Archivo de la etiqueta: héroes de nuestro tiempo

Sergio Ramos, el último cipotudo

15964564807527No será el más exquisito ni quizá el más laureado, pero es el único futbolista que juega como si acabara de apearse de su propia estatua ecuestre. Y cuando acaba el partido, Sergio Ramos vuelve al parque donde se levantan los monumentos a los héroes de la patria, se encarama a su pedestal y se petrifica para seguir ejerciendo de gloria nacional el tiempo que media hasta el próximo compromiso sobre el césped. Noble y bélico adalid, caballero del honor.

Ramos es un cipotudo nato, un hombre que sobrelleva con asombrosa naturalidad la convivencia con su grandeza. El día que fue presentado en el Bernabéu, recién fichado del Sevilla por una cifra exorbitante -27 millones de euros de 2005 por un defensa de 19 años-, ya empezó a escandalizarnos su desparpajo. Allí estaba ese crío, llegando al vestuario de Zidane, Roberto Carlos, Raúl, Beckham o Ronaldo, mostrando con sonrisa suficiente el dorsal número 4 que acaba de dejar vacante nada menos que Fernando Hierro. Hoy Hierro es el tipo que una vez llevó el 4 de Sergio Ramos.

Nació en Camas, seguramente en un descampado, aterrorizando a las piedras contra las que chocaban sus tiernas rodillas al caer. Dejó tal huella en las categorías inferiores del Sevilla que ni le han perdonado su marcha ni se la perdonarán jamás; a él, que como Gengis Kan en el fondo es un sentimental, los abucheos en el Pizjuán todavía le duelen y ha tenido la debilidad de confesarlo más de una vez. No quiere entender que cada pitido furioso de los Biris, los ultras sevillistas, suma el más sinfónico tributo de admiración a que puede aspirar alguien criado en Nervión pero demasiado incontenible para caber entre sus orillas.

La virilidad de Ramos es tan arquetípica, tan caudalosa, que si Zorrilla reviviera lo convertiría en protagonista de un Don Juan cani de masas. De hecho, sus ilegales apuestas estéticas no son más que intentos infructuosos de matizar esa masculinidad animal que le constituye y que se derrama por el timbre cavernoso de su voz o la fijeza escalofriante de su mirada de escualo.

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13 agosto, 2020 · 13:48

Respetarás a Zidane

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La estrella.

“Que le critiquen los que quieran, que nosotros seguiremos ganando títulos”. Lleva muchos años Florentino Pérez disciplinando al forofo que le habita, pero con la Liga de la pandemia en la vitrina y preguntado por Zidane, no pudo contenerse. Es sabido que el presidente del Madrid tiende a considerar que la figura del entrenador está sobrevalorada, pero a ningún entrenador ha concedido tanto autogobierno como a Zidane, soberano de sus impredecibles alineaciones. Quizá porque no le considera algo tan pedestre como un entrenador de fútbol sino, literalmente, una “bendición del cielo”.

Pero si así habló Florentino es porque Los Que Saben De Fútbol -saber de fútbol: qué ordinariez- se han pasado toda la temporada tratando de minusvalorar al francés. Gestor de vestuarios, alineador, ex futbolista, el de la flor, sin estilo definido, parco en titulares. Perdónales, Zizou, porque no saben lo que dicen, aunque cobren por decirlo.

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17 julio, 2020 · 11:06

La música del paraíso

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El padre Gabriel al oboe.

Un misionero atado a una cruz flota boca arriba sobre el agua oscura. Su condena parece tan inexorable como la corriente de un río. El crucificado zozobra unos segundos entre los rápidos del Iguazú antes de ser engullido por la gran catarata. Ni la piedad ni la fe tienen cabida en los dominios salvajes de un mundo donde la virginidad es la garantía misma del brutalismo. Pero el padre Gabriel toma su oboe y una biblia y se interna en la selva para averiguar si Dios quiere otro mártir o fundar su misión. Remonta el río, se sienta en una piedra y comienza a tocar. La melodía fluye de él hacia la espesura e incluso los pájaros enmudecen. Indígenas armados de flechas no tardan en rodear al intruso que debería seguir a su precursor hasta el negro vientre de la catarata. Pero Gabriel no se inmuta, sigue tocando, se aferra a la música que puede salvarle. Dios expulsó a los hombres del edén y confundió sus lenguas, pero les dejó el idioma universal de la música para que supieran el camino de regreso al paraíso.

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7 julio, 2020 · 10:05

El Prado: el arte de volver

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Edén.

Los museos se inventaron para reservar un espacio a las cosas valiosas. Para conceder a la belleza o al menos a la curiosidad una habitación propia. Los museos son espacios protegidos y ordenados dentro del espacio salvaje y caótico de la ciudad. Pero hay un museo que es distinto de los demás porque no se define en relación con el espacio, sino en relación con el tiempo. Sus salas no acumulan y disponen cosas bellas con mayor o menor armonía. Sus salas exhiben el tiempo mismo. Solo hay una cosa que Saturno no puede devorar: lo que Tiziano o Goya hicieron con él.

Por eso El Prado es único. Porque en los espejos de sus obras maestras se detiene a mirar la historia del arte, que es la historia del hombre. Sus paredes devuelven el reflejo de lo que fuimos cuando no lo sabíamos, de lo que somos y no queremos reconocer y hasta de lo que soñamos sin atrevernos a serlo. Pintores de pintores se desafiaron a través de los siglos para capturar el tiempo humano en un lienzo y lo lograron. A un costado del bullicioso paseo que lleva su nombre están inmortalizadas todas las vidas posibles, de las más sublimes a las más oscuras. Rey o bufón con Velázquez. Pecador con El Bosco o santo con Zurbarán. Muertos todos para Bruegel o delicadamente ascendidos al cielo por Murillo. El Prado habla del tiempo en que la monarquía española dominaba el mundo, y también del tiempo en que ajusticiaba a sus héroes, pero sobre todo le habla al espectador de hoy. Su colección está viva, se compone de obras que se comunican entre sí cuando cae la noche y las puertas se cierran. Nunca desde la Guerra Civil habían permanecido tanto tiempo cerradas. Ahora se reabren, Madrid se desconfina y entretanto los cuadros de El Prado se han movido para contar su historia perenne de una forma nueva. Volver también es un arte.

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7 junio, 2020 · 11:47

‘Air’ Jordan toma tierra

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Cuando volaba.

Es noticia que Michael Jordan comunique al mundo tres párrafos de indignación racial por la muerte de George Floyd. Es noticia porque Jordan, como más alto símbolo de los 90, estaba por encima de las categorías identitarias de raza, sexo y nacionalidad en las que se viene fundando el compromiso político desde que la izquierda perdió ante la derecha la gestión material y se especializó en la espiritual. El mejor deportista de la historia habitaba por derecho propio un olimpo incompatible con militancias pedestres. Jordan era global, a Jordan no se le conocían indignaciones ajenas al drama puramente atlético que se desarrolla en una cancha, Jordan ni siquiera era negro. Otros que sí lo eran, como Spike Lee o Barak Obama, entre medias de su incontenible admiración deslizan en The last dance reproches a la neutralidad ideológica del ídolo, que evitó pronunciarse en público contra un candidato racista republicano -aunque donó dinero en privado a su contrincante- con la madre de todas las declaraciones neoliberales: “Los republicanos también compran zapatillas”. Y sin embargo cualquier activista ha de reconocer que Jordan hizo más por el empoderamiento de los negros que cualquier película de denuncia o que la presidencia histórica de Obama, más histórica que presidencia.

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2 junio, 2020 · 13:19

El ángel Covid-19

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Un hombre desarbolado.

No me atrevo a pedirle al coronavirus que sea nuestro terremoto de Lisboa, porque entre nosotros no diviso a un Kant ni a un Voltaire, pero debería serlo. Cada generación padece un trauma colectivo que le permite redescubrir el mediterráneo de la fragilidad humana y le invita a actuar en consecuencia. La Ilustración no se habría desplegado como lo hizo sin el brutal seísmo de 1755, que obligó a la inteligencia a replantearse su optimismo y ofreció a la voluntad un nuevo límite que superar. Así es como la catástrofe estimula el progreso, el periodismo depura la injusticia y el mal, en suma, convoca al bien.

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14 marzo, 2020 · 11:36

Nunca bajarás del ring

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Kiev, 2018.

Yo no tengo corazón para hacer esto. Yo no quiero escribir sobre David como si David no fuera a leerme mañana, porque aquí todos escribimos para alguien. Yo no puedo conjugar los verbos en pasado cuando me refiero a él, porque las palabras crean las noticias y hay palabras que deberían pronunciar siempre los otros y hay noticias que no se deberían dar jamás. Fue David quien me enseñó que un columnista que se precie nunca sonríe en su foto del periódico, pero eso es una cosa y otra distinta es empapar estas teclas que odio como un huérfano torpe al que le han abandonado de pronto las frases, el oficio y la alegría.

David, por supuesto, se avergonzaría. Cuando murió Jorge Berlanga, escribió de su compañero de contraportada el más aséptico de los obituarios porque así se lo pidió Jorge desde la cama terminal del hospital. A diferencia de la nuestra, la suya es una generación que aprendió la insinceridad espantable de la cursilería. Recuerdo un día, en los tiempos en que le daba la tabarra propia del aprendiz, que se rió de mí cuando le propuse que habláramos de poesía, como si los versos fueran un pasatiempo de nenazas. Pero el dominio del lenguaje de Gistau no se aprende en los gimnasios, donde a cambio se aprenden otras cosas.

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10 febrero, 2020 · 22:40

La paradoja de la celebridad

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Persona o leyenda.

En la muerte de Kobe Bryant, bajo el elogio unánime al que nos convoca siempre la tragedia, hemos leído semblanzas contradictorias del finado. Bryant era un hombre amable y cálido, siempre dispuesto a atender a los medios incluso en el idioma materno del reportero, sobre todo si era español o italiano. Pero Bryant era también un atleta frío y arrogante, cuya ambición cegaba a menudo sus miramientos con el prójimo. ¿Quién de los dos era Bryant?

Bryant sería frío y cálido, amable y arrogante, porque más allá de la longitud de onda de cada cual, todos los vivos somos ondulantes. Ocurre que las celebridades están más expuestas que los anónimos al juicio categórico. No se trata solo del viejo mecanismo de la idolatría humana, que disfruta renegando de los mismos dioses que fabricó, ritual antropológico del que se nutre la industria del corazón. Se trata de que una persona célebre, en la sociedad hiperconectada, nunca logrará que el predicado de su personalidad se imponga al predicado de su celebridad. A todo sujeto famoso le faltarán los atributos propios. El famoso es por definición indefinible. Y cuanto más famoso es alguien, menos sabe nadie cómo es en realidad. A esta irritante aporía podríamos llamarla paradoja de la celebridad.

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28 enero, 2020 · 10:22