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La España de la idea

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La rabia o la idea.

Cuando Cs comenzó su expansión por España, quedaban tres años para que el nacionalismo tratara de separar de un golpe a los puros de los mestizos y a los ricos de los pobres. Por eso su discurso, sin olvidar la resistencia a la ingeniería social pujolista que les hizo nacer -nacer para sobrevivir-, se centraba en la impugnación de la trampa bipartidista. En la que necesariamente caía el españolito que venía al mundo por falta de opciones. Una amiga me dio entonces una razón singular para votar a Cs: “Votaré para saber que existo”. Había votado al PSOE y al PP, le gustaban cosas de unos y otros, y no quería resignarse a parecer facha cuatro años y roja los cuatro siguientes. El apoyo al partido que reivindica la ciudadanía se convertía así en voto identitario: “No soy lo que queréis que sea: ni la tesis de unos ni la antítesis de otros”. El futuro, tercia Hegel, pertenece a quienes logran la síntesis.

El resurgimiento deliberado de las dos Españas en esta campaña devuelve vigencia a esa rebeldía. La moción abrió una brecha en el constitucionalismo y Sánchez, una vulgar criatura de aparato obsesionada con el poder a cualquier precio, cavó más honda la zanja cada viernes para lucrarse de ese maniqueísmo: a un lado los fachas, al otro él. Y cada miércoles, en el Congreso, apuntaba a Rivera como el mayor obstáculo para el crédito de su relato, empujándolo al bando conservador para quedarse el votante de centro, el que hace frontera con el PSOE. El que mañana lo decide todo. El que, si no se traga la propaganda gubernamental y apoya a Cs, desaloja a Sánchez.

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28 abril, 2019 · 17:39

Albert Rivera y la política rocanrol

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Política.

El fichaje de Ángel Garrido por Ciudadanos a cuatro días de unas elecciones generales que entre otras cosas dirimirán el liderazgo del centroderecha es un capítulo de Netflix. Tiene de todo. Él se enteró por la prensa de que Casado no contaba con él y por la prensa se ha enterado Casado de que Garrido se va con Rivera después de haber firmado su conformidad con el puesto número 4 en las listas del PP a las europeas. Pero Garrido solo pierde dinero -en Bruselas se vive bien-, porque el respeto de su ex partido ya sentía haberlo perdido cuando le sustituyeron por Díaz Ayuso, cuyas sentencias públicas están más cerca de Yogi Berra (“Es difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”) que de Eleanor Roosevelt. El barón que no cedió al chantaje del taxi y empezó en UCD puede vender afinidad a Cs.

La maniobra de Garrido desnuda una venganza fría, cariñosamente planeada, que expresa en toda su impactante crudeza hasta qué punto el 28-A no dirime solo la permanencia de Pedro Sánchez en el poder sino el liderazgo del centroderecha que se disputan Rivera y Casado. Disputa que afloró con virulencia en los debates: el primero lo ganó Rivera y en el segundo estuvo mejor Casado, pero el golpe de mano del líder naranja a la mañana siguiente entierra esos ecos triunfales junto con la insidia ya ociosa de su entendimiento poselectoral con el PSOE. Rivera ya no quiere ser la bisagra de nadie ni jugar a centro impoluto: quiere acercarse al PP hasta rebasarlo. Que eso revele un delirio de grandeza o el instinto de quien ha olido sangre -el PP sufre por añadidura la hemorragia hacia Vox, adonde se ha marchado hasta el autor del logo de la gaviota- lo dirán las urnas. Pero de momento ha conseguido que de aquí a las elecciones se hable de su aspiración a liderar la alternativa al sanchismo. Se llama guerra psicológica.

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24 abril, 2019 · 18:31

Las brigadas de Caín

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Mirada sanchista.

Los brigadistas de Sánchez enviados a salvarnos del fascismo parecen nerviosos. El número de votantes que está respondiendo a la llamada a filas gubernamental para combatir al dragón tricéfalo podría ser menor del que se airea. Si se trata de dragones al personal le sobra con Juego de Tronos, mero neorrealismo al lado del no es no de Sánchez a los independentistas (emoticono de llorar de risa), los cuales ya ni disimulan su gana de investirlo.

Con lo bien que estaba saliendo la farsa. Después de agitar el espantajo de Franco desde el minuto uno, de recuperar el lenguaje años 30 de “las derechas”, de hacerse la foto en la tumba de Machado como si le hubiera leído y de camuflar bajo coartadas sociales su afición bahamondiana al decretazo, el tinglado da señales de fatiga. Sería una catástrofe que al cuento de Caperucita se le descubriera el lobo en la semana culminante.

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23 abril, 2019 · 10:15

Votar a Barrabás

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“¿Y qué hago con Jesús?”

Entonces Pilato dio a elegir al pueblo entre Jesús y Barrabás, porque era costumbre por pascua indultar a un preso, y el pueblo eligió: “A ese no, suelta a Barrabás”. “¿Y qué hago con Jesús?”, empezó a rendirse el político. “Crucifícalo”, sentenció la voz del pueblo, voz de Dios, voz de ángeles unívocos que siempre terminan siendo ángeles exterminadores.

He aquí, evangélicamente fijado, el eterno mecanismo del referéndum del que jamás aprenderemos. La degradación de la democracia a oclocracia, o mandato directo de la masa. El sometimiento de la letra clara de la ley al espíritu turbio de la opinión pública. La confirmación de la greguería de Ramón que avisa de que un tumulto no es más que un bulto que les suele salir a las multitudes. Ese bulto que bulle en los escraches y crece tumoral en las redes, aplastando el criterio bienintencionado de los políticos débiles. Los del siglo I como los del XXI.

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21 abril, 2019 · 20:36

27 renglones de Olivetti

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In memoriam.

De sus mejillas cóncavas y sus pantalones abolsados uno solo podía sacar la conclusión de que Alcántara había burlado a la muerte por pura falta de incentivos. ¿Qué quedaba en él, en ese cuerpo esquemático en donde la carne había sido completamente devorada por las palabras, en donde el espíritu había borrado el rastro de la biología, que pudiera seguir interesándole a la muerte? “Solo se me ocurre a mí / pasarme toda la vida / viendo la muerte venir”, había escrito para convencernos de que no era inmortal, aunque a esas alturas ninguno le creíamos. En cada nuevo cumpleaños nos daba las gracias por acudir a su entierro, pero lo decía armado de un Ducados y un dry martini, y su estampa de metódico hedonista arruinaba la credibilidad de la necrológica. Al final tenía que concedernos que el hígado le había salido bueno, pero a lo mejor es que no tenía hígado, ni estómago, ni páncreas, ni otras vísceras ordinarias, impropias del poeta del artículo que hoy España llora no como cuando fallece un artesano sino como cuando se extingue un oficio; no cuando se va el hombre sino cuando concluye una estirpe.

Si también Alcántara puede morirse no sabemos muy bien qué seguimos haciendo aquí, llenando columnas de papel en el siglo del grafeno y del streaming. El columnista es un desalmado que vende su cerebro a cucharadas en la esperanza de que lectores curiosos remuevan con ellas su café cada mañana. La grandeza de Alcántara proviene de la aguda conciencia de su propia contingencia, de su reverendo tesón de teclista, una humildad amarrada a la Hispano Olivetti -27 renglones diarios, cada tarde después de comer, durante más de medio siglo- que a partir de un número determinado de trienios proclama el santo respeto al lector mucho más que la vanidad del autor. Otros se encaraman a un púlpito para encender la llama matutina de la democracia, que se apagaría fatalmente sin su fatua brasa de cada día; él se conformaba con llevar a su ávida grey la fórmula precisa de la columna, que ha de combinar la noticia, el ensayo y el poema con un aderezo general de humor y melancolía. Nadie como él mezclaba esos ingredientes de ardua alquimia, y a muchos que lo intentan sin saber les cuesta una llamarada en las narices.

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18 abril, 2019 · 18:04

Y la pegada cambió de bando

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Pelea en el barro.

Un debate a seis puede ser cualquier cosa menos un debate, pero esto ya lo saben todos ustedes, que no se sientan ante el televisor en la campaña más polarizada del siglo para oír argumentos sino para calibrar gestos, ponderar reflejos, aplaudir sarcasmos, maldecir presencias o extrañar ausencias. Fue una velada de boxeo en la que el cartel de los asaltos lo paseaban dos varones medrosos –Aitor Esteban y Gabriel Rufián– y los guantazos corrían de parte de dos mujeres capaces de redefinir ellas solas los roles tradicionales de género sin cobrar un solo euro de ninguna asociación.

Cayetana Álvarez de Toledo salió de su esquina como salía Tyson en los 80; la ministra Montero tenía un plan, la consabida impostura del estadismo sanchista, pero como decía Tyson todo el mundo tiene un plan hasta que le cae el primer puñetazo. “Es una anomalía que no esté aquí Sánchez, ese vanidoso útil del separatismo, de coraje discutido y discutible…” Y a partir de ahí hacia arriba. Abusó de sus turnos de palabra tanto como del hígado del adversario, que unas veces eran las Montero y otras veces era Rufián. Solo una vez trató de defender la propuesta fiscal del PP, pero no acertó a desgranarla bien. Y qué coño, ha vuelto a la política para disfrutar. Protagonizó el momento más tenso de la noche con Irene Montero, que cometió el error fatal de tratar a Álvarez de Toledo como si fuera la caricatura de Álvarez de Toledo que el feminismo de tea ardiente quema a escondidas en sus aquelarres digitales. Pero topó con carne, hueso y cerebro. La estrategia de frontalidad de la candidata popular le asegura el foco del debate. Acaso entraña un único riesgo, que no sé si lo es en estos tiempos: una irradiación de suficiencia que atraerá a muchos y disuadirá a otros.

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17 abril, 2019 · 11:25

La década sanchista

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Plurinacionalizando.

Tan antigua y profunda es la pasión de España por la guerra civil que se las ha arreglado para reducir a la pugna de dos únicos bandos unas elecciones a las que concurren cinco partidos nacionales. El 28-A ha quedado configurado como un revival posmoderno y tristísimo de las dos Españas, donde los nietos de los vencedores se han cansado de esperar las credenciales democráticas extendidas en régimen de monopolio desde hace décadas por los nietos de los vencidos.

Una garrafal polarización se ha larvado durante años en el subsuelo de lo establecido. Era un rumor de fondo al que el marianismo puso sordina y al que el sanchismo se la ha quitado por cálculo electoral: ahora señala a voces a su criatura desenterrada para espanto de almas bellas en busca de cantautor. Si Franco no sale de la montaña, la montaña sale al encuentro de Franco.

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16 abril, 2019 · 11:04

Contra los periodistas y otros contras

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Karl Kraus.

Al vitriólico Karl Kraus (1874-1936) la vida austriaca le parecía un “bello cadáver”. En Berlín comen ostras, decía, pero en Viena se contentan con ver comer ostras a los demás. Había nacido en el seno de una familia judía acomodada, pero un insobornable espíritu de contradicción le impedía valorar el discreto encanto de la burguesía, cuyos vicios -en especial la mezquindad de imaginación y la cursilería- fustigó sin piedad. Cargó lo mismo contra la decadencia imperial austrohúngara que contra el pangermanismo nacionalista con valentía y lucidez proféticas, y sin privarse ni por un instante de paladear la más refinada oferta cultural de Europa, que bullía en la Viena primisecular. Pocos nombres como el suyo están tan asociados a la cultura vienesa, a la literatura de café -ese género netamente vienés del folletón que tanto recuerda a nuestro columnismo costumbrista-, a la emergencia de las vanguardias en todos los órdenes del arte y el pensamiento: del dodecafonismo al psicoanálisis, del expresionismo a la Bauhaus.

Y sin embargo se erigió al mismo tiempo en un icono de la sátira, del pesimismo y de la misantropía: era un liberal que escribía con el tono ácido del reaccionario. A su imagen temible contribuyó en buena medida su actividad periodística al frente de la revista Die Fackel (La antorcha), que editó y redactó casi en solitario durante 37 años. Cada una de sus entregas, que no dejaban títere con cabeza, era esperada con avidez por genios tan dispares como Wittgenstein, Musil, Schönberg o Canetti.

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16 abril, 2019 · 10:47