Cuando llegué a este lugar de La Mancha llamado Urda, a las ocho en punto de la tarde del día de la tragedia, doblaban las campanas de la iglesia de San Juan Bautista, muy cerca de la plaza del ayuntamiento donde los vecinos guardaban un minuto de silencio. Me acordé entonces del verso de John Donne que dio título a la novela de Hemingway, Por quién doblan las campanas.
Por si tuviéramos poca tensión en precampaña, Mourinho acaba de deslizar sus rodillas victoriosas por el césped del Camp Nou. En términos culturales ese gesto está peligrosamente cerca del neocolonialismo. En términos políticos supone la continuación del 155 por medios balompédicos. Y en términos electorales podría traducirse en un nuevo repunte de Aliança Catalana, que explota como nadie el eterno vaivén de la arrogancia al agravio que resume la psique de un buen culé. Pero no estoy aquí para recrearme en la gloriosa victoria de mi equipo sino para señalar sus causas morales, de las que se derivan las mejoras tácticas. Si el Madrid ganó en Barcelona fue porque alguien recuperó a esos jugadores para el compromiso colectivo, pero cuidando de no anular su talento individual. Ese hombre se llama José Mourinho.
Igual usted no sabe que Casa Real recibe decenas de cartas todos los días. O igual lo sabe porque usted mismo, o una tía suya de Alcalá, o ese cuñado que sirvió en ferrocarriles, han dirigido una carta a Zarzuela en algún momento de pesimismo institucional, de orfandad política, de hartazgo administrativo, incluso de tormento personal. En cualquier caso debe usted saber que cada una de esas cartas -incluyo también los correos electrónicos, pero es que allí reciben muchas cartas físicas todavía- es abierta y leída. Naturalmente no todas por los Reyes en persona, pero aquellas que el equipo de Casa Real considera más significativas también acaban en sus manos.
Los griegos llamaban apoteosis al proceso de conversión de un mortal en un dios. Hércules es el caso paradigmático, como los césares en Roma. Es una operación que ese animal religioso presuntuosamente publicitado como sapiens no sabe dejar de hacer, tampoco quienes habitamos las sociedades secularizadas del siglo XXI, si bien la calidad de nuestros dioses ha empeorado bastante desde las cosmogonías de Hesíodo. La última mortal en ser ascendida al olimpo atendía por María del Carmen Abascal, madrileña de 87 años muerta en el hospital dos semanas después de ser desahuciada. Su muerte no extingue el culto sino que lo inaugura. Santa súbita, canonización laica, altares de plástico, coros de canción protesta por liturgia responsorial.
Lejos en casi todos los sentidos de la Puerta del Sol se sigue levantando el Monasterio de El Escorial. Que no es un monumento sino una piedra en el camino identitario del español, con la que tropieza rabioso o a la que se encarama olímpico como sobre un pedestal de siglos. Hay por tanto españoles recelosos de lo escurialense y hay enanos agradecidos que nos subimos con cierta regularidad a los hombros berroqueños de este gigante apostado en una vertiente del Guadarrama. Luego está Ortega, que se sentía fascinado por «nuestra gran piedra lírica», entendida la fascinación como lo que es: una mezcla proporcional de atracción y de rechazo.
Una de las indudables ventajas del avance de la inteligencia artificial será la extinción de los festivales literarios. Cuando todos los libros los escriba la IA, ya no será necesario disfrazar de libre intercambio de ideas ningún contubernio palabrero sufragado con dinero público para alimentar el ego y el bolsillo (igualmente miserables) de un colectivo formado por entes demasiado humanos como para pensar por sí mismos.
Uno ya estaba durmiendo el martes cuando Mbpapé, Vinicius y Konaté saltaron al campo del Elche con la camiseta de apoyo a Ceuta embozada a la mitad de sus pechos fríos. La alarma del teléfono me despertó como cada día a las cuatro de la mañana, pero ese miércoles el timbre sonaba más ofendido que de costumbre. La pantalla hervía de notificaciones incandescentes, y al enterarme de la noticia sentí exactamente lo mismo que cualquiera de mis indignados amigos.
«Nació con el don de la risa y la intuición de que el mundo estaba loco, y ese era todo su patrimonio». Estará de acuerdo Arturo Pérez-Reverte en que este, el de Scaramouche, es uno de los mejores arranques de la historia de la literatura. Solo un talento fastuoso o uno de esos instantes de gracia que las avaras musas no prodigan permiten a un escritor capturar la mente de varias generaciones con la primera frase. Reverte lo sabe bien porque a mediados de los 90 él también experimentó el divino soplo.