Archivo de la categoría: El Cultural

Dimensiones de la conciencia histórica

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Aron.

Durante demasiados años corrió por los círculos de la intelligentsia francesa un malvado chascarrillo: “Más vale equivocarse con Sartre que acertar con Aron“. Quería decirse que la inteligencia fría, insobornable, desapasionadamente exacta del gran liberal judío no podía competir en atractivo con la personalidad arrolladora, magnética y brillante de aquella Juana de Arco laica que fue Jean Paul Sartre. Pero el tiempo pasa, el magnetismo personal muere y quedan solo las palabras, que en el caso de Sartre a menudo testimonian compromisos indecentes con ideologías criminales, mientras que la obra de Aron crece con cada acierto democrático formulado cuando ningún rédito daba formularlos.

A Aron no le desvelaba acumular el glamour del intelectual estrella, sino la responsabilidad social del filósofo: “La filosofía es el diálogo entre los medios y el fin, entre el relativismo y la verdad. El filósofo permanece fiel a sí mismo en la medida en que rechaza el sacrificio de uno de los términos, cuya contradictoria solidaridad caracteriza la condición del hombre que piensa”. Sartre pasó de largo entre los millones de muertos sacrificados como puros medios en el altar final de la sociedad sin clases; Aron, como Camus, no los perdió de vista jamás. Equivocarse con Sartre no es más que equivocarse, sin más.

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11 diciembre, 2017 · 16:03

Sospechosos habituales

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Kevin Spacey fue un actor estadounidense nacido en Nueva Jersey y hallado muerto en la clínica The Meadows, Arizona, donde había ingresado para tratarse la adicción al sexo que precipitó su caída en Hollywood. Comenzó a despuntar en los 80, encarnando papeles secundarios para televisión, pero no mereció el reconocimiento de la industria hasta mediados de la década siguiente, cuando obtuvo su primera estatuilla por Sospechosos habituales. Condición esta, la de sospechoso habitual, que la ironía macabra del destino convirtió en insoportable hasta que el círculo tragicómico quedó cerrado. Antes, tuvo ocasión de tocar la gloria con el Oscar por su papel protagonista en American Beauty, considerada el reverso satírico del sueño americano, vaciado por el hedonismo.

Las redes sociales han recibido con alivio la noticia de su fallecimiento. “Ya no podrá seguir toqueteando a jovencitos”, ha tuiteado Pamela Anderson. “Nadie puede celebrar la muerte de otro ser humano, pero mentiría si confesara que siento tristeza”, declara en su muro la joven musa del nuevo feminismo, Emma Watson. Y en su acostumbrado tono provocador, el enfant terrible de la Alt-Right gay, Milo Yiannopoulos, ha lamentado no poder cruzarse ya con Spacey en algún sórdido rincón de un estudio en penumbra para calentar a otro hipócrita del partido de Clinton antes de huir y dejarle con las ganas.

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Vuelve El bueno (Albert Rivera), el feo (camiseta de la Selección) y el malo (Sánchez Mato) en La Linterna de COPE

Agradezco esta reseña que Santos Sanz Villanueva hace en El Cultural de mis “Crónicas biliares”, porque me coloca donde siempre quise estar: “entre la seriedad doctoral y la informalidad insolente”

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13 noviembre, 2017 · 20:34

Sin palabras

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Mark Thompson, periodista.

El hoy presidente de The New York Times antes fue director de la BBC, así que algo sabe sobre lenguaje político. Personalmente, no he leído un ensayo sobre la decadencia de la retórica democrática tan desalentador y a la vez esperanzado desde Fuego y cenizas, de Ignatieff. Como él, Mark Thompson (Londres, 1957) combina el tono confesional y la reflexión profunda con ese compromiso casi patrimonial respecto de la democracia que solo poseen los anglosajones. Su estilo es tan claro como su pensamiento, lo cual no significa simple, porque maneja con soltura una erudición pertinente que le permite remontar la genealogía del nuevo populismo hasta la sofistería antigua, para que el lector constate que todos los peligros están advertidos hace tiempo.

Que la corrupción del lenguaje -la escisión entre el signo y la cosa- precipita la democracia hacia la tiranía es algo que ya identificó Tucídides en la frivolidad ateniense o Salustio en Catilina, célebre populista que tuvo la mala suerte de topar con Cicerón. Pero son Aristóteles y Orwell las referencias más constantes de este libro. El primero porque su división del discurso público en logos (argumento), ethos (carácter del emisor) y pathos (estado de ánimo del receptor) no solo no ha perdido vigencia sino que facilita el diagnóstico: la eficacia emocional ha desplazado el debate racional en nuestras democracias. El segundo, porque desenmascaró la negación del principio de no contradicción que sustenta toda propaganda totalitaria. Y la dictadura no es más que la degeneración de la democracia a través de la demagogia.

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17 abril, 2017 · 11:52

La democracia sentimental

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Stuart Mill. Un liberal leyendo es el colmo de la subversión.

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) no es un politólogo sino un filósofo político. La diferencia entre ambos oficios es la misma que separa al interiorista del arquitecto. Arias es un académico cuya kantiana ambición es toda la que quepa en la consideración científica de la política. Su trabajo trasciende el corral patrio para dialogar con homólogos extranjeros sobre desafíos estructurales de la democracia occidental. Cabe resumirlos en uno: el giro afectivo que alienta en la emergencia de populismos, identitarismos y otros ismos primiseculares. Este libro es el acta más exhaustiva que se ha levantado sobre la sentimentalización de la política, y no solo porque conste de 71 páginas de aparato crítico.

El optimismo ilustrado ha sido desmentido por los últimos descubrimientos de la neurociencia (por si hiciera falta alguna prueba añadida al mar de sangre del siglo XX). No somos lo que los ilustrados creyeron que seríamos. En realidad nunca fuimos racionales. Somos sujetos postsoberanos en quienes la emoción suplanta sistemáticamente a la razón en la toma de decisiones. Cuando el establishment amenazado por el populismo de izquierdas o de derechas parece refugiarse en el despotismo ilustrado o cuestiona el sufragio universal, el autor propone partir de la aceptación de nuestra condición para mejorar la democracia sin sustituirla ni por el elitismo ni por la revolución.

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6 marzo, 2017 · 14:39

Gastos, disgustos y tiempo perdido

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Un clásico vivo.

Continúa Debate publicando la obra ensayística de Ferlosio con este volumen, el segundo de los cuatro que integran el proyecto de Ignacio Echevarría. Aunque para algunos será siempre el autor de El Jarama, muchos críticos -y sospecho que él mismo- reivindican por encima del narrador al ensayista fino y enciclopédico, moderno como un posestructuralista y tradicional como un escolástico, sincrónico en prensa y diacrónico en historiografía, insobornable, severo y humorístico. Su entrañable odio a Ortega no le exime a él mismo de una prosa igualmente culta y barroca, tan prolija como la del filósofo oficial pero sin sus raptos de cursilería: los famosos “ortegajos”. Ahora bien, Ferlosio es muy capaz de escribir “sinaítico” porque “veterotestamentario” le parezca manido.

Ferlosio compensa lo que le falta de sintético con la hondura del análisis y una mareante -¡más hipertáctica que hipotáctica!- capacidad de abstracción. Los artículos reunidos aquí abarcan desde la Transición hasta el zapaterismo, la mayoría publicados en El País, en un alarde continuo de libertad de opinión y de sintaxis que hoy, bajo la dictadura del buenismo político y el cretinismo expresivo, invita a la melancolía. Aunque los temas sonarán al lector -del café para todos de Suárez al GAL, del Prestige al Quinto Centenario del Descubrimiento-, su tratamiento no hace concesiones. Arremete por igual contra Suárez y contra Felipe, contra Rouco -sus diatribas eclesiásticas revelan una pasión de canonista- y contra Aznar, contra nacionalistas y monárquicos, contra los mandarines culturales y los policías de manga ancha, contra otros escritores con nombre y apellidos.

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30 enero, 2017 · 13:10

El cielo de CR puede esperar

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El Renacido.

Por descabellado que parezca, hay razones para defender la renovación del máximo goleador de la historia del Real Madrid. El señor de los 371 goles en 360 partidos saldrá del club con 36 años. Una edad provecta para un futbolista, aunque no para un atleta biónico. Se recela del renovado porque está faltando a su estadística de gol y pico por partido. La aprensión viene motivada por el propio Cristiano Ronaldo, que lleva siete años malcriando a la afición y abaratando el mérito del gol a fuerza de derrocharlo.

La decadencia de Cristiano es debatible, sobre todo antes de cada hat-trick. Pero que haya perdido desborde no debería anticiparle la jubilación. Hoy Messi juega andando porque sabe muy bien cuándo tiene que acelerar y concentra en ese instante todos sus recursos. Lo que preocupa a los madridistas es si Cristiano aprenderá a compensar su pérdida de velocidad y regate con una mayor inteligencia posicional: ser igual de letal por experiencia y no por poderío. Yo creo que ya lleva tiempo alternando voracidad rematadora con juego interior, como si dentro del cártel del gol que forma la BBC se estuviera produciendo un trasvase de papeles: Cristiano delega la potencia en Bale pero toma la asociación de Benzema. Falta saber qué rol le queda a Karim, con Morata apretando fuerte, pero ese es otro debate.

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La mejor reseña, porque Alberto Gordo conoce mi pasado y mi presente, sobre El hígado de Prometeo es esta de El Cultural

14955926_610145169172539_7972725584819944398_nUna entrevista gratísima, más bien una charla, la que tuve con Elia Rodríguez en Es Radio, a partir del minuto 50

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8 noviembre, 2016 · 10:28

En el café de los existencialistas

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Vino, rosas y existencialismo.

Tiene Sarah Bakewell el raro don de la oportunidad filosófica. Si su laureado Cómo vivir. Una vida con Montaigne respondía a una intuida nostalgia del yo íntimo en tiempos de ruido identitario, esta cálida reivindicación del existencialismo repone el anhelo de libertad radical en los asfixiantes escaparates del pensamiento único. Porque eso fue el existencialismo, un hondo grito libertario, si aceptamos el axioma de Sartre según el cual la existencia precede a la esencia. Nada nos determina. El hombre es arrojado al mundo y debe construirse decisión a decisión, lidiando con la ansiedad que provoca la conciencia implacable de la responsabilidad personal. Fue esa ansiedad, preconizada por Kierkegaard, la que propaló un aura fúnebre de jersey de cuello alto lucido por extranjeros espirituales. Nada más lejos, al menos en la escena francesa. Los existencialistas fueron trasnochadores libertinos y carismáticos que exprimían la vida de café y boîte sin entrar en contradicción con sus tesis sino por coherencia con ellas, y así los retrató el espumoso Boris Vian.

Demuestra Bakewell que el rigor no excluye la amenidad. Un grato instinto anglosajón para lo comercial -aunque la cubierta promete más sexo del que el libro da- sostiene el pulso ensayístico de la autora, alentado por un tono confesional en primera persona mediante el que la Bakewell madura se enfrenta a los ídolos intelectuales de su juventud inquieta. Se trata de hacer una relectura personal, alejada del academicismo de una monografía o una biografía, aunque cada afirmación está documentada en los apéndices. El jugoso anecdotario -del puñetazo de Koestler a Camus a la adicción al Corydrane de Sartre- contribuye a avivar el fresco.

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10 octubre, 2016 · 16:06

El fútbol (no) es así

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Boda argentina por el rito maradoniano.

El antropólogo Manuel Mandianes es enviado por él mismo al planeta fútbol como un etnógrafo a una tribu remota, y desde el centro de aquella jungla envía este informe pericial que retrata al deporte rey como aquello en lo que ya se ha convertido: la primera expresión antropológica de nuestro tiempo. La genuina religión de las sociedades secularizadas y hedonistas. La actualización solo en apariencia trivial de la frase de Carlyle según la cual toda comunidad humana se funda sobre el culto a sus héroes.

Más que un ensayo, este libro es un curioso estudio académico, escrito con el tono técnico de un científico del CSIC, que analiza los diferentes aspectos del fútbol -del entramado industrial al impacto mediático, del comportamiento de los jugadores al de los hinchas- como si Mandianes jamás hubiera oído hablar de semejante fenómeno. El asombro estratégico que adopta el autor ante algo tan abrumadoramente invasivo y cotidiano causa asombro a su vez en el lector, pero ayuda a desautomatizar las muchas verdades que tenemos interiorizadas sobre el fútbol, que ya no sabemos si sigue siendo la más importante de las cosas sin importancia o algo mucho más importante que una cuestión de vida o muerte, como sugería Shankly.

Mandianes acierta al presentar este juego global como la expresión religiosa más rica de nuestro tiempo, insistiendo en lo que tiene de rito y de fe para proporcionar un sentido de pertenencia a los hijos de la fragmentariedad posmoderna, en la cual la producción de sentido existencial ya no se confía a los fundamentos sino a los acontecimientos. Acontecimientos tales como un partido de fútbol. Se sirve para ello de un estilo poco elaborado, arrítmico, pautado por recortes de prensa cuya actualidad ha caducado aunque no su valor documental; pero ya hemos dicho que el autor no ha querido escribir un ensayo, sino un informe casi despersonalizado, sin juicios de valor. Se conduce como un Lévi-Strauss en un estadio.

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7 septiembre, 2016 · 12:32