
Es fácil meterse con Rutte. Ya era fácil cuando se desempeñaba como liberal calvinista durante sus 14 años en el poder, pagándose de su bolsillo el piso en el que vivía y llegando cada mañana en bici a su despacho de primer ministro de los Países Bajos, desde donde maldecía a las cigarras del sur. Ahora que ejerce de siervo del presidente yanqui más desequilibrado de los últimos 250 años, solo a un menguado o a un temerario se le ocurriría escribir su apología. Pero nos pagan para correr el encierro de este folio en las inmediaciones de algún pitón, cinco días a la semana y once meses al año. Para leer a los cabestros se suscribe usted a la competencia.






