Archivo de la etiqueta: Franco

Contra Franco morimos mejor

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Bar para necrófilos.

La necrofilia española es un desorden colectivo de la afectividad que no tiene cura. El necrófilo se alimenta de muertos, del mismo modo que el Minotauro exigía carne paritaria -siete mozos y siete doncellas- para entretener el hambre en el laberinto. De la heroína hay quien ha salido, pero de la necrofilia aquí no sale nadie y la única solución es conllevarla, como el independentismo. Si cualquier toxicómano recurre a la metadona, el necrófilo debe acostumbrarse a tolerar excentricidades como la vida, el presente y el futuro en pequeñas dosis. Pero siempre está expuesto a una recaída majestuosa, la de ese dipsómano que atraca el minibar a la vuelta de una reunión de alcohólicos anónimos. El Valle de los Caídos es el gran minibar del más reincidente necrófilo ibérico, que es el antifranquista.

El necrófilo antifranquista es una criatura maravillosa, es decir, no opera con la realidad actual sino con el símbolo antiguo, la magia negra y el postureo tertuliano. No llegó a tiempo para luchar con éxito y algún valor contra el Franco vivo, culpa que lo atormenta y que trata de expiar luchando con denuedo contra el Franco muerto, para lo cual debe primero resucitarlo, siquiera en efigie. O en calcio seco, que es todo lo que debe de quedar en la fosa de Cuelgamuros. No se trata de exhumar a Franco, disparate que a nadie se le ocurre, sino de votar una proposición no de ley sin efectos vinculantes que inste a la conveniencia de la posibilidad de la hipótesis aconsejable de exhumar a Franco, que es distinto.

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El bueno (Patxi), el feo (Maza) y el malo (Franco) en La Linterna de COPE

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12 mayo, 2017 · 10:34

La vigencia de José Antonio

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El político de moda.

Un fantasma familiar recorre Europa y se parece mucho a José Antonio Primo de Rivera. Su obra política fue resumida en un fogonazo de magnesio de Foxá: «La Falange es una hija adulterina de Carlos Marx e Isabel la Católica». Aquí solemos destacar más la maternidad nacionalcatólica de la criatura que su paternidad anticapitalista. ¿Cuántos tiernos votantes de Podemos, de esos que han oído hablar de patria por primera vez a Pablo Iglesias -¿alguien recuerda semejante palabra en boca de Rajoy?-, enmudecerían al descubrir que el lema del fascista Ledesma no reclamaba casta, Ibex y palcos sino «patria, pan y justicia»?

Cuando el Valle de los Caídos vuelve periódicamente a las tertulias lo hace siempre a propósito de Franco y no de su joven vecino de huesa, que es el que realmente está de moda. Luchó contra «una derecha que conserva hasta lo injusto y una izquierda que destruye hasta lo bueno». José Antonio estaba convencido de que a los pueblos los mueve la fe de los poetas, no la razón de los burócratas. Y así es, por desgracia: la tecnocracia parece replegarse en todo Occidente ante el retorno de las naciones como unidades de destino en lo americano, lo británico, lo francés y hasta lo catalán. No se trata de la nación cívica, que nace de un contrato respetado entre ciudadanos, sino de la psicológica: la nación como comunidad política imaginada o sentida. Desde ese presupuesto puramente desiderativo nada impide a Gibraltar constituirse en nación, ni tampoco a Getafe, como sospechaba Camba.

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11 abril, 2017 · 19:47

Vacas indias en Castilla

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El atavismo ritualizado también es cultura.

El día en que se anunció la prohibición de matar al Toro de la Vega asistimos a un espectáculo fuenteovejuno de perfecta armonía democrática: los vecinos y sus representantes salieron todos a una a defender su tradición. Eso es unidad popular y no lo de Anguita. Si aceptamos que la voluntad general es fuente sin más de derecho, como reivindican el populismo pubescente y el independentismo emocional, entonces el alanceamiento del toro castellano no puede prohibirse sin incurrir en arbitrismo, incluso en fascismo. De hecho, Franco prohibió en 1966 matar al toro; cuatro años después, la presión de los aficionados obró la rectificación. Hoy la opinión pública ha dejado solos a los tordesillanos en su lucha, que juzga bárbara.

El Toro de la Vega es una mina analítica. Como toda manifestación genuinamente popular se puede abordar desde la política, el Derecho, la Etnografía, la estética y hasta desde el psicoanálisis. A mí no me interesa el festejo en sí, aunque opino que no puede asimilarse a la tauromaquia porque en ésta se entabla un duelo minuciosamente codificado ausente de la fiesta de Tordesillas, que más que un coso es un acoso. Me interesa la prohibición como síntoma, por lo que tiene de victoria -otra más- de las sensaciones sobre el raciocinio. Parece que ha ganado la civilización y hasta la democracia, cuando quien se ha impuesto aquí es el iusnaturalismo sobre el iuspositivismo. El mito edénico sobre la técnica del progreso, que nace precisamente con el dominio del animal por el hombre.

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29 mayo, 2016 · 13:11

El abrazo que no une

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Nos abrazamos o no.

Me acerqué ayer al Congreso para recibir ‘El abrazo’, el cuadro de Juan Genovés que alcanzó categoría de icono -reconciliación pictórica- durante la Transición. Allí estaba el pintor, allí los dirigentes de IU que propusieron traerlo desde el Reina Sofía, allí también los diputados del PP que, desde su mayoría en la Mesa del Congreso, admitieron la sensatez de la propuesta. ¿Y acaso no es buena idea que un panegírico de la concertación política cuelgue de las paredes del Parlamento español en el preciso momento en que con mayor patetismo se manifiesta la incapacidad de los partidos para reeditar consensos? Llegué y vi a Cayo Lara y a Willy Meyer, y también a Ignacio Gil Lázaro y a Jesús Posada. El arte unificando a las dos Españas: parecía posible.

Me acerqué al lienzo con la curiosidad virgen de quien por edad no lo vio nunca reproducido en ciclostil clandestino, rebajado a la condición de octavilla de combate. Porque lo fue, y por eso su otro nombre es ‘Amnistía’. La pintura es la instantánea de un gran escorzo de cordialidad, un grupo de anónimos que nos dan la espalda porque abrazan a otros a quienes no vemos. Me recordó enseguida a la escultura de Antón Martín que conmemora a las víctimas del ataque ultraderechista al bufete de Atocha. Pero este monumento es una melé mal resuelta y el cuadro, en cambio, conserva inocente su emoción. Las muestras de efusividad se suceden con el desorden de lo espontáneo, como si más que una paleta se hubiese utilizado una cámara al hombro. Ningún rostro resulta reconocible porque, a diferencia de la escuela historicista, al artista le importa enfatizar la acción y no el sujeto; por eso el encuadre está aberrado, sorprendiendo a los protagonistas en una calle abstracta sugerida con un fondo marfil que resalta los contornos definidos de las personas: una página en blanco sobre la que los españoles escribirán el futuro en libertad.

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Los reyes me trajeron a Stefan Zweig y yo lo llevé al Parnasillo, para regocijo de Herrera: mantuvimos un admirativo diálogo sobre Viena

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8 enero, 2016 · 12:16

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

Cualquier día muere Franco

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Pinta de muerto tiene, pero no hay que confiarse.

El día menos pensado se muere Franco y vamos a tener una desgracia. Convendría que este país se fuera preparando para el hecho simbólico -del biológico se cumplen hoy 40 años ya- de su desaparición, porque hasta ahora no hemos sabido conducirnos sin invocar cada día su vivificante recuerdo. Hay que reconocer que Franco legó muchas instituciones duraderas -los pantanos, el CSIC, la ‘Complu’, la seguridad social, la paga extra- pero la más consistente de todas ellas ha sido sin duda el antifranquismo. A los que nacimos con Felipe en La Moncloa nunca dejará de sorprendernos la falta de puntualidad de los antifranquistas, que proliferaron mayormente a partir de 1975. Cuando ya su misión se la había madrugado la madre naturaleza.

El físico de Franco ocupaba más bien poco espacio, pero su nombre goza de una lustrosa sobrerrepresentación. Los patios de los colegios de los noventa todavía se dividían entre rojos y fachas, y a poca tele que se vea en sus casas sospecho que los niños de ahora continúan blandiendo la misma pasión taxonómica, pues los viejos hábitos tardan en morir, cantaba Jagger, y en España tardan más. Celta o ibero, cristiano viejo o judaizante, culé o vikingo: nuestra idiosincrasia se antoja fatalmente binaria, y que no venga nadie con sutilezas centristas. Por eso quizá el discurso contra azules y rojos de Rivera le llega demasiado pronto a nuestro entrañable electorado.

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20 noviembre, 2015 · 10:39

El pontificado de Arturo I

El sermón de la montaña de Montjuich.

El sermón de la montaña de Montjuich.

“Un poble que oblida el seu passat, les seves arrels, no té futur. És un poble eixorc”. Con esta frase pronunciada en paraguayo (“Un pueblo que olvida su pasado, sus raíces, no tiene futuro. Es un pueblo estéril”) enrolan al Papa Francesc en el 27-S unos meapilas estelados que se hacen llamar Cristianos por la Independencia. Además de cristianos se confiesan católicos, lo cual termina de rizar la originalidad de la maniobra, pues si el cristianismo debió su éxito histórico exactamente a la universalidad de su mensaje -el primer credo sin clases, sin razas, sin patrias-, la propia palabra católico significa, en griego, “a través del todo”. No a través de una parte, con agencia tributaria propia. Los primeros cristianos, dice el Nuevo Testamento, todo lo ponían en común. Y Francisco, con su frase, tan solo copiaba a Juan Pablo II cuando en Galicia reivindicó las raíces cristianas de Europa, cartografiadas por el Camino de Santiago.

Hecha esa salvedad etimológica y teológica, lo cierto es que beatería y nacionalismo mezclan tan bien como el caudillaje de España y la gracia de Dios en las pesetas de Franco Bahamonde. Todo el obsceno anacronismo, toda la cejijunta regresión que encarna el Prusés relumbra en esta hojita parroquial que predica a los cristianos catalanes la buena nueva del providente Arturo y su santa asamblea: la Iglesia de Junts pel Sí de los Últimos Días de Septiembre, cuyos misioneros han de reunir el trono y el altar en la mejor tradición de Carlomagno. Completan el belén indepe dos monjas nada metafóricas, Forcades y Caram, varias clarisas vocacionales de la sociedad civil-religiosa e incluso alguna rendida hagiógrafa del profeta, que no pontífice, pues pontífice es el que tiende puentes, no el que los rompe. Sólo falta el Frente Judaico Popular preguntándose qué han hecho por nosotros los españoles.

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20 agosto, 2015 · 12:39

Territorio Zarrías: la maldición del olivo

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Apenas han transcurrido 24 horas desde que el juez Alberto Jorge Barreiro citara a declarar, entre otros, a Gaspar Zarrías como imputado en el mayor caso de corrupción de la historia de España, pero en su Cazalilla originaria sólo parece haberse enterado Juan Balbín, que cumple aquí dos décadas como alcalde socialista.

Cazalilla, corazón de Jaén, se alza sobre una suave loma enmarcada por olivares y bendecida por el trazo feraz del Guadalquivir. No llega al millar de habitantes -«novecientos veintialgo», precisa Balbín- esta pequeña localidad de la Andalucía interior cuya economía depende del olivo, se dice, aunque debiera decirse del subsidio agrario, y cuya identidad política se confunde con el socialismo que ha gobernado la Junta de Andalucía desde que hay democracia. Tras una victoria de UCD en los primeros comicios democráticos, el municipio no ha conocido otro gobierno que el socialista, como tantos de la Andalucía rural. Allí donde el color del voto parece tan eterno como el de su paisaje. Allí donde reside la fortaleza de Susana Díaz, su pie en pared electoral desde el que proyectarse hasta San Telmo, y de ahí a Ferraz, y de ahí -quién sabe- a La Moncloa. Allí donde los pocos vecinos que se ofrecen a la vista del reportero se enteran por él de la imputación de su hijo más ilustre, a quien incluso el marciano votante del PP (un 26% frente al 71% que cosechó el PSOE en las municipales de 2011) respeta demasiado como para desearle una condena.

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