Archivo de la etiqueta: héroes de nuestro tiempo

Federico y Arcadi

Los lectores de EL MUNDO se dividen en partidarios de Federico, partidarios de Arcadi y partidarios de ambos, que son la inmensa mayoría. Esta sección es una iglesia incorregible que peca de liberal con su santa trinidad al frente, Losantos, Espada y Raúl del Pozo, sin que hasta la fecha ningún teólogo bizantino se haya atrevido a aclararnos quién es el padre, quién el hijo y quién el espíritu santo. Los tres son personas del verbo, que manejan con gracia apostólica, indiferencia al martirio y un don luciferino para la persuasión. Su testimonio a menudo despierta la ira inquisitorial de las redes sociales e incluso provoca llamadas intempestivas de políticos endiosados al jefe de Opinión, que entonces sonríe. Porque nuestros columnistas no han venido a traer la paz sino la guerra, y no escriben para complacer a los hombres de buena voluntad sino precisamente para ofender al número infinito de los necios, los mentirosos y los déspotas. Esa es su sagrada misión.

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24 enero, 2022 · 8:12

¡Corre, Paco!

Tenía apenas 20 años y una jeta rústica de montañés sin mundo, pero cuando arrancaba parecía capaz de correr sobre el mar, rizándolo como una tormenta. Era el verano de 1953 y no se presentó en la capital con su propio colchón de milagro. Tardó en adaptarse, le silbaban, se reían de su velocidad desembridada y a Bernabéu se le agotaba la paciencia. Pero entonces llegó Di Stéfano: «Presidente, quédese con Paquito y fiche a Héctor Rial«. Así se hizo. Y así ganaron cinco Copas de Europa.

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18 enero, 2022 · 17:08

Cómo ser un buen antivacunas

Hay gente a favor de la vacunación y hay gente en contra, y cada cual tiene sus razones. Yo, por ejemplo, estoy a favor porque no quiero perder suscriptores, y sin vacuna quizá usted ya estuviera muerto. Seguir con vida facilita mucho la lectura, incluso permite entregarse a debates apasionados sobre la conveniencia misma de mantenerse vivo, aunque solo sea para poder ciscarse un año más en Bill Gates y en las leyes australianas. Para ser un buen antivacunas primero hay que ser, a secas, pues la vida preexiste a la militancia. Un antivacunas muerto por covid ya no sirve para luchar contra el globalismo inmunológico, de modo que la manera más segura de seguir siendo antivacunas es vacunarse.

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10 enero, 2022 · 9:50

Nuestro héroe

Hay un héroe español que no tiene quien le escriba. Como todos los héroes sin literatura el nuestro es madrugador, desayuna rápido, trabaja duro y no tiene nombre. Administra su perfil en las redes sociales con la morigeración de un cisterciense: solo a última hora se concede la tasada vanidad de un comentario, una foto, un me gusta. No tiene mucho que contarCultiva fantasías que en otro tiempo fueron modestas -una nómina que avale una hipoteca, un garaje grande para el todoterreno, un par de críos correteando por el salón-, pero a ellas ha decidido sacrificar un lustro de su vida sin suficientes garantías de éxito. Le hablas del cuestionamiento de la meritocracia y suelta una carcajada. Le preguntas si su padre es juez y empieza a cabrearse de verdad. No es que crea en la cultura del esfuerzo: es que nadie puede opositar por él.

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22 noviembre, 2021 · 9:10

El murmullo de la conciencia

PRENSA – HERALDO DE MADRID – PERIODISTAS – REDACTORES, REDACTORES JEFES Y DIRECTORES\MANUEL CHAVES, REDACTOR JEFE

Ira es la primera palabra de la historia de la literatura occidental. «Canta la cólera, musa, del pélida Aquiles». Así arranca el primer verso de la Ilíada, con el terrible sustantivo abriendo la frase, estrenando el género de la epopeya, inaugurando la poesía y hasta preconizando el periodismo si limpiásemos de mitos los hechos de armas en la playa de Troya. Pero no es la musa sino Homero quien canta admirado la ira de los hombres, porque Homero sabe que solo la guerra iguala a los hombres con los dioses. Y alguien deberá contar esa apoteosis de sangre y de fuego para que el mundo no olvide. Para que el recuerdo de lo que hicieron perviva de generación en generación.

Hay una línea improbable que a través de veintiocho siglos conecta a Homero con Manuel Chaves Nogales. Uno era un bardo mitómano que embellecía lo que no vio y creía en los dioses; otro fue un periodista insobornable que anotaba lo que veía en una España rota que ni siquiera dejaba espacio a la fe en la condición humana. Pero hay una cualidad que los emparenta, una virtud rarísima, casi sobrehumana: la ecuanimidad. Homero no juzga a los hombres que se matan en el campo de batalla. Admira su valor o deplora su destino al margen del bando y la causa en la que militan. Y eso mismo hace Chaves Nogales en el implacable fresco del horror fratricida que es A sangre y fuego. Para que tampoco lo olviden. Y para que no lo recuerden como algunos sectarios de ayer y bastantes de ahora mismo quieren que lo recordemos.

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28 octubre, 2021 · 10:37

Un filósofo en el dentista

Los que acusaban a Ortega de ser el filósofo de lo obvio no leyeron a Byung-Chul Han, que es el pensador de moda en un tiempo en que pensar no está de moda. Para pensar ya están las máquinas, terrible competencia para Han, que defiende el fruto artesanal de su cerebro como el pastelero de proximidad arremetería contra la bollería industrial. «La inteligencia artificial no piensa. A la inteligencia artificial no se le pone la carne de gallina», afirma en El País. Para Han pensar es como salir de la ducha en diciembre, greguería digna de Ramón: «¿Qué es el arte? Morirte de frío». ¿Qué es filosofía para nuestro filósofo? Una confitería de galletas chinas. Coreanas, de hecho.

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26 octubre, 2021 · 12:12

Pablo Aguado: la razón del toreo

Hay mucho que aprender de un torero que triunfa. El precio vital de una ovación, las innumerables tardes de desánimo que permiten el contraste del éxtasis, el hidalgo desprecio a la posibilidad del dolor o de la muerte, sacrificándolo todo al instante embriagador en que se someten toro, público y suerte. Pero quizá haya mucho más que aprender de un torero que fracasa. No porque no pueda o no sepa, sino porque el cuerpo dice basta y la temporada dice adiós allí donde más se deseaba el triunfo.

La rodilla de Pablo Aguado (Sevilla, 1991) crujió el pasado 18 de septiembre nada más comenzar la corrida que abría su regreso a la Maestranza, el coso que nutrió su afición de niño y que lo sacó a hombros en 2019 tras la memorable faena a los Jandilla. En el sexto tuvo que recolocarse la articulación antes de descabellar al animal. Luego redactó un comunicado de disculpa y se metió en el quirófano. «Lesión crónica ligamentaria y meniscal», sentenció el parte médico. Dos años arrastrando una lesión de futbolista de la que espera volver mejor. «Si tenía que pasar en algún momento, mejor ahora con el invierno por delante. Lo que me da miedo es perder el toque», explica Aguado en la terraza de un restaurante de Triana que se asoma al Guadalquivir, las muletas apoyadas en la silla, la ortopedia enroscada en la pierna. No ve el momento de coger otra vez el capote, pero su camino es el inverso al de la gratificación instantánea que según los psicólogos está lobotomizando a la juventud adicta al móvil. Aguado desea apurar la disciplina del parón, padecer la abstinencia taurina de estos meses para paladear mejor el momento de ponerse otra vez delante de una vaca. «Será en febrero, si todo va bien. Los médicos dicen seis meses pero pueden ser cuatro si se hace bien la rehabilitación».

Aguado no es un torero al uso y por eso gusta, pero a la vez es un torero clásico y por eso gusta más. Aguado es quizá un racionalista perdido en un gremio eminentemente irracional. Licenciado en Administración y Dirección de Empresas, sus amigos no proceden del mundo taurino. Son su cuadrilla de toda la vida, con la que se emborrachó tras abrir la Puerta del Príncipe de 2019 y con la que habla de fútbol o de política. De familia de ganaderos, su caso no es el del padre que obliga al hijo a licenciarse antes de probar fortuna en el ruedo. No: su vocación surgió tarde y tomó la alternativa a los 26, edad en la que sus hoy compañeros de escalafón ya eran matadores con recorrido. Entonces tenía un sueño -brindar un toro a Curro Romero y otro al Rey Juan Carlos, ambos cumplidos- y una decidida voluntad de estilo que se incardina en la tradición clasicista del toreo natural, sobrio, poderoso y lento, muy lento. «Es el toreo que me hace sentir mejor. El purismo es un error cuando no apunta al verdadero fin, que es emocionar. Yo voy a la plaza a que me embista un toro, el público es lo de menos. No voy para emocionar al público sino para emocionarme a mí. Si yo siento esa emoción, se comunicará».

Aguado aprovechó el confinamiento para releer la biografía canónica de Belmonte que escribió su paisano Chaves Nogales y que leyó de novillero. «Me ha impactado más, he descubierto detalles nuevos», asegura. Habla de los dos gigantes de la edad dorada (Juan y José, Belmonte y Joselito) con la familiaridad de un contemporáneo, pero no se obsesiona con la ortodoxia. Y en ese rechazo al dogmatismo se advierte su prematura madurez. «Evocamos a Belmonte por el arte y a Gallito por el poder. Pero son divisiones un poco artificiales. Para mí Gallito tenía más gracia y Belmonte era más aplomado, más hondo. El mejor toreo actual ha de tener la gracia de uno y la hondura del otro. La colocación de Belmonte y el poderío de Gallito. Pero mira a El Cordobés: no era ortodoxo y cambió el toreo para siempre, le dio otro impulso».

En la era del parloteo de las redes reencontramos un placer antiguo en la escucha de un hombre que sabe de lo que habla sin echar al viento una sola frase no pensada. Es la pasión del artesano que ha estudiado a fondo su oficio. Y un oficio que no es precisamente el de influencer, sino de hecho su reverso exacto: no se conoce aún al comentarista de moda o videojuegos que haya muerto en plena jornada laboral. Aguado se pone a glosar las cualidades de los grandes maestros y sus ojos se pierden en el río y más allá buscan la Maestranza con ansiedad contenida.

Como licenciado en empresariales, Aguado no desprecia el elemento económico de la fiesta. Por eso también admira a Joselito, al que la fiesta debe la modernización del espectáculo taurino como una industria de masas organizada. «Parece que esté feo meter el dinero cuando se habla de toros y toreros y no entiendo por qué. Lo hacemos con el fútbol constantemente. Esto también es un negocio y debe ser sostenible. Nosotros debemos procurar que la tauromaquia dé de comer a todos sus trabajadores, y para eso debe ajustar la oferta a la demanda. Es evidente, por ejemplo, que hay ganaderías que ofrecen más posibilidades que otras, y el torero está en su derecho de elegir». Ocurre que esas decisiones en ocasiones enfadan a los guardianes de las esencias, como los que sientan sus insatisfechos reales en el tendido 7 de Las Ventas. «El 7 tiene que existir, son grandes aficionados, lo que ocurre es que a veces llevan su afición a la intransigencia, van a la plaza a buscar el fallo y uno hace el paseíllo como si se presentara a un examen», confiesa.

EL NOBLE ARTE

De todos los toreros -salvo Morante- sorprende siempre de cerca su fragilidad, su escualidez. Aguado es fino hasta el empeine derecho, que se le ha hinchado y enrojecido por la presión circulatoria. Tiene los pómulos afilados, la mirada franca y una palidez aceitunada en la piel que casa con el color de las convalecencias. Come con apetito pero no engorda. Chaves diría que es el miedo: la dieta del torero. Pero Aguado es un racionalista. «Yo antes de torear como y duermo hasta la siesta, aunque reconozco que cada vez menos a medida que la presión aumenta. En las primeras corridas disfrutaba de la falta de expectativas. Tras el primer triunfo ya tienes que defender una imagen. Nunca he sentido tanta presión como en la semana en que me tocaba ir a Las Ventas después de las cuatro orejas en Sevilla. Crees que no vas a saber. Coges la muleta y te pesa. Y si dos días antes en el tentadero no has entendido a una vaca, ya crees que no sabrás hacerlo. La debilidad mental siempre es peor que la física». Haber debutado tarde le permitió encajar el triunfo con los pies en el suelo. Pero a cambio le privó, lamenta, de la espontaneidad de la euforia desatada. Un racionalista no se deja ir.

Los buenos escritores sienten el placer de la escritura, no la de ser escritor y hacer vida literaria. Los buenos toreros confiesan la ilusión intacta de torear, no la de ser torero y hacer ruido en el cuché. Aguado tiene los móviles de todas las figuras pero no comparten chat, no hay un grupo de Whatsapp de toreros, o al menos él no está en ninguno. Se respetan, se visitan en el hospital cuando alguno del mismo cartel recibió una cornada. Entre aquellos que practican un mismo estilo, que cultivan una afinidad en el concepto -entre Urdiales y Aguado, por ejemplo- será más fácil que brote la camaradería, incluso la confidencia. Pero el camino del torero se rige por un código solitario hecho de miedo, coraje y tradición, como el de un samurái. El torero lesionado se limita a esperar su momento, yno reconoce celotipia ninguna cuando Juan Ortega le sustituye tras la lesión y cuaja una tarde que da que hablar mientras él madruga para la rehabilitación en Coria del Río. Y cuando por la tele contempla el penúltimo milagro de Morante, Aguado se declara: «Tremendo. Único. Me emocioné como hacía tiempo». A cada cual lo suyo.

El torero de la razón, poco dado a rituales, enemigo del aspaviento, el diestro que razona el origen de sus emociones quiere tener una carrera larga. Eso de morir en la plaza, como le pedía Valle-Inclán a Belmonte, le parece indignante. Lo decía Manuel Alcántara de otro arte noble que, como el toreo, tampoco es un juego: «El boxeo no consiste en pegar, sino en que no te peguen». Es el dominio, el mando humano sobre la naturaleza ciega encarnada en el toro bravo. «Yo no me visto de torero pensando que voy a morir. Puedo aceptar que morir en la plaza sea más noble que hacerlo en un accidente de tráfico. Pero yo solo pienso en una cosa: en estar cruzado y en echar muy despacito la muleta. Si te cogen, será la consecuencia de tomarte tu trabajo en serio. Claro que jugamos con la muerte, pero no la buscamos. No me motivan las cornadas sino pegarle cuatro muletazos muy despacito a ese animal». Ya proponía Brassens morir por nuestras ideas, pero de muerte lenta.

Aguado, que se quedó huérfano de padre hace tres años, tiene educada a su madre en el silencio de vísperas: el día de corrida ni se llama ni se escribe. Tampoco cuando se anuncia un cartel que obliga a eso que él llama «jerarquía del respeto», como aquella tarde en Las Ventas mano a mano con Roca Rey. En esos casos no se trata de respetar al otro sino de respetarse a uno mismo cuando rivaliza con el otro. Eso, contra alguien de la valentía del peruano, exige exponerse de más. Y le cogieron, claro. Fue el sexto de Núñez del Cuvillo el pasado mayo en Vistalegre, Carabanchel. Aguado entró a matar con la verdad por delante y se llevó dos trayectorias en el muslo derecho. «Ese día me daba igual que me cogieran. Lo tenía asumido», explica como si esa mañana hubiera calculado en un balance la inevitabilidad del muslo desgarrado a cambio de medir su valor con el de Roca Rey. «¿Qué sentí? El dolor llega luego, en la enfermería. Lo primero que sentí fue orgullo. Más no podía hacer ese día».

Es mucho lo que un periodista puede aprender de un torero. Puede, por ejemplo, renovar su compromiso con el afán de verdad cuando viene cifrado por el riesgo que comporta su defensa, mientras alrededor el personal se rinde al postureo desorejado, a la carne filtrada y a la lágrima fácil. Puede reconciliarse con el ideal de la lentitud perseguido en el frenético centro del peligro, como si volviéramos a entender que la vida es tiempo, que el tiempo es escaso y que solo nuestra entrega y nuestra inteligencia acercan la emoción de vivir y alejan el pulso de la muerte. Y puede, en fin, recordar que se debe a las malas noticias para empujar el progreso del mundo, del mismo modo que no hay reaparición sin cornada ni primavera sin invierno ni luz sin oscuridad.

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11 octubre, 2021 · 10:11

Faltan paracas

A los soldados spenglerianos -cómo le gustaba este adjetivo a Gistau– de la base aérea de Zaragoza que salvaron a dos mil afganos del terror talibán yo les haría mil preguntas. Pero, cosas del cipotudismo, nunca se me habría ocurrido preguntarles si encontraron tiempo para llorar. A Margarita Robles sí se le ocurrió, y recibió esta ontológica respuesta:

-Somos paracas, señora ministra.

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26 septiembre, 2021 · 12:53