No es la caída de Íñigo Errejón: es el derrumbe de la casta de airados fariseos que durante la última década ha envenenado la vida pública de este país. Una generación de resentidos que proyectó su íntima deformidad sobre el adversario para auparse al poder institucional. Engañaron a millones de ciudadanos. Y ahora descubrimos que se cebaron especialmente con la fe de las ciudadanas.
Siguen yendo los periodistas a las ruedas de prensa de Pedro como si Pedro estuviera moralmente capacitado para responderles. Como si el tétrico palacio de La Moncloa fuera hoy algo distinto que un laberinto de espejos de barraca ferial diseñado por el hermano tonto de George Orwell. Mis compañeros se acreditan, van, preguntan cuando les dejan pero sistemáticamente topan contra el muro facial de un hombre absurdo, vaciado de sentido como un grito munchiano, reducido a una enorme jeta hialurónica, elástica e impermeable. Si la piel de la cara de Pedro Sánchez pudiera clonarse quedaría obsoleto el kevlar para los chalecos de los marines.
Cuando pasen los años en que vivimos peligrosamente, los años en que fuimos gobernados por un insensato sin escrúpulos por decirlo con la fórmula exacta de El País, algunos españoles memoriosos nos dirigiremos a la plaza de Las Salesas, donde se alza el Tribunal Supremo, con una ofrenda personal de gratitud. Allí nos dirán que las ofrendas son para los héroes, que ellos se limitaron a cumplir con el que es su deber desde 1812, cuando España dejó de ser propiedad de una familia (tanto da Borbón-Dos Sicilias que Sánchez-Gómez) para serlo de todos los españoles.
Lamentan los profesores de instituto que a los alumnos no les interese la Constitución tanto como el cambio climático o el género. Es natural, porque la ley siempre se ha llevado mal con la adolescencia. La facultad del pensamiento abstracto no mezcla bien con las ebulliciones químicas o el ternurismo Disney propios de una desdichada etapa de indefinición de la que yo tengo exclusiva noticia por los libros, donde se narran tribulaciones psicológicas que misteriosamente jamás experimenté. Quiero decir que no hay que lamentar que nuestra acneica muchachada prefiera las rimas sicalípticas del trap al cuestionamiento de la disposición adicional primera. Lo lamentable es que los profesores no sean capaces de cultivar en los chicos el interés sobre los fundamentos de nuestra libre convivencia, y sobre todo que los políticos nacionalistas o progresistas -¿hay ya alguna diferencia?- les amenacen si se les ocurre intentarlo.
Me escribe gente espantada con lo que está pasando y no entiendo por qué. Comprendo la depresión de mis amigos de izquierdas -los que aún vinculan su identidad política con la igualdad, no con el paquete que marca el timonel-, porque les han robado el partido y las causas por las que lo votaron. Pero me sorprende que mis amigos liberales y conservadores se dejen llevar por cierto pesimismo paralizante. Incluso me enfada. ¿Pensabais que la democracia es natural como el yogur o gratis como la radio? ¿Leísteis que el precio de la libertad es la eterna vigilancia en una taza de café con leche de soja?
En el mejor discurso de la historia del cine, el coronel ciego de Esencia de mujer que encarna Al Pacino les explica a los niños pijos de un college de élite cómo reconocer la integridad cuando todos menos uno la han perdido. Es decir, cuando la desfachatez ha quedado elevada a norma solemne.
La derecha tiene razones para estar frustrada, pero la frustración puede llevarla a perder la razón. A mesarse las barbas, a entregarse al lamento jeremiaco, a la búsqueda paranoica de chivos expiatorios o mesiánicos salvapatrias. Pero si conserva la calma -compatible con una minuciosa autocrítica en lo tocante a la gestión de las expectativas- descubrirá que el paisaje después de la batalla no aparece tan prometedor para el sanchismo ni tan desolador para su alternativa. Importa que lo entienda ya, porque quizá haya que preparar pronto otra campaña.
Por más que cite a Julio Anguita reivindicando el programa, programa, programa, Alberto Núñez Feijóo no va a ganar las próximas elecciones por la letra: las va a ganar por la música.