Archivo de la categoría: El Cultural

Charlas literarias de E.M. Forster

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Cuando la literatura vivía en los ‘mass media’.

Yo también tuve una sección de libros en la radio, pero fracasó porque desgraciadamente yo no soy Edward Morgan Forster (Londres, 1879-Coventry 1970). La divulgación libresca es mucho más exigente de lo que parece, y el autor que la practique sin la peculiar clase de talento que precisa el género naufragará, bien por pedantería o bien por frivolidad. En el justo medio entre ambas amenazas se movió Forster durante los muchos años que duró su espacio radiofónico en la BBC. El escritor de Pasaje a la India o Una habitación con vistas era un apasionado de la literatura pero no era un erudito ni quería serlo: no le interesó jamás epatar al público con la sublimidad de sus observaciones, sino ponerlo en comunicación con los grandes genios de las letras. Forster era un exquisito que odiaba la función sacerdotal atribuida al intelectual al uso, de modo que al presentar a un poeta o un novelista en la radio se conduce más bien como “un anfitrión nervioso en una fiesta”, como dice Zadie Smith en el brillante epílogo que cierra este volumen, cuidadosamente compilado y traducido por Gonzalo Torné. Quiere verdaderamente que la gente disfrute leyendo tanto como él.

En un siglo dominado por el fanatismo, el talante liberal del humanista clásico que se expresa a raudales en estas páginas actúa como un bálsamo de civilización, y confiere nuevo lustre al viejo tópico horaciano de la aurea mediocritas: la vida dichosa espera al hombre que sepa conectar con el placer inmediato del arte, no al que se obsesione con el dogma religioso de la salvación o con el dogma político de la revolución o con el dogma estético de la vanguardia. Ante el dilema surgido del nacimiento de la cultura de masas, Forster tiene claro que su misión es acercar al pueblo a la cultura, no acercar la cultura al pueblo al precio de rebajarla.

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12 noviembre, 2018 · 17:48

Sobre el fascismo, la dictadura militar y Salazar

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Pessoa: columnista liberal.

Conocíamos el desasosiego poético de Pessoa (Lisboa, 1888-1935), pero no su desasosiego político. En un escritor tan fértil en la generación de voces distintas, quizá el más famoso cultivador del heterónimo en la literatura moderna, no debería sorprendernos la nueva voz que hallamos en sus reflexiones de índole política; y sin embargo el autor de estas páginas, poeta depresivo y oscuro cuando quiere, nos desarma aquí con su genuina pasión por la actualidad, la urgencia de su conciencia nacional, el compromiso militante del columnista concernido, la claridad de unas argumentaciones donde todo lirismo es sacrificado a la precisión, la valentía de sus puntos de vista expuestos sin la cómoda apelación a la ambigüedad inherente al arte en que se refugiaron -y se refugian- tantos letraheridos que prefieren no posicionarse. A esa clase de cobarde le abochornará este Pessoa diamantino y lúcido, intelectual de derechas, de una derecha liberal, individualista, patriótica, anticlerical y anticomunista. En Pessoa he descubierto a un poderoso apologista del racionalismo liberal que alza la voz en un siglo dominado por el fanatismo bolchevique o el fascista y al que el régimen de Salazar terminó amordazando por atreverse a reprobar en prensa su chusquero despotismo.

Quizá el auténtico Pessoa no fuera Ricardo Reis ni Álvaro de Campos ni Alberto Caeiro, sino el articulista preocupado por el devenir de Portugal y de Europa, el individualista insobornable alarmado por la rebelión de las masas, el polemista apasionado e incompatible con la censura y más aún con la autocensura. Este libro se compone de artículos, apuntes y cartas -fragmentos aglutinados y ordenados con paciente sentido por José Barreto y brillantemente traducidos por Antonio Jiménez Morato- que dibujan el itinerario opinativo de un observador implicado, no de un poeta doliente (que también, pues la edición incluye poemas que oscilan entre la sátira y la elegía política). Ni por talante ni por ideología ni por circunstancias está muy lejos este Pessoa de nuestro Unamuno.

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2 octubre, 2018 · 10:45

La dulce ciencia

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El mejor libro de periodismo deportivo de todos los tiempos.

El boxeo ha dado casi tantos grandes escritores como boxeadores mismos. Ningún deporte se le puede comparar en potencia de inspiración, quizá porque el boxeo, como sentenció nuestro Manuel Alcántara, es el único deporte que no es un juego. De todos esos escritores una vez me advirtió José Luis Garci que el mejor había sido Abbott Joseph Liebling (1904-1963). Ahora he leído las crónicas que él mismo seleccionó a mediados del siglo XX -la edad dorada del boxeo, aunque él ya pensaba que la verdadera edad dorada fueron los años 20- en un volumen titulado La dulce ciencia, nombrado por Sport Illustrated el mejor libro de deportes de todos los tiempos. Ninguno exageraba. Es mejor que Norman Mailer, mejor que W. C. Heinz.

En la estirpe del pugilato literario que arranca en Pierce Egan -el Polibio de los cuadriláteros londinenses del siglo XIX-, pasa por Jack London y llega hasta Hemingway (entre nosotros el más grande ha sido Alcántara, cuyas crónicas ha editado Libros del KO), Liebling acaso marque la cota más elevada. Nadie como él es capaz de mezclar la sabiduría dramática de Budd Schulberg y la gracia estilística de Raymond Chandler. Leyendo sus piezas, el lector se zambulle en el blanco y negro bogartiano del cine clásico de posguerra, cuando el cuadrilátero ofrecía a los chicos de los bajos fondos neoyorquinos una oportunidad de redención. En cada una de sus largas piezas de reporterismo para The New Yorker, Liebling pone en juego la formación de un historiador, el rigor de un científico y la prosa de un novelista, todo ello sazonado con la ironía deliciosa y la insobornable honestidad de los grandes columnistas. Su dominio de la analogía original es absoluto: “Su cabeza parecía un viejo balón medicinal asimétrico al que alguien le hubiera pintado rasgos humanos”. Empleaba la primera persona, pero no sabía que estaba inventando una categoría del oficio que más tarde recibiría el cacareado marchamo de Nuevo Periodismo. Sencillamente amaba el boxeo, se sumergía en el peculiar mundillo de las cuerdas y aplicaba todo su entusiasmo informativo al antes, al durante y al después de las peleas.

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22 mayo, 2018 · 14:01

El poder y la palabra, de Orwell

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Un imprescindible.

Quizá ningún escritor como Orwell (1903-1950) ha sentido el vínculo entre lenguaje y poder. Nadie fue agraciado con un olfato tan agudo para detectar la propaganda, fuera cual fuese su origen y su destino. Olfateaba a kilómetros el hedor de una mentira política, y se entregó a la misión que le proponía su pituitaria superdotada: alzar con su escritura limpia una empalizada de precisión contra el totalitarismo, que empieza siempre corrompiendo el lenguaje para que deje de servir a la comunicación de verdades objetivas.

Tendemos a ver a Orwell como un visionario, pero visionario era Lovecraft. Orwell no es un escritor de fantasía o de anticipación, sino un contemporáneo eterno que descubrió dos cosas: que el anhelo humano de libertad no puede sofocarse del todo y que no por ello dejarán de intentarlo sus enemigos. Eso explica su vigencia –Trump lo ha convertido en un superventas en Estados Unidos-, porque los enemigos de la libertad ni se crean ni se destruyen, solamente se transforman. Pero la constante admiración que suscita su lectura no solo la justifican sus acertados diagnósticos sino la invención de un estilo propio, de una tersura vigorosa, modernísima. Su desprecio a la retórica no era una decisión estética, sino ética y política.

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12 febrero, 2018 · 12:15

Dimensiones de la conciencia histórica

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Aron.

Durante demasiados años corrió por los círculos de la intelligentsia francesa un malvado chascarrillo: “Más vale equivocarse con Sartre que acertar con Aron“. Quería decirse que la inteligencia fría, insobornable, desapasionadamente exacta del gran liberal judío no podía competir en atractivo con la personalidad arrolladora, magnética y brillante de aquella Juana de Arco laica que fue Jean Paul Sartre. Pero el tiempo pasa, el magnetismo personal muere y quedan solo las palabras, que en el caso de Sartre a menudo testimonian compromisos indecentes con ideologías criminales, mientras que la obra de Aron crece con cada acierto democrático formulado cuando ningún rédito daba formularlos.

A Aron no le desvelaba acumular el glamour del intelectual estrella, sino la responsabilidad social del filósofo: “La filosofía es el diálogo entre los medios y el fin, entre el relativismo y la verdad. El filósofo permanece fiel a sí mismo en la medida en que rechaza el sacrificio de uno de los términos, cuya contradictoria solidaridad caracteriza la condición del hombre que piensa”. Sartre pasó de largo entre los millones de muertos sacrificados como puros medios en el altar final de la sociedad sin clases; Aron, como Camus, no los perdió de vista jamás. Equivocarse con Sartre no es más que equivocarse, sin más.

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11 diciembre, 2017 · 16:03

Sospechosos habituales

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Kevin Spacey fue un actor estadounidense nacido en Nueva Jersey y hallado muerto en la clínica The Meadows, Arizona, donde había ingresado para tratarse la adicción al sexo que precipitó su caída en Hollywood. Comenzó a despuntar en los 80, encarnando papeles secundarios para televisión, pero no mereció el reconocimiento de la industria hasta mediados de la década siguiente, cuando obtuvo su primera estatuilla por Sospechosos habituales. Condición esta, la de sospechoso habitual, que la ironía macabra del destino convirtió en insoportable hasta que el círculo tragicómico quedó cerrado. Antes, tuvo ocasión de tocar la gloria con el Oscar por su papel protagonista en American Beauty, considerada el reverso satírico del sueño americano, vaciado por el hedonismo.

Las redes sociales han recibido con alivio la noticia de su fallecimiento. “Ya no podrá seguir toqueteando a jovencitos”, ha tuiteado Pamela Anderson. “Nadie puede celebrar la muerte de otro ser humano, pero mentiría si confesara que siento tristeza”, declara en su muro la joven musa del nuevo feminismo, Emma Watson. Y en su acostumbrado tono provocador, el enfant terrible de la Alt-Right gay, Milo Yiannopoulos, ha lamentado no poder cruzarse ya con Spacey en algún sórdido rincón de un estudio en penumbra para calentar a otro hipócrita del partido de Clinton antes de huir y dejarle con las ganas.

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Vuelve El bueno (Albert Rivera), el feo (camiseta de la Selección) y el malo (Sánchez Mato) en La Linterna de COPE

Agradezco esta reseña que Santos Sanz Villanueva hace en El Cultural de mis “Crónicas biliares”, porque me coloca donde siempre quise estar: “entre la seriedad doctoral y la informalidad insolente”

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13 noviembre, 2017 · 20:34

Sin palabras

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Mark Thompson, periodista.

El hoy presidente de The New York Times antes fue director de la BBC, así que algo sabe sobre lenguaje político. Personalmente, no he leído un ensayo sobre la decadencia de la retórica democrática tan desalentador y a la vez esperanzado desde Fuego y cenizas, de Ignatieff. Como él, Mark Thompson (Londres, 1957) combina el tono confesional y la reflexión profunda con ese compromiso casi patrimonial respecto de la democracia que solo poseen los anglosajones. Su estilo es tan claro como su pensamiento, lo cual no significa simple, porque maneja con soltura una erudición pertinente que le permite remontar la genealogía del nuevo populismo hasta la sofistería antigua, para que el lector constate que todos los peligros están advertidos hace tiempo.

Que la corrupción del lenguaje -la escisión entre el signo y la cosa- precipita la democracia hacia la tiranía es algo que ya identificó Tucídides en la frivolidad ateniense o Salustio en Catilina, célebre populista que tuvo la mala suerte de topar con Cicerón. Pero son Aristóteles y Orwell las referencias más constantes de este libro. El primero porque su división del discurso público en logos (argumento), ethos (carácter del emisor) y pathos (estado de ánimo del receptor) no solo no ha perdido vigencia sino que facilita el diagnóstico: la eficacia emocional ha desplazado el debate racional en nuestras democracias. El segundo, porque desenmascaró la negación del principio de no contradicción que sustenta toda propaganda totalitaria. Y la dictadura no es más que la degeneración de la democracia a través de la demagogia.

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17 abril, 2017 · 11:52

La democracia sentimental

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Stuart Mill. Un liberal leyendo es el colmo de la subversión.

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) no es un politólogo sino un filósofo político. La diferencia entre ambos oficios es la misma que separa al interiorista del arquitecto. Arias es un académico cuya kantiana ambición es toda la que quepa en la consideración científica de la política. Su trabajo trasciende el corral patrio para dialogar con homólogos extranjeros sobre desafíos estructurales de la democracia occidental. Cabe resumirlos en uno: el giro afectivo que alienta en la emergencia de populismos, identitarismos y otros ismos primiseculares. Este libro es el acta más exhaustiva que se ha levantado sobre la sentimentalización de la política, y no solo porque conste de 71 páginas de aparato crítico.

El optimismo ilustrado ha sido desmentido por los últimos descubrimientos de la neurociencia (por si hiciera falta alguna prueba añadida al mar de sangre del siglo XX). No somos lo que los ilustrados creyeron que seríamos. En realidad nunca fuimos racionales. Somos sujetos postsoberanos en quienes la emoción suplanta sistemáticamente a la razón en la toma de decisiones. Cuando el establishment amenazado por el populismo de izquierdas o de derechas parece refugiarse en el despotismo ilustrado o cuestiona el sufragio universal, el autor propone partir de la aceptación de nuestra condición para mejorar la democracia sin sustituirla ni por el elitismo ni por la revolución.

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6 marzo, 2017 · 14:39