Lo primero que llama la atención de Auschwitz-Birkenau es el orden. La llanura rasa, el cielo bajo, la rectitud de las alambradas, la perfecta geometría de los barracones. Hasta ese momento el terror había sido producto del caos. La orgía revolucionaria, el fuego arrasador, el torbellino de la artillería, la carne trinchada por las bayonetas, los terrones destripados por las bombas.
Muchos criticaron a León XIII porque su revolucionaria encíclica Rerum Novarum se ocupaba de cosas mundanas y no de la vida eterna. «El Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos», respondió aquel León como podría responder este a las posibles incomprensiones que suscite la Magnifica humanitas. Un documento de época que trasciende la mera actualización de la doctrina social de la Iglesia: plantea un ambicioso programa de acción (personal y política) para la salvaguarda del humanismo en los tiempos de la Inteligencia Artificial. Es difícil resumir en un folio un texto que vale por un pontificado entero, pero lo intentaré.
Cuando todo se agitaba a su alrededor, él decidió quedarse quieto. Habrá quien diga que es más fácil hacer eso en Copenhague que en Cádiz, y seguramente tenga razón. Por eso necesitamos artistas sureños hechos de espuma y abiertos a la luz, pero también artistas nórdicos que habitan la penumbra y escuchan el silencio. Fue el caso del pintor danés Vilhelm Hammershøi, a quien el Thyssen ha dedicado una muestra memorable. Si usted siente que el mundo va demasiado rápido y que en la calle hay demasiado ruido, refúgiese en el museo antes de que acabe mayo. Solo al salir se dará cuenta de lo mucho que necesitaba entrar.
No habrá dejado usted de observar que los trenes de alta velocidad en España ya no marchan exactamente a alta velocidad. Un sencillo viaje de Madrid a Zaragoza, que antes duraba no mucho más de una hora, hoy dobla fácilmente ese registro. Semejante circunstancia se presta a las conjeturas de los físicos cuánticos o a las diatribas de los políticos de la oposición, pero a los ciudadanos de a pie que hayan decidido pactar con la paciencia para no añadir más lágrimas a este valle quizá les abra perspectivas insospechadas de felicidad.
Ella se acababa de casar con Vasili, un bombero guapo al que despertaron de noche para apagar el fuego que se declaró en la madrugada del 26 de abril de 1986. Ella, Liusia, vio la explosión, llamas altas en el cielo iluminado de repente. Sintió un calor horroroso porque ardía el alquitrán derretido del techo de la central. Sobre él los bomberos caminaron desavisados mientras trataban de sofocar las llamas, en medio de un fulgor invisible cien veces más letal que la nube de Hiroshima. En mitad de la noche fueron para allá sin los trajes de lona, con lo primero que cogieron, en camisa. Obedecían órdenes como buenos soviéticos. Nadie les avisó. Nadie les dijo que no era un incendio como otro cualquiera.
La aristocracia de la sangre conserva en sus mejores ejemplos un sentido moral que escapa a las sensibilidades más vulgares -que no tienen por qué ser las más democráticas- y que se resume en el célebre adagio de dos palabras: nobleza obliga. La distinción que las comunidades humanas han otorgado al apellido tiene raíces en las obras: un coraje excepcional demostrado hace siglos en el campo de batalla, o la abnegación de una vida de servicio a los demás, o incluso el primer Mundial ganado por tu selección.
Por primera vez desde que un ambicioso puñado de etruscos del Lacio comenzó a expandirse, la próxima potencia dominante podría no ser occidental. Más allá de la multipolaridad salvaje de la Edad Media, a partir del Renacimiento el mundo no ha conocido otra hegemonía que la de Europa o la de su esqueje americano: Estados Unidos.
En el verano de 1858 una ola de mierda ascendió del Támesis y envolvió a los orgullosos habitantes del Londres victoriano. Aquel verano pasó a la historia como el Gran Hedor. El escritor más sensible del momento, Charles Dickens, describió el río como «una alcantarilla mortal fluyendo por el corazón de la ciudad». No exageraba: la capital del Imperio británico, en el apogeo mismo de su poder, olía tan mal que al contacto con el fétido abrazo del río la gente enfermaba, o incluso moría. Los londinenses que se acercaban demasiado a la orilla del Támesis se mareaban, se desmayaban o experimentaban náuseas tan fuertes que vomitaban allí mismo, engrosando la capa de 45 centímetros de excrementos humanos, cadáveres de perros y ratas, vertidos industriales, productos químicos derivados del tratamiento del cuero y sangre de las reses sacrificadas incesantemente en los mataderos urbanos.