‘Pedrisco’ Sánchez cae sobre el 78

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Para vislumbrar urnas ha de achinar los ojos.

Todo esto no es más que un paréntesis de furia hasta que el inminente ciclo electoral decida la vigencia de la España del 78. En 2020 sabremos si se destruye del todo o se refunda: lo que quieran los votantes. Entretanto, el sanchismo es una corta legislatura maniquea o un largo musical para mileniales en el que la oposición carga con el papel de villano y el protagonista teatraliza su propia grandeza como si nunca fuera a caer el telón. Hoy le tocaba lucir a Pedro Sánchez el traje de estadista europeo. Y si uno prescindiera de sus hechos y de sus alianzas, si uno cayera por primera vez en el hemiciclo, no podría sino asentir a declaraciones tan juiciosas como que los rupturistas del Brexit deberían reflexionar o que la estabilidad es un valor muy importante del europeísmo. Pero el actor que llegó al poder y se mantiene en él con los votos del rupturismo catalán y del populismo eurófobo no puede pretender que le creamos el amigo más fiable de Juncker y Tajani. Ya hemos dicho que todo en Sánchez es falso, empezando por su voz y terminando por sus transfusiones de sangre.

El obstinado maniquí que nos gobierna estuvo este miércoles de visita oficial en España antes de volver al aire, de donde no bajará ya hasta Navidad porque sabe que dejarse ver mucho le perjudica y porque teme que si pisa suelo español lo metan en el Senado a explicar el plagio de su tesis. “Yo siempre he creído que la política consiste en convertir los ideales en realidad”, dijo, y puede decirlo porque el ideal de nuestro Kennedy comprado en los chinos se reducía a dormir en Moncloa como fuera. La pregunta es cuánto tiempo más dormirá en palacio y en qué estado amanecerán las instituciones del país después de su última noche allí. En el pasillo todos los reporteros coinciden en la misma apuesta: Sánchez no aprobará sus Presupuestos por la lealtad indepe al relato de sus presos, pero le da lo mismo porque culpará a todos los demás de tener que prorrogar los de Rajoy para apurar hasta el último día de poltrona, confiando en que la opinión pública haya sido domada en su favor para entonces.

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24 octubre, 2018 · 17:10

Julen el breve

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Lo intentó.

Siempre conmueve la voluntad de resistencia de un hombre acorralado, aunque lo acorralen con motivo. Nos embarga la empatía -antes lo llamábamos conmiseración- con Lopetegui cuando, negando lo que a gritos expresa su rostro, advierte a los periodistas de que si pretenden ver a un entrenador hundido no le miren a él. Y adónde van a mirar, si el realizador del Madrid-Levante enfocaba su triste figura tras cada pifia como el gato que se pasa el ratón de una zarpa a otra. Lopetegui ha salido ya de todos los grupos de Whatsapp de madridistas menos del principal, pero se afana en vivir de blanco con la cipotuda obstinación del Caballero Negro de los Python, aquel que aún pedía guerra desde el suelo después de perder los brazos y las piernas: «¡No huyáis cobardes, esto es solo un rasguño!». En este plan llevamos un mes.

Lopetegui lo ha intentado y ha fracasado. También esto lo previó –Carmena diría preveyó– un capítulo de los Simpson, cuando Homer extrae una sabia moraleja del esfuerzo estéril de sus hijos: «No os esforcéis». Julen debe dejarse ir sin esfuerzo, como las ostras sin perla que el temporal arranca de la roca. No es nada personal y sabía las condiciones. La apuesta no ha salido y el Madrid no puede mantenerla más tiempo. Lo suyo sería destituirle antes del partido contra el Levante o contra el Alavés, y dado que eso es metafísicamente imposible, antes del Clásico. Ningún entrenador del Real Madrid desde Toshack ha desperdiciado tantas oportunidades para la redención.

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Lo bien que lo pasé contando mi vida y cantando con el Grupo Risa en COPE

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23 octubre, 2018 · 10:47

Oféndete, Andalucía

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Patria.

Ha cometido Isabel García Tejerina el peor error que un político posmoderno puede cometer: decir la verdad. O al menos acercarse demasiado sin el debido látex retórico. Fascina la ingenuidad de Tejerina cuando a diario se prenden hogueras digitales bajo el culo de los columnistas que contravienen la omertá identitaria, sea de género, de clase o de leso terruño. Reconocer en televisión la brecha documentada entre alumnos andaluces y castellanos: a quién se le ocurre. Y encima una del PP, con fama de elegante en las revistas y cuenta corriente muy saneada: la clasista perfecta. A Susana Díaz le faltó tiempo para envolverse en la túnica solemne de Blas Infante, padre de la insultada patria andaluza, humilde pero digna, doblada pero no partida. Oféndete y vencerás.

Como yo no me presento a las elecciones, ni mi futuro depende de la explotación clientelar del victimismo, ensayaré algunos pensamientos libres. Por ejemplo que Andalucía no existe, sino solo los andaluces. Y que los segundos, los individuos concretos, llevan demasiado tiempo siendo víctimas de la primera, la coartada abstracta que siempre se convierte, según Johnson, en el último refugio de los canallas. Los electores andaluces deberían ser los primeros en exigir de sus representantes el amor sincero de la reforma y no el gemido reaccionario de la santa tierra. Como si la tierra no fuera, efectivamente, de quien la trabaja. Y los exámenes de quien los estudia.

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20 octubre, 2018 · 20:37

Mucha coreografía, poca diversión

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Macbeth comprado en los chinos.

España es un país con un presidente que ni gana ni convoca elecciones cuyo poder depende de los enemigos de la Constitución y cuyos Presupuestos se negocian en el trullo entre un golpista beato y un antisistema con chalé. Lo que no sabemos todavía es si esta descripción tristemente objetiva de la realidad corresponde a las luces de bohemia de un olvidable paréntesis en la historia de la cuarta economía del euro o si avanza el mero prólogo de una degeneración más profunda de la que, al cabo de un sexenio ominoso de sanchismo, emerja una confederación de repúblicas deficitarias, unidas únicamente por la alienante propaganda de sus muecines mediáticos y por el voto clientelar regado con impuestos.

La legislatura de Sánchez es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, pero nuestro Macbeth plagiado de El rincón del vago guarda con el original la semejanza de la genuina carencia de escrúpulos. Hará lo que haga falta por retrasar las urnas hasta que sus publicistas hayan terminado de confeccionarle el traje del emperador: se cobrará la salud mental de Lola Delgado obligándole a resistir, enterrará la carrera de Calviño o humillará a Borrell y a Felipe VI por un voto indepe más. Porque no nos gobierna un político al uso, sino un hombre herido que un día juró venganza y al que la sonrisa del destino le concedió la dulce posibilidad de practicarla a costa de nuestras instituciones y de nuestros bolsillos. Es todo un espectáculo contemplar desde la tribuna de prensa cómo le aplauden a rabiar todos esos diputados susanistas que venían a susurrarte la calaña de Pedro, lo loco que estaba, el peligro que suponía. Y ahí les tienen ahora, partiéndose las manos por un puesto en las listas. Qué no escribiría Balzac con semejante acopio de enternecedora fragilidad humana.

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17 octubre, 2018 · 14:27

Luis Enrique hace un Lopetegui

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Lopetegui.

No la cagábamos así contra Inglaterra desde el siglo XVI, y eso que el Guadalquivir parecía más navegable que el Canal de la Mancha. No es que la flota española topara contra los restos de Leslie; los elementos que la hicieron naufragar en Sevilla no solo tienen nombre sino también apellido: Sergio Ramos, Nacho Fernández, Marcos Alonso, Saúl Ñíguez, etcétera. ¿De qué sirve que España acopie hombre por hombre mayor calidad técnica si los ingleses se pasan con más precisión y piensan con más rapidez? ¿A quién le sigue engañando ese amontonamiento patatero de pases sin filo y control romo frente al metódico repliegue y la picadura fulminante de Sterling, Kane y Rashford? El fútbol, cuando se carece de un genio sin paliativos, es un juego coral de velocidad y destreza, y a eso jugó mejor Inglaterra en el Villamarín. Donde los españoles evocaron la furia frustrante de antaño y donde los ingleses jugaron verdaderamente como si hubieran inventado este deporte.

Al español y madridista al menos le tranquilizó la sensación de continuidad entre la selección de Luis Enrique y el Madrid de Lopetegui: ese íntimo desastre. En tiempos de zozobra democrática se agradece cualquier forma de estabilidad, incluida la pertinaz derrota. El equipo de Luis Enrique, que en la banda se agitaba como un monitor de spinning, tiró el partido en la primera parte con magnanimidad de aristócrata endeudado, pero hay que reconocerle al asturiano que movió pronto el banquillo y se encomendó a Ceballos y Alcácer, y los muchachos respondieron. Ceballos asumió el mando y el temprano gol de Alcácer al comienzo de la segunda mitad logró desprecintar el coraje que España se había dejado en el autobús, entre el cargador del móvil y la vergüenza. Los de Lucho empezaron a atacar con intensidad y los de Southgate, que ya no gasta su icónico chaleco, se abotonaron su corsé táctico hasta la nuez para disimular el miedo.

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16 octubre, 2018 · 11:16

Si pudiera un español

[Publico aquí la columna del sábado tal como la concebí, en verso]

Si pudiera un español decir su nombre
-si se atreviera-,
no diría ley, bienestar, 78:
el año de su formal Constitución.

España es otra cosa, no es abstracta, un edificio
que se hunde a nuestros ojos cada lunes
y se reforma sin problemas el domingo.

España es una cueva de flamenco
que un gitano cínico fatiga
para engaño del guiri que le paga
mientras sueña que canta entre los grandes.

España es una mujer embarazada,
y es un viejo tendido que se muere
con un velo implacable en las meninges
que le veda recordar lo que fue España.

Es la cólera de abril del nuevo rico,
que tiene que pagar IRPF,
y calcula el coste de la trampa
y acaba -porque hay leyes- desistiendo.

España es tu lucha contra el cáncer, y es el órgano
donado que establece
un pacto caballero entre un difunto
y un vivo prorrogado.

España es un lugar que prohíbe España
para que unos españoles no se enfaden: les dijeron
que tienen que ser algo distinto.

España es la madrastra del exilio,
que antaño fue exterior pero que dura
en la amarga conciencia del votante.

España es la santa siesta de Cecilia
que nadie duerme ya,
si no es para fomento del turismo,
y es un pícaro que refunda su partido,
y es la fe del hidalgo empobrecido
que no sabe qué hacer con su casona
al precio que escaló la plusvalía.

España es un patio de colegio,
es un público instituto que descubre
un poema ancestral a un influencer,
la mina que se figura parador,
la huerta trasvasada de rencores.

Será también el llanto de otra madre,
el beso inaugural del niño feo,
la joven que concreta su valía.

No hay un hombre que en España lo haga todo,
pero más de uno hay convencido de que sí.

España es el oficio feroz de tertuliano,
el crédito ilocalizable del tuitero,
España es un periódico aún impreso que se apresta todavía a la batalla.

España es un locutor huracanado, un cotilleo
que sabemos unos pocos,
es una milicia sosegada,
es un obispado que cree en Dios.

España es un hortera de bolera,
y es un sindicalista inasequible
a la mezcla de la patria con la clase,
y es un gay feliz que ama en España.

Es la tierra del comunista convertido,
y de un minúsculo fascista reincidente,
y de un empeño de seguir viviendo juntos.

España es el brócoli y el toro, de Nadal
es la raqueta (y también el escobón),
y un dédalo de cristianos contra moros,
y una blanca judería cuya pista
aún persigue la pasión del hispanista.

España es un marco incomparable,
es un país de pandereta,
es un tópico encerrado en otro tópico
despeñándose por el club de la comedia.

España es la urbe y el vacío,
es mía es tuya es de quien caga
en los muertos más frescos de esta España,
meseta asomada al mare nostrum, eterno Madrid-Barça
donde nunca la sangre llega al río.

España es todo eso y quizá más. Para saberlo,
habría que probarla antes de hablar.

 

(Madrid, 12 de octubre de 2018)

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14 octubre, 2018 · 22:03

Si pudiera un español

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Cecilia.

Si pudiera un español decir su nombre -si se atreviera-, no diría ley, bienestar, 78: el año de su formal Constitución. España es otra cosa, no es abstracta, un edificio que se hunde a nuestros ojos cada lunes y se reforma sin problemas el domingo. España es una cueva de flamenco que un gitano cínico fatiga para engaño del guiri que le paga mientras sueña que canta entre los grandes. España es una mujer embarazada, y es un viejo tendido que se muere con un velo implacable en las meninges que le veda recordar lo que fue España. Es la cólera de abril del nuevo rico, que tiene que pagar IRPF, y calcula el coste de la trampa y acaba -porque hay leyes- desistiendo. España es tu lucha contra el cáncer, y es el órgano donado que establece un pacto caballero entre un difunto y un vivo prorrogado. España es un lugar que prohíbe España para que unos españoles no se enfaden: les dijeron que tienen que ser algo distinto. España es la madrastra del exilio, que antaño fue exterior pero que dura en la amarga conciencia del votante. España es la santa siesta de Cecilia que nadie duerme ya, si no es para fomento del turismo, y es un pícaro que refunda su partido, y es la fe del hidalgo empobrecido que no sabe qué hacer con su casona al precio que escaló la plusvalía. España es un patio de colegio, es un público instituto que descubre un poema ancestral a un influencer, la mina que se figura parador, la huerta trasvasada de rencores. Será también el llanto de otra madre, el beso inaugural del niño feo, la joven que concreta su valía. No hay un hombre que en España lo haga todo, pero más de uno hay convencido de que sí. España es el oficio feroz de tertuliano, el crédito ilocalizable del tuitero, España es un periódico aún impreso que se apresta todavía a la batalla. España es un locutor huracanado, un cotilleo que sabemos unos pocos, es una milicia sosegada, es un obispado que cree en Dios. España es un hortera de bolera, y es un sindicalista inasequible a la mezcla de la patria con la clase, y es un gay feliz que ama en España. Es la tierra del comunista convertido, y de un minúsculo fascista reincidente, y de un empeño de seguir viviendo juntos. España es el brócoli y el toro, de Nadal es la raqueta (y también el escobón), y un dédalo de cristianos contra moros, y una blanca judería cuya pista aún persigue la pasión del hispanista. España es un marco incomparable, es un país de pandereta, es un tópico encerrado en otro tópico despeñándose por el club de la comedia. España es la urbe y el vacío, es mía es tuya es de quien caga en los muertos más frescos de esta España, meseta asomada al mare nostrum, eterno Madrid-Barça donde nunca la sangre llega al río.

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14 octubre, 2018 · 21:42

El Rey Sol lucha contra Franco

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“El Estado soy yo”.

El Congreso amanecía desprestigiado por la presencia de Pedro Sánchez, quien la víspera había declarado que no va al Senado a explicar lo de su tesis precisamente para prestigiarlo. El argumento es otra genialidad de la factoría monclovita, pues invierte los términos de la doctrina Umbral: si el escritor iba a la tele a hablar de su libro, el presidente no va al Parlamento a hablar del suyo, básicamente porque ni siquiera es suyo.

Definimos el sanchismo como una manera de llegar al poder a pesar del PSOE y no a través de él, pero también como un modo personalista de conservarlo que precisa un aprecio irreflexivo por uno mismo y un olímpico desprecio por las instituciones de todos los demás, desde las ruedas de prensa hasta las cámaras legislativas. El sanchismo es un absolutismo de nuevo rico que consiste no solo en enfatizar constantemente tu condición de presidente del Gobierno sino en presentarte como encarnación de la razón de Estado, atacada por una oposición histérica. Acorralada por Javier Maroto y Bermúdez de Castro, la ministra Delgado consumó una sinécdoque -la parte por el todo- que le hubiera envidiado el mismo Luis XIV: “¡Yo soy la víctima de un chantaje al Estado!”. Hombre, doña Dolores, las víctimas no suelen aceptar mariscadas de su chantajista, ni interceden con sus amigotes, ni elogian la idoneidad de su puticlub.

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10 octubre, 2018 · 16:49