No sé qué habría votado el zaragozano Fernando Esteso este domingo. Lo fácil es decir que habría optado por Vox, pero para eso hace falta vivir la política como un drama o como una epopeya: musas graves que se toman a sí mismas demasiado en serio, único vicio en el que no incurrieron nunca los actores del destape.
El maestro lo ha vuelto a hacer. José Antonio Morante de la Puebla ha vuelto a torear al ganado más difícil, que no es el que embiste en el ruedo sino el que ocupa el tendido. Reaparece antes de que hayan terminado de secarse las mejillas de tantas viudas inconsolables a las que acaba de arruinar la pose de elegía. Pero ellas se consuelan rapidísimo, y ya andan celebrando haber sido estafadas por el genio del burle. Verlo torear de nuevo bien vale el sacrificio de la credulidad.
No sé si Julio Iglesias es inocente o culpable. Estudiada la denuncia por quienes saben derecho, juzgan probable que la Fiscalía termine presentando una querella criminal contra el cantante. Se abrirá en tal supuesto un proceso penoso que amargará la última vejez del acusado pero no apagará el brillo de la mayor estrella latina de todos los tiempos, como no lo hizo la acusación de pedofilia con Michael Jackson.
El 1 de enero de 1986, hace ahora 40 años redondos, con Felipe en La Moncloa y Juan Carlos en la Zarzuela, España firmó el tratado de adhesión a la Unión Europea a la vez que Portugal. Dos países siameses salidos de sendas autocracias se incorporaban no a Europa, a cuya geografía humana pertenecen desde hace milenios, sino a un club supranacional de democracias fundado precisamente para volver imposible el retorno de las dictaduras; es decir, de los regímenes nacionalistas. Una dictadura no es nada más que la consumación de un proyecto nacionalista. Mediante aquella firma solemne en el Salón de Columnas del palacio real más grande de Europa, España se zafaba del abrazo asfixiante de sus demonios familiares, que lo aislaban del continente, y se abrazaba al ángel de la autoestima, la apertura y el futuro.
Y si son los malos sentimientos los que nos hacen humanos. Y si el perfeccionamiento moral e intelectual del hombre gracias a la revolución tecnológica en marcha -o gracias a un virus alienígena civilizador- disolviera la razón de ser de nuestra especie, que no es otra que la necesidad constante de superación, de mejoramiento, de crítica y autocrítica. Y si la paz solo puede construirse sobre el cementerio de nuestra propia humanidad. Y si el infierno, como sospechó Sartre, son efectivamente los otros, pero por el siniestro motivo de que todos los otros son iguales entre sí. Una única colectividad amenazante.
Un hombre llamado Pablo Fernández, portavoz de Podemos, está viviendo tiempos duros. No por Podemos -suponemos que también-, sino por la pérdida de sus referentes de juventud. Pablo aduce razones poderosas: «Se muere Robe, se retira Sabina y Calamaro se hace de Vox». No es un meme. Acabo de transcribir su tuit palabra por palabra. Más aún: esa frase fue pronunciada en el solemne escenario de las Cortes de Castilla y León.
Mi padre irrumpiendo en el salón con la carcajada todavía en la boca y en la mano derecha el ABC doblado por la página donde firmaban Mingote, Campmany y Alfonso Ussía: «¡Es genial, es genial!». Esta es la primera imagen que consta en mi memoria biográfica de lector de columnas, que es lo que uno ha sido más cabalmente la mayor parte de su vida. Consumir columnas con temprana fruición es la única manera de terminar escribiéndolas, pero por entonces yo ignoraba mi destino. Yo, como mi padre, me limitaba a leer y a reír. Y a esperar la próxima columna como una promesa cierta de que volvería a reír leyendo. Quizá el propósito más noble de este oficio no deba aspirar a nada más. Ni a nada menos.
La cárcel, como la muerte, es eso que les sucede a los demás. Tal cosa piensa al menos el delincuente cuando delinque, que a él no lo van a pillar, y tal cosa pensamos todos los mortales hasta que la vida nos da el primer susto o doblamos el cabo de cierta década psicológica: que nosotros no nos vamos a morir. Un delincuente se ve a sí mismo como un vitalista irrestricto, un apóstata del orden o un hombre de fe en los mares sin orillas, en las noches sin finales y en las democracias sin leyes. Lleva el carpe diem tatuado bajo la costra de su conciencia, y no tiene tiempo que perder hasta el día en que el juez le quita de golpe el tiempo que le quedaba.