
Todo está mal en el caso Balogun. La entrada carnívora del jugador, la intervención feudal de Trump, la sumisión corrupta de Infantino. De esta concatenación de momentos infames ya no queda mucho por decir. Pero en el último tramo de toda injusticia siempre hay un individuo con el margen preciso de decisión, por costosa que sea, y de ese hombre no hemos hablado lo suficiente: Folarin Balogun. El clamoroso beneficiario de un privilegio que contamina el código fuente del deporte al que decidió consagrar su vida.






