Archivo de la etiqueta: El arte es morirte de frío

‘Despacito’: una aproximación

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Fonsi, nuestro Garcilaso.

Cada época tiene sus himnos y la nuestra se merece ‘Despacito’. No imagino a don Julio Caro Baroja despreciando una expresión etnográfica tan elocuente como el tema de Luis Fonsi, así que lo analizaremos con la seriedad que el género demanda desde que Pitbull, ya tú sabe, confesó la influencia de Cortázar y Neruda. Veamos.

Tras un proemio onomatopéyico -“ay, oh, diridiri”- cuya función es puramente fática, la primera estrofa introduce una fórmula ritual de cortejo: “Sí, sabes que ya llevo un rato mirándote. Tengo que bailar contigo hoy. Vi que tu mirada ya estaba llamándome. Muéstrame el camino que yo voy”. El macho experimenta una atracción inequívoca por la hembra, pero no la reconoce en sus términos sexuales. Opera aquí un desplazamiento metafórico que ennoblece las pulsiones meramente biológicas del trovador, pues la canción ya funcionaba como refinamiento del instinto reproductivo en la lírica provenzal. El reparto de roles figurados para ella (imán) y él (metal) acaso incurra en un patrón heteropatriarcal que reserva al macho el papel activo, siendo así que existen numerosas damas de hierro y varones no poco magnéticos. Pero el poeta no tiene tiempo para academicismos y proyecta sus versos en la misma dirección que su deseo: “Me voy acercando y voy armando el plan. Solo con pensarlo se acelera el pulso”. En fútbol llamamos a esto verticalidad. Los sentidos se excitan, pero Fonsi acusa su pertenencia a la tradición judeocristiana y lucha contra la culpa invocando la venia generosa de Venus: “Esto hay que tomarlo sin ningún apuro”.

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Último tiroteo de la temporada en La Linterna de COPE. El bueno (Rajoy), el feo (Rajoy) y el malo (Rajoy)

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28 julio, 2017 · 19:30

Dalí profanado

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Obra sin título.

Cada mañana se levantaba experimentando la exquisita alegría de ser Salvador Dalí y se preguntaba: “¿Qué cosas maravillosas logrará hoy Salvador Dalí?”. El pintor de Figueras fue un genio porque se propuso serlo con determinación absoluta, y se labró su propia genialidad pintando tetas voladoras y calzándose chaquetas adornadas con chupitos de pippermint. Pero desde que murió, Dalí ya no puede levantarse entusiasmado consigo mismo, lo cual no quiere decir que su obra haya quedado interrumpida: únicamente se tumbó a esperar a que nuestra pertinaz necrofilia terminase el trabajo. Finalmente el surrealismo daliniano alumbró ayer su obra maestra, que no fue la muerte del genio, como el mismo Dalí pensaba, sino su resurrección por orden del juez para acreditar una paternidad póstuma. El círculo creativo del ácido desoxirribonucleico ha sido cerrado.

La rareza de Dalí no consiste en su arte sino en su optimismo, que es voluntad proyectada al futuro. Si en España la genialidad escasea es porque se resiste a abandonar su idiosincrásico fatalismo, que es voluntad encadenada al pasado. La política regala ejemplos a diario. ¿Pacto educativo, reforma de las pensiones, modelo fiscal? ¿A quién le importan las ilusiones de la próxima generación si movilizan más las penas de las generaciones perdidas? Aquí la memoria histórica no es un precepto compartido sino una parafilia grupal. La Transición no se acaba nunca, para impugnarla o para extenderla hasta Doña Leonor. Franco es una presencia cada día más amenazante, hasta el punto de que don Lambán se ha visto obligado a arbitrar sanciones millonarias para contener las riadas de fascistas que bajan por el Ebro cantando el Cara al sol. Los callejeros se renombran obsesivamente. Las mociones de censura se dirigen contra Cánovas del Castillo. Las comisiones de investigación se remontan a las meriendas de Fraga, y se reclaman otras nuevas para revivir la dulce guerrilla urbana cuando lo de Irak o para adjudicar nuevas culpas por el accidente de Angrois. Ni siquiera el suicidio de Blesa extingue la fruición justiciera del español estafado, que desearía hacer con su cadáver lo que Twain con el de Jane Austen: desenterrarlo y golpearle el cráneo con su propia tibia. La muerte en España nunca muere: es como el semen de Dalí, que engendra demandantes después de enterrado. El mismo semen que el adolescente Salvador metió en un bote y envió a su padre con este mensaje: “Ahora no te debo nada”. Admirable ejercicio de emancipación liberal que, en el solar de papá Estado, singulariza más al artista que sus asnos podridos y sus relojes licuados.

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21 julio, 2017 · 12:34

Castrar a Picasso

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Genio trabajando.

El oficial nazi que inspeccionó el piso donde vivía Picasso en el París ocupado no pudo reprimir una pregunta de incredulidad o de asombro ante una fotografía del Guernica que guardaba el artista:

– ¿Y esto lo ha hecho usted?

El genio, que no siempre fue tan valiente, replicó:

– No. Lo hicieron ustedes.

El Reina Sofía conmemora con una exposición monográfica el cuarto de siglo que cumple allí el famoso lienzo, completado en 33 días de trance por una mano chamánica. Más que un cuadro, el Guernica es un artefacto explosivo que Picasso detonó para siempre hace ocho décadas y que sigue estallando cada día ante los ojos del espectador que se atreve a mirarlo. No como consumidor, no como turista -ni siquiera del ideal-, sino como un hombre consciente.

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3 abril, 2017 · 11:28

La mierda de Zidane

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Cabeza de artista.

Lo que no se le puede negar a Zidane es que huele bien incluso cuando se enfada. En su boca, la palabra «mierda» evoca aquella colonia que orinaba Guardiola. Debería haberlo dicho en francés, un idioma capaz de sublimar cualquier indecencia, aunque fue un italiano, Piero Manzoni, el primero que enlató sus heces para demostrar que el arte puede aflorar de los lugares más insospechados, incluido Mestalla. Porque también la derrota del Madrid ante el Valencia podría haber posado en ARCO: los primeros minutos aportaron la obra maestra de la confusión, con Varane de coreógrafo patoso, y los últimos ofrecieron el espectáculo siempre hermoso de la agonía en la orilla. Arte conceptual y tres puntos al carajo.

Sabemos que el arte contemporáneo es un campo sin puertas donde una escultura ya se define como aquello con lo que tropezamos mientras retrocedemos para ver mejor una pintura. Los madridistas esperamos que el equipo no retroceda mucho más, aunque ello comporte sacrificios estéticos. Zidane sabe que el prestigio más sólido de un técnico lo labra la Liga; de ahí su enojo, que ojalá pase a sus jugadores transformado en competitividad. Ni los caprichos del calendario ni la galerna de Vigo ni el Sáhara en suspensión excusan la indolencia al principio o a mitad de un partido. Hay que hacerse a la idea de que el alirón es como las mayorías absolutas: un anacronismo que no volveremos a ver en algún tiempo, por fortuna para los cronistas.

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El bueno (Verdú), el feo (Rajoy-Puigdemont) y el malo (Blesa-Rato) en La Linterna de Cope

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27 febrero, 2017 · 12:48

Nadal no es español

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Quién es la némesis de quién.

Quizá sea Rafael Nadal el único español que merece el retrato de un genio muerto. Nadal aún está con nosotros, pero ya no viven los pintores que habrían podido dar a su figura la posteridad que reclama. Un Romero de Torres, un Zuloaga o ese Sorolla que un día, viajando por la conmovedora melancolía de Castilla, anotó: “Las cosas adquieren aquí un vigor extraordinario. Una figura en pie en esta gran planicie toma las proporciones de un coloso”. Nadal no es castellano, pero sobre la meseta acotada de una pista de tenis se antoja el coloso vertical, sobrehumano, de Sorolla.

Tampoco vive ya David Foster Wallace, que en 2006 elevó la rivalidad Nadal-Federer a categoría antropológica: “Nadal es la némesis de Federer. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intrincado y clínico del Norte. Dionisio y Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo”.

Pero si Nadal es el mejor deportista español de la historia no es porque cumpla los tópicos idiosincrásicos de los que ni siquiera el talento de DFW se salvó, sino porque los ha negado minuciosamente. Nadal no es una masa armoniosa de músculo con un corazón latino de sangre caliente pegado a la piel: es sobre todo una mente poderosa y maquinal, que cursa órdenes precisas a sus extremidades y que no consiente que las circunstancias alteren el rigor imbatible de su mecanismo. No es el espartano estereotipado: ejecuta sus exclamaciones como un ingeniero planifica desagües a la tensión generada en la expectativa previa al golpeo.

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29 enero, 2017 · 10:53

Los niños de Esparta trabajan

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Camino del cole espartano.

Hemos entretenido la espera malaya de la dedocracia marianista con una bonita controversia sobre los deberes escolares. ¿Están imponiendo a nuestros niños demasiada tarea para casa? ¿Les estamos robando la infancia? ¿Cabe esperar que la vacuna del sida se aprenda jugando? Son cuestiones candentes en un país con índices rasantes de excelencia estudiantil que sin embargo no se pregunta cómo reconciliar a los cachorros de español con el conocimiento, sino cómo alejarlos aún con mayor dulzura de él.

Yo no tengo hijos, ni al paso que voy los tendré en la vida, pero semejante singularidad no empaña el recuerdo de los muchos años que pasé disciplinándome sobre un pupitre liliputiense. Todavía me parte un escalofrío cuando vuelvo a casa de mis padres y contemplo la silla y mesa donde quemé mis tiernas cejas rubias sobre librotes menos ilustrados que los de ahora. Todo lo bueno que me ha pasado se lo debo a aquellas tardes de condena, de seis a nueve, de lunes a viernes, más los trabajos ocasionales de domingo cumplidos bajo el único alivio del carrusel deportivo que mi hermano ponía en la radio. Aquello no distaba tanto del modelo que imperaba en Esparta, donde los bebés pasaban la selectividad la primera noche de su nacimiento: se les dejaba a la intemperie, y si a la mañana siguiente seguían respirando, obtenían plaza en la universidad de la vida. A los siete años los papás entregaban a la criatura al Estado, que los educaba -cuenta Plutarco– «procurando hacerlos espléndidos en su figura, fáciles de alimentar y no melindrosos, imperturbables ante la tiniebla, sin miedo a la soledad y nunca incómodos y fastidiosos con sus lloros». Ganaron la guerra a Atenas, claro. Como Wellington comenzó a ganar Waterloo desde los campos de criquet de Eton.

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4 noviembre, 2016 · 14:28

He aquí el hombre

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La divinidad y el hombre.

Hoy se estrena en Borja la ópera estadounidense Behold the man, obra del compositor Paul Fowler con libreto de Andrew Flack. No sabemos si en su día emocionó a Spielberg, pero yo no dudo de que el fenómeno del Ecce homo es la cosa más fascinante que le ha sucedido a la Historia del Arte desde mucho antes de 2012, año en que la beata octogenaria empuñó el pincel garrafal. Que la fallida restauración de un fresco de Cristo impreso en el muro de un santuario remoto de una pedanía zaragozana haya merecido hasta la fecha un musical en Denver, varias reseñas en el New York Times y fundado una nueva meca de peregrinación turística debería invitar ya a la reflexión antes que seguir moviendo a mofa, que suele ser el pobre reflejo de ese gracejo español tan mecánico y grueso. Sin ápice de ironía, hoy se puede concluir que la obra de Cecilia Giménez reúne elementos estéticos, éticos, culturales, psíquicos y sociológicos que trascienden la mera ocasión para la chanza. Cuando el último meme empezó a aburrir, el Ecce homo de Borja seguía allí. ¿De dónde nace su poder de fascinación, acción de repeler y atraer al mismo tiempo? Ensayemos algunas explicaciones.

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20 agosto, 2016 · 11:13

El abrazo que no une

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Nos abrazamos o no.

Me acerqué ayer al Congreso para recibir ‘El abrazo’, el cuadro de Juan Genovés que alcanzó categoría de icono -reconciliación pictórica- durante la Transición. Allí estaba el pintor, allí los dirigentes de IU que propusieron traerlo desde el Reina Sofía, allí también los diputados del PP que, desde su mayoría en la Mesa del Congreso, admitieron la sensatez de la propuesta. ¿Y acaso no es buena idea que un panegírico de la concertación política cuelgue de las paredes del Parlamento español en el preciso momento en que con mayor patetismo se manifiesta la incapacidad de los partidos para reeditar consensos? Llegué y vi a Cayo Lara y a Willy Meyer, y también a Ignacio Gil Lázaro y a Jesús Posada. El arte unificando a las dos Españas: parecía posible.

Me acerqué al lienzo con la curiosidad virgen de quien por edad no lo vio nunca reproducido en ciclostil clandestino, rebajado a la condición de octavilla de combate. Porque lo fue, y por eso su otro nombre es ‘Amnistía’. La pintura es la instantánea de un gran escorzo de cordialidad, un grupo de anónimos que nos dan la espalda porque abrazan a otros a quienes no vemos. Me recordó enseguida a la escultura de Antón Martín que conmemora a las víctimas del ataque ultraderechista al bufete de Atocha. Pero este monumento es una melé mal resuelta y el cuadro, en cambio, conserva inocente su emoción. Las muestras de efusividad se suceden con el desorden de lo espontáneo, como si más que una paleta se hubiese utilizado una cámara al hombro. Ningún rostro resulta reconocible porque, a diferencia de la escuela historicista, al artista le importa enfatizar la acción y no el sujeto; por eso el encuadre está aberrado, sorprendiendo a los protagonistas en una calle abstracta sugerida con un fondo marfil que resalta los contornos definidos de las personas: una página en blanco sobre la que los españoles escribirán el futuro en libertad.

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Los reyes me trajeron a Stefan Zweig y yo lo llevé al Parnasillo, para regocijo de Herrera: mantuvimos un admirativo diálogo sobre Viena

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8 enero, 2016 · 12:16