Archivo de la etiqueta: fe y razón

Dos papas y un imán

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Un humanista.

El Papa regresa de El Cairo después de recordarle al gran imán que la caridad es «el único extremismo que se permite a los creyentes». Lo dijo en Al Azhar, lugar al que llaman universidad, más bien la catedral del islam suní. No presumo: tampoco es que en Políticas de la Complu se use mucho la razón. Yo celebro las palabras de Francisco; el problema es que las celebre también el imán Al Tayeb, en vez de comprometerse a desautorizar la intransigencia de algunas fatuas dictadas desde Al Azhar.

Que no todos los musulmanes son terroristas es una obviedad insuficiente; falta secar la fuente textual de la herejía terrorista. Falta que los propios imanes condenen la literalidad de los versos violentos del Corán, igual que los papas han ido reinterpretando en un sentido espiritual los pasajes más incendiarios de la Biblia. Falta que el islam retorne a Averroes, donde se detuvo su ilustración y de donde partió la de Tomás de Aquino.

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2 mayo, 2017 · 12:43

El estruendo de la muerte

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 El final. O el origen.

Hay dos cosas que los hombres no podemos mirar de frente, advertía La Rochefoucauld: el sol y la muerte. Son las mismas dos cosas que han marcado el carácter español, y que quizá aún lo sigan marcando, como demostrarían los auges respectivos del turismo, que vive de la luz del sol, y de las procesiones, que reviven la sombra de la muerte. A las sensibilidades afrancesadas, sin embargo, les molesta la intensidad solar tanto como les asquea la imaginería necrófila de los pasos de Semana Santa, cuya emoción demasiado palpitante les está vedada. El cristianismo es la religión de lo encarnado, de lo divino anatómicamente expresado, y ya se sabe que la visión de la carne cruda siempre causará escándalo en el hedonista cartesiano, que tiene algo de vegano espiritual. Ahora bien, ni el sol ni la muerte hacen distingos según nuestro grado de sofisticación intelectual. Podemos buscar consuelo a nuestra mortalidad en el hilo musical dodecafónico de una gastroteca o en la bizarría de un canto legionario: todos moriremos igualmente. Y a menudo nos admira el temple sereno del gañán en la hora dolorosa, mientras que el alma exquisita incurre en patéticas cursilerías al primer golpe serio de la vida.

– Desconfíe usted de las metafísicas dulzarronas. Una filosofía a través de cuyas páginas no se oiga el formidable estruendo de la carnicería universal no es una filosofía.

Ni tampoco una religión, olvidó apostillar Schopenhauer, que amaba el barroco español, su conceptismo y su desengaño. Para el recuerdo de la carnicería universal sirven muy bien los corresponsales, pero a veces no hace falta viajar por televisión hasta Siria sino que basta un cadáver prematuro en Ferraz. Ahí se llora seguramente con más franqueza, porque el kilómetro sentimental se mide en centímetros, pero también porque tenemos firmado con la muerte el pacto fantástico y pueril de no mirarla de frente hasta la vejez, que es cuando empezamos a asomar la cabecita por el embozo de la sábana para ojear resignadamente la habitación vacía. Morir antes, irse a los 46 por ejemplo -no digamos ya en la infancia-, nos parece una traición de la vida. Como si la tuviéramos garantizada. Como si pudieran luego nuestros llorosos deudos acudir a alguna ventana de reclamaciones en esta sociedad bienestarista donde se reglamentan hasta los derechos humanos de las mascotas. Andan los científicos atareados en la legislación del derecho a la inmortalidad, interrupción del envejecimiento creo que lo llaman, y les deseamos toda la suerte del mundo. Que el redoble de ninguna cofradía les importune mientras trabajan.

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16 abril, 2017 · 18:55

La democracia sentimental

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Stuart Mill. Un liberal leyendo es el colmo de la subversión.

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) no es un politólogo sino un filósofo político. La diferencia entre ambos oficios es la misma que separa al interiorista del arquitecto. Arias es un académico cuya kantiana ambición es toda la que quepa en la consideración científica de la política. Su trabajo trasciende el corral patrio para dialogar con homólogos extranjeros sobre desafíos estructurales de la democracia occidental. Cabe resumirlos en uno: el giro afectivo que alienta en la emergencia de populismos, identitarismos y otros ismos primiseculares. Este libro es el acta más exhaustiva que se ha levantado sobre la sentimentalización de la política, y no solo porque conste de 71 páginas de aparato crítico.

El optimismo ilustrado ha sido desmentido por los últimos descubrimientos de la neurociencia (por si hiciera falta alguna prueba añadida al mar de sangre del siglo XX). No somos lo que los ilustrados creyeron que seríamos. En realidad nunca fuimos racionales. Somos sujetos postsoberanos en quienes la emoción suplanta sistemáticamente a la razón en la toma de decisiones. Cuando el establishment amenazado por el populismo de izquierdas o de derechas parece refugiarse en el despotismo ilustrado o cuestiona el sufragio universal, el autor propone partir de la aceptación de nuestra condición para mejorar la democracia sin sustituirla ni por el elitismo ni por la revolución.

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6 marzo, 2017 · 14:39

Retrato de un ‘indepe’

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Emoción política al desnudo.

Tomemos un independentista cualquiera. Lo han llamado Jordi porque así se llamaba su abuelo. En la misma cuna recibe Jordi el crisma de una identidad, la catalana, que dura ya un milenio, en el transcurso del cual asombró al mundo con la mística abulense, la redacción del Quijote, el descubrimiento de América o la defensa fallida de Barcelona. Ese cuerpo místico que es la catalanidad, de la cual Jordi no es otra cosa que un nuevo operario, se expresa a través de la lengua catalana, de la cual Jordi chapurreará alrededor de 50 palabras a partir de los dos años, según las últimas estadísticas. Es posible que en sus primeras parrafadas se le deslicen balbuceos de una lengua extranjera, hablada por pastores que no han visto el mar. Pero los pediatras autóctonos aseguran que no hay razón para alarmarse: la confusión a esas edades es natural. Ya se corregirá en los patios de la escuela, siempre que estén vigilados por verdaderos patriotas.

Pasado un tiempo Jordi aprenderá a leer y a escribir. Su uso de razón se desarrollará en la tierna oscuridad de las raíces, a imagen del tallo de un calçot, por más que los insidiosos afirmen que también se cultivan en Consuegra. Pronto estará Jordi capacitado para distinguir el bien del mal, el catalán del español, el Barça del Madrid, la emancipación pendiente del DNI vigente. Con las primeras fiebres de la adolescencia despertará al interés por las chicas y por la política, se enamorará, perderá toda virginidad ideológica y le romperán el corazón, pero Catalunya nunca le abandonará. La bandera íntima de las cuatro barras nunca le helará el corazón, que es el órgano donde Jordi tiene radicado el compromiso de país, liberando el cerebro para los negocios.

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El bueno (Rivera), la fea (Bescansa) y el malo (Mas) en La Linterna de COPE

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3 febrero, 2017 · 11:14

Nadal no es español

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Quién es la némesis de quién.

Quizá sea Rafael Nadal el único español que merece el retrato de un genio muerto. Nadal aún está con nosotros, pero ya no viven los pintores que habrían podido dar a su figura la posteridad que reclama. Un Romero de Torres, un Zuloaga o ese Sorolla que un día, viajando por la conmovedora melancolía de Castilla, anotó: “Las cosas adquieren aquí un vigor extraordinario. Una figura en pie en esta gran planicie toma las proporciones de un coloso”. Nadal no es castellano, pero sobre la meseta acotada de una pista de tenis se antoja el coloso vertical, sobrehumano, de Sorolla.

Tampoco vive ya David Foster Wallace, que en 2006 elevó la rivalidad Nadal-Federer a categoría antropológica: “Nadal es la némesis de Federer. Se enfrentan la virilidad apasionada del sur de Europa contra el arte intrincado y clínico del Norte. Dionisio y Apolo. Cuchillo de carnicero contra escalpelo”.

Pero si Nadal es el mejor deportista español de la historia no es porque cumpla los tópicos idiosincrásicos de los que ni siquiera el talento de DFW se salvó, sino porque los ha negado minuciosamente. Nadal no es una masa armoniosa de músculo con un corazón latino de sangre caliente pegado a la piel: es sobre todo una mente poderosa y maquinal, que cursa órdenes precisas a sus extremidades y que no consiente que las circunstancias alteren el rigor imbatible de su mecanismo. No es el espartano estereotipado: ejecuta sus exclamaciones como un ingeniero planifica desagües a la tensión generada en la expectativa previa al golpeo.

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29 enero, 2017 · 10:53

Bergoglio se confiesa

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No parece el Anticristo.

Entre los católicos españoles más ortodoxos corre un malicioso chascarrillo según el cual ya no urge rezar por la conversión de Rusia y las intenciones del Papa, como fue costumbre durante el siglo XX, sino por las intenciones de Putin y la conversión del Papa. Un pellizco de humor de sacristía por lo demás revelador de la inversión categorial con que va desenvolviéndose el siglo XXI. Hoy tenemos una China aperturista, unos EEUU en trance de aislamiento, una Rusia que llama a la cruzada y un Vaticano de izquierdas. El personal anda despistado, claro.

Pero a despecho de tanta atribución política como pesa sobre él, quizá este Papa -qué decepción- no sea más que un cristiano común, y un hombre más común todavía pese a su credencial divina por cuanto nada es tan humano como la contradicción. Hay varias en la entrevista de Bergoglio. Condena el liberalismo pero acepta que los intermediarios comerciales se ganen la vida con las comisiones propias de su oficio. Abusa del calor retórico de La Gente, pero rechaza la premisa fundamental con que opera el populismo: frente al conflicto abstracto entre pueblo y élite, Bergoglio prescribe diálogo y concreción, y además no ve la tele, que es el primer mandamiento de las tablas populistas. Es depositario de un mensaje secular de salvación, pero alerta contra los salvapatrias que florecen en las crisis. Y la contradicción mayor: es argentino pero hace autocrítica.

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23 enero, 2017 · 14:15

El jinete sereno

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José Cesteros, el vaquero eléctrico de La Latina.

La estampa más navideña de Madrid la compone con mucho esfuerzo José Cesteros, el jinete eléctrico que desde hace dos años recorre el centro montado en Casimiro. Que no es un caballo sino un triciclo verbenero tuneado por él que despide luces de feria y canciones de moda. Cesteros pedalea sobre Casimiro con franciscana paciencia para extraer de los guiris y los mamados la voluntad que valga su foto, esa escuálida figura de quijote traspapelado o de cowboy espectral, ascético y hortera, histrión y discretísimo como un santo del Greco que hubiéramos importado de Las Vegas.

Del competitivo gremio del arte urbano es José Cesteros el genio mayor, por encima de los mimos moteros y de los breakdancers improvisados. Yo me lo encontraba cada noche de domingo, fuera invierno o primavera, aunque su vocación es la de protagonista de cuento de Navidad. Hace meses unos estudiantes de Periodismo -inclinación tan inverosímil ya como la de ciclista pinchadiscos- entrevistaron a José para su revista, La Mecha, que apenas nació tres veces antes de morir. Allí contaba que hace 21 años llegó de Toledo, donde fue pintor y chamarilero. Que está casado y que la mayor de sus tres hijas ya ha cumplido los 40. Que no le gusta estar en casa porque, como a todos nos sucede en estos días, “salen los recuerdos y eso no es bueno”. Así que se cala el sombrero, se embute en su ridículo disfraz y se lanza a la calle a satisfacer las demandas de los noctámbulos. “Mi mujer dice que quiero más al triciclo que a ella, pero no es verdad: quiero un 40% al triciclo y un 60% a mi mujer”. Cesteros, como cualquiera, tiene problemas de conciliación, pero si en verano saliera del curro a la hora que quiere la ministra, Casimiro no luciría igual. Cesteros es un emprendedor que se acuesta a las cuatro y amanece a las ocho porque está convencido de que la vida se desperdicia durmiendo.

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El bueno (Álvaro Nadal y Antonio Hernando), el feo (Aznar) y el malo (Junqueras) de esta semana en La Linterna de COPE

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23 diciembre, 2016 · 10:34

Reivindicación del pecado

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Sacramento del teleperdón.

Un párroco español ha lanzado una aplicación móvil llamada Confesor Go que permite localizar al cura más próximo al penitente para administrarle la confesión. A partir de ahora cualquier político atormentado por su última mentira no tendrá que esperar cuatro años a ser indultado por las urnas, sino que podrá aliviar su conciencia citándose con un sacerdote en un parque o una plaza, o a la salida misma del lupanar o del Parlamento, por mencionar las dos sedes tradicionales del pecado.

Confesor Go ha superado ya las 4.300 descargas y su desarrollador, el padre Latorre, espera que pronto se internacionalice su uso, que para eso católico quiere decir universal y en todas partes se peca con análoga fruición. Se deduce que los emprendedores ya no se conforman con comerse este mundo sino que aspiran a explotar el más allá con un Über no de cuerpos sino de espíritus que habría enloquecido a Gógol, cuyo personaje más famoso viaja por la estepa rusa en su troika comprando almas muertas. Confesor Go es el reverso luminoso de Tinder: en la era digital uno se empecata y se limpia por internet.

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9 diciembre, 2016 · 11:20