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Llamadme Rodrygo

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Nuestro Pelé.

El gol tantas veces suplicado y otras tantas denegado eligió para encarnarse a un niño brasileño con cabeza de alemán y olfato de argentino de barrio llamado Rodrygo. Se trata de un muchacho aplicado que ha venido a este mundo a no meterse con nadie y a hacer muchos goles. Mantiene un idilio particular con el botepronto, una suerte reservada a los delanteros que carecen de paciencia para dialogar con los centrales.

Así marcó su primer gol en el Madrid según debutaba y así marcó el primero de su ya histórico hat-trick contra el Galatasaray, sometiendo la pelota a una hipnosis súbita que la deja dormida, dispuesta para el remate. Marcó también de cabeza y con la derecha, y aún regaló un pase de la muerte a Benzema. Con quien comparte esa economía elegantísima de movimientos a la que hay que sumar el oportunismo de un Raúl. Si hubiera que ponerse asquerosamente cicateros le reprocharíamos cierto temor al choque, la falta de acometividad que a Vinicius le sobra. Fundiendo a ambos igual saldría Romario. Lo mejor es que tiene 18 años. O lo peor, porque después de lo de anoche ya solo puede ir a menos.

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7 noviembre, 2019 · 12:50

Zidane preelectoral

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Escrutinio.

No se libra Zinedine Zidane de la fiebre demoscópica que padece España, vieja nación ya solo vertebrada por las encuestas. La casa de encuestas Sigma Dos preguntó al pueblo por el técnico del Real Madrid en el momento más delicado de la temporada, tras perder con el Mallorca y cuando afrontaba el partido de Champions contra el Galatasaray bajo la amenazante sombra de Mourinho, el único entrenador cuya ausencia impone más que su presencia. Al menos en el Madrid. El caso es que los encuestados aprueban con nota al francés -más quisiera Sánchez sacar ese 5,8- y solo el 31,2% cree que no llegara a mayo en el banquillo de Chamartín. De modo que Zidane tiene crédito entre el pueblo y no ha dejado de tenerlo en el palco, desde donde como mucho se limitan a enviarle pellizcos paternales. Porque todos sabemos que Florentino es el padre, Zidane es el hijo y seguramente Butragueño es el espíritu santo. Tres personas, una sola naturaleza y decenas de teólogos de tertulia deportiva discutiendo el enigma de su santa relación.

El pueblo mantiene pues la fe en Zidane, pero la duda acecha la fe del justo si no la acompañan las obras, o los resultados. La suspensión del clásico ha brindado al equipo un tiempo precioso de retiro y meditación. Y queremos creer que el derbi contra el Leganés del miércoles no representa una prueba demasiado dura. Pero esas pruebas llegarán, y en función de lo que entonces haga el Madrid habrá que correr a encargar encuestas nuevas.

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29 octubre, 2019 · 15:39

Un PSG de exnovias rencorosas

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Exnovia.

El Real Madrid debutó en la Champions perdiendo 3-0 y la mejor noticia fue el resultado. La peor, que no jugaban ni Mbappé ni Neymar ni Cavani. El PSG jugó como si fuera una final, con repliegues de nueve jugadores en el minuto 80, y el equipo de Zidane jugó como si viviera un principio, no sabemos aún de qué, y preferimos no intuir su conclusión. Era un PSG alicatado hasta el baño contra un Madrid abierto por obras; demasiado abierto, de hecho.

El Madrid más francés sucumbió en París ante una reunión de exnovias rencorosas, empezando por Di María y Keylor Navas sobre el césped y terminando por Makelele y Beckham en el palco. Francia inventó el racionalismo pero Zidane no inventa ya la botánica que tantas flores nos dio. Saber con certeza que el primer gol de Di María lo hubiera parado Keylor imprimía tonos aún más macabros a la pinta del partido. Solo Bale, a su modo sonambúlico y genialoide, llevaba algo de riesgo al área. Falló una falta de una parábola tan hermosa que el gol no la hubiera embellecido, y después marcó un golazo al que solo se le pudo presentar la estúpida objeción de haberse acomodado la bola con la mano. Uno tenía la esperanza de que, entre el videoarbitraje y las expulsiones por pisar el tendón de Aquiles, el mundo del fútbol se hubiera olvidado de normas anquilosadas como la de prohibir jugar con las manos. Pero no. Anulado.

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19 septiembre, 2019 · 11:45

Zidane nunca se fue

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Vuelve.

Vuelve Zidane y vuelve ya mismo, y la noticia no es tanto lo primero como lo segundo. Sabíamos que la elección oscilaba en las últimas horas entre Zidane o Mourinho, la cabeza o el corazón, el consenso o el conflicto, el voto racional o el voto de castigo. Ni Pochettino ni Klopp se habían puesto realmente a tiro de contrato ni el Real Madrid se podía permitir otro Lopetegui. De modo que el retorno del francés se imponía como la feliz recomposición de un matrimonio natural que nadie sabe a ciencia cierta todavía por qué se rompió.

Es posible que Zidane tenga ahora que explicar de una vez la razón de su ruptura. En todo caso quedará bien explicada con la elocuencia de los hechos: con sus descartes y con sus fichajes este verano. Pero si los segundos matrimonios son victorias de la esperanza sobre la experiencia, ambas conviven en el regreso de quien le dio al Madrid nueve títulos en dos años y medio. El entrañable antimadridismo, gran parte del cual milita sin saberlo dentro del madridismo, se ha apresurado a descalificar la vuelta de Zidane con científicos argumentos del tipo “nunca segundas partes fueron buenas” o “es un gestor de egos que tiene flor”.

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12 marzo, 2019 · 13:48

Once Viriatos

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Elegía.

¡Cómo lo vio venir Zizou! Es el lamento de los madridistas en estos días fríos y sentimentales, cuando constatan el alcance de la enfermedad o el espejismo de una recuperación que murió en Ipurua. La afición no puede reprocharle al francés su lucidez, trágicamente cifrada en 20 puntos de 39 posibles, pero yo sigo reprochándole -Dios me perdone- su mutismo. Si Zidane vio venir de lejos la decadencia de una plantilla histórica, si sabía que ni él ni nadie podía extraer ya más líquido vital de las piernas de sus campeones, ¿por qué no avisó en enero de que se iría pasara lo que pasara, a fin de dar tiempo al club para buscar al pertinente cirujano de hierro que necesita el vestuario? He formulado la pregunta a eso que llamamos fuentes cercanas y fuentes cercanas contestan: «Hasta el final pensó que encontraría el modo de enderezar a los jugadores para seguir ganando. Solo se decidió a última hora, y cuando lo hizo fue imposible hacerle cambiar de opinión». Podía haberse decidido antes, pero quién sabe marcharse en esta vida. Mucho menos del Madrid, de donde solo salen bien los fracasados.

Ahora bien. Nos parece entre obtuso y miserable ponerse a matar ahora a Solari, que sigue presentando un balance de cuatro victorias por una derrota y de cuya inteligencia -otro de los nombres de la capacidad de adaptación- cabe seguir esperando decisiones con sentido. El parón de selecciones cortó la progresión anímica del equipo y el argentino quizá se confió demasiado tras la firma del contrato, que es un acto que siempre relaja mucho, como saben todos los parados. Entonces se dejó llevar por el criterio diplomático, más atento a los galones que a los cojones. Pero habrá tomado nota y esperemos que este martes salten al campo contra la Roma once Viriatos, se llamen como se llamen.

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27 noviembre, 2018 · 10:02

Blanca catedral

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Hughes, Marta del Riego, Ángel del Riego y Jorge Bustos (o sea, yo).

[Reproduzco a continuación mi prólogo a La Biblia blanca, de Ángel y Marta del Riego Anta, editorial Córner]

No sabemos si la publicación de una biblia madridista, valga la redundancia, es una obsesión de fanáticos o una empresa propia del Renacimiento. Pero si se trata de tender un puente entre los Ultra Sur y el cardenal Cisneros, yo quiero formar parte de tan santo pontificado. Mis credenciales son inequívocas: el madridismo, bajo la forma militante del mourinhismo, constituyó mi última religión profesada con fervor, es decir, sin respeto, con verdadero espíritu de cruzada. La vida lo atempera a uno y lo vuelve más cínico y quizá más sabio, pero yo no puedo olvidar la pasión personalmente exaltante que coloreó aquellos días de ruido y furia. Después de aquello gané cuatro copas de Europa seguidas, y en las cuatro finales estuve en el estadio, pero no me importa reconocer que ya nunca volveré a vivir el fútbol con la intensidad del sacro trienio en que Yahvé fue del Madrid y Mourinho su profeta. Aquellos pentecostés en que el Espíritu bajaba en lenguas de fuego y prendía la sala de prensa. Aquellos clásicos que parecían guerras de religión rodadas por Mel Gibson y donde echábamos las semanas posteriores recontando cadáveres, arrastrando los suyos por el barro y dándoles a los nuestros cristiana sepultura.

Hay muchas especies de fe, pero solo una religión verdadera. No lo dijo un papa sino Kant, que no era precisamente de los que mojaban la pluma en agua bendita. Hay muchas aficiones y luego está el aficionado del Real Madrid, que es el único club verdadero, con su curia vaticana y sus parroquias de barrio. Como toda religión verdadera el Real Madrid sufre cismas periódicos, es agitado por heresiarcas ambiciosos y telepredicadores sombríos, sucumbe a travesías por el desierto durante las cuales el pueblo es tentado por la idolatría y finalmente conoce el restablecimiento de la ortodoxia en el cónclave de los socios, que siguen siendo los dueños de su fe y de su templo.

Ahora bien: la religión madridista no es ecuménica. No practica el entendimiento buenista entre todas las confesiones y la redistribución del palmarés, sino la hegemonía más rapaz, una suerte de dominación feudal, aristocrática pero inmisericorde. En esto se separa del imperativo categórico de Kant, que ruega a los madridistas que no ganen todo aquello que les gustaría ganar a los demás, y abraza en su lugar la voluntad de poder de Nietzsche, que no reconoce más criterio moral que la conquista perpetua, el eterno retorno de las copas de Europa. El madridismo, por tanto, no es un credo evangélico –mucho menos protestante: este sería el del Atleti– salvo por una frase: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”.

Un día paseaba Heine con un amigo por el interior de una grandiosa catedral europea. Su amigo, abrumado por la belleza que levantaron nuestros antepasados, comparó tanta magnanimidad con la mediocridad de su tiempo y le preguntó entristecido a Heine por qué los europeos ya no eran capaces de edificar catedrales. El gran poeta alemán respondió: “Nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para elevar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión”. Efectivamente: se necesita una fe. Por eso el Madrid continúa levantando por todo el continente orejonas como catedrales: París, Madrid, Bruselas, Stuttgart, Glasgow, Bruselas otra vez, Ámsterdam, París, Glasgow otra vez, Lisboa, Milán, Cardiff, Kiev. Al fin y al cabo, todo el mundo tiene una opinión, pero solo el Madrid tiene trece copas de Europa.

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15 noviembre, 2018 · 14:02

Julen ha muerto, viva Solari

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Entrenador.

Las vitrinas del Real Madrid son las más nutridas del mundo no solo por sus sonados triunfos, sino también por sus apabullantes fracasos. Julen Lopetegui no pasará a la historia blanca por los primeros, pero ya figura con Vanderlei Luxemburgo y Rafa Benítez en la orla de honor de las etapas absurdas. Hoy sabemos el desastre total en que ha consistido el felizmente extinto lopeteguismo, desde su fichaje -al que el primitivo Rubiales respondió con coherente primitivismo- hasta su dramático empeño en excavar la sima de la estadística. Lopetegui nos ha obligado a desempolvar datos que no se registraban en el Bernabéu desde que aquello se llamaba Chamartín. Pero el más absurdo de los momentos lopeteguianos no fue la derrota en Moscú, el bochorno en Mendizorroza o la manita en el clásico, sino la victoria sublime ante la Roma: nunca habíamos visto a un equipo tan enfermo practicar un fútbol tan maravilloso. Aquello no tenía sentido, como no lo tiene la alegría en una ciudad bombardeada.

Que Lopetegui tenía que irse lo supimos pronto. Y no porque perdiera uno, dos o tres partidos; sino porque nada aprendió de cada derrota, y si lo hizo no se advirtió en el campo. Es cierto que ensayaba probaturas desesperadas -todas menos poner a Vinicius-, pero sus ideas ni concretaban un orden racional, ni fomentaban un caos productivo. El equipo no solo no jugaba bien, sino que ni siquiera transmitía otra cosa que añoranza transalpina, allí de donde vino Zidane y adonde marchó Ronaldo. El bueno de Julen vino sin flor ni prestigio, pero también sin autoridad; podría habérsela ganado, como dice Ramos, pero para eso Ramos tendría que habérsela devuelto primero. Lo único que podemos hacer para enjugar la pena que nos da Lopetegui es pensar que no muchos españoles ganan dos finiquitos en cuatro meses.

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30 octubre, 2018 · 14:47

El tormento de Lopetegui

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Apóstol de El Greco.

A Julen Lopetegui se le ha puesto cara de apóstol de El Greco y no es para menos, pues vive en un tormento y dirige los ojos al cielo esperando la redención. Pero del cielo sólo le llega el silencio, un silencio severo que aún no es letal. Únicamente un milagro mantendrá con vida al vasco hasta la blanca Navidad, esa época en la que todos comemos turrón salvo los entrenadores decepcionantes. Por si contribuye a aliviar al bueno de Julen, reconozcamos que el Real Madrid es un club generoso en hechos paranormales, una nave del misterio capaz de ganar su décima Copa de Europa con un cabezazo en el minuto 93 y encadenar después otras tres Champions seguidas. Comparado con eso, la supervivencia de Lopetegui se nos antoja bastante más factible que la resurrección de Lázaro.

Pero tampoco nos vamos a engañar, que ya somos mayorcitos para llamar al tarot o para creer en la integridad física de Bale y en la eclosión goleadora de Benzema. El Madrid de Lopetegui es un desastre tan perfecto que en mi memoria infantil tengo que remontarme hasta Benito Floro para encontrar un sindiósparangonable. Si el madridismo no está en estos momentos blandiendo antorchas camino de Valdebebas es por dos razones: porque aún le dura en la sangre el torrente de azúcar de los últimos títulos y porque el Barça está a un punto en la clasificación. Así es más difícil indignarse a lo grande. La sensación oscila más bien entre el estupor y la curiosidad, algo como lo que sentiría un explorador victoriano que llega a un poblado caníbal. No recuerda haber pisado nunca un lugar así y no le gusta, pero tampoco enloquece de pánico porque sospecha que al final a quien se van a comer es a Lopetegui.

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9 octubre, 2018 · 11:46