que su fortuna no será eterna. Pero no se acaba. Reflexionando sobre esto escribía Íñigo Errejón que “la derrota será la justificación de tantas victorias”, invirtiendo así la lógica de la felicidad del hincha no madridista, ese que justifica por la escasez de triunfos la medida de su gozo cuando finalmente acontece lo extraordinario. De ahí que Raúl bromeara con Butragueño en el autobús que nos llevaba al avión, dirigiéndole sarcasmos sobre la maldición que le negó a la Quinta su Champions. Ambos, leyendas vivas, han de reconocer humildemente que el ciclo actual sólo admite parangón con el de Di Stéfano. Por eso cuando la calva venerable de Zidane se hizo presente en la cabina, el avión entero estalló en aplausos agradecidos mientras el sultán de la Champions se inclinaba abrumado. A ninguno se le aplaudió tanto ni con tanta gratitud, con la salvedad acaso del presidente, que por la mañana había recordado con detalle -sospecho que Florentino es menos supersticioso de lo que cuentan- la final del 81: “Entonces nos ganaron ya desde el ambiente, no se veía una camiseta blanca”. El ambiente también lo ganó en 2018 el Liverpool, pero el ambiente no cabe en una vitrina.

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28 mayo, 2018 · 17:59

Este es el Madrid: respetadlo

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Leyenda.

Respeto piden las vallas publicitarias de la corrección UEFA. Respeto pide la inteligencia asesina de Benzema. Respeto pide la letal potencia de Bale, la otra pieza cuestionada de la inmortal BBC, que se queda a un título del Real Madrid de Di Stéfano. Respeto exige la inmaculada concepción del dogma blanco, que primero fundó la Copa de Europa y después ha ganado 13 de las 16 finales a las que ha llegado.

Yo no había nacido cuando el Liverpool ganó al Real Madrid una de ellas, pero he vivido lo suficiente para ver al orgullo red, derrochado por las calles de Kiev, transformarse en implacable melancolía. Es lo que sucede cuando te enfrentas al Real Madrid. Cuando te toca hacer de cabra en el parque jurásico de la voracidad madridista.

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27 mayo, 2018 · 13:59

La última invasión de Kiev

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Hinchas cantores del Liverpool.

En el corazón de Maidán, la espléndida plaza que recibe y bombea el pulso vital de todo Kiev, se yergue una arrogante columna que celebra la independencia siempre amenazada del país. Ucrania ha sido invadida tantas veces por imperios tan distintos que ha desarrollado un celoso instinto de soberanía. “Freedom is our religion”, reza el gigantesco mural que cubre el edificio incendiado durante las protestas de 2014, brutalmente reprimidas por el gobierno títere de Putin. Hubo decenas de muertos. Los ucranianos adoran la libertad porque conocen demasiado bien la tiranía.

Hoy Maidán ha sido invadida de nuevo, en esta ocasión por el imperio del fútbol, que como sabemos es la continuación de la guerra por medios incruentos. Dos ejércitos de rancio abolengo, uno blanco y otro rojo, se disputan palmo a palmo la ciudad con la garganta pelada y las ilusiones vírgenes. Reconozcamos ya que en la calle intimidan más los ingleses: cantan más alto, beben más cerveza y adelantan la amenazante curva de su abdomen con mayor desinhibición; para su desdicha, sin embargo, la batalla no se libra en los pubs sino sobre el césped. Y ese es el territorio del rey de Europa.

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27 mayo, 2018 · 13:55

Riégala otra vez, Zizou

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El jardinero fiel.

Tras la exhibición de Gareth ante el Celta, me preguntó Juanma Castaño en la tertulia dominical de Tiempo de Juego si la alineación para Kiev debería consistir en Bale y 10 más. Elegí la respuesta fácil, la más conservadora: dije que sí. Pero ahora me doy cuenta de que debería haber arriesgado aún menos para contestar con la primera evidencia de la era de las tres finales consecutivas: «Zidane y 11 más».

Entiendo que haya aficionados y periodistas que se atareen estos días en confeccionar la alineación adecuada que el Madrid debe sacar frente al Liverpool. Lo que no entiendo es que sean madridistas quienes se entreguen a tan superfluo pasatiempo. Personalmente no he perdido un solo minuto en estudiar las ventajas de apostar por el control que garantizan Isco o Benzema; o si conviene explotar la velocidad del galés a la espalda de un equipo vertical que promete salir al ataque; o si los galones que se han ganado Lucas y Asensio con su trabajo demandan meritocrático reconocimiento en forma de titularidad. Descubro a gente muy afanada estos días opinando al respecto, con lo cansado que es opinar, mucho más con argumentos. La pereza mental no ha encontrado mejor abogado que el entrenador que ganó dos Champions seguidas y opta en diez días a la tercera.

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15 mayo, 2018 · 10:18

El esfínter de Múnich

15246938273239.jpgQuizá vaya siendo hora de revisar aquella frase de Salihamidzic, cuando Múnich era un castillo custodiado por un dragón llamado Kahn: “Al Madrid si le presionas se caga en los pantalones”. Por más que la cara de Heynckes luciera tan tersa como en la Séptima, si no más, lo cierto es que el tiempo ha pasado, un puñado de orejonas han crecido en las vitrinas blancas y ahora las heces del miedo -por muy alta que hagan la presión- las pone el Bayern.

¿Cómo explicar, si no, las lesiones de Robben y Boateng? El miedo es un sentimiento caprichoso y a veces se aloja en músculos distintos del esfínter, como por ejemplo los abductores. Y eso que en la primera parte no hubo razón para el pánico alemán porque el Madrid cedía a la presión local, fallaba despejes y controles y recelaba de James, que llevaba la venganza cosida a la zurda. De ahí nació la contra que cogió a Marcelo flotando en una dimensión alternativa y que Kimmich finalizó con la ayuda de Keylor, un portero tan religioso que a veces confunde la caridad con la concentración. Pero el madridista sabe que maldecir a Marcelo y Navas suele ser el paso previo del más amargo arrepentimiento: lo puede desatar una volea cruzada al filo del descanso del brasileño o una sucesión de paradas inverosímiles del costarricense. Lo cierto es que el gol del Bayern llegó en el mejor momento del Madrid y el de Marcelo cuando los centros al área de Keylor llovían como bombas V2. Al partido le había llegado el empate antes que la lógica, y eso nunca es buena señal para un alemán.

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26 abril, 2018 · 11:41