Archivo de la etiqueta: España y yo somos así

El puzle completado

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España sin problema.

[Ensayo publicado en La España de Abel, el libro que aglutina a una generación transversal de jóvenes españoles que dejan al fin de ver España como problema cuando se cumplen 40 años de su modernización constitucional] 

Cuando tenía seis años mis padres me regalaron una caja de puzles de la Península Ibérica. Conviene disculparles: me gustaban los puzles, mis padres son españoles y hablamos de un tiempo exótico en que España aún admitía avatares inocentes como el de juguete educativo. Semejante uso infantil de la nación hoy parece restringido a Cataluña.

Recuerdo que la caja contenía un puzle geográfico, con sus ríos azules y sus cordilleras pardas, y abajo, en la esquina inferior derecha –luego aprendí que las Canarias en realidad se encontraban a la izquierda–, se levantaba sobre la isla de Tenerife la amenazadora pirámide del Teide, que capturaba mi imaginación con improbables erupciones apocalípticas. Otro de los puzles consistía en un mapa monumental que evocaba los dioramas de una guía turística, con su Giralda y su Alhambra, su Torre de Hércules y su Sagrada Familia, su Acueducto y sus molinos manchegos. Y yo hacía y deshacía el patrimonio español hasta que aprendí de memoria la ubicación de sus venerables gigantes de piedra mucho antes de poder visitarlos a todos para rendirles el tributo de mi primera admiración.

Pero el puzle que más me atraía llevaba el misterioso rótulo de “político”: sus piezas eran las comunidades autónomas. De modo que mi primer contacto con la política fue el Estado de las Autonomías. Y a fuerza de descomponer las fronteras autonómicas y de volverlas a recomponer, el niño ingenuo de los ochenta que yo era creció dando por supuesta la actual organización política de España, como se dan por hecho, desde el principio de los tiempos, el Mulhacén o el Tajo.

Más tarde descubrí que el Estado es el producto de una ardua convención con que los hombres aseguran su convivencia, y que como tal exige una concertación de voluntades sujetas a la ondulación de todas las cosas humanas: estas pueden virar hacia el conflicto y la aversión como antes estuvieron presididas por la complicidad y el afecto. Y descubrí también, a medida que ingresaba en la adolescencia, que España estaba dividida en rojos, fachas y nacionalistas –que a su vez podían ser de izquierdas o de derechas–, y que uno debía cumplir con tales militancias si quería ser un español medianamente reconocible por los suyos. Y lo que causa más placer, por los otros. Y yo, que como todo el mundo deseaba ser aceptado, me apliqué a la tarea. Escogí mi bandera. Me españolicé reglamentariamente.

Porque el español de mi quinta, como la mujer para Simone de Beauvoir, no nace español sino que llega a serlo mediante apasionadas adhesiones a una mentira heredada. Hay muchos modos de profesar fervorosamente esa mentira: en concreto diecisiete pequeñas cunas y dos grandes ideologías. Uno puede ser español orgulloso, taxativo, unívoco, y uno crece pensando que este es el modo más puro de amar a su país. También puede uno experimentar una crianza tan dichosa -normalmente en un pueblo con lengua propia, o al menos con acento peculiar– que sus afectos queden presos para siempre del recuerdo de la especificidad de su brillante pieza de puzle; hablamos del español entrañable que difícilmente alcanza a emocionarse con la ancha idea de un viejo Estado-nación, pero mata al infeliz que difame su terruño. Y finalmente uno puede recibir un día el santo crisma de la identidad propia –un dios nuevo que suele hablar por dos bocas: la de clase y la de género–, y esta toma de conciencia resulta a menudo tan violenta que expulsa de sí el cariño a los símbolos comunes en beneficio de espectrales dignidades no menos mitificadas. Es decir, que uno puede ser español por la vía recta o español por negación, pero en ambos casos lo que cuenta es que al niño le desbaratan el puzle de la España blanca de los dientes de leche y le entregan otras categorías, más complejas, un poco más oscuras. Porque son excluyentes, inasequibles al sano solapamiento. Porque el español es muy suyo, nos han dicho. Cuando en realidad llevamos toda la vida siendo la obra de los traumas de los demás.

Con el tiempo, el peso de la identidad asumida por cada español gana un peso insoportable. Tanto que hay que convertir España es una excusa de la impotencia, según la certera acusación que Azaña dirigió a los noventayochistas. Y llega un momento en que el español tiene que decidir. O suelta lastre de herencias confundidas con epifanías o abraza para los restos el desprecio de Emerson, para quien la coherencia no era más que la obsesión de las mentes inferiores. La elección más inteligente, a mi modesto entender, es la del español en permanente proceso de españolización consciente y de desespañolización castiza. En ello estoy, y me explicaré.

Yo creo que nuestro tiempo exige lo mismo que cualquier otro, es decir, matar al padre. En los casos más enconados quizá convenga además matar al abuelo. La larga crisis, el extenuante procés, el cuestionamiento del sistema demoliberal y otras calamidades perfectamente europeas están cursando en España con traicioneras febrículas de noventayochismo que debemos vigilar. Porque hay un noventayochismo mal entendido que parece agotarse en la delectación morbosa, el acento en el dolor de España, sin reparar a la vez en la sacudida regeneradora que aquellos escritores jóvenes venían a propinar, según su manifiesto fundacional: “La juventud intelectual tiene el deber de dedicar sus energías, haciendo abstracción de todo, a iniciar una acción social fecunda, de resultados prácticos”. Cuando el joven Azorín le manda el borrador a Unamuno en 1897, el vasco se apunta al programa con un agudo matiz: no se trata de hacer abstracción “de todo” sino “de toda diferencia”. Un político actual lo diría de otra manera: “Lo que nos une por encima de lo que nos separa”. Y este sintagma, de tan manido, provocará sonrisas, pero la demanda que encierra ya es inaplazable. No es momento de señalar por culpa de quién la tarea sigue pendiente, sino de acometerla de una vez. “Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí, aprender a pensar y sentir por sí mismo, no por delegación, y sobre todo, tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor”. Azorín asintió entonces. Asentimos hoy nosotros.

Españoles nacidos en democracia: la advertencia de Machado ha caducado. Tomad vuestro volumen de Campos de Castillay arrojadlo a la piscina. Si en el siglo XXI una de las dos España vuelve a helarnos el corazón no es culpa de España, sino de nuestro “morbo histórico” –Azaña otra vez–, de nuestra culpable dependencia del maltrato de género histórico. Solo a los degenerados les pone la necrofilia. Solo se enfrían los cadáveres, las ideologías muertas. ¡Qué tierno y qué revelador fue aquel tuit en que Pablo Iglesias asumió la literalidad mostrenca de la cita de Machado y defendió que “una de las dos Españas” aludía sin más a la derecha, ignorando la ambivalencia del verso con la que el poeta avisaba también al izquierdista del hielo en la sangre que le pondrían los suyos! Ese resorte mental que solo salta hacia el pasado debe ser inutilizado. Y si hay que enterrar a los abuelos, lo haremos con manos piadosas. Pero los enterraremos muy hondo. Y les haremos el favor de no recrear sus estúpidos errores fratricidas.

El XXI español ha de ser de una santa vez el siglo de los desheredados altivos. De los desmemoriados conscientes. Se equivocaba Santayana, se equivocaba: no hay que estudiar nuestra historia para escapar a la condena de repetirla sino por el puro placer de conocerla, en primer lugar. Y en segundo, para que ese conocimiento levante un dique macizo entre el pasado doliente de España y un presente optimista, sin excusas. No compadecemos al español mediocre que clama en las redes sociales contra este país de pandereta, porque él es el panderetero mayor del reino: el desesperado buscador de excusas colectivas para su frustración personal e intransferible. Ojo con recordar, porque recordar es repetir. Ojo con la Historia, decía Valéry, porque es el producto más tóxico que haya elaborado la química del intelecto: “Hace soñar, embriaga a los pueblos, les engendra recuerdos falsos, exagera sus reflejos, alimenta sus viejas llagas, les atormenta en su reposo, les conduce al delirio de grandeza o al de persecución y vuelve a las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas”. Esta vez no aprenderemos que el fuego quema apoyando las manos sobre las ascuas.

El tramposo dolor de España debe mutar en la alegría animal del español sin lírica, sin lagrimeo cursi ni militancia polvorienta. La clase media ha sufrido, pero los sociólogos honestos saben que su merma ha sido políticamente exagerada y que ya está en pie, madrugando a diario en su puesto, llenando terrazas y consumiendo el fin de semana uno de esos abonos estomagantes de turismo rural. Ciertos sobrerrepresentados portavoces de la generación que no vivió la Transición la impugna con resentimiento y aporta prolijas explicaciones de su fracaso; pero jamás se plantean la única pregunta pertinente, el único enigma en pie a despecho del mester de hechicería historicista: por qué España ha tenido éxito. Evidentemente no sabrían responderla.

Así que el hechizo lastimero de España está roto, damas y caballeros. Se jodió la manera más eficaz de seguir jodiendo el Perú, que es preguntarse constantemente cuándo empezó a joderse. Jodidos están los ojos de quienes no quieren ver que hace mucho tiempo que España, su desvaído trapo rojigualda, su himno modesto y vital –el único que ha tenido la deferencia de carecer de letra- y su descentralizada trama de afectos cuenta una historia de superación salvaje, de democracia sin más adherencias que las que proyecta el coro lúserde los esclavos del ayer. A los de los ojos limpios pero cansados de ver división y precariedad, que nos ayuden a detectarlas y corregirlas. A los del glaucoma de la ubicua decadencia, que se lo traten en el especialista: que se lo hagan mirar. Luego, ya curados, nos reagrupamos todos y aprobamos el primer punto del orden del día: volver a dar por supuesto el mapa de las autonomías. Completar una última vez el puzle, enmarcarlo, fijarlo a la pared y salir al patio. Que la vida está esperando, españolito, y no piensa quedarse a oírte llorar.

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29 octubre, 2018 · 12:01

Si pudiera un español

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Cecilia.

Si pudiera un español decir su nombre -si se atreviera-, no diría ley, bienestar, 78: el año de su formal Constitución. España es otra cosa, no es abstracta, un edificio que se hunde a nuestros ojos cada lunes y se reforma sin problemas el domingo. España es una cueva de flamenco que un gitano cínico fatiga para engaño del guiri que le paga mientras sueña que canta entre los grandes. España es una mujer embarazada, y es un viejo tendido que se muere con un velo implacable en las meninges que le veda recordar lo que fue España. Es la cólera de abril del nuevo rico, que tiene que pagar IRPF, y calcula el coste de la trampa y acaba -porque hay leyes- desistiendo. España es tu lucha contra el cáncer, y es el órgano donado que establece un pacto caballero entre un difunto y un vivo prorrogado. España es un lugar que prohíbe España para que unos españoles no se enfaden: les dijeron que tienen que ser algo distinto. España es la madrastra del exilio, que antaño fue exterior pero que dura en la amarga conciencia del votante. España es la santa siesta de Cecilia que nadie duerme ya, si no es para fomento del turismo, y es un pícaro que refunda su partido, y es la fe del hidalgo empobrecido que no sabe qué hacer con su casona al precio que escaló la plusvalía. España es un patio de colegio, es un público instituto que descubre un poema ancestral a un influencer, la mina que se figura parador, la huerta trasvasada de rencores. Será también el llanto de otra madre, el beso inaugural del niño feo, la joven que concreta su valía. No hay un hombre que en España lo haga todo, pero más de uno hay convencido de que sí. España es el oficio feroz de tertuliano, el crédito ilocalizable del tuitero, España es un periódico aún impreso que se apresta todavía a la batalla. España es un locutor huracanado, un cotilleo que sabemos unos pocos, es una milicia sosegada, es un obispado que cree en Dios. España es un hortera de bolera, y es un sindicalista inasequible a la mezcla de la patria con la clase, y es un gay feliz que ama en España. Es la tierra del comunista convertido, y de un minúsculo fascista reincidente, y de un empeño de seguir viviendo juntos. España es el brócoli y el toro, de Nadal es la raqueta (y también el escobón), y un dédalo de cristianos contra moros, y una blanca judería cuya pista aún persigue la pasión del hispanista. España es un marco incomparable, es un país de pandereta, es un tópico encerrado en otro tópico despeñándose por el club de la comedia. España es la urbe y el vacío, es mía es tuya es de quien caga en los muertos más frescos de esta España, meseta asomada al mare nostrum, eterno Madrid-Barça donde nunca la sangre llega al río.

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14 octubre, 2018 · 21:42

En el Palacio de la Pena

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Palacio dela Pena, en Sintra.

Los portugueses sienten tanta alegría al contacto con la tristeza que su música nacional es una forma refinada de lamento llamada fado y su mayor atracción turística se llama Palacio de la Pena. Ellos han hecho de la languidez un pujante negocio al modo inverso en que el capitalismo anglo nace del optimismo de la voluntad protestante, ese espíritu de emprendimiento con que los catequistas de máster evangelizan a las tiernas camadas de animal de cuello blanco. No es que los portugueses no sean emprendedores, que lo son cada vez más, sino que tienen la elegancia de disimularlo con todo el pesimismo que aún son capaces de extraer del alma nacional, que es un alma en pena que no deja nunca de sonreír.

Este nudo de paradojas encuentra en Sintra su colorida apoteosis. El rey Fernando II, que venía de Sajonia calado de romanticismo, se inventó en la montaña alzada sobre la nariz de Iberia una fantasía medieval, entre gótica, mora y manuelina, que convierte a Gaudí en un discreto minimalista. Aprovechó para ello no solo la estructura del abandonado monasterio de Nuestra Señora de la Pena sino también su nombre, y a nadie le pareció incoherente que tuvieran que referirse con pena al más desenfadado estallido de imaginación del sur de Europa. Esa ambigüedad define un carácter. El carácter que elige como mitos nacionales a una novia cadáver como Inés de Castro y a un rey que nunca llega a ser coronado como Sebastián.

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31 julio, 2018 · 12:33

Por la depresión al triunfo

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Hierro corre el riesgo de que le llamen Plástico.

Si como afirman los gurús del Big Data la tristeza une más que la alegría, hoy toda España es una piña. No encontraremos un solo español que discrepe de la patética imagen que está dando la Selección. Unos se fijarán en la parálisis de De Gea, otros maldecirán el flamenco de Ramos, hay quien ruega misericordia con la senectud de Iniesta y no falta quien reclama compañía a la soledad de Busquets. Juntos suplicamos para Hierro un reloj y un espejo: el primero le informará de cuándo se le agota el tiempo para hacer cambios en un partido pestoso y el segundo le convencerá de que una serie de catastróficas desdichas le han convertido efectivamente en el seleccionador, y de que por tanto no sería mal momento para que empezara a comportarse como tal. En cualquier caso, todos estamos decepcionados con el juego de España, y sobre el sólido cimiento de esta depresión compartida debemos levantar la victoria en octavos.

Estamos a tiempo de convertir el bochorno en energía. Dicen los estudios que las escenas de gente alegre polarizan a la audiencia porque sólo las personas dotadas de empatía saben gozar con el que goza, mientras que el resto se indigna contemplando la euforia de los belgas o la satisfacción inopinada de los ingleses. Por eso, los periodistas preferimos no publicar jamás buenas noticias, y por eso el Mundial está resultando una mina de desilusión compulsivamente visitada.

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27 junio, 2018 · 11:12

No es mi Lopetegui, sino nuestro Lopetegui

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Entrenador blanco, bestia negra.

La noticia ha detonado con la potencia de las realidades no aventuradas, de las negociaciones no roturadas previamente por la opinión pública; de ahí la estupefacción. Los tertulianos han -hemos- fracasado otra vez, lo cual permite extraer dos conclusiones: que llamar a esto sociedad de la información no es más que una benévola exageración y que los tertulianos deportivos sólo se diferencian de los economistas en que sus pronósticos del pasado no están patrocinados por entidades bancarias sino por cuchillas de afeitar.

En defensa de mi oscuro gremio sólo puedo constatar una obviedad: Lopetegui no figuraba en ninguna quiniela porque tiene trabajo, y uno suficientemente vistoso y recién renovado. En estos momentos trata de ganar un Mundial. Pero bajo el radar, una clave lo explicaría todo: la confianza en los jugadores del Real Madrid que desde que sucedió a Vicente del Bosque ha caracterizado al vasco. Hubo un tiempo -nostalgia de La Masía- en que la plantilla del Barça aportaba la columna vertebral de España; hoy la forman los únicos españoles que han levantado varias Copas de Europa seguidas, lo cual parece sensato. Sergio Ramos, capitán de España como del Real Madrid, guarda la mejor de las relaciones con el todavía seleccionador. También Carvajal habla maravillas de él. Visto así, todo se antoja racional: Lopetegui internacionaliza preferentemente a jugadores blancos y los internacionales blancos le corresponden otorgándole su favor ante la directiva, que vagaba en el más confuso de los desconsuelos desde el abrupto adiós de Zidane.

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13 junio, 2018 · 10:10

Entrevista a Federico Jiménez Losantos: “Dejé de ser marxista por ser español”

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Federico.

No hay necesidad alguna de presentar al comunicador más influyente de la derecha española en las últimas tres décadas. Pero sí la hay de leer ‘Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos’ (La Esfera de los Libros), porque librará a muchos incautos de perder el tiempo y la moral por culpa del vigente influjo de la ideología más criminal de la historia. Losantos la profesó, salió con vida y aquí explica cómo lo hizo.

Presentas el comunismo como una «teología de la sustitución». Aron y Steiner afirman que más que una ideología, es una religión política. ¿Sin catolicismo no hay comunismo?

En mi generación sin duda. El catolicismo popular español tiene unos ingredientes -igualitarismo, ayudar al débil, obras de misericordia…- que entre nosotros estaban profundamente arraigadas. El protestante se salva por la fe; el católico, por la fe y por las obras. El católico, cuando deja de creer en Dios, tiene que seguir creyendo en hacer el bien. Russell decía que el comunismo se parece más al islam porque es una religión despótica, que te organiza la vida, mientras que el catolicismo, al creer en el libre albedrío, te deja libertad para hacer el bien o no. Si la salvación no llega en el más allá de la religión, tiene que venir en el más acá de la política, que en el comunismo se vive como una forma de redención: propia y de los demás.

Eres de los pocos que se ha leído entero ‘El capital’. Dedicaste años a la formación teórica: Engels, Althusser, Derrida, Foucault… ¿Cómo recuperas el castellano limpio en el que hoy escribes tras semejante exposición a la jerga marxiana?

Mi tesis doctoral sobre las acotaciones en los esperpentos de Valle-Inclán la hice a base de Kristeva, Barthes y los formalistas rusos, porque entonces la filología seguía la senda de la semiología, que era una mezcla de marxismo y psicoanálisis. En esa época escribía muy mal, por eso no he publicado nunca mi tesis. Esa jerga universitaria debería ser delictiva. Uno necesita aprender a escribir claro, no para presumir de que escribes sino para que alguien te lea, y eso es lo más difícil. Tienes que ir a los clásicos españoles, que es donde se aprende realmente a escribir.

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5 febrero, 2018 · 11:28

Iñigo Alli: “Mi hija me despertó a la fragilidad de la vida”

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Íñigo Alli.

En política se debería entrar como entró Íñigo Alli (Pamplona, 1973): urgido por el amor a una hija discapacitada y fichado directamente por el Gobierno. Nada de hacer carrerita pegando carteles desde el primer acné, adulando al jefe de turno y alcanzando al fin un lugar en el paraíso de las listas. Nuestro hombre gozaba de un puesto de directivo en Caja Navarra y había fundado una familia con su esposa Isabel. Todo marchaba según lo previsto. Hasta que despertó a «la fragilidad de la vida» cuando hace ahora ocho años la pequeña Inés vino al mundo con síndrome de Down. Entonces comprendió que no podemos elegir todas las bazas pero sí la forma de jugarlas. Y Alli, que era bancario, se hizo activista: decidió que un cromosoma de más no tenía por qué significar felicidad de menos y fundó Síndrome Up, una asociación que propugnaba un cambio de enfoque en el tratamiento de los discapacitados. «Se trataba de abandonar esa visión paternalista tan en boga y centrarse en la persona, en su singularidad».

El eco de aquel proyecto se extendió pronto por toda la comunidad. Y un día recibió una llamada. Era Yolanda Barcina, presidenta de Navarra, ofreciéndole un puesto en su gobierno para que hiciera desde dentro lo que ya estaba haciendo desde fuera. «No le costó convencerme. Era la gran oportunidad que estaba pidiendo a gritos desde hacía dos años: la posibilidad de cambiar las cosas desde las instituciones. No dudé, por más que nos tocara una época dura de recortes y de ajustes. Era justo lo que quería hacer: ayudar a la gente más jodida», explica con navarra contundencia.

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31 agosto, 2017 · 20:54

El lopeteguismo va a llegar

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“No soy yo, eres tú”.

El lopeteguismo es un movimiento que todavía no ha nacido pero que quizá deberíamos ayudar a parir. Antes hemos de reconocernos como uno más entre los millones de españoles en bañador que el pasado julio chasqueó la lengua con desaprobación cuando salió su nombre del cónclave sucesorio del Marqués. ¿Lopetegui? ¿Pero qué ha hecho Lopetegui salvo trabajarse a Villar?, exclamamos todos apresuradamente. Como si hacerse amigo de Villar fuera tan sencillo o tan irrelevante. Y sin embargo don Julen, a la paciencia de acumular trienios en la Federación, añade ya dos méritos extraordinarios por opuestos: hospedar a Casillas en el Oporto y desalojar a Casillas de la Selección.

Ustedes saben que el debate sobre Casillas, esa Casillomaquia que duró lo que una legislatura estándar (2012-2016), no fue sino el preludio del bloqueo institucional que tiene congelado el Parlamento pero ardiendo Twitter. Discutiendo sobre Casillas entrenamos los músculos linguales que necesitábamos para poder pedalear ahora en las tertulias sobre el no de Sánchez y el aguante de Rajoy. La controversia casillil acabó formando un coágulo en la portería de la nación que don Vicente no se atrevió a sajar, pese a haber optado ya por De Gea. Pero en cuanto Lopetegui accedió al cargo apartó a Casillas como quien saca las tropas de Irak. El armisticio dio fruto, los litigantes confesaron su agotamiento y de momento parece que al fin ha estallado la paz, reforzada por la buena impresión que dejó el juego del equipo contra Bélgica. El lopeteguismo, por tanto, va a llegar, lo que en España no significa en absoluto que vaya a durar, sino que engendrará su contrario, el antilopeteguismo, y en esa nueva guerra entretendremos el rato hasta el Mundial de Rusia.

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4 septiembre, 2016 · 13:11