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Sueños y pesadillas liberales en el siglo XXI

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Buen libro el de Fawcett.

Hace unos días Putin sentenció: «El liberalismo está obsoleto». No es un diagnóstico inocente, pues Putin necesita que sea cierto para justificar su propia alternativa autoritaria, pero no es el único que lo piensa. La ola populista que recorre Occidente a consecuencia de la Gran Recesión y de la revolución tecnológica ha puesto de moda la sospecha de que el modelo demoliberal ya ha cumplido su función: el invento, tras casi tres siglos ofreciendo una meta de igualdad y libertad, no da más de sí.

El desprestigio político que alimenta la desafección, la deriva económica que amplía la desigualdad, la soledad geopolítica tras las deserciones de los Estados Unidos de Trump y el Reino Unido del Brexit –otrora referentes de pluralismo– y el escaso atractivo que ejercen los ideales liberales en comparación con la potencia hipnótica de la identidad nacional, de raza, género o clase han alumbrado un nuevo género ensayístico que oscila entre el aviso sereno y el casandrismo desatado en torno a la muerte del liberalismo democrático y su sustitución en marcha por no se sabe aún qué competidor iliberal. De la autocracia nacionalista rusa al turbocapitalismo sin democracia chino; del tradicionalismo húngaro o polaco al retorno neomarxista que opone la soberanía del pueblo a las instituciones democráticas que separan el poder.

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30 julio, 2019 · 11:21

27 renglones de Olivetti

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In memoriam.

De sus mejillas cóncavas y sus pantalones abolsados uno solo podía sacar la conclusión de que Alcántara había burlado a la muerte por pura falta de incentivos. ¿Qué quedaba en él, en ese cuerpo esquemático en donde la carne había sido completamente devorada por las palabras, en donde el espíritu había borrado el rastro de la biología, que pudiera seguir interesándole a la muerte? “Solo se me ocurre a mí / pasarme toda la vida / viendo la muerte venir”, había escrito para convencernos de que no era inmortal, aunque a esas alturas ninguno le creíamos. En cada nuevo cumpleaños nos daba las gracias por acudir a su entierro, pero lo decía armado de un Ducados y un dry martini, y su estampa de metódico hedonista arruinaba la credibilidad de la necrológica. Al final tenía que concedernos que el hígado le había salido bueno, pero a lo mejor es que no tenía hígado, ni estómago, ni páncreas, ni otras vísceras ordinarias, impropias del poeta del artículo que hoy España llora no como cuando fallece un artesano sino como cuando se extingue un oficio; no cuando se va el hombre sino cuando concluye una estirpe.

Si también Alcántara puede morirse no sabemos muy bien qué seguimos haciendo aquí, llenando columnas de papel en el siglo del grafeno y del streaming. El columnista es un desalmado que vende su cerebro a cucharadas en la esperanza de que lectores curiosos remuevan con ellas su café cada mañana. La grandeza de Alcántara proviene de la aguda conciencia de su propia contingencia, de su reverendo tesón de teclista, una humildad amarrada a la Hispano Olivetti -27 renglones diarios, cada tarde después de comer, durante más de medio siglo- que a partir de un número determinado de trienios proclama el santo respeto al lector mucho más que la vanidad del autor. Otros se encaraman a un púlpito para encender la llama matutina de la democracia, que se apagaría fatalmente sin su fatua brasa de cada día; él se conformaba con llevar a su ávida grey la fórmula precisa de la columna, que ha de combinar la noticia, el ensayo y el poema con un aderezo general de humor y melancolía. Nadie como él mezclaba esos ingredientes de ardua alquimia, y a muchos que lo intentan sin saber les cuesta una llamarada en las narices.

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18 abril, 2019 · 18:04

Contra los periodistas y otros contras

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Karl Kraus.

Al vitriólico Karl Kraus (1874-1936) la vida austriaca le parecía un “bello cadáver”. En Berlín comen ostras, decía, pero en Viena se contentan con ver comer ostras a los demás. Había nacido en el seno de una familia judía acomodada, pero un insobornable espíritu de contradicción le impedía valorar el discreto encanto de la burguesía, cuyos vicios -en especial la mezquindad de imaginación y la cursilería- fustigó sin piedad. Cargó lo mismo contra la decadencia imperial austrohúngara que contra el pangermanismo nacionalista con valentía y lucidez proféticas, y sin privarse ni por un instante de paladear la más refinada oferta cultural de Europa, que bullía en la Viena primisecular. Pocos nombres como el suyo están tan asociados a la cultura vienesa, a la literatura de café -ese género netamente vienés del folletón que tanto recuerda a nuestro columnismo costumbrista-, a la emergencia de las vanguardias en todos los órdenes del arte y el pensamiento: del dodecafonismo al psicoanálisis, del expresionismo a la Bauhaus.

Y sin embargo se erigió al mismo tiempo en un icono de la sátira, del pesimismo y de la misantropía: era un liberal que escribía con el tono ácido del reaccionario. A su imagen temible contribuyó en buena medida su actividad periodística al frente de la revista Die Fackel (La antorcha), que editó y redactó casi en solitario durante 37 años. Cada una de sus entregas, que no dejaban títere con cabeza, era esperada con avidez por genios tan dispares como Wittgenstein, Musil, Schönberg o Canetti.

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16 abril, 2019 · 10:47

Ferlosiana

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Un clásico.

De una España que idolatra la cocina, el gimnasio y las mascotas ya estaba tardando en bajarse Rafael Sánchez Ferlosio, que consagró su vida a las anfetas, la sintaxis y los hombres. Tiene suerte de haberse muerto antes de tener que soportar la humillación del elogio unánime, el gran contestatario devenido autoridad, el iconoclasta hecho mármol, el ceñudo revelado en su ternura. Lo cierto es que el inmortal ha muerto y ha hecho bien, porque nada de lo que podía ofrecerle el mundo podía ya interesarle.

El columnista capaz de escribir “sinaítico” porque quizá veterotestamentario le parecía manido está mejor en los libros de texto -¿los hay aún?- que en su tertulia del barrio de la Prospe. El español que se medía con Ortega, y en ocasiones lo vencía, no tenía espacio en los zascas de Twitter. El humanista que acusó a Walt Disney de ser “un corruptor de menores nunca bastante execrado, el más mortífero cáncer cerebral del siglo XX”, jamás habría podido exonerar a sus discípulos, especistas descongelados que propugnan los derechos humanos de los animales. El anarquista que clamaba lo mismo contra “el furor de dominación” del Estado y contra “el furor de lucro” del mercado no encajaba en el troquel binario con que se empeñan en seguir sexándonos como a pollos sin cabeza. El ciudadano ahíto ya en los 80 de la “empachosa onfaloscopia” –omphalós en griego significa ombligo- por la que la lucha cívica de la igualdad cedía al empuje disgregador de las identidades no resistía otra ojeada a los frentes judaicos populares en que ha degenerado la izquierda. El ateo irreductible que se mofaba del macizo de la raza marcha de aquí antes de aguantar la nueva ola de narcisismo folclórico que esencializa la romería del Rocío o eleva la tauromaquia a misión histórica. El moralista escatológico que denunciaba “la moral del pedo” ha preferido morirse antes de seguir oliendo el tufo a sacristía laica de tanta oenegé, colectivo, minoría, activista de agravio vivo e intestino muerto cuyo gas noble solo complace al que por su culo lo predica. Y el jacobino, en fin, que hace un año ya confesaba el tedio oceánico que le producía el tabarrón catalán ha decidido fallecer oportunamente antes de seguir tolerando “esta peste catastrófica de las autonomías, las identidades, las peculiaridades distintivas, las conciencias históricas y los patrimonios culturales”, por culpa de lo cual la inteligencia de los españoles -afirmaba- va degradándose hasta acercarse peligrosamente a los umbrales de la oligofrenia.

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2 abril, 2019 · 11:37

Historias reales, de Helen Garner

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Periodismo.

Quienes consideran a Helen Garner (Geelong, 1942) la Joan Didion australiana quieren hacerle un favor a Garner, pero quizá se lo estén haciendo a Didion. Solo quizá. En la nómina rutilante del Nuevo Periodismo -la de los Talese, Mailer o Wolfe-, la reportera estadounidense figura ya por derecho propio como su gran exponente femenino. Garner no compite con ella en estilo, como Hemingway no lo hace con Faulkner: por una consciente voluntad antirretórica. Pero sí lo hace en vocación, coraje y honestidad periodística. La antología de reportajes que edita Libros del Asteroide es buena prueba de todas esas condiciones, pero sobre todo da testimonio de una manera de concebir y ejecutar el periodismo narrativo que empezamos a extrañar sin temor a caer en la jeremiada. Lo cierto es que hoy escasea el tiempo, el dinero, el talento, la paciencia de los jefes y mucho más la de los lectores para asegurar larga vida al género literario de no ficción que ha dado un Premio Nobel como el de Svetlana Aleksiévich o un Premio Cervantes como el de la mexicana Elena Poniatowska.

Y sin embargo, estamos convencidos de que una historia real bien contada nunca perderá el interés del público. Contar bien es adoptar la primera persona sin convertir el reporterismo en un pretexto para la vanidad; encadenarse disciplinadamente a los detalles como única garantía de ecuanimidad narrativa; escoger la palabra exacta para lograr que el lector se forme en la mente la imagen más vívida posible; examinarse a uno mismo como vehículo informativo con el mismo rigor despiadado con que se consignan los hechos; y todo ello por sagrado respeto al lector, en la conciencia de una misión quizá modesta, incluso autoirónica, pero necesaria. No es una fórmula secreta: todo esto se explica -supongo- en las aulas de Periodismo de todo el mundo. Lo difícil es aplicarla como la aplica Garner. Su dominio de la estructura narrativa, la sabia dosificación de descripción y diálogo, la presentación de personajes y escenas que permiten al lector formarse su propio juicio sin que el narrador haga explícita la conclusión moral.

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22 enero, 2019 · 10:45

Charlas literarias de E.M. Forster

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Cuando la literatura vivía en los ‘mass media’.

Yo también tuve una sección de libros en la radio, pero fracasó porque desgraciadamente yo no soy Edward Morgan Forster (Londres, 1879-Coventry 1970). La divulgación libresca es mucho más exigente de lo que parece, y el autor que la practique sin la peculiar clase de talento que precisa el género naufragará, bien por pedantería o bien por frivolidad. En el justo medio entre ambas amenazas se movió Forster durante los muchos años que duró su espacio radiofónico en la BBC. El escritor de Pasaje a la India o Una habitación con vistas era un apasionado de la literatura pero no era un erudito ni quería serlo: no le interesó jamás epatar al público con la sublimidad de sus observaciones, sino ponerlo en comunicación con los grandes genios de las letras. Forster era un exquisito que odiaba la función sacerdotal atribuida al intelectual al uso, de modo que al presentar a un poeta o un novelista en la radio se conduce más bien como “un anfitrión nervioso en una fiesta”, como dice Zadie Smith en el brillante epílogo que cierra este volumen, cuidadosamente compilado y traducido por Gonzalo Torné. Quiere verdaderamente que la gente disfrute leyendo tanto como él.

En un siglo dominado por el fanatismo, el talante liberal del humanista clásico que se expresa a raudales en estas páginas actúa como un bálsamo de civilización, y confiere nuevo lustre al viejo tópico horaciano de la aurea mediocritas: la vida dichosa espera al hombre que sepa conectar con el placer inmediato del arte, no al que se obsesione con el dogma religioso de la salvación o con el dogma político de la revolución o con el dogma estético de la vanguardia. Ante el dilema surgido del nacimiento de la cultura de masas, Forster tiene claro que su misión es acercar al pueblo a la cultura, no acercar la cultura al pueblo al precio de rebajarla.

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12 noviembre, 2018 · 17:48

El evangelio gástrico según Peyró

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Luis Solano (editor de Libros del Asteroide), Emilia Landaluce, Peyró y yo.

Buenas tardes a todos y gracias de corazón por venir.

Debo confesar que pensé seriamente en comprarme un traje de tweedpara presentarme hoy ante todos ustedes. Cuando uno recibe el jubiloso encargo de presentar el último libro de Ignacio Peyró, de inmediato se pone a meditar maneras de estar a la altura. Es como una reacción pavloviana hacia el deseo de la elegancia que nos falta, una aspiración cortés: todos queremos estar a la altura de Peyró, pero para eso habría que trabajar en Fleet Street y no en la Avenida de San Luis, distrito de Hortaleza. En cualquier caso no me he comprado el traje porque solo tengo una idea vaga de lo que es el tweed, temía confundirlo con la pana y corría por tanto el peligro de convertir esta presentación en otro Suresnes.

Estoy muy contento de que Peyró me eligiese para presentar Comimos y bebimos, porque si mi contacto cotidiano con políticos, tertulianos y tuiteros me avillana, sé muy bien que el contacto con Peyróme ennoblece. ¿Por qué lo sé? Un publicista cretino, de esos que rinden tributo a Rousseau sin haber leído jamás una sola página suya, diría que porque Peyró es auténtico. Su estilo es perfectamente reconocible, y su voz no se parece a la de ningún otro escritor de su generación, que es la mía. Este hecho avalaría ese culto lerdo a la autenticidad que profesa la posmodernidad, porque cada época se obsesiona con lo que no tiene. Pero lo de Peyró, más que autenticidad rusoniana, es un anclaje de plomo en la verdad de las cosas tangibles, masticables. Peyró conoce el entusiasmo por la realidad y lo difunde, y eso siempre resulta revolucionario, porque somos animales simbólicos, y cada vez somos más simbólicos y menos animales, por desgracia.

Hace poco leí una entrevista a Emmanuel Carrère en la que el pope de la autoficción daba este contundente diagnóstico: “Vivimos la era del fin de la realidad”. Tiene razón: la realidad se está extinguiendo, está siendo desplazada de nuestra vida crecientemente digitalizada. Pero todavía tenemos que comer para vivir. Nos queda la comida y nos queda la bebida. Y a esas dos realidades incontestables se aferra Peyró para decir su verdad, que es el placer de la buena mesa como un secular refinamiento del mero ejercicio de la función nutritiva que nos distancia del mono.

La humildad de la vida frente a la grandilocuencia de la política: esta es la primera lección que le da este libro a un hombre como yo, destinado en el frente de la opinión pública y las guerras culturales. Peyró ni siquiera cometerá la bajeza de guerrear por la tortilla con cebolla o sin ella, gilipollez muy celebrada en Twitter, como todas las gilipolleces. Peyró pone a guerrear al burdeos con el borgoña, y de ahí para arriba. Sin concesiones. Hasta cuando habla de la gaseosa parece que clasifica marcas de armagnac.

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5 noviembre, 2018 · 17:03

Sobre el fascismo, la dictadura militar y Salazar

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Pessoa: columnista liberal.

Conocíamos el desasosiego poético de Pessoa (Lisboa, 1888-1935), pero no su desasosiego político. En un escritor tan fértil en la generación de voces distintas, quizá el más famoso cultivador del heterónimo en la literatura moderna, no debería sorprendernos la nueva voz que hallamos en sus reflexiones de índole política; y sin embargo el autor de estas páginas, poeta depresivo y oscuro cuando quiere, nos desarma aquí con su genuina pasión por la actualidad, la urgencia de su conciencia nacional, el compromiso militante del columnista concernido, la claridad de unas argumentaciones donde todo lirismo es sacrificado a la precisión, la valentía de sus puntos de vista expuestos sin la cómoda apelación a la ambigüedad inherente al arte en que se refugiaron -y se refugian- tantos letraheridos que prefieren no posicionarse. A esa clase de cobarde le abochornará este Pessoa diamantino y lúcido, intelectual de derechas, de una derecha liberal, individualista, patriótica, anticlerical y anticomunista. En Pessoa he descubierto a un poderoso apologista del racionalismo liberal que alza la voz en un siglo dominado por el fanatismo bolchevique o el fascista y al que el régimen de Salazar terminó amordazando por atreverse a reprobar en prensa su chusquero despotismo.

Quizá el auténtico Pessoa no fuera Ricardo Reis ni Álvaro de Campos ni Alberto Caeiro, sino el articulista preocupado por el devenir de Portugal y de Europa, el individualista insobornable alarmado por la rebelión de las masas, el polemista apasionado e incompatible con la censura y más aún con la autocensura. Este libro se compone de artículos, apuntes y cartas -fragmentos aglutinados y ordenados con paciente sentido por José Barreto y brillantemente traducidos por Antonio Jiménez Morato- que dibujan el itinerario opinativo de un observador implicado, no de un poeta doliente (que también, pues la edición incluye poemas que oscilan entre la sátira y la elegía política). Ni por talante ni por ideología ni por circunstancias está muy lejos este Pessoa de nuestro Unamuno.

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2 octubre, 2018 · 10:45