En el invierno de 1811 los madrileños matan o mueren por un mendrugo de pan. La ciudad ha sido ocupada por el ejército francés y rige España un monarca odiado por extranjero. Las vías de suministro están cegadas. Desabastecidos los mercados, secas las tabernas, controladas las tahonas por el invasor, el pueblo se muere literalmente de hambre. De los 150.000 habitantes con que contaba la capital, se calcula que aquella hambruna mató a 25.000. Eso es casi dos de cada diez madrileños. En aquel Madrid solo comían los franceses o los traidores que aceptaban su pan. Porque es sabido que el español manda en su hambre, y si no lo acredita la historia se imprimirá la leyenda. O se pintará un cuadro.
El héroe de la historia nació en Murcia hace 57 años y pasa unos días de vacaciones en Sevilla. Nuestro murciano cobra un subsidio porque ha perdido su empleo en el supermercado donde ha trabajado durante 33 años, así que no va precisamente sobrado de dinero. Es un hombre sencillo, alegre y bueno en el buen sentido de la palabra, como se verá a continuación.
Vuelve uno de Auschwitz y se encuentra con la polémica de La Casita de Bad Bunny. Si usted puede leer íntegro este artículo, se debe a que es suscriptor de EL MUNDO, y esa condición lo eleva automáticamente por encima de la clase de gente que pagaría por figurar en uno de esos rituales colectivos de regresión neolítica que algunos dan en llamar conciertos. Una sensibilidad bien formada jamás financiaría voluntariamente el sometimiento de sus tímpanos a la purga de Benito, y tampoco permitiría que su onda martirial alcanzase a sus allegados. Imagine exponer a un hijo o a una sobrina a semejante estallido de guturalidad primitiva, ese foco de hantavirus sónicos que se ha esparcido por Madrid con el permiso del Ayuntamiento y ante la pasividad de Amnistía Internacional. Por mi parte, recién aterrizado como estoy del infierno concentracionario, solo acierto a dar gracias a Yahvé de que el reguetón no se hubiera inventado en tiempos de Rudolf Höss.
Cuando todo se agitaba a su alrededor, él decidió quedarse quieto. Habrá quien diga que es más fácil hacer eso en Copenhague que en Cádiz, y seguramente tenga razón. Por eso necesitamos artistas sureños hechos de espuma y abiertos a la luz, pero también artistas nórdicos que habitan la penumbra y escuchan el silencio. Fue el caso del pintor danés Vilhelm Hammershøi, a quien el Thyssen ha dedicado una muestra memorable. Si usted siente que el mundo va demasiado rápido y que en la calle hay demasiado ruido, refúgiese en el museo antes de que acabe mayo. Solo al salir se dará cuenta de lo mucho que necesitaba entrar.
Fui a ver Michael, que no versa sobre la mayor estrella pop de todos los tiempos sino sobre su padre, un minucioso explotador infantil llamado Joseph Jackson. La película dedica la mayor parte de su metraje a insistir en la vesánica codicia de Joseph, que al parecer no engendró cinco hijos sino una empresa a la que llamó The Jackson 5. La reducida porción de fotogramas que no protagoniza Joseph martirizando a sus hijos la ocupan los bailes de Michael, que es la decisión más sabia y menos arriesgada que puede tomar un director de cine. El biopic termina prometiendo una segunda parte, y tenemos derecho a sospechar que ese sí tratará al fin sobre Michael Jackson.
Cada cual se obsesiona con lo que no tiene, así que el madrileño enseguida se alboroza ante el mar y ante la nieve. Me refiero al madrileño capitalino, porque el serrano viene acostumbrándose al mullido silencio de las cumbres blancas desde tiempos carpetanos. El carácter de Madrid consiste en un casticismo amistado con la vanguardia, y por eso debía ser el más madrileño de nuestros escritores quien nos informara del origen de los cisnes: desde Ramón sabemos que nacen de la nieve caída en el lago. No sabemos cuántos cisnes nacieron del seno glaciar de Filomena, ni sabemos si nos abandonaron como los patos de Tony Soprano o si reemplazaron a los que nadaban unánimes junto al Palacio de Cristal, aprovechando que El Retiro lo cierran por las noches. La nevada de nuestras vidas nos visitó hace cinco años como la embajadora cósmica de otra era. A este madrileño le cayó en mitad de una mudanza, inaugurando a sus treinta y muchos la improbable condición de propietario, y al tomar orgullosa posesión de mi dominio tuve primero que desokupar a Filomena, que había descerrajado la caldera con sus gélidos puños. Dos semanas pasé duchándome con una ensaladera puesta a calentar en el microondas. Pero nunca temblé tanto como en el cubil de mi primera emancipación: le sobraba bohemia a fuerza de faltarle calefacción en enero y aire acondicionado en julio. Cuando le mandé a mi hermana médico una foto de mis dedos súbitamente añiles, en la esperanza de haber merecido al fin la bendición de los estigmas, me respondió con un arcaísmo sacado de las historietas de Carpanta: «Sabañones».
El maestro lo ha vuelto a hacer. José Antonio Morante de la Puebla ha vuelto a torear al ganado más difícil, que no es el que embiste en el ruedo sino el que ocupa el tendido. Reaparece antes de que hayan terminado de secarse las mejillas de tantas viudas inconsolables a las que acaba de arruinar la pose de elegía. Pero ellas se consuelan rapidísimo, y ya andan celebrando haber sido estafadas por el genio del burle. Verlo torear de nuevo bien vale el sacrificio de la credulidad.
Fui el jueves a ver Los domingos, un raro milagro del cine español. Todavía no comprendo bien que la directora haya nacido en Baracaldo hace 47 años y no en la Noruega de Ibsen, en la Dinamarca de Dreyer o en la Suecia de Bergman, con perdón. Su inmersión en los claros y en los oscuros de la institución familiar no puede ser más reconocible -conflictos universales a fuerza de locales-, pero la sutileza con la que rueda Alauda Ruiz de Azúa y la obstinación con que se sustrae una y otra vez a la tentación del dogmatismo no parece de este suelo, ni de ese gremio. Nuevamente con perdón. Pero es que por aquí estábamos acostumbrados a otra cosa, doña Alauda.