Una de las indudables ventajas del avance de la inteligencia artificial será la extinción de los festivales literarios. Cuando todos los libros los escriba la IA, ya no será necesario disfrazar de libre intercambio de ideas ningún contubernio palabrero sufragado con dinero público para alimentar el ego y el bolsillo (igualmente miserables) de un colectivo formado por entes demasiado humanos como para pensar por sí mismos.
Mientras invocamos a Pitita Ridruejo para decidir si nos conviene la llegada del apocalipsis por culpa de la inteligencia artificial, el fantasma de la guerra de toda la vida recorre inadvertidamente Europa. Alemania revisa su red de búnqueres y enumera camas para atender a posibles heridos. Polonia despliega batallones en su frontera. Se cavan trincheras en los países bálticos. Suecia ensaya operaciones relámpago de despliegue de tropas. Luxemburgo cierra su aeropuerto por amenaza de drones. Dinamarca acusa a un buque de guerra ruso de hostigar a uno de sus helicópteros con bengalas. Reino Unido recomienda a su población almacenar agua y víveres. Hasta Suiza, el inocente paraíso (fiscal) que inventó el reloj de cuco, aprueba una nueva estrategia de seguridad y defensa.
Dicen que esta sensación durará poco. La unidad, el desenfadado patriotismo, la alegría que se filtra por las grietas del muro que levantan diariamente para dividirnos. España como un puño apretado que se agita espontáneamente en Bilbao y en Sevilla, en Sabadell y en Toledo, en Tenerife y en Orense. Las pantallas gigantes -por eso las temen los nacionalistas hispanófobos- han funcionado como un dispositivo cívico y político, más que tecnológico: toda la estéril especulación de España como problema, el famoso concepto discutido y discutible de nación queda resuelto cuando el pueblo se reúne a gozar y sufrir sin intermediarios con los jugadores que lo representan. Pero es verdad que esas pantallas ahora serán desmontadas. Y dados los antecedentes es legítimo preguntarse si tantas hermosas imágenes de felicidad compartida son flores del día del triunfo que han de secarse mañana. ¿Cambió algo la primera estrella, bordada en 2010? ¿Cambiará algo la segunda, 16 años después?
En el invierno de 1811 los madrileños matan o mueren por un mendrugo de pan. La ciudad ha sido ocupada por el ejército francés y rige España un monarca odiado por extranjero. Las vías de suministro están cegadas. Desabastecidos los mercados, secas las tabernas, controladas las tahonas por el invasor, el pueblo se muere literalmente de hambre. De los 150.000 habitantes con que contaba la capital, se calcula que aquella hambruna mató a 25.000. Eso es casi dos de cada diez madrileños. En aquel Madrid solo comían los franceses o los traidores que aceptaban su pan. Porque es sabido que el español manda en su hambre, y si no lo acredita la historia se imprimirá la leyenda. O se pintará un cuadro.
Naturalmente que volverán las oscuras golondrinas a colgar de los balcones de los periódicos sus nidos de mierda, corrupción y enfrentamiento. Pero eso no hará que olvidemos el puñado de hermosas imágenes y sabias palabras y testimonios conmovedores que la escena española ofreció al mundo durante la semana papal. Para percibir los efectos benéficos del paso de León por nuestro país no hace falta otra fe que la que habíamos perdido en nosotros mismos. En nosotros, los españoles. Que habíamos olvidado la Escuela de Salamanca.
Hay que reconocer que Borja Sémper ha vuelto más guapo de la muerte. Hace diez meses recibió la tétrica embajada de la vieja dama y palideció como cualquiera. Hay un diagnóstico que suena como una detonación y luego propone un calvario con incierto cálculo de vida. Si «es benigno» son las dos palabras más bonitas del inglés según Woody Allen, nosotros creíamos que las tres peores del castellano eran estas otras: «cáncer de páncreas».
No se le puede negar coherencia a don Urtasun, que ha recibido la alta encomienda de descolonizar nuestros museos, al negarse a colonizar el Guggenheim vasco con obra tan española como el Guernica, cuadro que no se explica sin la acreditada pasión taurina de su autor. Es verdad que los toros no le son ajenos al PNV –Erkoreka es un fijo en la barrera de Vista Alegre-, pero menos ajeno aún le resulta el fascismo.
Italia tampoco jugará este Mundial. A pesar de haber ganado cuatro y de haber sido subcampeona dos veces más, la Azzurra no participa en ninguno desde 2014 en Brasil. Semejante tragedia nacional clamaba por un diagnóstico, y lo ha formulado una voz autorizada: la de Gianluigi Buffon, el mejor portero de la historia del fútbol italiano.