Estamos en campaña pero apenas nos damos cuenta. Los medios están a otras cosas por dos razones. La primera es la guerra, que hace mucho ruido. La segunda es Mañueco, que prefiere las nueces. De modo que un tiempo inclinado a la furia épica y un espacio propicio a la austeridad están engendrando una campaña lenta, analógica, propia de la edad en que el disputado voto del señor Cayo se pedía en burro por los dos mil y pico pueblos de la región más histórica y extensa de España. Tanta historia acumula la vastedad de Castilla y León que corre el riesgo de vivir únicamente de pasado. Por eso se afanan estos días los candidatos en prometer medidas que anclen la población al territorio, que aseguren la rentabilidad del campo, que garanticen la ubicuidad de los servicios públicos. Cosas de comer. Nueces.
Sigo con creciente interés el pulso que el carné número 6 de Vox le está echando al carné número 4. Es decir, el desigual combate entre Javier Ortega Smith y Santiago Abascal. En realidad el portavoz municipal de Vox en Madrid no está luchando contra un antiguo camarada sino contra una ley más férrea que la de la gravedad: la ley de hierro de la oligarquía, que acaba capturando a toda organización política. El final de esta historia está escrito en las melancólicas peripecias de Macarena Olona e Iván Espinosa de los Monteros, pero el martirio de Ortega será digno de verse si continúa empecinándose (verbo voxero donde los haya) en resistir como el último de las Filipinas originarias del partido.
Así que el vínculo forjado en las playas de Normandía se acabará disolviendo con el hielo de Groenlandia. Europeos y estadounidenses (junto al compromiso canadiense que hoy vuelve a honrar Carney) sellaron con sangre una alianza contra el totalitarismo nazi primero y comunista después, pero no parece que esa alianza atlántica vaya a sobrevivir al segundo mandato de Trump. Aún peor: tampoco parece que pueda ya restaurarla su sucesor, sea demócrata o republicano. Porque no asistimos al posicionamiento ideológico de una determinada administración sino a un cambio de paradigma histórico. Según la ley de Tucídides, el Darwin de la historiografía, toda potencia menguante entra en conflicto inevitable con la potencia ascendente, y esa guerra fría con China exigirá a EEUU que libere todos los recursos que durante las décadas durmientes del gigante chino tenía destinados a la OTAN para contener al oso ruso. Hoy la Rusia de Putin es menos poderosa que la URSS, y precisamente por eso ha visto en el ascenso de Pekín que amenaza a Washington la última oportunidad de recuperar algo de la gloria perdida tras la caída del Muro. Y a Trump no le importa que esa «operación especial» de expansión dictada por la nostalgia se consume a costa de territorio europeo, prescindible como un exnovio. ¿Para qué quiere Vladimir tantas cabezas nucleares si no puede rusificar el Báltico? ¿De qué le sirve a Donald comandar el ejército más poderoso de la historia si no puede exhibir sus fulminantes destrezas en las pantallas líquidas de todos los espectadores del planeta? Este es el viejo nuevo orden mundial, basado en la fuerza. El atlantismo, visto así, es la grata reliquia de un tiempo que en realidad ha durado demasiado, como el yogur olvidado en la nevera.
Recuerdo cierta tarde en que accedí a participar en una mesa redonda sobre el orgullo de ser español, no me pregunten por qué. Sin duda tenía más tiempo libre, y quizá las posiciones sobre la identidad estaban menos fatigadas que ahora: el debate identitario todavía discurría por cauces saludablemente excéntricos, casi underground. Ahora todo el mundo está terriblemente orgulloso de lo que es, aunque en realidad solo está orgulloso de lo que cree ser. Pero ese es otro debate.
Hay un trumpista macizo que no padece la funesta manía de pensar. Le basta la fe, una fe protestante que no necesita la justificación por las obras. Da igual que su Donald haga lo contrario de lo que prometió, y da igual que aquella promesa fuera aplaudida por nuestro trumpista macizo con la misma ferocidad con la que ahora aplaude la decisión opuesta. Porque la conexión del creyente con el ídolo no es ideológica sino religiosa, es decir, biográfica, fieramente psíquica. Trump es el hombre fuerte que él quiso y no pudo ser, y desde que el algoritmo los presentó -hace ya algunos años- rinde al Gran Hombre un culto existencial que lo redime a diario de su insignificancia, de su pequeña herida a cuestas, de su rutinaria humillación laboral o su falta de estructura familiar, de su involuntario celibato.
Muerta Bardot, dos rubios copan la actualidad. Marco Rubio es el hombre del momento en el plano internacional: suya esa es la estrategia que debe conducir a la democratización de Venezuela. Deseamos de corazón que ese plan se ejecute con la misma brillantez con la que Maduro fue extraído de la Casa de los Pinos, aunque sabemos que extraer a un dictador es más fácil que extraer un régimen entero. Ojalá la designación de Delcy como presidenta interina obedezca a ese ejercicio de pragmatismo que dicen. Ojalá se conduzca como la dócil mucama de don Marco que procede a desmontar su propia obra siniestra desde dentro mientras permite salir a los presos políticos y entrar a las empresas extranjeras. Ojalá el protectorado yanqui sobre Venezuela no se cronifique por la rapacidad de los amiguetes plutócratas de Donroe.
Si la nostalgia es la pasión de nuestro tiempo será porque nuestro tiempo ofrece menos futuro que pasado. Y si los políticos hoy ganan elecciones prometiendo recuperar lo perdido será porque así lo siente una mayoría de ciudadanos, sea cierto o no. Siempre se ha dicho que el control de los tiempos es la habilidad crucial que franquea el acceso al poder del político astuto; y siempre se ha dicho que las campañas electorales nunca deben versar sobre lo que ya se ha hecho sino sobre lo que se va a hacer. La manera poética de resolver la promesa contradictoria de otro ayer la formula Eliot en los versos inaugurales de su célebre cuarteto: «Tiempo presente y tiempo pasado / se hallan quizá presentes en el tiempo futuro / y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado«.
El titular informa de que el funeral de Charlie Kirk mezcló la religión con la política. La noticia más bien sería que el laicismo triunfa en el país. Las emociones religiosas vinculadas a la fe en el destino manifiesto y la nación providencial recorren la vida pública de EEUU desde Lincoln hasta Obama. Lo interesante es el prisma religioso que cada época o cada líder adoptan para hacer política. El trumpismo ha adoptado el patrón narrativo del Antiguo Testamento por razones obvias: es más simple, obedece a una concepción primitiva de la sociedad, cautiva más fácilmente la imaginación. Por eso las grandes ficciones nacionales de Melville o Faulkner acentúan el destino bíblico del hombre americano.