España ha ganado la Eurocopa e Inglaterra no, y estamos felices. Mariano Rajoy, filósofo estoico, tenía razón: en el fútbol y en la vida no sirve de nada ser un cenizo. Su precursor Séneca razonó el absurdo del pesimismo sostenido aunque experimentemos la desgracia, porque si el dolor es profundo no será duradero y si es duradero no será tan profundo. Gracias a los jóvenes héroes de Luis de la Fuente ahora sentimos una alegría que quiere durar, haciendo surco en la memoria sentimental de una nación mucho menos conflictiva de lo que nos empeñamos en creer y crear.
Incurrió L’Équipe en la temeraria provocación de titular con el «No pasarán» y a España no le quedó más remedio que empecinarse en pasar. Para hacer historia al equipo de Luis de la Fuente solo le faltaba la rabia, la vieja furia española que parece erradicada del fútbol contemporáneo. Hoy el talento y la táctica se presuponen pero el carácter no se enseña: se demuestra. Aflora en edades tempranas y se aloja en el corazón, no en las piernas. El gol de Yamal reunió la personalidad con la técnica, la maestría con el coraje. Un adolescente con la ESO recién aprobada ideó un disparo legendario a la escuadra tras desequilibrar a su marcador con un golpe de pelvis y devolvió a España el latido apagado por un gol madrugador de los franceses. No creo que Lamine sea del todo consciente de lo que ha hecho. Tendrán que explicárselo en clase detenidamente.
Yo no me acuerdo de Juanito llorando pero los futbolistas han llorado siempre. Lo que pasa es que ahora lloran por motivos diferentes. Antes dejaban escapar lágrimas de impotencia por una derrota inmerecida, o de rabia ante un tangazo arbitral, no pocas veces de alegría una vez rota la presa de la tensión.
Comparto la satisfacción, pero no la euforia. Que España pase a octavos de final de una Eurocopa como primera de grupo es una obligación, y cumplir con las obligaciones puede hacer feliz a un funcionario prusiano pero no alcanza para cincelar la jeta de Luis de la Fuente en el risco de La Pedriza. Por eso y porque este seleccionador me cae simpático no me gustó verlo despeñarse por la autocomplacencia tras el unocerismo a Albania: «Tiene mucho mérito lo que estamos haciendo. Nunca ha pasado en la historia de Eurocopas o Mundiales eso de ganar y dejar la portería a cero».
Busca uno refugio de la política en el fútbol, dócil al plan de esta sección, y va Mbappé y opina de las legislativas en Francia. La Eurocopa como resaca electoral: la derecha se ha cabreado con el francés malinterpretándolo, la izquierda lo ha elogiado sin querer entenderlo y el centro melancólico ha alzado la sabia ceja con la que Carletto suele despachar las obviedades.
Dicen que los ancianos se acaban comportando como niños y que la memoria de lo remoto, de lo originario, sobrevive a los peores estragos de la senilidad. Si esto es cierto, si la vida se dirige inexorablemente a su principio, entonces el fútbol será lo último que a muchos nos abandone. Saldrá a nuestro encuentro para devolvernos a la edad de la inocencia, cuando nos dormíamos soñando con la jugada que no nos salió. Luego crecimos, nos dio por hacernos escritores y ahora nos acostamos soñando con el libro que quisiéramos escribir sin dejar de fantasear con la jugada que aún puede salirnos. Porque el cuerpo cumple años, pero el patio del recreo sigue intacto en el corazón. A cada hombre sobre la tierra le es concedido un número limitado de partidos; año tras año la cifra se reduce dramáticamente, hasta que afrontamos cada pachanga con ademán heroico y la aprensión de las despedidas tácitas. Pero nos vestimos y jugamos, conscientes de que a cierta edad no se celebra el resultado sino salir del campo sin fractura, esguince o luxación; envidiados por los dioses inmortales, que saben que cada minuto nuestro sobre el campo puede ser el último; orgullosos de pertenecer a la estirpe híbrida de esos pocos felices que escriben y juegan y no sabrían decir si les importa más el fútbol o la literatura.
El rey de Europa no quería confiarse. Porque sabe desde antiguo que el exceso de intimidad con la leyenda pierde a los héroes. Por eso luchó hasta el final contra su condición de favorito. Por eso cuando advertía contra el riesgo escondido entre el centeno alemán, en realidad se estaba asustando a sí mismo. Porque ha desarrollado tal dependencia de la épica que se siente incómodo en la facilidad. Este Madridde época se ha enamorado de su propia estatua heroica y necesita el placebo de la dificultad. Sólo cuando sintió el zumbido de las avispas alemanas envolviéndolo como un enjambre durante toda la primera parte, se metió en el partido.
Lleva un tiempo comprender que afición casi nunca es sinónimo de satisfacción. El aficionado de verdad lleva sus colores como el cofrade su paso, y en la encrucijada de cada partido encuentra mucho antes razones para el sufrimiento que para el disfrute. El madridista fetén, que conoce como nadie el hábito feroz de la victoria y colecciona más títulos de los que caben en un museo descolonizado, en realidad se siente incómodo en vísperas de disputar otra final de la Champions.