El tanga de la Cibeles

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Mocita madrileña.

Una serie de catastróficas victorias está malcriando a toda una generación de niños madridistas. Van a crecer pensando que la vida era esto, que consiste en una piñata de cuatro títulos al año con los que uno se presenta luego en el cole a perdonar la existencia de sus amiguitos antimadridistas. Estos días azules y este sol de la infancia no durarán siempre, niño blanco; pero tampoco te sé decir cuándo acabarán. Porque uno mira a Zidane, que es el niño más grande de todos, con su insondable sonrisa de custodio del santo grial, y no le adivina un declive próximo a este equipo de leyenda. Estos jugadores están creando más felicidad de la que la realidad es capaz de sostener, según todos los filósofos. Están cronificando la ilusión.

Quizá por eso su avión volvía de Cardiff en silencio: porque rumiaban los héroes la contrapartida del éxito rotundo, que siempre es una decepción futura. O quizá es que estaban molidos, pues ganar por ganar resulta agotador. Tiene más mérito comer sin hambre. Se diría que en el estómago de estos futbolistas habita una tenia insaciable que les pide copas a cambio de no torturarles por dentro. Su líder y su emblema se llama Cristiano, el goleador caníbal.

La mañana del triunfo se prestaba a religiosas consideraciones a la altura de la iglesia de San Juan Bautista. Una hoja parroquial anunciaba: “The kingdom come”. Premonición o no, horas después se certificó el advenimiento del reino madridista a Europa; hegemonía muy poco cristiana, pues cuando el Madrid salta al campo, la caridad se la deja fuera. No reparte la gloria con nadie. Muy cerca se alza el National Stadium, un campo cuidadosamente escondido entre tabernas para prevenir que nadie llegue sobrio a una final. Llegaban sedientos los aficionados tras una notable caminata, pues los accesos por coche al centro estaban cortados por barricadas de seguridad. En Cardiff hemos visto armas que solo existían en los videojuegos, pero la amenaza real se preparaba en Londres.

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5 junio, 2017 · 11:55

¿DT se hace la rubia?

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De la limusina a ídolo del pueblo sin pisar el suelo.

A su rubia majestad Donald Trump (D. T.) no le gusta Sadiq Khan, el alcalde musulmán de Londres, quizá porque no logra juzgarlo como alcalde sino sólo como musulmán. Pero no es don Donald tan rubio como para expresar su prejuicio abiertamente, y por eso recurre a un entrañable sofisma:

-¡Al menos siete muertos y 48 heridos en un ataque terrorista y el alcalde de Londres dice que “no hay razón para alarmarse”!

Donde la relación causa-efecto ha sido tergiversada para presentar a Khan como un frívolo, o peor, como un cómplice espiritual inconfeso de los terroristas. La verdad, o sea, el hecho previo a la posverdad descrita en el tuit, obliga a reconocer que los llamamientos de Khan a la calma no obedecían al comprensible pánico desatado por los ataques, sino al despliegue policial con que el propio alcalde reaccionó al terror yihadista. La clase de reacción de cualquier gobernante responsable en parecida tesitura, rece a Alá, a Dios o a Richard Dawkins: contestar a la amenaza aumentando la seguridad y al mismo tiempo explicar la medida extraordinaria a la población, a la que se toma por adulta.

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5 junio, 2017 · 11:49

El hábito de lo extraordinario

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Canta la cólera musa…

La grandeza del Real Madrid no consiste, como creen los madridistas, en imponerse a todos sus rivales, sino en vencerse primero a sí mismo. Nadie duda ya de que Cardiff instala la hegemonía blanca en el fútbol mundial. Pero si el ciclo de Di Stéfano tiranizó Europa sin fisuras, esta moderna hegemonía en color admite la zozobra y el improperio en propia meta. Quizá el Madrid sea lo suficientemente ancho como para contener la negación de sí mismo, porque gana a menudo poco minutos después de que los madridistas lo hayan desahuciado. Así fue en Lisboa, así en Milán y así en Cardiff hasta que Cristiano marcó el segundo.

Olía el estadio a hierba fresca, que es el napalm del Madrid. Empezó la final cómo empiezan todas, tímidas, indecisas, huyendo del sí como niñas recatadas. Dybalase movía grácil con sus calcetines a media asta, y la afición turinesa disponía de un fondo más amplio -y un madridismo más pipero- para hacerse oír. A la final le faltaba guionista. Tenía que ser Cristiano. Pero la tijera de Mandzukic desató el thriller. Rajoy, que ve estos partidos incorporado -suspense que en el escaño no es capaz de provocarle la oposición-, se atusó la barba, mientras Cifuentes comentaba la amarilla a Ramos, que venía a ser como el precio de la alegría. Al descanso ni siquiera la lucidez balcánica de Mijatovic se atrevía a profetizar un final feliz.

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4 junio, 2017 · 12:38

El animal vuelve a casa

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Animal en su hábitat.

Cardiff es una ciudad brumosa y fabril sitiada por la campiña. Sobre tanta hierba parece imposible no imaginarse a Gareth Bale galopando, feliz entre vacas mudas y homenajes patrióticos. Y sin embargo ayer el príncipe deportivo de Gales velaba armas en el sofá de un hotel, charlando con viejos amigos, distendiendo los músculos en la víspera del galope final. No le importan, pensábamos mirándole, los minutos de juego de los que finalmente disponga; le importa que cuando pare de correr vuelva la vista y confirme que el Real Madrid ha ganado doce Copas de Europa.

La expedición blanca amaneció poseída del optimismo que le consiente la historia. Todas las finales que la Juve lleva perdidas las ha ganado el Madrid, y alguna más. “Me daba más miedo el Atleti, donde defendían todos”, confiesa Roberto Carlos tomándose el primer café del día, aún en Barajas. Compara plantillas y concluye que hay razones poderosas para el sosiego. Una se llama Benzema, que parece más delgado desde que se filtró entre tres defensas en el Calderón; otra es Cristiano, que oscilaba ayer entre la sonrisa y la franca carcajada. Y está el nuevo look mohicano de Ramos, tan hortera que todo el madridismo respiró aliviado al corroborar la intacta autoestima de su capitán.

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4 junio, 2017 · 12:35

La pinza autográfica

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¿Por qué no acaba de caer bien?

Se rumorea que Pablo Iglesias no termina de caer bien y yo no termino de entender por qué. Lo afirma el CIS, lo transmiten informes internos de Podemos, lo demuestra la recuperación de voto que ya atribuyen a Pedro Sánchez. El Renacido igual acaba riendo el último, es decir, devolviéndole a su previo burlador la vengadora sonrisa del destino. “Caemos de manera preocupante”, reconoció Carolina Bescansa ante el sanedrín, del que ya no sabemos si ella forma parte, porque allí donde están Pablo e Irene, la santísima dualidad de Podemos, no cabe espíritu que complete la trinidad. Dos son compañía, tres son multitud y el resto es Gente.

El partido malva no se explica cómo hay españoles, e incluso españoles de izquierdas, a los que no alcanza el haz de carisma del líder, y medita fórmulas para reconstituir la declinante simpatía hacia el compañero secretario general. Sus asesores no habrán leído a Eugenio D’Ors pero se ciñen a su elegante consejo: “Hasta en la abyección hay que mantener las formas”. El problema es que eso ya se intentó antes de dos elecciones y no dio resultado, y se comprende, porque Suárez no legalizó a los comunistas para que tengan que andar camuflándose 40 años después.

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El bueno (Montoro), el feo (Espinar) y el malo (Moix) en La Linterna de COPE

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4 junio, 2017 · 12:29

El parto de los montes de Montoro

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Montoro, la leyenda.

Celebrar que un parlamento democrático apruebe unos presupuestos del Estado es como felicitar a un obstetra por ser capaz de extraer a un bebé sin matar a la madre. Ni al bebé. Es lo mínimo que se le pide a un profesional. Pero en un Congreso donde el obstetra se lleva a matar con la enfermera y el anestesista sueña con clavarle las tijeras al médico residente -porque eso es la España multipartidista-, entendemos muy bien el júbilo manifestado por el director del hospital, o del manicomio. Ese hombre es Cristóbal Montoro, este miércoles por la tarde el político más feliz del sur de Europa. No en vano lleva desde enero tejiendo las cuentas más arduas de las 14 que lleva confeccionadas, con 6.000 enmiendas y seis siglas complicadas en la operación. «Algunos compañeros, incluso ministros, le dijeron que prorrogase los de 2016. Que no lograría aprobar unos nuevos y que ese fracaso dañaría a un Gobierno de por sí frágil», explican en Hacienda. Por eso estaba tan contento. «Voy a escribir una novela. Es la única manera que se me ocurre de contar lo que ha pasado», confesó el propio don Cristóbal a este cronista.

No sabemos si la ficción es el género más propicio a un ministro a un Excel pegado, pero sí que su jefe le debe el año y medio de estabilidad que acaba de amarrar. Si Rajoy no se mostró ayer tan exultante es porque tiene otros problemas; en concreto dos: uno se llama Panamá Moix y el otro es ese asunto por el que usted, señor juez, se empeña en preguntarme en persona. De ahí que varios diputados populares aparecieran mohínos, bien conscientes del reality impagable que supondrá el interrogatorio al presidente. La legislatura oscila así entre el paritorio y el purgatorio, entre la sombra de la corrupción y el sol del cainismo, y en cualquier momento puede parir la abuela golpista de Cataluña. Así que a nadie le quedan fuerzas para proponer metas ambiciosas: las pensiones, la financiación autonómica, la educación… «Quizá con Susana podría haberse abordado alguna de estas reformas; con Sánchez todo es una incógnita», lamentan en el PP. Ciudadanos, en cambio, como Ana Oramas o Aitor Esteban, reivindicaron la copaternidad de la criatura con el orgullo de quien ya tiene planificado su futuro, e incluso ha apartado el dinero para la matrícula de la universidad.

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31 mayo, 2017 · 21:02

El madridismo existencial

Adios al primer grande de la historia del futbol, hasta siempre Don Alfredo Di Stefano

Contigo empezó todo.

El madridista se lleva la mayor sorpresa de su vida cuando despierta al uso de razón y descubre a su alrededor personas que no son del Real Madrid. De esa delicada epifanía tarda mucho en reponerse, si llega a hacerlo, porque él ama a sus semejantes y desea lo mejor para ellos. Pero terminará asumiendo la herejía con un encogimiento de hombros y acaso un vago ademán filantrópico con el que quiere expresar su comprensión de la debilidad humana. No es que se sienta superior a los demás; es que ha tenido la fortuna de pertenecer al mejor club del mundo, lo cual significa que el resto de equipos son peores que el suyo.

Como del palmarés no cabe discutir, porque las matemáticas no se dejan opinar, queda graduar los decibelios del sentimiento. ¿Es el Madrid una pasión? Quien compare ciertas tardes gélidas del Bernabéu con el sudor y la fiebre en las gradas de otras aficiones menos habituadas a la victoria se inclinará por dudarlo. Hay días, muchos días, en que el Madrid gana por inercia funcionarial como el deber absurdo de un personaje kafkiano. Gana porque esa camiseta lleva ganando toda la vida y no va a dejar de hacerlo justo ahora. Gana porque sabe que debe ganar y punto. Y hay aficionados a los que eso no les basta, como hay españoles que ya no recuerdan la época en que la achicoria suplía al café y las alpargatas de lavandera estaban muy lejos de presagiar los Jimmy Choo de ejecutiva. A los entrañables tribuneros de la pipa y de la queja les recordamos: también su Madrid pasó 30 años sin ganar una Champions. Y el jubiloso hecho de que ahora las gane con renovada facilidad -acorde con el linaje que fundó su gloria- no debería borrar la memoria latente de la frustración, del capricho de la suerte, de los labios de cobra del triunfo.

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31 mayo, 2017 · 12:29

La nación a pitos

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Palco y tribu.

No gana el Barça para disgustos. Primero encarcelan a su presidente más votado. Después Messi suma a sus cinco Balones de Oro una condena firme del Supremo, palmarés ya inalcanzable. Para remate, el equipo del procés se alza con el título que lleva el nombre de un monarca español. Su roussoniana afición, ajena a las prolijidades jurídicas de la transitoriedad, lo celebró jubilosa, y el capitán recogió agradecido el trofeo de manos del Rey en lugar de devolverlo cabalmente, como haría el delegado de cualquier colonia orgullosa de su lucha.

Sí, se pitó el himno. Y esa pitada es lo más cerca que va a estar el separatismo de dar un golpe de Estado. Emitir un silbido prolongado al sudado abrigo de la masa no constituye, digamos, la clase de gesta que pintaría Delacroix. El Derecho Comparado no tiene noticia de ninguna nación que lograra constituirse en Estado a base de pitidos. Don Felipe en esos trances aparece con rostro serio, pero por dentro se encontrará devorado por la ternura. Sabe que ningún Borbón reciente se enfrentó a republicanos más inofensivos.

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29 mayo, 2017 · 12:00