Archivo de la etiqueta: héroes de nuestro tiempo

¿Es Sánchez el superhombre?

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Caligulín.

A veces quisiera uno sumarse como un bailarín más a los coros y danzas del sanchismo, integrados por las irresistibles pedrettes. ¡Qué no daríamos por esa mediática devoción! Besos, ternura. Qué derroche de amor, cuánta locura. Pero ver aplaudidas las cacicadas de nuestro Calígula comprado en los chinos es como contemplar el orgasmo de Meg Ryan desde la casta oposición. Uno observa, por ejemplo, la maniobra con la que el Ejecutivo acaudillará a todos los separatistas del hemiciclo para anular a los jueces modificando el Código Penal al gusto de Junqueras y ve un polvo sórdido en un callejón sin luz donde otros encuentran materia bucólica para entonar el romance del pastor progresista. ¿Qué les dará Sánchez, aparte de vicepresidencias?

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23 enero, 2020 · 11:48

Pensar sin asideros, de Hannah Arendt

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Hannah.

Leer a Hannah Arendt (1906-1975), sobre todo si uno viene de cubrir una campaña electoral de 2019, provoca el mismo efecto que subir en ascensor ultrarrápido desde un sótano enrarecido hasta la azotea de un imponente rascacielos. Pero ese efecto no sólo lo produce la gigantesca estatura intelectual de la pensadora judía, sino igualmente su coraje temerario a la hora de defender posiciones que ella creía verdaderas al margen de las desagradables consecuencias que su claridad le acarrease en el mundo académico como en el mediático, e incluso entre los de su raza.

Estos dos volúmenes que recogen su obra ensayística inédita en forma de libro -desde artículos y conferencias hasta coloquios y entrevistas- no en vano se titulan Pensar sin asideros. Arendt llevó la disposición insobornable del filósofo liberal al extremo de su compromiso, y ya se sabe que el precio de la independencia a menudo suele ser la soledad. Despreciaba la tradición de la metafísica occidental -en eso era marxista- no por soberbia, sino porque se daba cuenta de que el siglo que le había tocado vivir, el terrible siglo XX, había liquidado las categorías de lo concebible hasta entonces. Tocaba levantar un nuevo corpus filosófico para comprender al hombre. Al hombre capaz, por ejemplo, de diseñar el Holocausto o el Gulag.

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19 noviembre, 2019 · 10:21

Nuestro Areta

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Carlos Santos como Germán Areta.

Por la calle oscura de una gran ciudad de un país en transición baja un hombre que no es oscuro ni grande ni mudable. Se llama Germán Areta. Parece un hombre común, ciudadano de una dictadura que agoniza, pero no se hace ilusiones respecto del futuro: conoce la maldad y se opone a ella por instinto, y entiende que la vigencia de ese enfrentamiento no depende de la forma del Estado sino del corazón podrido de los hombres; y por cierto, de no pocas mujeres. Hace tiempo que no duerme bien pero eso no merma la vigilia de sus sentidos, que son la materia prima de su negocio: detective privado.

Se gana la vida lidiando por dinero con la declarada miseria del prójimo, pero no acepta cualquier encargo aunque le sirviera para empezar una nueva vida en un buen piso a la vera del Retiro. Le sobra valentía para castigar a un maltratador que le dobla en tamaño tanto como para desafiar a un plutócrata vicioso, y le falta el sentimentalismo preciso para disculpar a una mujer que se niega a salvarse a sí misma. Se las arregla para averiguar la verdad sin tender más trampas que las justas, porque su mirada fija accede al alma de su interlocutor como una sonda infalible. Llega, observa y comprende. Pero no juzga.

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5 octubre, 2019 · 17:06

Contra los periodistas y otros contras

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Karl Kraus.

Al vitriólico Karl Kraus (1874-1936) la vida austriaca le parecía un “bello cadáver”. En Berlín comen ostras, decía, pero en Viena se contentan con ver comer ostras a los demás. Había nacido en el seno de una familia judía acomodada, pero un insobornable espíritu de contradicción le impedía valorar el discreto encanto de la burguesía, cuyos vicios -en especial la mezquindad de imaginación y la cursilería- fustigó sin piedad. Cargó lo mismo contra la decadencia imperial austrohúngara que contra el pangermanismo nacionalista con valentía y lucidez proféticas, y sin privarse ni por un instante de paladear la más refinada oferta cultural de Europa, que bullía en la Viena primisecular. Pocos nombres como el suyo están tan asociados a la cultura vienesa, a la literatura de café -ese género netamente vienés del folletón que tanto recuerda a nuestro columnismo costumbrista-, a la emergencia de las vanguardias en todos los órdenes del arte y el pensamiento: del dodecafonismo al psicoanálisis, del expresionismo a la Bauhaus.

Y sin embargo se erigió al mismo tiempo en un icono de la sátira, del pesimismo y de la misantropía: era un liberal que escribía con el tono ácido del reaccionario. A su imagen temible contribuyó en buena medida su actividad periodística al frente de la revista Die Fackel (La antorcha), que editó y redactó casi en solitario durante 37 años. Cada una de sus entregas, que no dejaban títere con cabeza, era esperada con avidez por genios tan dispares como Wittgenstein, Musil, Schönberg o Canetti.

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16 abril, 2019 · 10:47

Poderoso Marchena

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Un juez.

A Ruano, que era un hipocondríaco tremendo, le bastaba saber que Marañón estaba en la ciudad para sentirse mucho mejor. Algo parecido nos pasa con Manuel Marchena. Vivimos más tranquilos desde que sabemos que se sienta cuatro días a la semana a impartir justicia en el blanco palacio de la plaza de la Villa de París. Por eso confiamos en que el juicio se alargue todo lo posible y permita a Marchena seguir desplegando durante mucho tiempo esa letal ternura que glosaba Latorre y que tanta esperanza lleva a nuestros corazones desencantados. El día que se acabe este juicio dejaremos de ver a Marchena en televisión y todos nos sentiremos un poco más vulnerables, y ya no encontraremos consuelo hasta que los nacionalistas den otro golpe de Estado y Marchena se siente otra vez a juzgarlo.

Marchena es un hombre poderoso, pero hombres poderosos ahora los hay por todas partes. Los hay hasta en las redes sociales. Nuestro tiempo propende a entronizar a los horteras y a oscurecer a los excelentes. En una época en que el Ejecutivo recae sobre un Sánchez y el Legislativo se distribuye entre siervos mudos y folclóricas chillonas, contemplar a Marchena en el cotidiano ejercicio de su sereno poder devuelve todo su sentido al cacareado sintagma del Estado-de-derecho. Ante Marchena parecen lo mismo Rajoy y Rufián, Junqueras y Soraya, Ortega Smith y Trapero: a todos iguala la autoridad inapelable del presidente del tribunal. Es la clase de autoridad que no puede fingirse ni atribuirse a un cargo pasajero, sino que emana de una aleación exacta de temple y conocimiento que hasta los golpistas reconocen de forma instintiva y a la que concedemos el nombre de prestigio. Hay en la crianza de nuestro juez la proporción precisa de seda canaria y acero vasco, de cortesía y contundencia, humanidad flexible y sólida institución. Un pedante, un payaso o un salvapatrias lucha ante el mundo por parecer culto, ingenioso o patriota, pero cuando declara o interviene bajo la grávida mirada de Marchena termina delatando su triste verdad de pedante, de payaso o de salvapatrias. Y sobre esa paciente epifanía se edifica a diario el relato fugitivo de los hechos y se dirime el peso odioso de la responsabilidad. Se hace, en fin, justicia.

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26 marzo, 2019 · 10:51

Zidane nunca se fue

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Vuelve.

Vuelve Zidane y vuelve ya mismo, y la noticia no es tanto lo primero como lo segundo. Sabíamos que la elección oscilaba en las últimas horas entre Zidane o Mourinho, la cabeza o el corazón, el consenso o el conflicto, el voto racional o el voto de castigo. Ni Pochettino ni Klopp se habían puesto realmente a tiro de contrato ni el Real Madrid se podía permitir otro Lopetegui. De modo que el retorno del francés se imponía como la feliz recomposición de un matrimonio natural que nadie sabe a ciencia cierta todavía por qué se rompió.

Es posible que Zidane tenga ahora que explicar de una vez la razón de su ruptura. En todo caso quedará bien explicada con la elocuencia de los hechos: con sus descartes y con sus fichajes este verano. Pero si los segundos matrimonios son victorias de la esperanza sobre la experiencia, ambas conviven en el regreso de quien le dio al Madrid nueve títulos en dos años y medio. El entrañable antimadridismo, gran parte del cual milita sin saberlo dentro del madridismo, se ha apresurado a descalificar la vuelta de Zidane con científicos argumentos del tipo “nunca segundas partes fueron buenas” o “es un gestor de egos que tiene flor”.

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12 marzo, 2019 · 13:48

El privilegio del coraje

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Coraje.

Las guerras civiles en Occidente aún son culturales. Dos se están librando hoy, una en la izquierda y otra en la derecha.

En el primer frente tenemos a los neomarxistas tratando de pinchar las múltiples burbujas divisivas de los identitarios, explicándoles que lo que determina su conciencia solo puede ser su clase social y no la fluidez de su género, ni el abono semanal a la batucada saharaui, ni su arrebatada piedad por las focas. Militancias tan atomizadas les escamotean su destino histórico, que es unirse como precarios del mundo en la lucha final contra el neoliberalismo globalizado. Se trata de una guerra melancólica que ya se perdió en París en 1968, cuando los hijos de la paz descubrieron que sus anhelos los satisfacía mejor el mercado que el Estado, pero su lucha me inspira más simpatía que la de quien pide el sufragio para el gran simio; al fin y al cabo, Adam Smith y Karl Marx comparten la convicción de que la emancipación del hombre empieza por sus condiciones materiales.

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10 diciembre, 2018 · 11:46

El candado de la libertad

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Oscuro objeto de deseo del conspirador.

Sirve el latín no solo para que a los oriundos de Cabra los llamen egabrenses, sino también para cincelar el sentido de la civilización en un puñado de eufónicas palabras: Legum servi sumus ut liberi esse possimus. En castellano no suenan tan bien, pero proclaman la misma verdad: «Somos esclavos de la ley para poder ser libres». La paradoja formulada por Cicerón hace 21 siglos ha guiado a todos los pueblos que quisieron ser libres y adivinaron la única manera de conseguirlo: ser al mismo tiempo iguales ante la ley.

A menudo enfrentamos la libertad a la igualdad para diferenciar el ideal propio de la derecha de la vocación por la que lucharía la izquierda. Pero esta dicotomía no deja de ser una trampa pedagógica tendida por nuestra mente binaria, porque la igualdad no es otra cosa que la igual libertad entre ciudadanos. Al final todos luchamos por la libertad, por igualarnos en autonomía, para que la libertad de partida que asiste al pobre se parezca lo más posible a la que disfruta el rico, sin someter la de ninguno por el camino ni impugnar la disparidad de resultados que necesariamente se sigue del ejercicio del albedrío y el capricho de la genética. Esa doble condición inseparable, la de ser libres e iguales como españoles, es la que consagra la Constitución de 1978.

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6 diciembre, 2018 · 10:11