Archivo de la etiqueta: El arte es morirte de frío

Castrar a Picasso

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Genio trabajando.

El oficial nazi que inspeccionó el piso donde vivía Picasso en el París ocupado no pudo reprimir una pregunta de incredulidad o de asombro ante una fotografía del Guernica que guardaba el artista:

– ¿Y esto lo ha hecho usted?

El genio, que no siempre fue tan valiente, replicó:

– No. Lo hicieron ustedes.

El Reina Sofía conmemora con una exposición monográfica el cuarto de siglo que cumple allí el famoso lienzo, completado en 33 días de trance por una mano chamánica. Más que un cuadro, el Guernica es un artefacto explosivo que Picasso detonó para siempre hace ocho décadas y que sigue estallando cada día ante los ojos del espectador que se atreve a mirarlo. No como consumidor, no como turista -ni siquiera del ideal-, sino como un hombre consciente.

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3 abril, 2017 · 11:28

La mierda de Zidane

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Cabeza de artista.

Lo que no se le puede negar a Zidane es que huele bien incluso cuando se enfada. En su boca, la palabra «mierda» evoca aquella colonia que orinaba Guardiola. Debería haberlo dicho en francés, un idioma capaz de sublimar cualquier indecencia, aunque fue un italiano, Piero Manzoni, el primero que enlató sus heces para demostrar que el arte puede aflorar de los lugares más insospechados, incluido Mestalla. Porque también la derrota del Madrid ante el Valencia podría haber posado en ARCO: los primeros minutos aportaron la obra maestra de la confusión, con Varane de coreógrafo patoso, y los últimos ofrecieron el espectáculo siempre hermoso de la agonía en la orilla. Arte conceptual y tres puntos al carajo.

Sabemos que el arte contemporáneo es un campo sin puertas donde una escultura ya se define como aquello con lo que tropezamos mientras retrocedemos para ver mejor una pintura. Los madridistas esperamos que el equipo no retroceda mucho más, aunque ello comporte sacrificios estéticos. Zidane sabe que el prestigio más sólido de un técnico lo labra la Liga; de ahí su enojo, que ojalá pase a sus jugadores transformado en competitividad. Ni los caprichos del calendario ni la galerna de Vigo ni el Sáhara en suspensión excusan la indolencia al principio o a mitad de un partido. Hay que hacerse a la idea de que el alirón es como las mayorías absolutas: un anacronismo que no volveremos a ver en algún tiempo, por fortuna para los cronistas.

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El bueno (Verdú), el feo (Rajoy-Puigdemont) y el malo (Blesa-Rato) en La Linterna de Cope

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27 febrero, 2017 · 12:48

Nadal no es español

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Quién es la némesis de quién.

Quizá sea Rafael Nadal el único español que merece el retrato de un genio muerto. Nadal aún está con nosotros, pero ya no viven los pintores que habrían podido dar a su figura la posteridad que reclama. Un Romero de Torres, un Zuloaga o ese Sorolla que un día, viajando por la conmovedora melancolía de Castilla, anotó: “Las cosas adquieren aquí un vigor extraordinario. Una figura en pie en esta gran planicie toma las proporciones de un coloso”. Nadal no es castellano, pero sobre la meseta acotada de una pista de tenis se antoja el coloso vertical, sobrehumano, de Sorolla.

Tampoco vive ya David Foster Wallace, que en 2006 elevó la rivalidad Nadal-Federer a categoría antropológica: “Nadal es la némesis de Federer. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intrincado y clínico del Norte. Dionisio y Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo”.

Pero si Nadal es el mejor deportista español de la historia no es porque cumpla los tópicos idiosincrásicos de los que ni siquiera el talento de DFW se salvó, sino porque los ha negado minuciosamente. Nadal no es una masa armoniosa de músculo con un corazón latino de sangre caliente pegado a la piel: es sobre todo una mente poderosa y maquinal, que cursa órdenes precisas a sus extremidades y que no consiente que las circunstancias alteren el rigor imbatible de su mecanismo. No es el espartano estereotipado: ejecuta sus exclamaciones como un ingeniero planifica desagües a la tensión generada en la expectativa previa al golpeo.

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29 enero, 2017 · 10:53

Los niños de Esparta trabajan

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Camino del cole espartano.

Hemos entretenido la espera malaya de la dedocracia marianista con una bonita controversia sobre los deberes escolares. ¿Están imponiendo a nuestros niños demasiada tarea para casa? ¿Les estamos robando la infancia? ¿Cabe esperar que la vacuna del sida se aprenda jugando? Son cuestiones candentes en un país con índices rasantes de excelencia estudiantil que sin embargo no se pregunta cómo reconciliar a los cachorros de español con el conocimiento, sino cómo alejarlos aún con mayor dulzura de él.

Yo no tengo hijos, ni al paso que voy los tendré en la vida, pero semejante singularidad no empaña el recuerdo de los muchos años que pasé disciplinándome sobre un pupitre liliputiense. Todavía me parte un escalofrío cuando vuelvo a casa de mis padres y contemplo la silla y mesa donde quemé mis tiernas cejas rubias sobre librotes menos ilustrados que los de ahora. Todo lo bueno que me ha pasado se lo debo a aquellas tardes de condena, de seis a nueve, de lunes a viernes, más los trabajos ocasionales de domingo cumplidos bajo el único alivio del carrusel deportivo que mi hermano ponía en la radio. Aquello no distaba tanto del modelo que imperaba en Esparta, donde los bebés pasaban la selectividad la primera noche de su nacimiento: se les dejaba a la intemperie, y si a la mañana siguiente seguían respirando, obtenían plaza en la universidad de la vida. A los siete años los papás entregaban a la criatura al Estado, que los educaba -cuenta Plutarco– «procurando hacerlos espléndidos en su figura, fáciles de alimentar y no melindrosos, imperturbables ante la tiniebla, sin miedo a la soledad y nunca incómodos y fastidiosos con sus lloros». Ganaron la guerra a Atenas, claro. Como Wellington comenzó a ganar Waterloo desde los campos de criquet de Eton.

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4 noviembre, 2016 · 14:28

He aquí el hombre

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La divinidad y el hombre.

Hoy se estrena en Borja la ópera estadounidense Behold the man, obra del compositor Paul Fowler con libreto de Andrew Flack. No sabemos si en su día emocionó a Spielberg, pero yo no dudo de que el fenómeno del Ecce homo es la cosa más fascinante que le ha sucedido a la Historia del Arte desde mucho antes de 2012, año en que la beata octogenaria empuñó el pincel garrafal. Que la fallida restauración de un fresco de Cristo impreso en el muro de un santuario remoto de una pedanía zaragozana haya merecido hasta la fecha un musical en Denver, varias reseñas en el New York Times y fundado una nueva meca de peregrinación turística debería invitar ya a la reflexión antes que seguir moviendo a mofa, que suele ser el pobre reflejo de ese gracejo español tan mecánico y grueso. Sin ápice de ironía, hoy se puede concluir que la obra de Cecilia Giménez reúne elementos estéticos, éticos, culturales, psíquicos y sociológicos que trascienden la mera ocasión para la chanza. Cuando el último meme empezó a aburrir, el Ecce homo de Borja seguía allí. ¿De dónde nace su poder de fascinación, acción de repeler y atraer al mismo tiempo? Ensayemos algunas explicaciones.

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20 agosto, 2016 · 11:13

El abrazo que no une

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Nos abrazamos o no.

Me acerqué ayer al Congreso para recibir ‘El abrazo’, el cuadro de Juan Genovés que alcanzó categoría de icono -reconciliación pictórica- durante la Transición. Allí estaba el pintor, allí los dirigentes de IU que propusieron traerlo desde el Reina Sofía, allí también los diputados del PP que, desde su mayoría en la Mesa del Congreso, admitieron la sensatez de la propuesta. ¿Y acaso no es buena idea que un panegírico de la concertación política cuelgue de las paredes del Parlamento español en el preciso momento en que con mayor patetismo se manifiesta la incapacidad de los partidos para reeditar consensos? Llegué y vi a Cayo Lara y a Willy Meyer, y también a Ignacio Gil Lázaro y a Jesús Posada. El arte unificando a las dos Españas: parecía posible.

Me acerqué al lienzo con la curiosidad virgen de quien por edad no lo vio nunca reproducido en ciclostil clandestino, rebajado a la condición de octavilla de combate. Porque lo fue, y por eso su otro nombre es ‘Amnistía’. La pintura es la instantánea de un gran escorzo de cordialidad, un grupo de anónimos que nos dan la espalda porque abrazan a otros a quienes no vemos. Me recordó enseguida a la escultura de Antón Martín que conmemora a las víctimas del ataque ultraderechista al bufete de Atocha. Pero este monumento es una melé mal resuelta y el cuadro, en cambio, conserva inocente su emoción. Las muestras de efusividad se suceden con el desorden de lo espontáneo, como si más que una paleta se hubiese utilizado una cámara al hombro. Ningún rostro resulta reconocible porque, a diferencia de la escuela historicista, al artista le importa enfatizar la acción y no el sujeto; por eso el encuadre está aberrado, sorprendiendo a los protagonistas en una calle abstracta sugerida con un fondo marfil que resalta los contornos definidos de las personas: una página en blanco sobre la que los españoles escribirán el futuro en libertad.

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Los reyes me trajeron a Stefan Zweig y yo lo llevé al Parnasillo, para regocijo de Herrera: mantuvimos un admirativo diálogo sobre Viena

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8 enero, 2016 · 12:16

Del Danubio al Llobregat

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

Me avisaron de que Viena era una ciudad demasiado perfecta. De que un español corre allí el riesgo de escandalizarse ante la buena educación de los vieneses, el silencio que reina en vagones y restaurantes atestados, la pulcritud de las aceras, la devoción con que se orienta al extranjero, el orgullo imperial que centellea en su arquitectura o el triunfo burgués que consagra la Ringstrasse. Entiendo que tanta perfección resulte indignante, pero confieso -no sin vergüenza- que yo no tuve ningún problema para asimilarla. Disculpen ustedes la maldad si digo que Viena conserva el tranvía, como Lisboa y a diferencia de mi Madrid, porque hay algo que ver en la superficie.

Ahora bien. Si perfecto es sinónimo de completo, para que la perfección sea cabal debe incluir lo imperfecto. Y ahí es donde Viena da su planetario do de pecho. Porque por debajo del barroco abigarrado de San Pedro y San Carlos, o de la monumentalidad convencional del distrito museístico, la Viena de la Belle Époque prohijó la vanguardia artística e intelectual más desatada, según rememora Zweig a lo largo de cinco páginas estelares de El mundo de ayer. Es entonces cuando el doctor Freud funda el psicoanálisis para revolucionar no ya la psicología, sino el mismo ejercicio de la crítica cultural. Y es entonces cuando Gustav Klimt abandona la fidelidad fotográfica de sus inicios para construir la imagen onírica de la mujer moderna; un desafío a las convenciones más histéricas que sus discípulos Egon Schiele y Oskar Kokoschka profundizaron hasta los extremos perturbadores que cuelgan de las paredes del Belvedere. Por no hablar de lo que Schönberg y Berg hicieron con los bailes de salón de los Strauss (maravillosos, por lo demás).

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Traemos al finado André Glucksmann al Parnasillo de COPE

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13 noviembre, 2015 · 18:21

Por qué Jeff Koons es un puto genio

El genio y su obra.

El genio y su obra.

El arte es un templo que se ha llenado de mercaderes, pero del que aún no se han ido del todo los sacerdotes. Es decir, los críticos de arte. Ese venerable sanedrín que se resiste a tasar la obra por su cotización, como hace la gente común (incluyendo al periodista, al marchante y al esnob de paseo por ARCO), y que todavía invoca entrañablemente conceptos tales como belleza, significado o técnica. Ese estamento pontifical, digo, hace mucho que sentenció a Jeff Koons como farsante, filisteo, fantoche, financiero, fanfarrón, filibustero, fácil, festivalero y otras cosas que empiezan por efe de Jeff. No en vano se casó con Cicciolina.

Y uno, que al cabo pertenece a una raza levítica como la española, siempre amiga del anatema y la absolución -a veces santifica por la tarde lo que ha demonizado por la mañana-, también tenía perfectamente ubicado en la categoría posmoderna del hortera inflacionario al autor de Puppy, ese perrete florido que escandaliza la recia memoria de Sabino Arana desde la entrada del Guggenheim. Koons, como el más obsceno de los mercaderes que okupa el templo del arte, solo podía merecer mi desprecio.

Pero tras leer la entrevista de Lucas a Koons, y otras que concede estos días con motivo de la exposición que presenta en el museo bilbaíno, mi juicio sobre el rey Midas del arte contemporáneo ha empezado a girar hacia la admiración. No solo por haber sido capaz de hacerse multimillonario haciendo perros-globo y popeyes de acero inoxidable, que también, sino porque ni siquiera la figura de Koons, en el paroxismo de banalidad que representa, está desposeída de un profundo sentido que aclara las coordenadas de nuestra época. Titula Lucas: “Soy el último artista romántico”, y no se puede escoger una declaración más reveladora para el titular entre todas las disparatadas autorreferencias y comparaciones con Velázquez que va diseminando el genio con desarmante naturalidad.

En efecto, Koons ha conquistado el último estadio de un proceso de desacralización artística que incoaron los románticos decimonónicos -en realidad su semilla de criticismo radical ya la sembró el Renacimiento-, y que culmina en esa aleación de consumismo de masas, sociedad del espectáculo y coartada contracultural (lo antisistema es un producto más del sistema) que caracteriza lo posmoderno. Más allá de Koons, es decir, después de vender un perro-globo por 58,5 millones de dólares, ya no hay nada más: solo queda aplicar las manos al sílex neolítico y al pigmento de Altamira y volver a empezar de cero. Y hasta eso mismo ya lo hizo Picasso. Del bucle posmoderno no se puede salir.

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