El centenario del nacimiento del gran Rafael Azcona, que se cumple este octubre, se está celebrando como merece el mejor guionista que ha dado el cine español. Pero el mes pasado se cumplió también un siglo del nacimiento de Alfonso Paso, y la efeméride no levantó siquiera tenues murmullos en la prensa cultural. Lo fascinante es que el propio Paso sabía que esto ocurriría. Su caso ilustra la paradójica amargura del éxito.
La primera parte de la palabra democracia hace referencia al censo electoral. El demos no es el pueblo en sentido social ni folclórico; es la comunidad política con derecho a decidir quién debe gobernarlo. En la democracia griega ni las mujeres ni los esclavos ni los idiotas estaban incluidos en esa comunidad decisoria, pero en las democracias modernas todos son bienvenidos a condición de que acrediten una misma nacionalidad. En las mejores democracias, como la danesa, un nacional puede perder su derecho a voto por vivir fuera del país. Pero en todo caso la nacionalidad es una categoría espacial, no temporal: acota a los pertenecientes por nacimiento o por voluntad reglada a un determinado lugar en el mundo, no a una determinada época de la historia. Este límite es el que pretende romper Pedro con el acelerador de partículas genealógicas conocido como ley de Nietos-Puente, una cacicada sursudanesa con nombre de árbitro de segunda que, en efecto, perseguía una ampliación arbitraria del censo en la esperanza de acarrear hasta las urnas a votantes no maleados por los seudomedios españoles. Este es el plan que acaba de frustrar el Supremo, para gran cabreo de Pedro. Y cuando Pedro se cabrea, Cándido sabe que tiene que quitarse la toga y ponerse la librea.
Es la mejor película que han hecho los Javis hasta ahora, pero aún pueden hacer otra mejor si el verdadero duende los visita un día. Me gustó La bola negra sin llegar al llanto, que hoy parece el metro de platino empapado con el que medimos el calado del arte. Me gustan la ambición y el clasicismo de la cinta, su aspiración decidida al acontecimiento. El ritmo narrativo nunca desfallece a pesar del metraje, la brillantez visual rara vez cae en el amaneramiento, los personajes se ponen al humilde servicio de la historia y no de la estridencia almodovariana, como les pasa otras veces.
Dos millones y medio de no españoles en vías de serlo tuvieron que seguir el miércoles con gran inquietud la sesión de control al Gobierno en el Congreso. Que todavía no es la sede de su soberanía nacional ni lo será antes de las generales, a no ser que medie pronto la intervención providencial de ‘José Félix Conde-Pumpido‘, quiero decir de ‘Cándido Félix Tezanos‘, que ya habrá recibido la orden de suspender la suspensión del Tribunal Supremo.
Pensaba uno que los nervios empezarían a cundir un poquito más adelante, a la vuelta del verano, en el proverbial otoño caliente de todos los otoños. Solo que el de este año, que marcará el arranque inexorable de la precampaña de generales, será más caliente que todos los anteriores si concedemos la poco discutible excepción del asalto al Palacio de Invierno, que como todo el mundo sabe aconteció en octubre según el calendario juliano, aunque en nuestros usos gregorianos corría el mes de noviembre de 1917.
La llamada ley de nietos es en realidad una ley de abuelos. De bisabuelos, incluso. Es algo peor que una artimaña para alterar el censo y tratar de cosechar fuera los votos que las encuestas les niegan dentro: es una ley segregada por cerebros calcificados, endurecidos por la perpetua invocación de una roñosa épica de alpargata que horrorizaría a quienes verdaderamente tuvieron que hacer la guerra en alpargatas.
No se le puede negar coherencia a don Urtasun, que ha recibido la alta encomienda de descolonizar nuestros museos, al negarse a colonizar el Guggenheim vasco con obra tan española como el Guernica, cuadro que no se explica sin la acreditada pasión taurina de su autor. Es verdad que los toros no le son ajenos al PNV –Erkoreka es un fijo en la barrera de Vista Alegre-, pero menos ajeno aún le resulta el fascismo.
Se nota que ha terminado el año Franco porque pasó sin pena ni gloria la presentación de Franco para millenials, centennials y alfas, libro coral (el coro estuvo, faltaron las danzas) cuyos autores reivindicaron desacomplejadamente el franquismo. Pero lo llamativo no fue la ausencia de escrachadores zurdos en el acto, sino que nuestros nostálgicos del yugo (y las flechas) afirmaran que Francisco Franco Bahamonde (FFB) ha sido el mejor jefe de Estado español de los últimos 2000 años.