
La aristocracia de la sangre conserva en sus mejores ejemplos un sentido moral que escapa a las sensibilidades más vulgares -que no tienen por qué ser las más democráticas- y que se resume en el célebre adagio de dos palabras: nobleza obliga. La distinción que las comunidades humanas han otorgado al apellido tiene raíces en las obras: un coraje excepcional demostrado hace siglos en el campo de batalla, o la abnegación de una vida de servicio a los demás, o incluso el primer Mundial ganado por tu selección.







Hombre, Bustos, con una foto que parece una portada de un libro de marquesas de Serafín, no (Dios, qué decrépito estoy). Estaría bien un libro técnico sobre su esposo, Luis de Irujo, que -y eso sí, sin que nadie lo alabase ni maldijera ni ponderara el justo medio (esa criatura como el pájaro azul)- fue de los primeros en rolar el viento .