Naturalmente que volverán las oscuras golondrinas a colgar de los balcones de los periódicos sus nidos de mierda, corrupción y enfrentamiento. Pero eso no hará que olvidemos el puñado de hermosas imágenes y sabias palabras y testimonios conmovedores que la escena española ofreció al mundo durante la semana papal. Para percibir los efectos benéficos del paso de León por nuestro país no hace falta otra fe que la que habíamos perdido en nosotros mismos. En nosotros, los españoles. Que habíamos olvidado la Escuela de Salamanca.
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Españoles que intuyan luz en la oscuridad

No es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad. No debemos caer en la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de la polarización. Los enfoques identitarios pueblan el mundo de fantasmas. Se necesitan hombres y mujeres que intuyan en la oscuridad la luz.
Con cuatro sentencias rotundas fijó León XIV el guion moral de su visita apostólica a una España que vuelve por desgracia machadiana a ser el trozo de planeta por donde vaga errante la sombra de Caín. La primera autoridad moral del mundo estrechó la mano de la penúltima -seamos piadosos con PS en lo que dure el santo viaje- y también la de Felipe VI, a quien se le ve notoriamente cómodo en la cercanía de León, como si hablaran un mismo lenguaje institucional. Este Papa es estadounidense pero es hispanoamericano, luego es español. Por eso citó enseguida al Big Four del santoral patrio: Santiago, Juan de la Cruz, Íñigo de Loyola y Teresa de Jesús. Cuatro nombres incalculables que no solo cambiaron la historia de la fe sino también de la literatura. Así lo reconoció el Rey: «La fe católica está enraizada en nuestro país, y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían». La mejor izquierda siempre lo comprendió; la peor derecha nunca lo valoró.
Entrevista a Luis Argüello

El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española es hombre de pensamiento y teología, pero también sigue con atención la actualidad. No renuncia a intervenir en la vida pública cuando lo estima oportuno. Y la inminente visita de León XIV a España ofrece una oportunidad inmejorable para hablar de lo divino y de lo profano.
La primera encíclica de este Papa versa sobre los retos de la inteligencia artificial. Por razones obvias no ha sido tema habitual del magisterio pontificio, pero es significativo que León XIV lo haya escogido para estrenarse. ¿Por qué lo hace? ¿He tenido usted ocasión ya de leerla?
Sí, la he leído y me parece un texto espléndido. Es un genuino ejercicio de doctrina social de la Iglesia, es decir, de poner en relación el Evangelio acogido por el Magisterio, con la realidad histórica en economía, política y cultura. Las «cosas nuevas» de esta época están marcadas por la cuarta Revolución industrial. El objetivo de la encíclica es ayudar a discernir qué significa custodiar a la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial. Se trata de alentar un compromiso en esta época a favor de la dignidad humana, el bien común y la paz, desde la verdad, la defensa de la dignidad del trabajo en la era digital y de la libertad frente al control social y la mercantilización. La encíclica ofrece una sugerente contraposición entre la cultura del poder reflejada en el relato de la torre de Babel y la construcción de la civilización del amor iluminada por la reconstrucción de Jerusalén, con pistas concretas para el discernimiento y la acción.
El centro de la historia es un rostro que exige ser contemplado

Muchos criticaron a León XIII porque su revolucionaria encíclica Rerum Novarum se ocupaba de cosas mundanas y no de la vida eterna. «El Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos», respondió aquel León como podría responder este a las posibles incomprensiones que suscite la Magnifica humanitas. Un documento de época que trasciende la mera actualización de la doctrina social de la Iglesia: plantea un ambicioso programa de acción (personal y política) para la salvaguarda del humanismo en los tiempos de la Inteligencia Artificial. Es difícil resumir en un folio un texto que vale por un pontificado entero, pero lo intentaré.
El evangelio según Calama

En aquel tiempo se publicó un auto de un juez que imputaba varios delitos a un expresidente socialista, célebre por su buena voluntad, su corazón puro, su vida sencilla y sus ansias infinitas de paz. La noticia se divulgó por toda Judea y por las regiones vecinas, y llegó a oídos de fariseos, saduceos y zelotes. Al principio se negaron a creerlo, porque aquel expresidente había sido grande en obras y palabras. Así que enviaron emisarios (vulgarmente conocidos como asesores) para atestiguar la credibilidad del auto.
Retorno a Waugh: ‘the love that makes us one’

La tarde del jueves, que aquí en la campiña inglesa llaman Maundy Thursday, entré en una iglesia anglicana a conocer sus oficios. La liturgia no es muy distinta de la católica, con la salvedad de que los ingleses se toman quizá demasiado a pecho la observación de San Agustín: «Quien canta reza dos veces». El caso es que se pasan la misa interpretando himnos que el cura dirige con seguridad de barítono: más que misal, tienen repertorio. Uno de esos himnos, escrito por un tal Brian Wren (¿inspiraría al protagonista de los Monty Python?), terminaba así: «The love that makes us one«.








