Archivo de la etiqueta: El arte es morirte de frío

Un filósofo en el dentista

Los que acusaban a Ortega de ser el filósofo de lo obvio no leyeron a Byung-Chul Han, que es el pensador de moda en un tiempo en que pensar no está de moda. Para pensar ya están las máquinas, terrible competencia para Han, que defiende el fruto artesanal de su cerebro como el pastelero de proximidad arremetería contra la bollería industrial. «La inteligencia artificial no piensa. A la inteligencia artificial no se le pone la carne de gallina», afirma en El País. Para Han pensar es como salir de la ducha en diciembre, greguería digna de Ramón: «¿Qué es el arte? Morirte de frío». ¿Qué es filosofía para nuestro filósofo? Una confitería de galletas chinas. Coreanas, de hecho.

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26 octubre, 2021 · 12:12

Pablo Aguado: la razón del toreo

Hay mucho que aprender de un torero que triunfa. El precio vital de una ovación, las innumerables tardes de desánimo que permiten el contraste del éxtasis, el hidalgo desprecio a la posibilidad del dolor o de la muerte, sacrificándolo todo al instante embriagador en que se someten toro, público y suerte. Pero quizá haya mucho más que aprender de un torero que fracasa. No porque no pueda o no sepa, sino porque el cuerpo dice basta y la temporada dice adiós allí donde más se deseaba el triunfo.

La rodilla de Pablo Aguado (Sevilla, 1991) crujió el pasado 18 de septiembre nada más comenzar la corrida que abría su regreso a la Maestranza, el coso que nutrió su afición de niño y que lo sacó a hombros en 2019 tras la memorable faena a los Jandilla. En el sexto tuvo que recolocarse la articulación antes de descabellar al animal. Luego redactó un comunicado de disculpa y se metió en el quirófano. «Lesión crónica ligamentaria y meniscal», sentenció el parte médico. Dos años arrastrando una lesión de futbolista de la que espera volver mejor. «Si tenía que pasar en algún momento, mejor ahora con el invierno por delante. Lo que me da miedo es perder el toque», explica Aguado en la terraza de un restaurante de Triana que se asoma al Guadalquivir, las muletas apoyadas en la silla, la ortopedia enroscada en la pierna. No ve el momento de coger otra vez el capote, pero su camino es el inverso al de la gratificación instantánea que según los psicólogos está lobotomizando a la juventud adicta al móvil. Aguado desea apurar la disciplina del parón, padecer la abstinencia taurina de estos meses para paladear mejor el momento de ponerse otra vez delante de una vaca. «Será en febrero, si todo va bien. Los médicos dicen seis meses pero pueden ser cuatro si se hace bien la rehabilitación».

Aguado no es un torero al uso y por eso gusta, pero a la vez es un torero clásico y por eso gusta más. Aguado es quizá un racionalista perdido en un gremio eminentemente irracional. Licenciado en Administración y Dirección de Empresas, sus amigos no proceden del mundo taurino. Son su cuadrilla de toda la vida, con la que se emborrachó tras abrir la Puerta del Príncipe de 2019 y con la que habla de fútbol o de política. De familia de ganaderos, su caso no es el del padre que obliga al hijo a licenciarse antes de probar fortuna en el ruedo. No: su vocación surgió tarde y tomó la alternativa a los 26, edad en la que sus hoy compañeros de escalafón ya eran matadores con recorrido. Entonces tenía un sueño -brindar un toro a Curro Romero y otro al Rey Juan Carlos, ambos cumplidos- y una decidida voluntad de estilo que se incardina en la tradición clasicista del toreo natural, sobrio, poderoso y lento, muy lento. «Es el toreo que me hace sentir mejor. El purismo es un error cuando no apunta al verdadero fin, que es emocionar. Yo voy a la plaza a que me embista un toro, el público es lo de menos. No voy para emocionar al público sino para emocionarme a mí. Si yo siento esa emoción, se comunicará».

Aguado aprovechó el confinamiento para releer la biografía canónica de Belmonte que escribió su paisano Chaves Nogales y que leyó de novillero. «Me ha impactado más, he descubierto detalles nuevos», asegura. Habla de los dos gigantes de la edad dorada (Juan y José, Belmonte y Joselito) con la familiaridad de un contemporáneo, pero no se obsesiona con la ortodoxia. Y en ese rechazo al dogmatismo se advierte su prematura madurez. «Evocamos a Belmonte por el arte y a Gallito por el poder. Pero son divisiones un poco artificiales. Para mí Gallito tenía más gracia y Belmonte era más aplomado, más hondo. El mejor toreo actual ha de tener la gracia de uno y la hondura del otro. La colocación de Belmonte y el poderío de Gallito. Pero mira a El Cordobés: no era ortodoxo y cambió el toreo para siempre, le dio otro impulso».

En la era del parloteo de las redes reencontramos un placer antiguo en la escucha de un hombre que sabe de lo que habla sin echar al viento una sola frase no pensada. Es la pasión del artesano que ha estudiado a fondo su oficio. Y un oficio que no es precisamente el de influencer, sino de hecho su reverso exacto: no se conoce aún al comentarista de moda o videojuegos que haya muerto en plena jornada laboral. Aguado se pone a glosar las cualidades de los grandes maestros y sus ojos se pierden en el río y más allá buscan la Maestranza con ansiedad contenida.

Como licenciado en empresariales, Aguado no desprecia el elemento económico de la fiesta. Por eso también admira a Joselito, al que la fiesta debe la modernización del espectáculo taurino como una industria de masas organizada. «Parece que esté feo meter el dinero cuando se habla de toros y toreros y no entiendo por qué. Lo hacemos con el fútbol constantemente. Esto también es un negocio y debe ser sostenible. Nosotros debemos procurar que la tauromaquia dé de comer a todos sus trabajadores, y para eso debe ajustar la oferta a la demanda. Es evidente, por ejemplo, que hay ganaderías que ofrecen más posibilidades que otras, y el torero está en su derecho de elegir». Ocurre que esas decisiones en ocasiones enfadan a los guardianes de las esencias, como los que sientan sus insatisfechos reales en el tendido 7 de Las Ventas. «El 7 tiene que existir, son grandes aficionados, lo que ocurre es que a veces llevan su afición a la intransigencia, van a la plaza a buscar el fallo y uno hace el paseíllo como si se presentara a un examen», confiesa.

EL NOBLE ARTE

De todos los toreros -salvo Morante- sorprende siempre de cerca su fragilidad, su escualidez. Aguado es fino hasta el empeine derecho, que se le ha hinchado y enrojecido por la presión circulatoria. Tiene los pómulos afilados, la mirada franca y una palidez aceitunada en la piel que casa con el color de las convalecencias. Come con apetito pero no engorda. Chaves diría que es el miedo: la dieta del torero. Pero Aguado es un racionalista. «Yo antes de torear como y duermo hasta la siesta, aunque reconozco que cada vez menos a medida que la presión aumenta. En las primeras corridas disfrutaba de la falta de expectativas. Tras el primer triunfo ya tienes que defender una imagen. Nunca he sentido tanta presión como en la semana en que me tocaba ir a Las Ventas después de las cuatro orejas en Sevilla. Crees que no vas a saber. Coges la muleta y te pesa. Y si dos días antes en el tentadero no has entendido a una vaca, ya crees que no sabrás hacerlo. La debilidad mental siempre es peor que la física». Haber debutado tarde le permitió encajar el triunfo con los pies en el suelo. Pero a cambio le privó, lamenta, de la espontaneidad de la euforia desatada. Un racionalista no se deja ir.

Los buenos escritores sienten el placer de la escritura, no la de ser escritor y hacer vida literaria. Los buenos toreros confiesan la ilusión intacta de torear, no la de ser torero y hacer ruido en el cuché. Aguado tiene los móviles de todas las figuras pero no comparten chat, no hay un grupo de Whatsapp de toreros, o al menos él no está en ninguno. Se respetan, se visitan en el hospital cuando alguno del mismo cartel recibió una cornada. Entre aquellos que practican un mismo estilo, que cultivan una afinidad en el concepto -entre Urdiales y Aguado, por ejemplo- será más fácil que brote la camaradería, incluso la confidencia. Pero el camino del torero se rige por un código solitario hecho de miedo, coraje y tradición, como el de un samurái. El torero lesionado se limita a esperar su momento, yno reconoce celotipia ninguna cuando Juan Ortega le sustituye tras la lesión y cuaja una tarde que da que hablar mientras él madruga para la rehabilitación en Coria del Río. Y cuando por la tele contempla el penúltimo milagro de Morante, Aguado se declara: «Tremendo. Único. Me emocioné como hacía tiempo». A cada cual lo suyo.

El torero de la razón, poco dado a rituales, enemigo del aspaviento, el diestro que razona el origen de sus emociones quiere tener una carrera larga. Eso de morir en la plaza, como le pedía Valle-Inclán a Belmonte, le parece indignante. Lo decía Manuel Alcántara de otro arte noble que, como el toreo, tampoco es un juego: «El boxeo no consiste en pegar, sino en que no te peguen». Es el dominio, el mando humano sobre la naturaleza ciega encarnada en el toro bravo. «Yo no me visto de torero pensando que voy a morir. Puedo aceptar que morir en la plaza sea más noble que hacerlo en un accidente de tráfico. Pero yo solo pienso en una cosa: en estar cruzado y en echar muy despacito la muleta. Si te cogen, será la consecuencia de tomarte tu trabajo en serio. Claro que jugamos con la muerte, pero no la buscamos. No me motivan las cornadas sino pegarle cuatro muletazos muy despacito a ese animal». Ya proponía Brassens morir por nuestras ideas, pero de muerte lenta.

Aguado, que se quedó huérfano de padre hace tres años, tiene educada a su madre en el silencio de vísperas: el día de corrida ni se llama ni se escribe. Tampoco cuando se anuncia un cartel que obliga a eso que él llama «jerarquía del respeto», como aquella tarde en Las Ventas mano a mano con Roca Rey. En esos casos no se trata de respetar al otro sino de respetarse a uno mismo cuando rivaliza con el otro. Eso, contra alguien de la valentía del peruano, exige exponerse de más. Y le cogieron, claro. Fue el sexto de Núñez del Cuvillo el pasado mayo en Vistalegre, Carabanchel. Aguado entró a matar con la verdad por delante y se llevó dos trayectorias en el muslo derecho. «Ese día me daba igual que me cogieran. Lo tenía asumido», explica como si esa mañana hubiera calculado en un balance la inevitabilidad del muslo desgarrado a cambio de medir su valor con el de Roca Rey. «¿Qué sentí? El dolor llega luego, en la enfermería. Lo primero que sentí fue orgullo. Más no podía hacer ese día».

Es mucho lo que un periodista puede aprender de un torero. Puede, por ejemplo, renovar su compromiso con el afán de verdad cuando viene cifrado por el riesgo que comporta su defensa, mientras alrededor el personal se rinde al postureo desorejado, a la carne filtrada y a la lágrima fácil. Puede reconciliarse con el ideal de la lentitud perseguido en el frenético centro del peligro, como si volviéramos a entender que la vida es tiempo, que el tiempo es escaso y que solo nuestra entrega y nuestra inteligencia acercan la emoción de vivir y alejan el pulso de la muerte. Y puede, en fin, recordar que se debe a las malas noticias para empujar el progreso del mundo, del mismo modo que no hay reaparición sin cornada ni primavera sin invierno ni luz sin oscuridad.

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11 octubre, 2021 · 10:11

Entrevista en El Cultural

Por Fernando Díez de Quijano

En junio de 2015, poco después de fichar por El MundoJorge Bustos (Madrid, 1982) fue enviado a La Mancha para hacer un reportaje con motivo del cuarto centenario de la segunda parte del Quijote, siguiendo los pasos de Azorín, que hizo la misma ruta por los escenarios de la obra cervantina un siglo antes. En agosto de 2019 el periodista y escritor, ya jefe de Opinión del diario, emprendió otro viaje, esta vez a Francia y por placer o, más bien, reconoce Bustos, por una necesidad de dejar a un lado la absorbente actualidad para reconectar con la realidad, que son cosas bien distintas. Le empujaba la misma sed de cosas concretas de la que hablaba Josep Pla, que tomó el testigo de Azorín como patrón literario al que encomendarse antes de partir.

Los frutos literarios de ambos viajes conforman su quinto libro, Asombro y desencanto, que edita Libros del Asteroide. Es una obra llena de contrastes. Enfrentar a La Mancha con Francia inevitablemente da lugar a muchos de ellos: “del ardor mesetario a la templanza bretona, del corral de comedias a la ópera versallesca, del loco que se creyó Amadís al loco que se creyó Napoleón, del museo de quijotes de El Toboso a la feria de selfis del Louvre y del honrado valdepeñas al majestuoso burdeos”, por citar solo algunos de los que el propio Bustos enumera antes de dar paso a las crónicas de ambos viajes. Pero el contraste más importante se da entre los dos púgiles que dan título al libro: el asombro y el desencanto (“¿Cuál de los dos vencerá?”, se pregunta Andrés Trapiello en el prólogo), que también representan el antes y el después de un proceso de maduración del autor hacia el escepticismo. No obstante, Bustos lucha también, consigo mismo, para evitar que el primero sea devorado por el segundo.

Pregunta. ¿Están el asombro y el desencanto condenados a entenderse?

Respuesta. El asombro es una aspiración. Dice Chesterton que los niños descubren el mundo cada día y le ponen nombre, es esa actitud del poeta que se deja seducir por lo que va descubriendo. Luego vas creciendo y vas perdiendo esa mirada y vas dando por hechas las cosas, vas asumiendo prejuicios, te vas cargando de cosas heredadas que no son tuyas, que te han dicho que tienes que pensar. En ese sentido, este libro es en apariencia un viaje exterior, pero evidentemente es un viaje interior. Hay cuatro años de diferencia desde el viaje cervantino que hice recién llegado al periódico. Tenía 32 años y había cumplido mi sueño de llegar a un gran periódico, después de años de precariedad. En aquel viaje hay una mirada muy libresca pero muy inocente también, más pura. Cuatro años después el del viaje a Francia es otro Bustos, ya era jefe de opinión y ya había tenido algunos desengaños políticos. Mi mirada es más escéptica, pero también intenté rescatar aquella pulsión de asombro. Si el libro tiene algún mérito es ese: el intento de que convivan dos sensaciones contrapuestas, y que el desempeño de mi quehacer profesional lastra tremendamente. Todos los días de lunes a viernes estoy enfrentado a un grado de exposición mediática disparatado y se me pide que tome posición sobre la actualidad —no sobre la realidad— desde las 7:30 de la mañana hasta las 11 de la noche, en radio, prensa y televisión. Es una vida por la que habría matado hace años y soy consciente de que soy un privilegiado, estando como está el oficio, pero siento que estoy postergando una exploración más sincera conmigo mismo de la realidad y de mi vocación, porque yo soy periodista y me encanta el columnismo político, pero lo que quiero es forjar una carrera de escritor. Aunque este es mi quinto libro, siento que es el primero de una etapa nueva más literaria. Nunca he sido tan feliz como escribiendo este libro.

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24 marzo, 2021 · 12:13

Respetarás al hombre, defenderás al toro

Los toros hay que defenderlos sobre todo si no te gustan. No es mi caso, porque a mí me gustan los toros, aunque entiendo de toros mucho menos de lo que me gustaría. Pero al menos sé que no sé de toros porque soy un ignorante, no porque una civilización superior me haya enviado desde el futuro a una España de carnívoros primarios para evangelizar a sus santas especies y salvar el condenado planeta.

Para empezar, al planeta le da exactamente lo mismo si sobre su superficie mugen poderosos victorinos recortando su cárdena estampa al sol de una dehesa o si toda la biodiversidad terrestre ha quedado reducida al gambeteo de las cucarachas bajo las piedras tiznadas por un holocausto nuclear. La bola cósmica donde azarosamente vivimos no tiene preferencias bioéticas ni sentimientos antropomorfos, y esta vieja evidencia debemos recordársela a todos los niños de 50 años de nuestros días: el planeta no necesita que lo salve ningún activista con los nervios destrozados por nueve décadas de animismo Disney. Los que necesitamos salvación, y de manera urgente, somos los homínidos de la especie sapiens sapiens. Y la mayor amenaza para nuestra supervivencia la representan otros sapiens sapiens que se han propuesto que este sea el siglo más gilipollas desde que bajamos de un árbol en África hace 300.000 años.

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23 marzo, 2021 · 16:49

Tiziano os respeta

Todo empezó en Venecia, donde el 23 de febrero de 2020 se canceló el carnaval por primera vez en mil años y donde el 27 de agosto de 1576 murió Tiziano Vecellio, después de cambiar la historia de la expresión humana. La peste y el arte, la muerte y el sexo, la atonía y el color anudan la danza salvaje de nuestra condición en ningún sitio como en El Prado. Se expone al exponerlas a los ojos birojos de la pacatería interseccional, donde militan los entendimientos nublados por el humo de sus propias teas incendiarias. Pero Madrid se niega a ocultar su tesoro ni ante el virus ni ante la estupidez.

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8 marzo, 2021 · 11:55

Sánchez nos seca

Nadie le pide a Sánchez que reaccione a pandemias y temporales con la agilidad con que reacciona a la despedida de Iñaki Gabilondo. Se comprende que cuando se está al frente de un país hay que fijar prioridades. Nuestro presidente ha arrancado los fondos resilientes del frugal corazón de Europa, ha importado la vacuna y el domingo, en cuanto salió el sol, asumió personalmente el combate contra Filomena. Confrontada por él, no tardó mucho la medrosa borrasca en salir huyendo del país. «No dejaremos a nadie húmedo atrás», promete el líder, y según avanza pareciera que el hielo se retirara a su paso. Cuando se haya derretido del todo, ¿alguien podrá escatimarle a Sánchez el mérito de haber secado España, igual que antes la drenó de fascismo?

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12 enero, 2021 · 11:15

La décima sinfonía

El hombre aún es joven pero se pregunta si tiene sentido seguir viviendo. Ese Dios que le dio el don le da ahora la conciencia minuciosa de su pérdida. Un zumbido perpetuo en los oídos le atormenta. Los remedios prescritos por los médicos, engreídos curanderos, solo han agravado su dolencia. A menudo confiesa que la soledad es su religión, y creyó que refugiándose en la aldea de Heiligenstadt, a las afueras de Viena, experimentaría alivio, la paz propicia a la composición. Pero el retiro solo ha intensificado su sensación de aislamiento. Furioso, arroja la partitura imposible de su tercera sinfonía, que viene a posarse junto al orinal que rebosa bajo el piano. Un relámpago negro le cruza las sienes. Toma la pluma y un pedazo de papel. Beethoven quiere suicidarse.

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28 diciembre, 2020 · 9:03

El síndrome de Gauguin

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Tita, hijo y Gauguin.

Viene un tiempo feo sin síndrome de Stendhal pero con síndrome de Gauguin, aquel pintor francés que se tomó verdaderamente en serio la crisis de los cuarenta. Gauguin, se nos dice, dejó una vida de corredor de bolsa sobre el alienante asfalto de París para entregarse al arte por el arte en el edén polinesio. Podríamos verle como un sucesor de Thoreau, solo que sin puritanismo, o como un precursor de Greta Thunberg, solo que con talento. Lo que se nos oculta es que Gauguin no encontró precisamente la felicidad en las paradisíacas islas Marquesas, donde murió sifilítico perdido, abandonado por los marchantes y deprimido hasta el intento de suicidio. Así que el síndrome de Gauguin no debería servir para alentar el deseo infantil de retroceder al confort uterino cuando el adulto alcanza el arduo ecuador de una vida secuestrada por el capitalismo, sino para advertir de que esa huida puede acabar en un infierno peor que el purgatorio del que se pretende escapar cuando el problema lo tiene el afectado y no su entorno. Son innumerables las novelas y películas escritas con este argumento, por no hablar de los beneficios que esa garrafal pulsión emancipatoria ha reportado a los concesionarios de coches pintureros y a los bufetes de abogados matrimonialistas.

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26 julio, 2020 · 22:38